sábado, 17 de mayo de 2014

Integrantes vs grupo al que pertenecen

Todo agrupamiento de personas responde a una finalidad, mientras que el grado de integración al mismo dependerá de cuánto de importante sea para cada integrante la finalidad que los reúne. Es posible describir algunos conflictos sociales en base a considerar la actitud predominante en algunos integrantes respecto al resto, o al grupo en sí. Podemos encontrar las siguientes posibilidades:

a) El grupo es más importante que sus integrantes, cuyos derechos poco importan
b) El grupo resulta tan importante como cada uno de sus integrantes
c) Algunos integrantes se consideran más importantes que el grupo y la finalidad que los reúne

En el caso de los sistemas políticos, puede observarse que la nación materializa el grupo que reúne a todos los habitantes. Vinculado al primer caso, en el que todo integrante debe relegar sus derechos y sus aspiraciones personales en beneficio de la sociedad, tenemos a los sistemas colectivistas, siendo el socialismo el más representativo, ya que la ideología que lo sustenta considera que existe un conflicto necesario e ineludible entre los intereses individuales y los del conjunto, por lo cual se opta por priorizar estos últimos. El éxito individual queda relegado, siendo incluso algo inadmisible.

Una actitud similar puede advertirse en muchos simpatizantes de fútbol para quienes el éxito de sus vidas, o el ocasional fracaso, están en exclusiva función del éxito o del fracaso deportivo del club de su preferencia. Quienes renuncian a proyectos u objetivos personales, se ligan a distintas instituciones para compartir con ellas la trascendencia temporal que la limitada vida humana impide.

Algunos gobiernos socialistas trataban que algunos individuos, delatores de su propia familia, fueran considerados como ejemplos de la sociedad colectivista en clara confirmación que la sociedad debería ocupar un lugar predominante en la estima personal, incluso antes que la propia familia. También Perón instaba a sus seguidores a delatar los anti-peronistas durante su segundo gobierno. Vladimir Bukovsky describe el caso de un “héroe nacional” (para las autoridades de la URSS), llamado Pavlik Morozov:

“Adolescente ruso al que le dieron muerte los campesinos durante la colectivización por haber denunciado a su padre. Pasó a ser el héroe epónimo de la delación, propuesto como ejemplo para toda la juventud soviética” (De “URSS: de la utopía al desastre”-Editorial Atlántida SA-Buenos Aires 1991).

En el segundo caso tenemos los sistemas democráticos en los cuales los intereses y los derechos individuales resultan tan importantes como los intereses y derechos del grupo, precisamente porque se considera que toda agrupación es un ente simbólico, mientras que la única realidad concreta son los individuos. Se considera que no existe, necesariamente, conflicto entre los intereses individuales y los del conjunto. Predomina la tendencia al trato igualitario, y existen tanto los proyectos individuales como los colectivos.

En el tercer caso, los líderes utilizan al grupo como un medio para lograr materializar sus ambiciones personales de la búsqueda de poder y de trascendencia social. Tales individuos están motivados por un complejo de superioridad que aparece como una compensación necesaria a un previo complejo de inferioridad. Por lo general, en cuestiones políticas, tales personajes proponen sistemas colectivistas ante la posibilidad de disponer de adeptos incondicionales que renuncian a todos sus derechos para cederlos al líder, por lo que aparece un complemento ideal entre el hombre voluntariamente colectivista y el líder con complejos de inferioridad y superioridad, en el sentido antes considerado. José Sánchez-Parga escribió: “La ambición es una patología del poder y del poderoso, más propia del que ya posee y ejerce el poder que del que carece de él” (De “Poder y política en Maquiavelo”-Homo Sapiens Ediciones-Rosario 2005).

Las ambiciones de poder no aparecen sólo en individuos aislados, sino en grupos que se consideran superiores al resto por cuestiones éticas, raciales, sociales o ideológicas. Milovan Djilas escribió: “Partiendo de la premisa de que sólo ellos conocen las leyes que gobiernan la sociedad, los comunistas llegan a la conclusión demasiado simple y anticientífica de que ese supuesto conocimiento les da el poder y el derecho exclusivo a modificar la sociedad y dirigir sus actividades. Este es el error más importante de su sistema” (De “La nueva clase”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1957).

Entre las formas de describir la historia de las naciones, tenemos disponible aquella que considera las actitudes de sus dirigentes respecto del resto de sus habitantes. En el caso argentino, se advierte la importante influencia de tres líderes que priorizaron sus ambiciones personales relegando el interés nacional a un lugar secundario, y fueron Juan Manuel de Rosas (siglo XIX), Juan D. Perón (siglo XX) y Néstor Kirchner (siglo XXI). Otros líderes, de menor influencia, también relegaron a la patria a un lugar secundario, y de ahí la decadencia inevitable de la nación. Carlos Rangel escribió:

“Los diferentes jefes que la marea de la guerra deja al retirarse no van a tener otra ambición que tallarse feudos personales […].Los primeros caudillos, jefes militares de segunda fila, surgidos la mayoría de ellos, al calor de la guerra, «alzándose con los reinos, como si se tratara de un botín medieval». Y cada uno de estos hombres es un «héroe nacional», tiene sus estatuas y su culto en la nación correspondiente, cuyo infortunio contribuyó en cada caso a fundar. A partir de allí, la América Española va a disipar el resto del siglo XIX en pugnas intestinas, guerras civiles y golpes de Estado motivados teóricamente por abstracciones, entre las cuales se destacan la falsa disyuntiva entre Centralismo y Federación, y la dicotomía grandilocuente Conservadores o Liberales; pero desencadenados de hecho por una verdadera rebatiña por los privilegios implícitos en el control del gobierno y el Tesoro Público, únicos sustanciales en sociedades políticamente primitivas”.

“Sin embargo, todavía hoy no se encuentran historiadores y políticos que tomen el asunto en serio. Pasan por alto, unos y otros, los hechos históricos esenciales; o bien están escribiendo partidariamente…Por ejemplo en Argentina, primero los nacionalistas tradicionalistas, luego los fascistas y los nacionalistas de izquierda, llegando hoy hasta los marxistas, resolvieron en pleno siglo XX reivindicar como héroe precursor al sanguinario tirano «federalista» Juan Manuel de Rosas (gobernó de 1835 a 1852) porque su primitivismo «autóctono» les parece o bien sinceramente admirable, o bien utilizable en función de las consignas xenófobas…En la práctica, una vez que hubo capturado Buenos Aires, Rosas fue el más centralizador de los gobernantes argentinos…Pero la verdad no interesa, o pasa a segundo plano, puesto que lo que se busca al exaltar a Rosas, es desacreditar a sus adversarios históricos, los hombres que intentaron (con cierto éxito) hacer de Argentina una colectividad liberal, gobernada por la razón y no por la pasión oscurantista engendrada por el complejo de inferioridad; y desde luego acorralar y poner en derrota, en el momento actual, a los herederos de esta tradición civilizadora” (De “Del buen salvaje al buen revolucionario”-Monte Ávila Editores-Caracas 1982).

Coincidiendo con la cita anterior, Francisco Luis Bernárdez escribió: “La tiranía de Rosas fue uno de los periodos más tristes y vergonzosos de nuestra historia. Después de veinte años de feroz despotismo, durante los cuales tanto la vida como la hacienda de todos estuvieron a merced del autócrata y de sus sicarios, el pueblo argentino comenzó a respirar. Se vuelve a hablar en voz alta, se fundan escuelas, aparecen diarios y libros, se crean instituciones de bien público, se rescata la dignidad ciudadana, ahogada en sangre a lo largo de aquellos decenios de discrecionismo político; y sobre todo se reabren las puertas del país para que el pueblo argentino torne a comunicarse con el mundo civilizado…Pero la irracionalidad no muere del todo en los hombres. El otro yo de las multitudes, ese otro yo que en cualquier momento puede hacer que el pueblo de Beethoven pase a ser el pueblo de Hitler, pugnó siempre (en Argentina) por volver a levantar cabeza. A ese otro yo le irritaba el progreso, lo humillaba la civilización, disfrazado de pacífico amante del folklore local, ese torvo alter ego no cesó de luchar por recobrar su posición de antaño y desquitarse. Muchos colaboraron en una empresa que creían bien intencionada y provechosa, sin darse cuenta de que contribuían al resurgimiento de las tinieblas históricas. El peronismo nace asistido por la razón y como remedio a flagrantes errores e injusticias. Pero no tarda en ser devorado por la fuerza negativa de ese oscuro resentimiento. Ansioso de irracionalidad, Perón quiso renegar del proyecto civilizador argentino, sustituyéndolo con un plan que fomentaba todo lo contrario. Nada de Europa, por supuesto. ¿Para qué Europa? Nosotros somos americanos, y en cierto modo indios. Restablezcamos hasta donde sea posible la fisonomía de las culturas anteriores al advenimiento y triunfo de la cultura española, greco-latina, europea….” (De “Nuestra Argentina”-El Nacional-Caracas 14/3/1975).

Mientras el Justicialismo predomine sobre el cristianismo, pocos cambios esenciales se podrán esperar. Hana Fischer escribió: “La llamada «justicia social» en realidad lo que hace es perturbar esas relaciones pacíficas, e incluso el orden social. En ese estado de cosas, todos están insatisfechos. Los «favorecidos» están disconformes, porque al obtener beneficios que no dependen de su esfuerzo personal sino del «presionar» a los políticos, toda concesión les parecerá poca. Y el resto de la población verá sus libertades recortadas, será coaccionada con fines diferentes al estricto cumplimiento de la ley general, y estará abrumada por la carga impositiva. Por esa vía se disuelve el lazo moral que enlaza los resultados materiales obtenidos, con aquellas normas de recta conducta que los haría legítimamente posibles. Como indica la práctica, no hay mejor forma de «dilapidar» los esfuerzos de la nación” (De “¿Democracia o dictadura de las mayorías?”-Ediciones Barbarroja-Buenos Aires 2013).

Para revertir la situación de decadencia, que incluso ha llevado a un importante sector de la sociedad a un estado de barbarie y salvajismo, es necesario tener presente los procesos básicos que orientan las decisiones personales de cada hombre, en especial la de quienes dirigen el destino de la nación, Una primera etapa consiste en establecer una autorreflexión histórica para ser conscientes de los errores del pasado, para superarlos o, al menos, para no volver a repetirlos. De ahí que la elección ideológica para el futuro argentino ha de ser: Perón o Cristo, es decir, definirnos si hemos de acompañar el ascenso de lideres o de grupos que, persiguiendo objetivos personales o sectoriales, relegan a la nación a un lugar secundario, o bien definirnos por el igualitario mandamiento cristiano que nos sugiere “compartir como propias las tristezas y las alegrías de quienes nos rodean”. También debemos aceptar como fundamento básico para nuestra vida la idea de estar insertos en un mundo regido por leyes naturales que contemplan la posibilidad de lograr, aun en condiciones adversas, un aceptable nivel de felicidad. Bajo estas consignas podremos lograr armonizar los intereses del conjunto con los intereses individuales, dejando de lado el odio entre sectores que nos imponen los demagogos de turno.