lunes, 19 de mayo de 2014

La indivisibilidad de la libertad

Desde el punto de vista de las intenciones de la socialdemocracia, no existe inconveniente alguno en proponer a la democracia política junto al intervencionismo económico, mientras que, desde el punto de vista de la factibilidad permitida por la propia realidad, quizás no sea posible alcanzar ambos objetivos en forma simultánea. Ello se debe a la denominada “indivisibilidad de la libertad”, que implica que se obtienen las dos simultáneamente (democracia política y económica) o no se logra ninguna.

El proceso del mercado puede ejemplificarse mediante un conjunto de cuatro negocios, ubicados en determinada zona de una ciudad, a la cual concurren los consumidores. Esos negocios dividen en cuatro el total de las ventas, de determinado producto, obteniendo cada uno cierto porcentaje. Para mantenerse en el negocio, deben tratar de no quedar rezagados respecto de los demás, ya que algunos pretenderán aumentar el porcentaje de ventas mejorando la calidad, o los precios, de lo que venden. Adviértase que la situación descripta es bastante similar a una elección democrática en la que se presentan cuatro candidatos que tratan de obtener el mayor porcentaje de votos. Debido a la similitud de ambos procesos, a la economía libre, o de mercado, se la ha denominado también “democracia económica”.

En ambos casos es imprescindible la presencia del Estado, para establecer reglas y hacer que se cumplan. Esta es la función que favorece los mejores resultados económicos y políticos, ya que permite el libre accionar de los ciudadanos bajo la presunción de que tienen la capacidad suficiente para saber elegir lo que más les conviene, ya se trate de sus representantes para un próximo gobierno o los bienes necesarios para su vida cotidiana. Friedrich Hayek escribió: “El único principio moral que alguna vez ha hecho posible el crecimiento de una sociedad avanzada, ha sido el principio de la libertad individual, lo cual significa que la persona es guiada al tomar decisiones por reglas de recta conducta y no por órdenes especificas de otro individuo”. “Es imposible separar a la libertad económica de las otras libertades”.

Existen tendencias políticas que parten de la suposición de que el individuo no tiene la capacidad suficiente para elegir entre varios candidatos, por lo que “se lo invita” a votar por el candidato del partido único propuesto por el Estado. Además, se lo invita a adquirir los bienes materiales necesarios previa decisión impuesta por el Estado, cuyos funcionarios saben mejor que cada habitante lo que cada uno necesita. Este es el caso del socialismo, una forma de totalitarismo (todo en el Estado), que parte de la presunta supremacía intelectual y ética de quienes dirigen al Estado sobre una sociedad inepta para decidir lo que más le conviene tanto política como económicamente, siendo el mismo argumento empleado por algunos países cuando justificaban el colonialismo en distintas partes del mundo, por lo que el socialismo resulta ser una especie de “colonialismo interno”.

La socialdemocracia, al aceptar la democracia política, admite la capacidad individual de los votantes, mientras que, al proponer el totalitarismo económico, desconoce esa capacidad. De ahí que aparezca cierta incoherencia respecto de las aptitudes atribuidas al ciudadano corriente. En realidad, existe otro factor a considerar en cuestiones económicas, y es la supuesta inmoralidad que necesariamente ha de caracterizar al sector empresarial, que tiene la obligación de producir aunque se le prohíbe distribuir sus ganancias en la forma que crea conveniente, por lo que serán confiscadas por el Estado para una “justa redistribución” efectuada por los políticos que lo dirigen.

Si se reserva la denominación de “democracia económica” a la economía de mercado, por la analogía con la democracia política, tan denominación no debería utilizarse para una situación en que el Estado confisca las ganancias de las empresas, o bien nacionaliza a éstas, priorizando la voluntad de los políticos en lugar de la de los productores y consumidores. Sin embargo, podemos encontrar la denominación referida en los escritos confeccionados por los socialdemócratas, algo que nos recuerda a la República Democrática Alemana y su opresivo muro de Berlín, un país totalitario en todos sus aspectos. Al respecto podemos leer:

“El socialismo quiere abolir el régimen capitalista y reemplazarlo por una sociedad económica en la cual el interés colectivo prevalezca sobre la persecución del lucro. Los objetivos económicos inmediatos de la política socialista son el pleno empleo de los trabajadores, el aumento de la producción, el mejoramiento del nivel de vida, la seguridad social y la justa distribución de las rentas y de los bienes”. “Para alcanzar estos objetivos, la producción debe ser planificada en interés del pueblo entero. Esta planificación es incompatible con la concentración del poder económico en manos de una minoría, exige un control democrático eficaz de la economía. El Socialismo democrático se opone a la vez a la organización capitalista y a todas las formas de planificación totalitaria, que no permiten poner bajo la autoridad pública la producción ni la justa distribución de los productos del trabajo” (De “Presente y futuro del Socialismo democrático”-Bases Editorial-Buenos Aires 1960).

Uno de los precursores de la socialdemocracia fue Eduard Bernstein quien comparte el pensamiento de Marx sólo parcialmente. Una de sus afirmaciones fue la siguiente: “Nadie alienta la idea de destruir a la sociedad burguesa como sistema social civilizado y ordenado. Por el contrario, la democracia social no desea disolver esa sociedad y hacer proletarios de todos sus miembros. Se empeña más bien, constantemente, en levantar al obrero de la posición social de proletario a la de «burgués», y en esta forma hacer la burguesía –o ciudadanía- universal” (Citado en “Introducción a las doctrinas Político-Económicas” de Walter Montenegro-Fondo de Cultura Económica-Bogotá 1956).

La falta de libertad, como de incentivos, desalienta las actividades productivas. De ahí que, en una misma población, cualquier forma de socialismo logra peores resultados económicos que los sistemas que promueven la libertad y los incentivos. De esa manera, se puede concluir que el capitalismo es un mal sistema (respecto de lo cual existe un generalizado consenso), pero el socialismo es bastante peor (respecto de lo cual existen suficientes evidencias). Ludwig von Mises escribió: “Interfiere el gobierno el mercado al forzar a los empresarios a actuar de modo distinto a como ellos lo hubieran hecho de haber podido atenerse estrictamente a los deseos de los consumidores. De ahí que la injerencia estatal vaya siempre al final en perjuicio de las masas consumidoras. Los gobernantes, en definitiva, lo que pretenden es arrogarse la totalidad, o al menos parte de la soberanía que bajo una economía de mercado corresponde a las multitudes compradoras” (De “Seis lecciones sobre el capitalismo”-Unión Editorial SA-Madrid 1981).

Bajo la perspectiva socialdemócrata, el que produce es considerado sospechoso hasta que demuestre lo contrario, mientras que el que poco o nada produce, es considerado como una victima inocente del primero. Luego, se lo ha de proteger desde el Estado (que tampoco produce) quitándole al que produce, siendo el redistribuidor finalmente el héroe y ejemplo de la sociedad. Puede afirmarse que sin democracia económica no es posible lograr la democracia política, mientras que sin democracia política es posible establecer la democracia económica.

Las intervenciones del Estado, que perturban el libre funcionamiento del mercado, tienden a desencadenar otras decisiones en la misma dirección que pueden llevar a la sociedad incluso hasta el totalitarismo. Wilhelm Röpke escribió: “El carácter disconforme de una intervención [perturbadora del mercado] se manifiesta por el hecho de que al paralizar la mecánica de los precios acarrea una situación que exige en el acto otra nueva y más profunda intervención, que acaba por poner en manos de la autoridad la función reguladora que había venido ejerciendo el mercado. Si el Gobierno señala alquileres máximos, la oferta y la demanda comenzarán a desnivelarse en el mercado de la vivienda, debido a que los alquileres no pueden subirse hasta el límite necesario para nivelar aquéllas –para lo que habría que fomentar la construcción de casas y frenar la demanda. De esta forma el Estado se ve después obligado a dar un paso más racionando la vivienda, y como quiera que en estas condiciones se paraliza simultáneamente la edificación, acaba por hacerse cargo él mismo de la construcción de casas. Al propio tiempo suele congelarse el mercado de la vivienda –cada uno se aferra al piso que tiene la suerte de ocupar, aunque la familia se reduzca- y cada vez hay menos libertad para cambiar de domicilio. De todo ello se desprende que el mecanismo regulador de precios constituye una parte esencial del mecanismo total de nuestro sistema económico y que no se le puede arrancar sin emprender un derrotero que acaba en el colectivismo” (De “La crisis social de nuestro tiempo”-Revista de Occidente-Madrid 1947).

Del ejemplo mencionado se extrae otra conclusión importante, ya que, al reducir el monto de los alquileres de viviendas, o congelar su precio, se beneficia de inmediato quien ya está alquilando, pero se perjudica a quienes desean alquilar una vivienda porque, con los precios reducidos, baja la oferta de viviendas en alquiler y se restringe totalmente la construcción para ese fin. La tendencia socialdemócrata es antieconómica por cuanto resuelve los problemas para un sector desatendiendo a otros, siendo tales “soluciones” válidas para el corto plazo pero ineficaces para el largo plazo. Henry Hazlitt escribió: “El arte de la Economía consiste en considerar los efectos más remotos de cualquier acto o política y no meramente sus consecuencias inmediatas; en calcular las repercusiones de tal política no sobre un grupo, sino sobre todos los sectores” (De “La Economía en una lección”-Unión Editorial SA-Madrid 1981).

Hana Fischer escribió: “La situación de «subdesarrollo» político reinante en América Latina, y sus consiguientes secuelas económicas, tienen su origen en una gran confusión que se manifiesta por medio de las ideologías predominantes”. “La ignorancia acerca del hecho de que la lucha por la libertad económica fue el inicio del proceso que culminó en la vigencia del Estado de derecho, y del reconocimiento de los derechos individuales y las libertades políticas, es una de las causas principales de la decadencia de la democracia. Ésa es igualmente la razón del desencanto que produce en amplias capas de la sociedad. El despreciar a la libertad económica y al mismo tiempo aspirar a la libertad política, es un imposible de lograr. O se tienen ambas o no se tiene a ninguna. Pero sin lugar a dudas que el «barco insignia» de las libertades, es la económica” (De “¿Democracia o dictadura de las mayorías?”-Ediciones Barbarroja-Buenos Aires 2013).