jueves, 22 de mayo de 2014

Hacia una teocracia directa

En el ámbito de la política, en lo que respecta al vínculo entre Estado y ciudadano, podemos encontrar dos tendencias extremas, ya que el Estado puede gobernar al ciudadano a través de las decisiones personales de sus funcionarios o bien a través de leyes establecidas previamente. Por lo general, la segunda alternativa es la que produce mejores resultados, por cuanto se eliminan los excesos de los gobernantes, ya que también estarán sometidos a la ley. En forma similar, en el ámbito de la religión, todo hombre puede ser gobernado por las decisiones de Dios (a través de sus enviados o intérpretes), alternativa que podemos denominar “teocracia indirecta”, o bien puede serlo a través de su adaptación a las leyes naturales y al orden natural emergente, que podemos denominar “teocracia directa”. Como en el caso de la política, esta última alternativa es la que mejores resultados ha de producir por cuanto se eliminan los errores y excesos de los enviados o intérpretes de la aparente voluntad del Creador.

El objetivo principal del cristianismo consiste en establecer el Reino de Dios sobre los hombres, es decir, una teocracia (teo = Dios, cracia = gobierno) evitando expresamente el gobierno del hombre sobre el hombre. Por otra parte, teniendo presente que la humanidad está sometida al proceso de adaptación cultural al orden natural, se advierte una convergencia entre cristianismo y ciencia, ya que ambos buscan, en definitiva, que el hombre sea apto para vivir bajo las leyes naturales que rigen todo lo existente, que incluyen nuestra propia personalidad.

El salto cultural evolutivo, asociado a una ideología de adaptación, será indistinguible de una reinterpretación de la ética cristiana, considerada por la religión como el “juicio final”, ya que ciencia y religión se harán indistinguibles cuando ambas se fundamenten en la ley natural, tanto para describirla como para adaptarnos a ella.

La diferencia entre ambas teocracias mencionadas será el aspecto que marcará la distinción entre la primera era cristiana y la segunda, prevista en los Evangelios. Recordemos que hasta hace unos siglos atrás, cuando no existían las naciones, los hombres eran súbditos del señor feudal, incluso hace unos pocos años muchos hombres eran sometidos, contra su voluntad, por el Estado socialista. James Burnham escribió:

“En el feudalismo, la relación política central y dominante de cada individuo (con excepción de los habitantes de unas pocas ciudades) no era la de ser ciudadano de una institución abstracta, la nación, sino la de ser «el hombre de tal señor», el vasallo o siervo de tal o cual soberano. Debe su lealtad y tiene deberes políticos para con una persona que es, además, su superior en la jerarquía feudal. El Satanás de Dante ocupa el peldaño más bajo del Infierno por el más grave de todos los pecados feudales: «la traición a su señor y bienhechor»” (De “La revolución de los directores”-Editorial Huemul SA-Buenos Aires 1962).

Entre los requisitos que deberá cumplir una teocracia directa, para ser efectiva, está la admisión de la prioridad ética, dejando de lado las posturas filosóficas que se asocian a toda religión; de lo contrario, los interminables conflictos habrán de continuar como hasta el presente. Recordemos, además, que la religión está hecha para el hombre y no el hombre para la religión. Se atribuye a Indira Gandhi haber expresado, luego de un atentado ocurrido en la India, que “hubo varios muertos, pero los lugares sagrados quedaron intactos”, como ejemplo de oposición a la prioridad antes sugerida.

También es necesario considerar que toda sugerencia dada por la religión, o por las ciencias sociales, debe consistir en acciones accesibles a nuestras decisiones, que sean comprendidas por todos y capaces de despertar en el individuo una actitud cooperativa, como es el caso del “Amarás al prójimo como a ti mismo”, que puede expresarse también como “sentirás las penas y las alegrías ajenas como propias”.

Esta transferencia emocional forma parte del fenómeno de la empatía, existiendo una empatía positiva; la que da lugar al amor, y una empatía negativa, por la cual un individuo responde ante las alegrías ajenas con tristeza propia y a las tristezas ajenas con alegría propia. También existe la indiferencia emocional por la cual alguien se interesa sólo por sí mismo y por su familia, o bien no se interesa por nadie. Se advierte que estas respuestas típicas cubren la totalidad de las situaciones posibles, por lo cual la orientación implica en realidad una elección entre unas pocas posibilidades. El mandamiento cristiano resulta poco fácil de cumplir, no implicando un punto de llegada concreto, sino una tendencia hacia donde debemos orientar nuestra vida.

Debido a que los seres humanos podemos ser condicionados por distintas influencias sociales exteriores, y también por las propias ideas y pensamientos, el cambio de actitud, que nos llevará a una mejora ética, ha de provenir de la comprensión y aceptación de una ideología de adaptación compatible con la ciencia experimental. El mandamiento mencionado sugiere también que la moral individual, o familiar, debe unificarse con la moral social, ya que la palabra “prójimo” nos da idea de cualquier ser humano.

El cristianismo ha sido criticado por sus detractores por cuanto, se dice, enfatiza nuestros esfuerzos y expectativas en el “más allá” olvidando o desatendiendo el “más acá”. Sin embargo, si alguien ha intentado con cierto éxito cumplir con el mandamiento del amor al prójimo, habrá advertido que el nivel de felicidad logrado resultó bastante aceptable, por lo que así se desmienten las críticas adversas. Aunque han sido justas cuando fueron dirigidas a varios emisores secundarios que, seguramente, entendieron los Evangelios en una forma equivocada.

Agustín Álvarez comentaba que dos hechos afectaron seriamente su niñez: el terremoto de Mendoza en 1861 y la influencia religiosa recibida: “Yo he vivido en ese «open door» de la insensatez medieval, que era la herencia intelectual forzosa de los hispanoamericanos de la época colonial, el cual, y el terremoto del 61, han sido las dos grandes calamidades que han amargado las que debieron ser horas felices de mi infancia. Y de ahí mi empeño en sustraer a los presentes y venideros de eso que Maeterlinck llama «el solo crimen imperdonable, el que envenena las alegrías y anonada la sonrisa del niño» con el fantasma de la condenación por los usos y los goces de la vida”. “La fraternidad humana perdió casi toda su significación bajo el dogma eclesiástico de la separación eterna en la otra vida, que implicaba la separación absoluta en esta vida, entre los predestinados a la dicha eterna y los condenados a la eterna desdicha” (De “Perfiles del Apóstol” de Pedro C. Corvetto-El Ateneo-Buenos Aires 1934).

El esclarecimiento de lo evidente y de lo obvio, implica un mérito intelectual, por lo que se ha dicho que “el sentido común es el menos común de los sentidos”. De ahí la posibilidad de reinterpretar el mensaje cristiano a la luz de los hallazgos del quehacer científico actual. Es decir, la tarea individual de quien esclarezca la situación vendrá apoyada por el trabajo intelectual de científicos sociales de varias generaciones, por lo que la sencillez aparente surgirá del enorme trabajo colectivo previo.

La disponibilidad de información capaz de orientar a todo ser humano, en sus esfuerzos por lograr mayores niveles de adaptación, asociados a mayores niveles de felicidad, se podrá lograr sintetizando los aspectos sociales de su comportamiento mediante una teoría ordenada axiomáticamente. La nueva etapa que ha de afrontar la humanidad no ha de depender de los supuestos atributos de Dios, sino del hombre. Cualquiera sea la idea que nos formemos de Dios, como un ente personal, o no, no debe ser un obstáculo que impida que en cada hombre surja la tendencia a compartir las penas y las alegrías de sus semejantes. Recordemos las palabras de Cristo: “El Reino de Dios está dentro de vosotros” (Regnum Dei intra vos est).

Se ha dicho que la alegría compartida es doble alegría y que el dolor compartido es medio dolor. De ahí que las visiones apocalípticas finales nos digan “no vi llanto, ni clamor, ni dolor” presagiando el éxito de la nueva interpretación de las prédicas cristianas, es decir, surgida al adoptar como referencia las propias leyes naturales que rigen nuestra existencia individual y social. La universalización del cristianismo sólo puede esperarse bajo una simplificación y supresión de los aspectos poco observables y poco relacionados con los atributos básicos del hombre. El reemplazo de lo que Cristo dijo a los hombres por lo que los hombres dicen sobre Cristo, ya hizo fracasar el cristianismo original; al menos se espera que la experiencia anterior sirva de enseñanza de lo que no debe hacerse, por cuanto los errores cometidos se traducen en sufrimiento padecido por millones de personas.

Debe tenerse presente que la religión moral busca el predominio del Bien sobre el Mal, de la verdad sobre la mentira, del amor sobre el odio. En un mundo regido por leyes causales, sólo podemos elegir las condiciones iniciales en toda secuencia de causas y efectos. Luego, la propia ley conducirá a las consecuencias de nuestra previa elección; resultado que no depende de nuestros deseos particulares. La Segunda Era Cristiana, si se llega a producir, estará enmarcada en un ámbito científico. La teocracia directa implica a la religión natural. Si bien resulta evidente la imperiosa necesidad de llegar a esa etapa, no es de descartar la oposición de quienes priorizan el triunfo de creencias y posturas filosóficas sobre la integridad y la continuidad de la vida inteligente sobre nuestro planeta. Podrán decir, junto a la mencionada funcionaria india: “La humanidad sigue en estado de decadencia y sufrimiento, pero los misterios sagrados siguen vigentes e intactos”.

Ante toda innovación religiosa, se podrán invocar desvíos respecto de los Libros Sagrados, cuando son tomados como referencia. Sin embargo, cuando alguien adopta como referencia las propias leyes de Dios, que son las leyes naturales, está yendo en forma directa, sin intermediarios, a la referencia adoptada por la ciencia y que, supuestamente, fue adoptada en el pasado por quienes escribieron tales Libros, de lo contrario tendrían poca validez.

El amor al prójimo, como una tendencia por la cual hemos de compartir las penas y las alegrías de los demás, no sólo resulta ser una guía para nuestro crecimiento personal, sino también la base de la ética natural y de la política, la economía, la educación y el resto de las actividades humanas, que deberán adoptarlo como el punto de partida si se busca optimizar el nivel de felicidad promedio de la humanidad.

La obra científica de Pierre Teilhard de Chardin ha sido considerada, por sectores ortodoxos cristianos, como confusa e incompleta, siendo la consecuencia ineludible de adoptar como referencia la propia ley natural en lugar de los Libros Sagrados. De ahí que toda descripción científica realizada dentro del marco de la Psicología Social, seguramente padecerá de un rechazo similar, a menos que se tengan en cuenta las prioridades señaladas con anterioridad.