lunes, 10 de marzo de 2014

La prioridad esencial

Por lo general, se considera que la prioridad esencial para la vida humana es la disponibilidad de alimentos para el cuerpo, y que por ello, son los primeros que deben asegurarse antes de hablar del alimento espiritual, es decir, de los afectos y el conocimiento. Con un criterio similar, se sostiene que una sociedad que atraviesa una grave crisis, ha de resurgir mediante la prioritaria disponibilidad de tales alimentos para, luego, aspirar a lo espiritual. De ahí que existan coincidencias respecto a que la economía ha de ser lo más importante para la salida de toda crisis, e incluso de todo subdesarrollo.

En psicología, sin embargo, se realizó una experiencia que nos da indicios de que el alimento espiritual es, al menos, igualmente prioritario. Tal experimento consistió en ubicar en cierta habitación a una “madre sustituta”, hecha con alambres, pero capaz de dar el alimento necesario para la supervivencia de un mono con muy poco tiempo de vida. Al lado se ubicó una segunda “madre sustituta”, que no le daba alimentos para el cuerpo pero que, al estar confeccionada con un revestimiento de tela, permitía que el pequeño monito optara por estar con esta última. Como parte de la experiencia, se construyó una especie de monstruo que asustaría al animalito con el objetivo de observar su reacción. Como era de esperar, acudió prontamente a abrazarse con la “madre de tela”, es decir, con la que le brindaba cierta calidez.

Por razones humanitarias, o éticas, tal experiencia no se ha hecho con seres humanos, aunque no resulta difícil imaginar que las respuestas hubiesen sido similares. Sin embargo, en algunos libros se cita el caso de un noble, de épocas pasadas, quien, para saber si los niños aprendían un idioma, o bien si lo traían incorporado de nacimiento, ordenó a las cuidadoras de algunos niños pequeños que se limitaran a darles de comer, pero que no les hablaran en lo más mínimo, con el resultado de que los pobres niños morían de pena. Algo similar puede observarse en el caso de perritos abandonados, o circunstancialmente alejados de sus dueños. Por todo ello, es oportuno decir que los alimentos espirituales son tan prioritarios como los alimentos para el cuerpo, pues la ausencia de cualquiera de ellos impide la continuidad de la vida. O bien puede decirse que no existe prioridad por cuanto ambos deben considerarse imprescindibles.

La consecuencia inmediata es que todo individuo de una sociedad en crisis necesita de ambos tipos de alimentos y de ahí, que la ética individual y social, basada en el aspecto emocional del hombre, ha de ser tanto o más importante que la orientación económica que se le ha de dar a la sociedad. Recordemos la sugerencia cristiana que confirma esta situación: “Primeramente buscad el Reino de Dios y su justicia, que lo demás se os dará por añadidura”. Traducido desde la simbología bíblica al lenguaje científico, puede expresarse como: Trata de adaptarte al orden natural y a las leyes que lo conforman, que así habrás hecho todo lo que resulta accesible a tus decisiones personales.

Cuando se le preguntó a Michael Faraday, en el siglo XIX, para qué servían los recientes descubrimientos acerca de la electricidad, respondió con una analogía: “Para lo que sirve un recién nacido”. En este caso tenia en cuenta la “utilidad” de un ser humano en función de sus atributos laborales y creativos, inexistentes por el momento en un niño pequeño. Sin embargo, la mayor “utilidad” que ofrecemos a los demás, consiste en la posibilidad de establecer vínculos afectivos, que son tanto, o más, importantes que la capacidad que tengamos para producir alimentos para nuestro cuerpo. Los aspectos afectivos asociados al comportamiento humano, a pesar de su enorme importancia, sólo recientemente están siendo considerados por las ciencias sociales y humanas en su real dimensión, especialmente en las investigaciones en neurociencia. Gordon W. Allport se refería a ello a mediados del siglo pasado:

“La sed humana de dar y recibir amor es insaciable. Nadie cree que ama y es amado bastante. Sin embargo este hecho radical de la naturaleza humana pocas veces lo reconocen o lo estudian los psicólogos”. “El presente ensayo se propone explicar ese curioso descuido. Examina las pruebas y propone una teoría para mejorar nuestra comprensión de los motivos que mueven a la asociación y de la patológica distorsión que los transforma en odio”. “Los hombres de ciencia temen parecer sentimentales si observan los sentimientos de la asociación, emotivos si hablan de amor, personales si estudian el afecto personal. Es preferible dejarles todo eso a los poetas, los santos o los teólogos” (De “Psicología del amor y del odio”-Editorial Leviatán-Buenos Aires 1981).

Adviértase un aspecto de suma importancia; mientras que la actitud del amor resulta ser una prioridad esencial para la vida de todo ser humano, su negación, el odio, es considerado por el citado autor como una “patológica distorsión” de la normalidad. Se habrá hecho un importante avance en el proceso de adaptación cultural al orden natural cuando la humanidad admita la normalidad del amor y la enfermedad psíquica asociada al odio, en lugar de ser admitidas como variantes u opciones igualmente lícitas para nuestro comportamiento social. De esa forma, lo que la religión consideraba como pecado, será considerado por la psicología como una enfermedad psíquica.

Las leyes a promulgar en un futuro quizás no muy distante, prohibirán en forma explícita la masiva difusión de actitudes que inducen al odio colectivo, con lo que se protegerá a la sociedad de la habitual discriminación inducida hacia distintos sectores por políticos o por lideres religiosos, que tanto daño han causado en el pasado. De esa manera, es posible que incluso desaparezcan las tendencias pseudo-políticas que llevan como finalidad la destrucción total o parcial del orden social, para que la diversidad de pensamientos consista en las distintas formas posibles que pueden conducir a la reconstrucción del orden social deteriorado.

Lo anterior nos lleva a la necesidad de establecer en una forma objetiva lo que debemos considerar como “normal” para distinguirlo de lo que no lo es. En principio, normal ha de ser toda actitud que se oriente hacia el intercambio de bienes y afectos que permitan satisfacer las necesidades básicas del hombre. Lo anormal consistirá, entonces, en las actitudes que se opongan a la satisfacción de tales necesidades.

Por lo general, cuando se habla de normalidad, o de comportamiento normal, se adopta como referencia a la sociedad y sus costumbres, siendo “normal” quien esté adecuadamente adaptado a la misma y anormal (en distintos grados) a quienes no lo están. De ahí aparecen las anomalías psíquicas, como neurosis o psicosis, según el grado de desadaptación. Sin embargo, sería mejor considerar a las propias leyes naturales que rigen nuestra conducta como la referencia a adoptar para establecer criterios al respecto. El citado autor escribió: “La palabra «norma» significa «regla autorizada» y, «normal», por consiguiente, lo que sigue esa regla. De donde se desprende que una personalidad normal es la que se adecua a una regla autorizada y personalidad anormal la que no se acomoda a esa regla”.

Al dejar de lado a la propia sociedad como referencia para valorar la normalidad o la anormalidad, se pueden incluso detectar las enfermedades sociales de tipo psicológico, que ocurren en forma similar a las epidemias que afectan al cuerpo y que se contagian al resto de la sociedad: “El perfeccionamiento de la conducta humana media nos interesa de una manera profunda porque dudamos seriamente de que el hombre que sólo es un mediocre pueda sobrevivir. Extendiéndose la anomalía social, agudizándose cada vez más la enfermedad de la sociedad misma, dudamos que el hombre mediocre logre eludir la afección mental o la delincuencia, o que consiga escapar a la garra de dictadores o evitar la guerra atómica. Vemos que la curva de distribución normal nos da esperanzas de salvación, necesitamos ciudadanos que sean más positivamente normales, sanos y vigorosos. Y el mundo los necesita con más urgencia que nunca”. “De ahí la actual búsqueda por parte de los psicólogos de una nueva definición de lo normal y de lo anormal. Indagan como nunca lo habían hecho antes acerca de lo valioso, lo concreto, lo bueno”.

Cuando las ciencias humanas y sociales se involucren definitivamente en la descripción de los aspectos afectivos asociados al ser humano, implica que también estarán involucradas en los problemas éticos, íntimamente vinculados con tales aspectos del comportamiento. Gordon W. Allport agrega: “Suele decirse que la ciencia está libre de valoración, que no hace apreciaciones sobre el bien o el mal. La ciencia produce tecnología (incluso la bomba H) y deja que otros se preocupen por su contenido moral”. “Habría que ver si todas las ciencias se abstienen de valorar; pero algo hay, al menos, que es indudable: los psicólogos, por su misma profesión, están permanentemente hostigados por los problemas del valor. Les resulta imposible eludirlos, principalmente en los campos de la terapéutica, la orientación y la consulta”.

El problema a resolver puede sintetizarse en buscar una respuesta acerca de lo que el hombre debe ser, a partir de una mejora de lo que en realidad es, lo que implica seguir de cerca el método utilizado en ingeniería o en economía, tal el proceso de optimización: “El propósito es extraer un concepto de normalidad (en el sentido del valor) de la personalidad del hombre (en el sentido naturalista). Ambos [se refiere a dos autores] procuran extraer los imperativos éticos de la biología y la psicología, no directamente de la teoría del valor. En pocas palabras, buscan audazmente el «debe» -la meta que deberían tratar de alcanzar los maestros, los consejeros y los médicos- a partir del «es» de la naturaleza humana”.

La solución al problema anterior resulta bastante simple; siempre y cuando nos ubiquemos en el ámbito de la Psicología Social, y más precisamente en el concepto de actitud característica y de sus componentes afectivas: amor, odio, egoísmo e indiferencia. La optimización requerida será la adopción consciente del predominio de una de estas componentes sobre las demás, siendo la actitud cooperativa del amor la que permite optimizar el comportamiento individual. En este caso se cumple con el criterio utilizado en matemática, y que fuera expresado por Henri Poincaré cuando dijo: “Descubrir es elegir”.

De esa manera se comprende mejor el sentido del mandamiento bíblico del “Amarás al prójimo como a ti mismo”, que en el lenguaje científico implicaría “compartirás las penas y las alegrías de tus semejantes como propias”. Adviértase que este objetivo implica una tendencia a adoptar, antes que un objetivo concreto a lograr por cuanto no resulta fácil cumplirlo al pié de la letra. La vida del hombre está motivada por una tensión básica que surge de la diferencia entre lo que el hombre es y lo que aspira llegar a ser. De ahí que toda sugerencia concreta debe contemplar este hecho. Si llegásemos fácilmente a una meta determinada, posiblemente se eliminaría la tensión mencionada, desapareciendo la motivación esencial para la vida.