jueves, 15 de mayo de 2014

Teorías de gran simplificación

Los físicos teóricos actuales intentan establecer una teoría de gran unificación que permita describir la mayor parte de los fenómenos físicos conocidos, concretamente a través de un reducido grupo de ecuaciones matemáticas. Incluso se habla de una “teoría de todo”, que no deje fuera de la descripción a ninguno de esos fenómenos. Una ecuación matemática es una igualdad condicional que sólo se cumple para ciertos valores de las variables involucradas, y que son las soluciones de la misma. Cuando una teoría es acertada, las soluciones representan fenómenos naturales existentes, mientras que los demás valores posibles, que no verifican la igualdad, no corresponden al mundo real.

Las ciencias sociales deberían compartir la búsqueda de descripciones completas, aunque asumiendo las limitaciones propias de una actividad cognitiva que poco uso puede hacer de las matemáticas. Es conveniente apuntar al logro de descripciones generales que requieran muy pocos principios básicos (axiomas) como punto de partida. Auguste Comte escribió: “El carácter fundamental de la filosofía positiva es el considerar todos los fenómenos como sujetos a leyes naturales invariables, cuyo descubrimiento preciso y cuya reducción al mínimo número posible son la finalidad de todos nuestros esfuerzos” (Del “Curso de filosofía positiva”).

En la sociología, la ciencia fundada por Comte, se advierte, por el contrario, la aceptación de “teorías de gran simplificación”, es decir, en lugar de buscar aquellos aspectos de la personalidad individual que permitan describir en forma unificada la mayor parte del comportamiento social conocido, se opta por proponer principios de la escala social con la pretensión de describir todo lo conocido, incluso a nivel individual. Este es el caso del marxismo, ideología que reduce toda la humanidad al comportamiento económico del hombre y a la lucha de clases. Luego, la respuesta a todos los problemas humanos se encontraría en el socialismo, caracterizado por el simple atributo de carecer de la propiedad privada de los medios de producción. Vladimir Bukosky escribió:

“Toda esta teoría en torno de las clases antagónicas cuyas luchas mueve la historia, ha adquirido en nuestros días una resonancia fantasmagórica que ya no apasiona más que a los profesores de ciencias políticas de las universidades norteamericanas. Resultaría absurdo polemizar acerca de este punto; del mismo modo que seria posible dividir a la humanidad en calvos y dueños de frondosas cabelleras, en sanos y enfermos, en jóvenes y viejos, en hombres y mujeres, y presentar a toda la historia como un efecto de su lucha. Sería un trabajo superfluo explicar a nuestros contemporáneos que la vida real es polifónica y que una teoría que pretenda pasar por científica no puede reducirse al estudio de un solo factor, de un solo parámetro, sin parar mientes en el carácter relativo de su influencia. Desde luego que es posible seguir la historia de la economía desde Rómulo a nuestros días, e incluso pueden arriesgarse algunos pronósticos prudentes, pero si se pretende explicar toda la historia humana a través de ese único aspecto es necesario creer inflexiblemente que la conciencia del hombre está programada por su posición social y que su imaginación no tiene más fuentes de inspiración que la envidia, la avidez y el apetito de poder”.

En cuanto al valor de la producción y del trabajo, recordemos que, para Marx, el valor de un bien depende del tiempo medio empleado para su fabricación. De ahí surge el concepto de plusvalía y de la posterior explotación laboral. “Cuando reducimos todos los valores a los valores «materiales», a las mercaderías concretas, para después dividir el tiempo utilizado en su fabricación por el número de unidades obtenidas, lo que estamos haciendo es arrojar al niño junto con el agua en que lo bañamos, para decirlo con una expresión cara a Lenin. Las fórmulas de Marx dejan entre paréntesis todo lo que realmente vale en el trabajo humano, todo el espíritu de empresa y de inventiva, toda la situación real en la que trabaja el hombre. ¿Qué decir del precio del mercado si el valor mismo del trabajo no pudiera medirse sino por el tiempo? No puede compararse el trabajo de un carpintero con el de un mecánico, ambos igualmente calificados, por no decir nada de esos trabajadores cuya experiencia y especialización son distintas. ¿Cómo apreciar las diferencias de talento, de inventiva, de motivación? ¿Cómo evaluar el trabajo de un ingeniero, de un jefe de producción, de un sabio? No hay nada, lo que se dice nada, de parecido a un trabajo «abstracto», ni de hora humana «promedio» de trabajo «socialmente necesario». No hay nada, por ende, nada de valor tal como lo entiende Marx del producto ni de plusvalía. Que alguien me diga, ¿cuándo o dónde algún empresario pagó alguna vez a sus obreros calculando el tiempo utilizado sobre la base de un valor promedio de su trabajo? ¿Y qué obrero trabajaría con dedicación si se le pagara en esa forma? Parecería que el mercado fuese el tema más interesante en materia de economía para un filósofo dialéctico. El mercado es la dialéctica misma, es la vida, refleja admirablemente todos los matices de las relaciones y las interrelaciones existentes dentro de una sociedad. Pero es precisamente el mercado lo que Marx excluyó de sus reflexiones y allí es donde se acaba la fidelidad de Marx a la dialéctica”.

“Los resultados de las experiencias socialistas han demostrado en todas partes que son lo contrario de aquello que se esperaba. En tal forma, se había contemplado la posibilidad de construir el reino de la libertad y se vio aparecer un gran campo de concentración; se había proyectado una sociedad sin clases y se asistió al nacimiento de una división de clases sin precedentes; el Estado habría de declinar, y se lo ha visto fortalecerse y concentrarse como nunca; se pronosticaba un crecimiento inaudito de la productividad, debido a la liberación del trabajo, una abundancia perfecta, un progreso técnico irresistible, una desaparición de todos los males de la sociedad, y se ha asistido a la formación de un Estado indigente y atrasado, con sus estantes vacíos, su mercado negro floreciente, su criminalidad fabulosa, su corrupción, su alcoholismo. Había de verse, en fin, cómo surgía una unificación internacional de todos los pueblos, un triunfo de la paz y la creatividad, y se cayó directamente en una prisión de pueblos, en odios nacionales que rozan la destrucción general más profunda, una militarización excesiva de la sociedad y una amenaza permanente de masacres de alcance planetario” (De “URSS: de la utopía al desastre”-Editorial Atlántida SA-Buenos Aires 1991).

En la ciencia experimental se consideran válidas las descripciones que luego se verifican mediante la confrontación entre teoría y realidad, aceptándose las que mantienen un error aceptable dentro de las exigencias establecidas. De ahí que, a partir de los resultados obtenidos, el marxismo ha fracasado en función de las soluciones aportadas, lo que hace sospechar que falló la teoría. Sin embargo, escribe Bukovsky, “La idea del socialismo puro sigue resplandeciendo a veces en la memoria popular. Una idea magnifica, nos dirán, pero para la cual los hombres todavía no son dignos”. “Nada más absurdo que esta tendencia a justificar la teoría y negar al mismo tiempo la práctica. No hay diseño industrial que sea bueno por sí mismo, in abstracto, si no cuenta con los materiales que necesite su realización. No hay regla valedera si no toma en cuenta los posibles errores de sus ejecutantes”. “En realidad, desafío a que se me muestre una sola idea utópica que no haya conducido a lo contrario de aquello que se esperaba. No podría mencionarse ni un solo ejemplo, mientras que abundan los contrarios, incluso en nuestros días. ¿Para qué sacudir el polvo de la historia si, ante nuestros ojos –pongamos por caso- los campeones de la lucha contra la discriminación a la inversa, contra los blancos, a la que pudorosamente califican de positiva, como si el epíteto pudiera cambiar la naturaleza del fenómeno?”.

Por lo general, los teóricos de las ciencias sociales parten de algunos principios generales compartidos con otras ramas de la ciencia. De ahí que se acepte que el hombre depende, en partes comparables, tanto de la herencia genética como de la influencia recibida desde el medio social; tampoco esta proporción ha sido tenida en cuenta por el marxismo. Eugenio Pucciarelli escribió: “Digno de merecer una consideración especial es el caso de la biología. El empleo de los resultados de esta ciencia y la deformación del curso de las investigaciones en función de las aspiraciones de la política han ocurrido, en pleno siglo XX, en dos países cuyos gobiernos eran antagónicos en más de un aspecto. Mientras en uno [URSS], bajo las sugestiones del marxismo, se ponía énfasis en el primado del medio como moderador de los organismos vivientes, en otro [Alemania] el nazismo llevaba a exagerar la importancia de la herencia con la mira puesta en la exaltación de la pureza de la raza nórdica” (De “Ideología y ciencia”-Academia Nacional de Ciencias-Buenos Aires 1978).

La creencia marxista en la supremacía absoluta de la educación sobre la herencia, llevó a sus fundadores a imaginar una sociedad utópica con la firme esperanza que el hombre habría de adaptarse a ella si previamente se le daba la “educación correcta”. Marx y Lenin competían con el mismísimo Creador por cuanto la humanidad, en lugar de adaptarse al orden natural, habría de adaptarse al socialismo. Bukovsky agrega: “Si Marx o Lenin se hubiesen dedicado a ese estudio [genética] es posible que la humanidad habría evitado muchas desgracias. Pero de seguro que la tarea debió parecerles mucho más modesta que la fabricación de un socialismo científico”. “El candidato a la creación de hombres tiene obligación de conocer exactamente las condiciones y los resultados que se derivan de ello y montar la cadena de las condiciones con el máximo de prudencia, so pena de llegar a consecuencias capaces de dejar pasmado al mismísimo doctor Frankestein”.

La idea marxista de “transformar la naturaleza” se acentúa con la búsqueda del “hombre nuevo soviético”, educado para adaptarse al socialismo internacional, y así promover en toda la humanidad, con las futuras generaciones, la perpetuación del “homo sovieticus”. Es decir, en forma similar a una abrupta mutación genética que habría de propagarse durante varias generaciones, los partidarios de la herencia cultural predominante proponen una abrupta mutación ideológica (“salto dialéctico”) que luego abarcará a toda la humanidad. Incluso el medio geográfico era susceptible de “transformación”. El citado autor escribe:

“Así, en la URSS, donde todo se entiende al pie de la letra y se lleva a la práctica tal como está escrito, la reforma de la naturaleza se convirtió en uno de los pilares de la edificación del comunismo. Es problemático que quede todavía por lo menos un río grande cuya corriente no haya sido alterada, en el que no hayan construido una presa o un lago artificial. Allí, el concepto de lucha de clases se extiende incluso sobre los animales salvajes. El lobo, pongamos por caso, es una fiera, es semejante a un capitalista que oprime a las liebres, ciervos, etc. Por lo tanto, ¡a matarlo! No obstante, al exterminar a los lobos, de pronto se descubrió que las liebres y los ciervos empezaban a morirse de forma espeluznante. La investigación realizada demostró que el lobo era el «sanitario del bosque», que sólo mataba animales enfermos, débiles, condenados a morir, previendo así las epizootias y la degeneración. Tuvieron que criar lobos en condiciones artificiales para evitar la extinción de sus victimas” (De “El dolor de la libertad”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1983).

En pleno siglo XXI, no debería denominarse “intelectual” a quien realice actividades incompatibles con la ciencia experimental. De ahí que exista cierta incoherencia lógica cuando se habla de un “intelectual marxista” ya que, o no es intelectual (en el sentido indicado), o no es marxista.