miércoles, 12 de marzo de 2014

Poder ¿para qué?

El antagonismo existente entre liberalismo y socialismo se caracteriza, entre otros aspectos, por las intenciones de cada bando de convencer al ciudadano común respecto de las bondades de los respectivos sistemas propuestos, aunque existe una tácita renuncia a intentar convencer al opositor, por cuanto los objetivos perseguidos resultan incompatibles; dando pocas esperanzas de futuros acuerdos. La incomprensión puede caracterizarse mediante la pregunta que hace Vladimir Lenin: “Libertad, ¿para qué?”, mientras que desde el otro sector imaginamos la pregunta “Poder, ¿para qué?”, ya que ambos sectores cuestionan y descalifican el objetivo supremo perseguido por el rival.

La libertad resulta esencial para la vida del hombre; ya que implica independencia respecto de la tutela y del mando de otros hombres. El poder, al implicar una capacidad para influir sobre la vida de otros hombres, resulta incompatible con la libertad, excepto cuando se trata de una buena influencia y promueve dicho valor. De ahí que, mientras el liberalismo propone dividir todo tipo de poder existente en la mayor cantidad posible de partes, como un factor de seguridad, para evitar excesos, el socialismo busca la concentración total y absoluta del poder en el Estado. También habrá posiciones intermedias, aunque se orientarán hacia uno u otro sector. Carlos S. Fayt escribió: “La Política es la actividad humana de la que deriva el gobierno de los hombres en la comunidad organizada. Esa actividad consiste en acciones que realiza y ejecuta el hombre con intenciones de influir, obtener, conservar, crear, extinguir o modificar el Poder, la organización o el ordenamiento de la comunidad” (De “Teoría de la Política”-Abeledo-Perrot-Buenos Aires 1966).

Mientras que, para el liberal, resulta positivo que el poder esté asociado tanto al Estado, como a las instituciones religiosas, a las empresas, a los medios de comunicación, a las organizaciones no gubernamentales, etc., el socialista denuncia como algo indebido, por ejemplo, al “poder de la Iglesia”, por cuanto le resulta inadmisible la existencia de poder fuera del Estado, especialmente fuera del dirigido por socialistas. También critica severamente la concentración de poder económico de las empresas, ya que aduce que todo el poder debe pertenecer al Estado. Adviértase que en países como Cuba o Corea del Norte, el poder del Estado no sólo involucra lo económico, sino también lo político, militar, periodístico, cultural, legislativo, etc. Puede decirse que, a mayor concentración de poder, menor libertad y mayor esclavitud, siendo la muralla de Berlín el símbolo inequívoco del socialismo.

El objetivo apuntado implica, como meta final, el Estado totalitario (todo en el Estado), lo que significa lograr la calma y la paz carcelaria en la cual el sector socialista dirige y comanda al resto de la sociedad. Históricamente, el logro del poder total siempre ha implicado lucha y destrucción del rival, por lo cual el ascenso al totalitarismo consiste en una acción típicamente destructiva. Dicha lucha, promovida por líderes o sectores que sólo buscan el éxito y la grandeza personal, ha conducido a las peores tragedias y sufrimientos, por cuanto, a mayor ambición, mayor violencia desatada. Nicolás Maquiavelo escribió: “Debe notarse, pues, que a los hombres hay que halagarlos, o de lo contrario aniquilarlos; se vengarán por pequeñas injurias pero no podrán hacerlo por las grandes; la herida que inflijamos a un hombre debe ser, pues, tan grande que no tengamos necesidad de temer su venganza”.

Mientras que la Revolución Francesa implicó la transferencia del poder desde la nobleza a los revolucionarios, y luego a Napoleón, sin mayores cambios en el nivel de su concentración, la Revolución Norteamericana implicó la distribución pluralista del poder, acorde con el criterio liberal. La Revolución rusa, por el contrario, implicó la concentración absoluta de poder que, como señalan muchos autores, no pudo lograrse sino mediante una inusitada violencia. Para mantener el dominio logrado, se necesitó luego de la mentira y del terror. Lenin dijo: “Decir la verdad es una virtud de la pequeña burguesía. Mentir, y mentir de una manera convincente, es un imperativo para el desarrollo de la causa revolucionaria” (Citado en “Ideas sobre la libertad”-Centro de Estudios sobre la libertad-Buenos Aires 1985).

La distribución pluralista del poder implica un ordenamiento social establecido por un orden legal que predomina sobre las posibles decisiones de los gobernantes, mientras que la concentración socialista del poder implica que las decisiones del líder máximo predominan sobre el marco legal que pueda existir. Alex Comfort escribió: “La tradición independiente del psiquiatra debe llevarlo a decidir en qué punto la psicopatía del individuo sobrepasa a la de la sociedad, que él debería tratar de fortificar, y por qué normas. Más importante quizás es la creciente certidumbre de que, por grande que sea el valor-perjuicio del criminal en la sociedad urbana, el esquema centralizado de gobierno depende actualmente para su función continua de una provisión de individuos cuyas personalidades y actitudes no difieren de modo alguno de aquellas de los delincuentes psicópatas reconocidos. Lejos de penar la conducta antisocial per se, la sociedad selecciona las formas, a menudo indiscernibles, que castigará y las formas que debe fomentar en virtud de su pauta. El psicópata egocéntrico que estafa en el campo financiero es punible, pero si sus actividades son políticas, goza de inmunidad y estima y puede participar en el establecimiento de las leyes” (De “Autoridad y delincuencia en el Estado moderno”-Editorial Americalee-Buenos Aires 1960).

De la misma forma en que los políticos se dividen entre los que buscan optimizar el poder personal o sectorial, y los que buscan el beneficio de la sociedad y del país, existen sectores de la población que están motivados por alguna forma de resentimiento y odio hacia otro sector, y gente que busca lograr una vida con cierta seguridad y comodidad. Dependiendo de los porcentajes respectivos, es de esperar que una nación se oriente hacia alguna forma de socialismo o bien hacia una acentuación de la democracia. El citado autor escribió: “Las sociedades primitivas se dividen bastante fácilmente en dos grupos, uno que se conforma a este esquema, con una forma de vida guerrera, rapaz, y a menudo –aunque no siempre- tiránica, y otro en el cual la orientación es predominantemente pacifica y social. Factores económicos, culturales y familiares desempeñan un rol importante en la determinación de tales tradiciones de grupo. En muchos casos se puede hablar de culturas «centradas en el poder» y «centradas en la vida»”.

Si la opción entre poder o libertad depende no sólo de los políticos, sino también del pueblo que los ha de elegir, ya que el comportamiento de la gente depende de cuestiones emocionales antes que racionales, no debe pensarse que el fracaso del socialismo a nivel mundial altere demasiado las conductas individuales, de ahí que sea de esperar que el socialismo haya cambiado su rostro y sus estrategias, pero no así sus objetivos. Por ello, las nuevas tendencias radican en la adopción de posturas pseudo-democráticas, es decir, pseudo-liberales, ya que el liberalismo implica tanto democracia política como económica (mercado), algo totalmente opuesto a la búsqueda prioritaria de poder. “Las sorprendentes diferencias entre culturas «centradas en el poder» y «centradas en la vida» son estrechamente análogas a las diferencias entre individuos que buscan el poder e individuos que buscan la vida”.

La búsqueda de poder, con el efecto inmediato de la pérdida de libertad de quienes ocuparán la posición de dominados, resulta ser un defecto psicológico serio, ya que se parte de la suposición de que existe cierta desigualdad básica que ha de justificar tal distribución de roles. De ahí que el socialista se considere parte de una clase social elegida, actitud comparable con la idea religiosa del “pueblo elegido”, o a la de las “razas superiores” que han de gobernar, mediante colonizaciones, a los supuestos inferiores.

Lo que por lo general no advierte el ciudadano desprevenido es que el énfasis con que algún político o sector busca el poder, es el mismo énfasis que le imprime a la tendencia destructiva de todo aquello que pretende dominar. Incluso hasta un proceso inflacionario puede deberse, no sólo a una desafortunada gestión de la economía, sino a una deliberada forma destructiva que apunta a establecer el poder absoluto. Robert Moss, refiriéndose al socialismo chileno de la época de Allende, cita la declaración de un ex-ministro: “La inflación fue usada para destruir la clase media. El hecho de que la inflación parecía escaparse de las manos no era un desatino administrativo sino una consciente estrategia política. Nosotros entendimos, y es de la verdadera esencia de las enseñanzas marxistas leninistas, que el poder económico es la llave del poder político. Usted empieza por restringir las libertades del sector privado; continúa por la redistribución de la riqueza mediante un impuesto a las rentas progresivo, luego impuesto a la salud, impuesto a la transferencia gratuita de bienes, etc.; prosigue con la confiscación de tierras y animando a los trabajadores a ocupar los comercios bajo el primer pretexto que encuentren; puede estar seguro de que la inflación que usted desata daña a sus enemigos sociales y no a sus propios sostenedores, y termina con un control a través del estómago. Nos estaremos casi aproximando al nivel cuando, tal como dijo Trotsky, la oposición sea una forma de lenta inanición…” (De “El colapso de la democracia”-Editorial Atlántida SA-Buenos Aires 1977).

Las coincidencias del socialismo chileno de los 70 con el chavismo, o con el kirchnerismo, pueden no deberse a una simple casualidad. El proceso inflacionario, la fuga de capitales, las expropiaciones, las leyes permisivas con la violencia y el narcotráfico, el odio entre sectores, no pueden ser fácilmente atribuidas a una ignorancia por parte de los gobernantes. La realidad argentina puede muy bien describirse como un proceso destructivo que resulta ser una consecuencia directa de las aspiraciones de poder económico y político de tal sector, que ni siquiera han sido disimuladas.

Ya que hubo en el pasado otros gobiernos que prácticamente destruyeron la economía nacional (peronismo, radicalismo, militarismo), el kirchnerismo reclama un “trato igualitario” sosteniendo que también ellos tienen derecho para destruir, sin que se les acuse de una acción premeditada. Mientras tanto, se espera que el ciudadano común padezca en silencio otra más de las recurrentes crisis que afronta el país. En realidad, la falta de capacidad, de patriotismo o las malas intenciones, producen similares efectos, de ahí que todo ciudadano tenga el derecho de criticar y aun de creer lo peor.