lunes, 16 de junio de 2014

La cultura de la gratitud

Existen dos actitudes extremas ante la sociedad y ante la vida, y son la del que agradece y la del que exige. El primero piensa siempre en sus deberes, el segundo en sus derechos. En los últimos tiempos se advierte el predomino del hombre masa, de quien Ortega y Gasset expresó: “Nunca agradece, sino que exige”, siendo su complemento necesario el populismo, que confisca los deberes individuales desde el Estado dejando para el pueblo sólo uno: el de obedecer. De ahí que los gobiernos totalitarios culpen al sector opositor por todos los males existentes aduciendo, como causa principal, la desobediencia.

La violencia generalizada se ve favorecida por la creencia del hombre masa de que todo deseo personal es un derecho, y que si no son satisfechos sus deseos, o lo que es lo mismo, sus derechos, debe protestar y exigir. Si no son escuchadas sus demandas, siente como legítima la posibilidad de descargar su malestar destruyendo todo lo que está a su alcance, incluso cometiendo delitos que luego les serán perdonados por la propia sociedad y por las autoridades, aduciendo la culpabilidad implícita del “injusto sistema económico”. Es el predominio de la cultura de la ingratitud.

Por lo general, tendemos a responder ante los entes impersonales y ante las instituciones, es decir, Dios y el Estado, como si fuesen personas. De ahí que proyectemos tanto la cultura de la gratitud, como la de la ingratitud, hacia los entes impersonales. Mariano Grondona escribió al respecto: “Quien tiene una conciencia, está equipado con una doble columna, de debe y haber, en la cual irá anotando sus faltas y sus méritos después del consiguiente «examen de conciencia». En este punto, Heidegger le da un giro decisivo a su razonamiento: ese libro de contabilidad moral con el cual nacemos no viene en blanco. Ya tiene una anotación cuando partimos a vivir. Está en la columna del rojo. Nacemos deudores. ¿Qué es el hombre en efecto? Una flecha lanzada a la plena realización de sus posibilidades”. “Por sus propias fuerzas el hombre es nada. Lo que tiene, la vida misma, le ha sido dada”. “Nos la dieron gratuitamente. Nacemos, por lo tanto, deudores”. “Para aquellos que hayan decidido asumir la vida en su auténtica profundidad, para aquellos que escuchan la voz de la conciencia, vivir es un constante esfuerzo por igualar las cuentas”.

A partir de la mencionada creencia, adoptamos ante la vida una actitud de permanente gratitud, con el objetivo siempre presente de cumplir con los deberes impuestos. De no hacerlo, sentiremos culpa por no haber podido saldar nuestra deuda. “La conciencia nos habla «antes» de que hagamos algo, para que no cometamos el mal, o «después», si ya lo cometimos, en este caso bajo la forma del remordimiento. La voz de la conciencia aparece ligada a la idea de «culpa». Pero la culpa está ligada, a su vez, a la palabra «deuda»: por tener alguna culpa, somos deudores”.

La cultura de la gratitud proviene de la existencia previa de nuestra conciencia moral, y ella explica el “comportamiento extraño” (para nuestra época) de aquellas personas desinteresadas por los valores materiales pero, a su vez, interesadas por los valores espirituales. Han conducido sus vidas bajo la idea de pagar con sus acciones el don de la vida recibido. El citado autor agrega: “¿Qué puedo hacer entonces cuando tomo conciencia del don de la vida? La debo, pero nadie me demanda el pago en este mundo. Yo me lo demando. La deuda por la vida no es una demanda jurídica, sino una deuda moral”. “«En rojo» frente al don de la vida, mi primer deber moral es gozarla, ya que nada agrada tanto al donante como el hecho de que aprecien su don. Mi segundo deber moral es esforzarme por igualar las cuentas. ¿Me dieron? Daré. La amplia disposición en favor de donar tiempo o dinero a los demás que se advierte todos los días en maestros que enseñan sin cobrar, en médicos que curan por nada, en los benefactores que se movilizan allí donde haya dolor proviene, en lo profundo, de un impulso en la conciencia por igualar las cuentas”. “El espíritu de aquellos que viven la vida como una vocación, que se sienten citados en el ámbito de su conciencia a devolver de algún modo lo que recibieron, conforma lo que podríamos llamar una cultura de la gratitud” (De “La Argentina como vocación”-Editorial Planeta Argentina SAIC-Buenos Aires 1995).

Pero no todos poseen esa cultura, sino que, por el contrario, en lugar de agradecer lo que reciben, se quejan de todo. “Pero en vez de agradecer, otros se quejan. ¿Qué ha pasado? Quizás sin advertirlo, el quejoso confisca el don de la vida y pasa a considerarlo como algo suyo, que le era debido. Invierte entonces el peso de la deuda. Si la vida que le dieron le era debida, ¿por qué se la dieron así y no de otra manera? La deuda original, incluso la culpa original, en este caso es de otro u otros: en última instancia, del Dador de la vida imperfecta. Al caballo regalado, el quejoso le mira el diente”.

La capacidad para soportar los contratiempos de la vida, incluso el sufrimiento, es diferente en el agradecido que en el quejoso, siendo bastante mayor en el primero. “Cuando las quejas ante el don de la vida se multiplican hasta formar un hábito social, podría pensarse en la existencia de una cultura de la queja, opuesta a la cultura de la gratitud”. “El dolor aprieta, «aqueja». Pero no bien quien lo sufre, en vez de soportarlo serenamente porque lo compara con los múltiples dones recibidos, lo saca afuera bajo la forma de una protesta, se queja. La coacción que le venía de fuera, se la apropia y la lanza contra otros: los presuntos culpables de su dolor”.

Cristo resume la actitud a adoptar mediante la expresión: “Habéis recibido por gracia, dad por gracia”. Quienes, por el contrario, adoptan el camino de la protesta y de la violencia, malogran sus vidas. Si no conocemos exactamente la realidad, adoptamos una de las dos posturas como si fuese nuestra elección en una apuesta. La primera alternativa es optimista, mientras que la segunda es pesimista. Mariano Grondona escribe al respecto: “«Antes» de vivirla, no sé si mi vida valdrá la pena. No hay razones decisivas a favor. Tampoco hay razones decisivas en contra. Mi opción inicial no es, por lo tanto, racional. Tendré que jugarme. Pero la apuesta inicial determinará el resultado. Si decido que la vida vale la pena, que hay que valorizarla aun cuando no se sepa si alcanzará a compensar la deuda original, viviré para respaldar mi apuesta inicial: positiva, constructivamente. Si decido, en cambio, que la vida es absurda…la viviré de tal manera que lo poco o nada que resulte de ella confirmará, también, la apuesta inicial. El optimismo y el pesimismo son dos profecías que se autocumplen”.

“A la virtud gracias a la cual partimos con brío a pagar lo impagable podríamos darle el nombre de «alegría». Esta palabra está conectada etimológicamente con el francés «aller» («ir»); ambas provienen del mismo tronco. El alegre está de ida. El alegre «va». No sabe cómo le irá, no prefigura las dificultades del camino, ignora si en algún punto se acabarán las vituallas o lo asaltarán. Sin embargo, va. El pesimista, al contrario «está de vuelta». Su arquetipo es el Viejo Vizcacha de José Hernández. Se las sabe todas. Las vivió todas. Aprendió a no esperar”. “Está de vuelta de lo que alguna vez fue la alegría”.

Las personas agradecidas, que buscan realizar acciones positivas, son las que colaboran con el Creador en la realización del mundo. “Si el Cosmos o Creación es un gigantesco cuadro en el cual cada uno de nosotros ha sido llamado a poner su pincelada, es a todos los seres humanos, por el solo hecho de ser tales, a quienes se dirige la citación. ¿Quién la dirige, quién es el gran Citador? La respuesta dependerá de la religión o la ausencia de religión de cada cual. Sabemos, sí, que cualquiera sea su origen, la citación resuena en el ámbito de la conciencia”.

“Pero, si bien la citación es universal, lo que llama a cada uno de los que la reciben es estrictamente individual. Cada pincelada es diferente, única, irremplazable. Lo cual quiere decir que la vocación que hemos examinado hasta ahora es no sólo universal sino, además, personal. «Qué tú existas», ha escrito Nozick, «hace una diferencia». Cada ser humano está llamada o llamado a poner su pincelada en el gran cuadro. Pero, porque es única o único, esa pincelada no será como la de ningún otro ser humano”.

Mientras que las sociedades utópicas, tienden a ser completas y perfectas, el mundo real es incompleto e imperfecto, ya que el Creador espera la colaboración de todos los hombres, aunque muchos de ellos son extraviados por el camino de la vida siguiendo a los ideólogos que proponen utopías o bien el sinsentido del mundo. “La crítica que se le hace a La República de Platón y a las demás utopías como la de Tomás Moro es justamente ésta: que «cierran» el sistema político, volviéndolo perfecto, con lo cual anulan la diversidad de las individualidades. Por el contrario: la paradoja es que el Cosmos o Creación, para permitir el florecimiento de las vocaciones individuales, ha de ser imperfecto. Si se permite que haya vocaciones únicas e irrepetibles, es inevitable permitir también que los responsables de ellas las puedan construir libre y originariamente, con lo cual se acepta de antemano la posibilidad de que algunos, desviándose de su vocación en ejercicio de su libertad, en vez de valores generen desvalores. He aquí una explicación posible del más inquietante de los problemas teológicos: la existencia del mal”.

El citado autor se pregunta por la posible existencia de vocaciones intermedias; las de aquellos que no dejan impresa ninguna “pincelada”, dándole así cabida a una posible “vocación nacional”. Escribe al respecto: “Es aquí, en el medio, donde calza la pregunta por la existencia de una vocación «nacional»”. “Esta vocación, de existir, tendría características diferenciales respecto de las vocaciones universal e individual ya mencionadas. Sería, de un lado, una vocación común a los argentinos. Sería, del otro, exclusiva de los argentinos. Si cada persona está llamada a poner su pincelada en el vasto cuadro, de existir una vocación nacional al lado de esta vocación personal, ello querría decir que la Argentina, como nación, está a su vez llamada a pintar no ya una pincelada sino un pasaje del cuadro, una dimensión de la Historia. La vocación nacional se proyecta, de tal modo, en una zona intermedia entre el individuo y la Humanidad”.

La vocación nacional mencionada no ha de ser muy distinta de un país a otro, pudiendo generalizarse en la búsqueda de aportes a la cultura universal. Sin embargo, el objetivo prioritario y evidente es el de promover en cada nación la cultura de la gratitud, para alejar a todo individuo de la masificación y del colectivismo. De esa manera todos los pueblos se sentirán partes del proceso general de la adaptación cultural del hombre a la ley natural, haciéndose participes necesarios e imprescindibles en el proceso de creación y conformación de la humanidad llegando a niveles cercanos a lo que potencialmente nuestras aptitudes nos permitirán lograr. Al adoptar un carácter prioritario, es posible que nos dirijamos hacia una etapa de cooperación entre los pueblos dejando de lado los conflictos que surgen tanto del egoísmo individual como del colectivo.