lunes, 2 de junio de 2014

El sufrimiento

Si nos piden dar una breve definición de la conducta humana, posiblemente diremos que el hombre se caracteriza por la tendencia a “aumentar el placer y disminuir el sufrimiento”. Pudiendo elevar nuestro nivel de felicidad y disminuir el de sufrimiento, hasta ciertos límites, es muy posible que las circunstancias de la vida nos impongan un sufrimiento no deseado que, una vez que llega, debemos tratar de afrontarlo de la mejor manera posible, incluso interpretándolo como una ocasión que nos exige recurrir a un crecimiento de nuestra aptitud para soportar adversidades.

Toda mejora ética se establece a través de un mayor nivel de sociabilidad, ampliando el conjunto de personas con quienes establecemos vínculos afectivos. De esa manera, es posible disminuir, o sobrellevar, un dolor extremo, como el que surge ante la pérdida de vidas cercanas, especialmente del entorno familiar.

Existen dos formas principales de dolor; del cuerpo y del alma (o de la mente). En el primer caso, el dolor es una señal de alarma que nos indica que algo funciona mal. Sin embargo, muchas veces se recurre a los calmantes para reducir el dolor, con lo que se logra “apagar las alarmas” impidiendo a veces localizar la enfermedad. Así, sólo se ha logrado trasladar el problema a un futuro en el que el dolor se hará presente con señales más intensas. En forma similar, cuando las alarmas nos indican que, a nivel afectivo o intelectual, las cosas no funcionan bien, se adopta una postura similar. Se trata de “apagar las alarmas” mediante la diversión, el vicio, el lujo, el poder u otras formas de encubrimiento que agravan el mal, ya que nos brindan una felicidad falsa, o artificial. Giuseppe Giusti escribió:

“Yo, que no niego la Providencia, creo que ésta dio oportunamente las solemnes enseñanzas del dolor a quien es capaz de percibirlas; porque sólo del dolor nacen las cosas grandes y surgen los caracteres fuertes, como la flor entre las espinas. En la alegría el hombre es disipador, imprevisor, infecundo: las bellas cualidades del alma y de la mente, o no existen, o no se rebelan en el hombre feliz; una desventura las hace centellear, como el eslabón de acero al pedernal” (De “20.000 Pensamientos” de Matías Alonso Criado-Ediciones Anaconda-Buenos Aires 1946).

Incluso se ha llegado hasta el absurdo de que gran parte de la humanidad padeciera bajo el socialismo, realizado con la intención (entre otras) de encubrir la grave enfermedad moral de la envidia, en lugar de tratar de atacarla por medios más simples. Ludwig von Mises escribió: “No vale la pena hablar demasiado del resentimiento y de la envidiosa malevolencia. Está uno resentido cuando odia tanto que no le preocupa soportar daño personal grave con tal de que otro sufra también. Gran número de los enemigos del capitalismo saben perfectamente que su personal situación se perjudicaría bajo cualquier otro orden económico. Propugnan, sin embargo, la reforma, es decir, el socialismo, con pleno conocimiento de lo anterior, por suponer que los ricos, a quienes envidian, también, por su parte, padecerán. ¡Cuántas veces oímos decir que la penuria socialista resultará fácilmente soportable ya que, bajo tal sistema, todos sabrán que nadie disfruta de mayor bienestar!”.

También el socialismo es esperado, a pesar de sus fracasos, por quienes necesitan de una creencia en un futuro venturoso. El citado autor agrega: “El socialismo, para nuestros contemporáneos, constituye divino elixir frente a la adversidad; algo de lo que le pasaba al devoto cristiano de otrora, que soportaba mejor las penas terrenales confiando en un feliz mundo ulterior, donde los últimos serían los primeros. La promesa socialista tiene, sin embargo, muy diferentes consecuencias, pues la cristiana inducía a las gentes a llevar una conducta virtuosa, confiando siempre en una vida eterna y una celestial recompensa. El partido, en cambio, exige a sus seguidores disciplina política absoluta, para acabar pagándoles con esperanzas fallidas e inalcanzables promesas” (De “El liberalismo”-Editorial Planeta Argentina SAIC-Buenos Aires 1994).

Se advierte una diferencia esencial entre cristianismo y marxismo, ya que, el primero recomienda compartir las penas y las alegrías de los demás por propia voluntad, mientras que el segundo pretende que los burgueses compartan las tristezas ajenas (del proletariado). Mientras que el cristiano dice: “Deseo compartir tu dolor”, el socialista reclama: “Debes compartir mi dolor”.

El sufrimiento no siempre es una consecuencia derivada de algún tipo de falla personal, ya que todo individuo está expuesto a padecer involuntariamente algún tipo de agresión que puede provenir del medio social. Aun así, existen diversas actitudes ante el dolor, que es interpretado como un castigo del cielo, como una oportunidad de conducirnos al cielo, como una situación injusta que provoca cierta rebeldía y abatimiento, o como una situación que, adecuadamente interpretada, puede darnos la posibilidad de alcanzar un mejor conocimiento de nuestra propia naturaleza. La actitud adoptada frente al sufrimiento propio y de los demás, ha caracterizado las distintas posturas religiosas y filosóficas. Sin embargo, siempre buscamos conocer la visión adoptada por la ciencia experimental, aunque tampoco, en este caso, pueda hablarse de una coincidencia, y menos de cierta unanimidad, de los investigadores. Podemos mencionar la opinión de Viktor Frankl, destacado por sus indagaciones acerca del sentido de la vida, quien considera al vacío existencial (ausencia de sentido) como la causa básica que ocasiona el sufrimiento moral. Sin embargo, considera que el dolor puede llegar a ser un motivo de superación, como se dijo antes. Al respecto escribió:

“La realización de valores en el sufrimiento del mundo y del destino muestra a las claras que la no realización de «valores creativos» y de «valores vivenciales» ofrece la posibilidad de realizar otros valores adoptando la actitud correcta ante esa limitación de posibilidades: los «valores actitudinales». De ese modo la renuncia forzosa supone un acicate para las máximas posibilidades de sentido y de valor: las que sólo se contienen en el sufrimiento”.

“No es fácil exponer la riqueza de sentido que alberga el sufrimiento. Las posibilidades axiológicas del hacer creativo y de las vivencias pueden ser limitadas y pueden agotarse; pero las posibilidades del sufrimiento son ilimitadas. Ya por esto los valores actitudinales son superiores en rango ético a los valores creativos y vivenciales”.

“Lo que yo necesito para hacer obras creativas es algún tipo de talento; si lo tengo, me basta utilizarlo. Para realizar valores vivenciales me basta asimismo con algo que ya poseo: los órganos correspondientes: mis oídos para oír una sinfonía, mis ojos para ver un arrebol alpestre, etc. Para realizar, en cambio, valores actitudinales, necesito, además de la capacidad creadora y la capacidad vivencial, la capacidad de sufrimiento. Pero el hombre no «posee» esta capacidad; nadie se la puso en la cuna; se poseen órganos y se puede poseer talento, pero la capacidad de sufrimiento debe adquirirla el hombre por sí mismo; tiene que padecerla primero para sí”.

“Si yo contase ya con una capacidad de sufrimiento, si éste fuera un rasgo caracterológico, y como tal, innato y no adquirido, sería en realidad apatía, algo que no permite que aflore el sufrimiento. La apatía es la incapacidad de sufrir. La apatía excluye la posibilidad de realizar valores actitudinales mediante el sufrimiento y en el sufrimiento” (De “El hombre doliente”-Editorial Herder SA-Barcelona 1987).

Desde el punto de vista del proceso de evolución cultural, puede considerarse al sufrimiento como una medida del grado de desadaptación del hombre al orden natural, de la misma manera en que la felicidad resulta ser una medida del grado de adaptación a dicho orden. La búsqueda del Reino de Dios, asociada al cristianismo, traducido al lenguaje corriente, puede interpretarse como la búsqueda del gobierno de Dios sobre el hombre a través de las leyes naturales, lo que implica justamente la adaptación mencionada. Luego, el sentido de la vida que nos impone el orden natural implica la búsqueda de la adaptación mencionada.

La alternativa puesta de manifiesto por Frankl tiene gran importancia, ya que, en definitiva, presenta la posibilidad de “reciclar” el sufrimiento para convertirlo, posteriormente, en felicidad. Incluso surge la duda acerca de si alguien, que nunca padeció ningún sufrimiento, pueda lograr posteriormente un aceptable nivel de felicidad. La tendencia de los padres a proteger a sus hijos del mínimo contratiempo, implica en realidad una sobreprotección que posiblemente favorecerá en ellos actitudes egoístas, exigentes o caprichosas, alejándolos de la felicidad real, aunque se busque lo contrario.

Las críticas adversas emitidas respecto a ciertas interpretaciones del sufrimiento, por parte de la Iglesia Católica, deben reconsiderarse a la luz de las afirmaciones de Frankl. Una de esas críticas proviene de Agustín Álvarez, quien escribió: “El hecho de que el sufrimiento haya sido considerado por la teología cristiana como el ganapán del cielo en la tierra, es lo que mayormente ha impedido a los cristianos conocer y sentir la monstruosidad moral de la servidumbre y la esclavitud, y llegar aun hasta exceder a la inmoralidad pagana con el tormento y la hoguera”. “De considerar el mal como un «castigo del cielo», la desgracia como un sometimiento a prueba, y el sufrimiento como la expiación redentora del pecado, vino en la caridad, con la limosna y la sopa sobrante del convento, el pan para el estómago del hambriento, sin libertarlo de la miseria, que era el pan para el alma en el mañana”.

“La supresión de los males de este mundo, era una inconsecuencia con la doctrina que hacía de ellos el medio por excelencia de conseguir los bienes del otro mundo, que era el anverso del presente. Y porque el progreso implica directamente la supresión de los medios más seguros de ganar el cielo, es que, los reclutadores de almas para el cielo, son los más grandes y los más implacables adversarios del progreso, y que éste está en todas partes en razón inversa de la influencia de aquéllos sobre la respectiva sociedad” (De “La creación del mundo moral”-La Cultura Argentina-Buenos Aires 1915).

Es oportuno mencionar que el sufrimiento no es algo deseable ni debe buscarse para posteriores mejoras personales, ya que nos debe bastar con el sufrimiento y las experiencias ajenas para conocer su existencia. Los comentarios anteriores pretenden brindar información a quienes las circunstancias les depararon cierto nivel de sufrimiento, mientras que el “dolorismo” resulta ser una actitud poco recomendable: “Dolorismo: teoría que afirma la «superioridad innegable del enfermo sobre el sano en cuanto a la riqueza del fueron interno y a las enseñanzas a sacar de él sobre el problema primordial de las relaciones entre lo físico y lo moral» (J. Teppe)” (Del “Diccionario del Lenguaje Filosófico” de Paul Foulquié-Editorial Labor SA-Barcelona 1967).