viernes, 30 de mayo de 2014

La anticiencia política

Debido a los importantes resultados logrados por la ciencia experimental, la mayoría de las actividades cognitivas emprendidas por el hombre apuntan a adoptar un carácter científico. De ahí que los especialistas en ciencias sociales traten de que su labor pueda considerarse científica, como una condición que acredite cierta calidad del trabajo realizado. Incluso actividades que no lo son, como la filosofía y la religión, tratan al menos de ser compatibles con los resultados logrados por la ciencia experimental.

El éxito de la ciencia experimental radica en que se basa en el método de prueba y error. Esto implica que toda descripción realizada debe someterse al veredicto de la experimentación. De esa manera, se ha de encontrar necesariamente algún error, o diferencia, entre la descripción hecha y la realidad descripta. Si el error es grande, se abandona la hipótesis contrastada para reemplazarla por una nueva, para realizar una nueva confrontación, hasta que el error sea mínimo, o aceptable, según el grado de exigencia aceptado en el ámbito considerado.

Otras actividades cognitivas, como la filosofía, adoptan verificaciones lógicas antes que experimentales; de lo contrario, constituirían otra rama científica más. Para que una postura filosófica esté acorde a los tiempos en que se realiza, debe partir de una base científica, es decir, debe tener en cuenta los resultados comprobados establecidos por la ciencia experimental.

Al adoptar el método de la ciencia, no se garantiza el éxito de los resultados. Decimos que se trata de una condición necesaria, pero no suficiente, ya que, antes de obtener el mejor resultado, se debieron desechar varios resultados erróneos previos. Como ejemplo podemos mencionar el caso de Paul Ehrlich y el descubrimiento del salvarsán, obtenido en el intento 606, es decir, tuvo que realizar 605 ensayos previos hasta lograr el resultado final. Esta vez no se buscaba lograr una descripción compatible con la realidad, sino realizar una droga que debería alcanzar una finalidad concreta. “Ehrlich y sus ayudantes comenzaron una serie de ensayos valiéndose de compuestos similares a las tinturas, aunque contenían en su composición arsénico. Ello formaba parte de su programa destinado a encontrar una «bala mágica» capaz de localizar y destruir las células de los agentes patógenos invasores. Su compuesto número 606, arsenobenzol…. resultó ser efectivo en su acción contra el Treponema pallidum, responsable de la sífilis. Pronto se lo empleó como medicamento, denominado «salvarsán»” (Del “Diccionario básico de científicos” de David Millar y otros-Editorial Tecnos SA-Madrid 1994).

Como se puede advertir, el primer requisito que debe cumplir un científico implica sentir una gran necesidad interior por conocer la verdad, o por llegar a una meta definida, ya que tal necesidad ha de constituir la fuerza que lo ha de impulsar ante el arduo trabajo de investigación requerido. En la ciencia no hay lugar para quienes les da casi igual conocer una verdad asociada a alguna parte del universo, que no conocerla. Tales de Mileto, el iniciador de la ciencia, afirmó: “Prefiero conocer una ley natural antes que poseer un reino”.

En el caso de la política y de las pretensiones de sus cultores por lograr una verdadera “ciencia política”, se advierten serios inconvenientes. El principal de ellos consiste en una ausencia de autocrítica ante los resultados obtenidos por una teoría; ausencia que se advierte, no sólo en los políticos activos, sino en la propia intelectualidad dedicada a esos temas. La gravedad se advierte en que el conocimiento de la verdad no es ni siquiera un objetivo para satisfacer una mera curiosidad, tal como ha acontecido con el socialismo y su estrepitoso fracaso, que apenas ha sido tenido en cuenta por quienes prefieren defender posturas y actitudes establecidas que intentar tomarse el trabajo de realizar otras versiones mejor adaptadas a la realidad. El lema anticientífico parece ser: “Prefiero disponer de fama y poder antes que conocer la verdad”.

Tanto la sociología como la política adoptan una postura similar a la filosofía, constituida por una gran colección de sistemas, sin que aparezca un criterio de selección que admita sólo algunos y rechace el resto, ya que, pareciera, “todo vale”. En las ciencias establecidas, por el contrario, sólo se aceptan las teorías comprobadas experimentalmente y son rechazadas las que no superan la etapa de verificación experimental. Jean-François Revel escribía en el año 2000:

“Hace diez años caía el régimen soviético, y no bajo las armas del adversario –como le aconteció al nazismo- sino por el efecto de su propia putrefacción interna. Muchos pensaron naturalmente que este acontecimiento, el mayor fracaso de un sistema político en la historia de la humanidad, suscitaría en el seno de la izquierda internacional una reflexión crítica sobre la validez del socialismo. Ocurrió lo contrario. Después de un periodo de aturdimiento, la izquierda –sobre todo la no comunista- lanzó un impresionante batallón de justificaciones retrospectivas. De ello se extrae esta cómica conclusión: parece ser que lo que verdaderamente rebate la historia del siglo XX no es el totalitarismo comunista, sino…¡el liberalismo! Por consiguiente, toda comparación entre los dos mayores totalitarismos, el comunismo y el nazismo, sigue siendo tabú: prohibido constatar la identidad de sus métodos, de sus crímenes y de su fijación antiliberal. Así, durante la década 1990-2000, la izquierda ha hecho esfuerzos sobrehumanos por no sacar fruto del naufragio de sus propias ilusiones. ¿Qué ha sido exactamente esta «gran mascarada»? ¿No será otro ejemplo más del divorcio entre narcisismo ideológico y la verdad histórica?” (De “La gran mascarada”-Taurus-Madrid 2000).

El socialismo, como toda teoría que pretenda ser verdadera y, por lo tanto, beneficiosa para la sociedad, debe comenzar por ser compatible con las ciencias sociales ya verificadas. Sin embargo, su propuesta ignora los resultados de la ciencia económica. O lo que es peor, parece tenerla en cuenta para proponer todo lo contrario, como la abolición del mercado. Pero el fundamento concreto y razón de ser del socialismo es la presunta inferioridad ética de los empresarios, quienes sin excepción, se supone, son explotadores de sus empleados. Sin esa injusta discriminación social, el socialismo no tendría razón de ser.

La tarea difamatoria del marxista sobre el liberalismo ha hecho que los difamados finjan renunciar a su postura para evitar problemas: “La batalla de la izquierda destinada a inyectar en los liberales el miedo a asumir su liberalismo y, a continuación, el deseo interiorizado de abjurar de él, se ganó en esos años”.

En la ciencia, cuando alguien critica una teoría, obliga a sus autores a defenderla a la luz de los hechos experimentales, ya sean directos o indirectos. Por el contrario, quien duda de la validez de sus propias creencias trata de refugiarse en la oscuridad de lo inobservable, actitud de la religión criticada por Albert Einstein, quien escribió al respecto: “La doctrina de un Dios personal que se interpone en los acontecimientos naturales nunca podría ser refutada, en el real sentido de la palabra, por la ciencia, pues esta doctrina puede refugiarse siempre en dominios en que el conocimiento científico no ha puesto pie aún. Pero estoy persuadido de que tal proceder por parte de los representantes de la religión no sólo sería indigno, sino también fatal. Pues una doctrina que no es capaz de sostenerse a la faz del día sino solamente en la oscuridad, necesariamente perderá su efecto en la humanidad, con incalculable daño para el progreso del hombre” (De “De mis últimos años”-Aguilar SA de Ediciones-México 1951).

Los marxistas, ante las catástrofes sociales provocadas por el socialismo en varios países, en lugar de aceptar la falsedad del marxismo, han optado por refugiarse en la utopía, en las “buenas intenciones” o en la necesidad del hombre de tener ilusiones. Jean-Françoise Revel escribe: “Así, con una loable rapidez de reflejos, el debate se arrancó del terreno de las realidades para llevarlo al firmamento de las intenciones en el que ningún ideólogo se equivoca jamás”.

“Gracias a una suculenta paradoja, la legión de combatientes marxistas redobló su ferocidad justo a partir del año en que la historia acababa de aniquilar el objeto de su culto. Traicionando el pensamiento de Marx, sus discípulos se negaron a doblegarse ante el criterio de la praxis para replegarse en la inexpugnable fortaleza del ideal”. “Liberados de la inoportuna realidad, a la que además negaban toda autoridad probatoria, los fieles volvieron a encontrarse con su intransigencia. Se sintieron por fin libres para volver a sacralizar sin reservas un socialismo que había vuelto a su condición primitiva: la utopía. El socialismo encarnado daba pie a la crítica. Pero la utopía, por definición, es imposible de objetar. La firmeza de sus guardianes pudo volver, pues, a no tener límites desde el momento en que su modelo no era ya realidad en ninguna parte”.

“Como no puede basarse en hechos, se reduce a la creencia supersticiosa de que en algún cielo lejano se halla una sociedad perfecta, próspera, justa y dichosa, tan sublime como el mundo suprasensible de Platón y tan imposible de conocer como «la cosa en sí» de Kant. El comunismo era el único instrumento capaz de hacer que el modelo ideal bajara a la tierra. Como ha desaparecido, también ha desaparecido la posibilidad de esa sociedad de justicia”.

Tanto la sociología como la ciencia política, para pretender que se respete su status científico, deben considerar al marxismo como una teoría errónea teóricamente y nefasta en sus aplicaciones concretas, pasando a ser una curiosidad histórica que debe ser conocida para que las futuras generaciones no caigan en las trampas ideológicas ni sus vidas en manos de sus difusores. Además, todo científico social tiene la obligación moral de denunciar lo falso y lo peligroso, y más aun cuando se lo ha aceptado y promovido como conocimiento de validez comprobada, engañando a los desprevenidos que creyeron en la seriedad de tales actividades cognitivas.

No es criticable quien haya creído, en algún momento de su vida, en la viabilidad del socialismo y en las “buenas intenciones” del marxismo, rechazándolo en cuanto advirtió la dura y cruel realidad. Lo que es criticable es el cinismo desmedido de quienes prefieren seguir divulgando falsedades en lugar de aceptar lo evidente y que incluso se dedican a criticar a quienes afirman lo evidente. De ahí que el problema del marxismo debe considerarse como una simple cuestión de moral, ya que no se cumple con el elemental mandamiento de “No levantar falso testimonio ni mentir” o bien se trata de un problema mental, ya que, por lo general, puede advertirse una falla psicológica en las personas que adoptan falsas visiones de la realidad, alejándose de ella.