lunes, 23 de junio de 2014

El futuro de la economía y la política

De igual forma en que, al vislumbrar el futuro de la religión, tal visión podrá ayudarnos a perfeccionarla, al vislumbrar la economía y la política del futuro, tal planteo podrá aclararnos la naturaleza de los problemas del presente. En todos los casos podemos intuir que las actividades cognitivas mencionadas serán en el futuro, no sólo compatibles con la ciencia experimental, sino también partes de ella.

En la actualidad persiste la falta de entendimiento entre liberalismo y marxismo, ya que constituyen dos formas distintas de buscar mejorar (en el mejor de los casos) la sociedad. Como si fuesen dos religiones antagónicas, se espera que en el futuro predomine la que resulte compatible con la ciencia. Además, tal compatibilidad deberá ser aceptada por la mayor parte de la sociedad. La falta de entendimiento se debe esencialmente a que el primero busca optimizar el libre comportamiento del hombre, mientras que el segundo trata de destruir el orden social emergente para reemplazarlo posteriormente por un orden social “artificial”. Podemos entonces sintetizar la causa esencial de discordancia entre ambos:

a) Liberalismo: propone la descripción del ordenamiento social surgido de la libre determinación de los individuos (respecto del Estado) para, posteriormente, optimizar dicho ordenamiento, tanto económico como político, dándole cabida a las restantes ramas de la ciencia y del conocimiento, como religión, ética, derecho y educación, principalmente.
b) Marxismo: propone esencialmente la destrucción del ordenamiento social espontáneo surgido de la libre iniciativa individual para reemplazarlo por un orden social “artificial” (aplicado por el Estado) que determinará a su vez el reemplazo de la religión, ética, derecho y educación tradicional, por otras que mejor convengan a la adaptación del individuo al socialismo.

Si las ciencias sociales tienen como misión describir el comportamiento humano para una posterior mejora, se advierte que el liberalismo es esencialmente científico, no así el marxismo. De hecho, la postura económica del liberalismo se identifica con el conocimiento derivado de la ciencia económica, y en ella, toda divergencia de opiniones ocurre de manera similar a la que surge en el ámbito de la física teórica, en donde pugnan por vencer varias teorías propuestas hasta que la experimentación, directa o indirecta, convalide una de ellas y rechace las demás.

Por el contrario, para los marxistas no existe tal veredicto de la realidad, por cuanto atribuyen al modelo socialista una validez independiente de toda confrontación, ya que no buscan que el modelo se adapte a la realidad, sino que la realidad se adapte al modelo. La búsqueda del “hombre nuevo soviético” implicó establecer, por medio de la educación y la propaganda, un hombre adaptado al modelo económico propuesto, y no al que surge espontáneamente del individuo en libertad.

Todo planteamiento científico debe mostrar tanto una compatibilidad con la realidad como una coherencia lógica interna, es decir, libre de contradicciones. La falta de coherencia implica una forma de advertir la incompatibilidad con la realidad. Es un caso similar a la manera en que un juez descubre las mentiras de un sospechoso que trata de encubrir una acción ilegal describiendo falsamente la realidad. Luego de escuchar las declaraciones, el juez podrá advertir, no la falsedad puntual de la declaración, sino la existencia de contradicciones entre las distintas fases del relato. De ahí que no sean solamente los distintos fracasos del socialismo los que denotan su debilidad, sino también las evidentes incoherencias lógicas de su propuesta.

Una de esas contradicciones radica en la aparente búsqueda de la eliminación de la concentración de poder económico en manos de una limitada clase social, ya que para ello proponen la expropiación estatal de los medios de producción (o bien de sus ganancias, en algunas variantes de socialismo). Resulta fácil advertir que tal decisión conduce a un aumento considerable de la concentración de poder, esta vez en manos de quienes dirigen el Estado, y no sólo en cuanto a poder económico, sino también político, militar, policial, judicial, cultural, etc. De ahí que puede afirmarse que, si la economía libre produce concentración de poder económico y explotación laboral, la economía socialista acentúa notablemente esos defectos.

Como este es un hecho evidente e innegable, toda discusión deberá finalizar ahí. Sin embargo, para solucionar la incoherencia, el marxista argumenta que todo empresario, en una economía de mercado, es egoísta y explotador “por naturaleza”, mientras que todo seguidor de Marx es éticamente superior, por lo cual resulta ser la persona idónea para redistribuir la producción de las empresas, siendo éste el origen de la discriminación social hacia el sector productivo de una nación. Jean-Françoise Revel escribió:

“La operación que, en este fin de siglo, y probablemente durante varios años más, absorbe más energía a la izquierda internacional tiene como objetivo impedir que se examine, e incluso que se plantee, su participación activa o su adhesión pasiva, según los casos, al totalitarismo comunista. Mientras finge repudiar al socialismo totalitario, algo que sólo hace a disgusto y con la boca pequeña, la izquierda se niega a examinar a fondo la validez del socialismo en cuanto a tal, de todo socialismo, por miedo a verse abocada a descubrir, o más bien a reconocer explícitamente, que su esencia misma es totalitaria. Los partidos socialistas, en los regímenes de libertad, son democráticos en la misma medida en que son menos socialistas”.

El derrumbe del comunismo en la URSS y su abandono por parte de la China, hacen creer a muchos que la falsa ideología ha pasado a formar parte del museo de los errores, sin advertir que existen todavía esfuerzos por mantenerla vigente, con la consecuencia inmediata del mantenimiento de los conflictos que dividen sociedades y naciones. Puede decirse que, mientras siga vigente la “falsa religión”, los esfuerzos necesarios para mejorar la “religión verdadera” se verán postergados ante la necesidad de emplear nuestras energías y nuestro tiempo en un debate infructuoso en el cual uno de los contendientes ni siquiera adopta la realidad como referencia.

Como ejemplo de tal postura puede mencionarse la oposición marxista hacia el establecimiento de un mercado mundial único (globalización económica), por cuanto este modelo de intercambio comercial entre todos los países se opone a las economías cerradas promovidas por el marxismo. Sin embargo, critican a los EEUU por el bloqueo comercial a Cuba en lugar de felicitarlos por ayudarla a acentuar su socialismo. Jean-François Revel escribió: “Otro detalle divertido: esos energúmenos que manifiestan a través de la violencia su hostilidad hacia la libertad de comercio militan, con el mismo ardor, a favor del levantamiento del embargo que sufre el comercio entre Estados Unidos y Cuba. ¿Por qué el libre intercambio, encarnación diabólica del capitalismo mundial, se convierte de repente en un bien cuando se trata de que funcione a favor de Cuba….? ¡Curioso! Si la libertad de comercio internacional es para ellos una plaga, ¿no sería conveniente actuar a la inversa, es decir, extender el embargo a todos los países?”.

Las evidentes contradicciones hacen sospechar que el marxismo tiene sentido sólo como ideología destructiva que se opone a todo lo que promueve el liberalismo. El citado autor agrega: “No es posible entender esa serie de contradicciones de que hacen alarde colectivamente personas que, tomadas de una en una tienen sin duda una inteligencia normal, si no se tiene en cuenta el hechizo del fantasma añorado del comunismo que ha condicionado todavía por mucho tiempo algunos sentimientos y comportamientos políticos. Según esos residuos comunistas, el capitalismo sigue siendo el mal absoluto y el único medio de combatirlo es la revolución; incluso si el socialismo ha muerto y si la «revolución» ya sólo consiste en romper los cristales de los escaparates, pillando, eventualmente, algo de lo que hay detrás”.

“Ese cómodo simplismo exime de todo esfuerzo intelectual. Es la ideología la que piensa en vuestro lugar. Suprimidla y os veréis obligados a estudiar la complejidad de la economía libre y de la democracia, los dos enemigos declarados de la «revolución». El problema es que esas migajas ideológicas y mimos revolucionarios que inspiran sirven de pantalla para la defensa de unos intereses corporativistas muy concretos. Tras esa barahúnda de bramidos incoherentes se ocultaban en Seattle los viejos grupos de presión proteccionistas de los sindicatos agrícolas e industriales de los países ricos que sí sabían muy bien lo que querían: el mantenimiento de sus subvenciones, de sus privilegios, de las ayudas a la exportación bajo el pretexto, en apariencia generoso, de luchar contra «el mercado generador de desigualdades»” (De “La gran mascarada”-Ediciones Taurus-Madrid 2000).

La tarea destructiva destinada a las sociedades capitalistas implica una oposición al progreso, ya que uno de los aspectos básicos de las economías actuales es la innovación tecnológica y empresarial. “¿Cómo y por qué han podido aparecer, cómo y por qué pueden perpetuarse, en cierto modo a título póstumo, esas tres características de las ideologías totalitarias y, especialmente, de la ideología comunista: la ignorancia voluntaria de los hechos, la capacidad de vivir inmerso en la contradicción respecto a sus propios principios; la negativa a analizar las causas de los fracasos? No se puede entrever la respuesta a estas cuestiones si se excluye la paradoja: el odio socialista al progreso”. “Los teóricos del Partido Comunista y los de la ultraizquierda marxista condenan todos los medios modernos de comunicación por considerarlos «mercancías» fabricadas por «industrias culturales». Esos supuestos progresos no tendrían, según ellos, otro fin que el beneficio capitalista y la sumisión de las masas. El mundo editorial, la televisión, la radio, el periodismo, Internet, ¿y por qué no la imprenta?, no habrían sido jamás instrumentos de difusión del saber y medios de liberación de las mentes. Sólo habrían servido para el engaño y la leva”.

Si asociamos a la palabra “ideología” el significado de “ciencia de las ideas”, el futuro estará orientado por alguna ideología de adaptación, esencialmente ética, que sea capaz de promover en todo individuo una mejora sustancial, ya que toda actividad orientada a nuestra adaptación tanto al orden natural como al orden social podrá reducirse a la siguiente igualdad:

Acción humana = Libertad + Ética natural

José Ortega y Gasset escribió: “La actividad política, que es de toda la vida pública la más eficiente y la más visible, es, en cambio, la postrera, resultante de otras más íntimas e impalpables. Así, la indocilidad política no sería grave si no proviniese de una más honda y decisiva indocilidad intelectual y moral” (De “La rebelión de las masas”).