sábado, 15 de marzo de 2014

Iglesia y democracia económica

Existe una contradicción evidente cuando alguien afirma adherir a la democracia política mientras que rechaza, simultáneamente, a la democracia económica (economía de mercado), actitud que en realidad pone en duda la primera adhesión. Las ideas que justifican la democracia política son similares a las que justifican a la democracia económica, algo que puede intuirse si se hace una analogía entre la elección cotidiana que realiza todo comprador en un mercado con la elección política durante una votación. Álvaro Alsogaray advertía tal situación en la década de los sesenta:

“Los líderes políticos carecían de fuerza y de convicción porque estaban ellos mismos sujetos a fundamentales contradicciones. Actuaban en un determinado sentido al considerar los problemas políticos y procedían de una manera diametralmente opuesta o por lo menos absolutamente incongruente al referirse a los problemas económicos. Por ejemplo, los radicales eran indudablemente demócratas y liberales en política, pero no vacilaban en aplicar métodos totalitarios en el manejo de la economía. Gobernaron sin estado de sitio respetando las libertades cívicas, pero establecieron como sistema permanente un «estado de emergencia económica» que no era otra cosa que una verdadera dictadura de la burocracia sobre la mayor parte de los problemas de la vida diaria del ciudadano corriente. De la misma manera pensaba la mayoría de los dirigentes políticos que actuaron durante los últimos tiempos” (De “Bases para la acción política futura”-Editorial Atlántida-Buenos Aires 1969).

Mientras que los políticos semi-democráticos (o semi-totalitarios) consideran que el votante tiene la madurez suficiente para elegir las autoridades del Estado, e incluso capacidad para premiarlas o castigarlas con el voto según el accionar mostrado, en cuestiones de economía aducen que esos mismos ciudadanos no tienen la capacidad suficiente para elegir con libertad lo que les conviene consumir, invertir y producir, y que sólo ellos, los políticos a cargo del Estado, saben cómo redistribuir lo que otros han generado (generosidad para repartir lo ajeno). Todavía tiene plena vigencia la “ley de Marx”, que puede simbolizarse de la siguiente manera: [Virtud = 1 / $], es decir, la virtud de las personas resulta inversamente proporcional al dinero que poseen, de donde se concluye que los pobres son todos virtuosos, los ricos todos delincuentes, mientras que la clase media sería éticamente neutra. De ahí que la misión del Estado sea la de proteger a los pobres de la maldad del sector productivo, por lo que debe dirigir la economía aun a costa de distorsionar el mercado ahuyentando inversiones y capitales.

El retroceso de la Nación desde el desarrollo, que duró hasta las primeras décadas del siglo XX, hasta el posterior subdesarrollo, puede describirse en forma simple considerando que el país adoptó la postura semi-democrática en la mayoría de los casos, con periodos totalitarios y dictatoriales intermedios; de ahí el declive permanente. Los partidos políticos caracterizados como “socialdemócratas”, están en un punto intermedio entre democracia y totalitarismo, ya que coinciden con el liberalismo en lo político y con el socialismo en lo económico. La China actual muestra que las mejoras económicas son establecidas esencialmente bajo una democracia económica, aun cuando no haya adhesión a la democracia política.

En cuanto a la postura de la Iglesia Católica, si tenemos en cuenta algunos escritos de Juan Pablo II, puede advertirse una compatibilidad entre el pensamiento dominante en esa institución con la democracia, tanto política como económica. No resulta extraña esta postura por cuanto el mencionado Papa procedía de un país que, por entonces, era socialista. En uno de sus escritos expresa:

“Incapaz de quedar al margen del hecho universal del pecado, el gobierno es simultáneamente un agente de bien común y una amenaza para el bien común. Por lo tanto, el gobierno debe tener límites. El Estado es un subsidium, una asistencia, y no un fin en sí mismo. A fin de proteger la dignidad de la persona y las libres asociaciones a través de las cuales la naturaleza social de los seres humanos se ve normalmente expresada, se le prohíbe expresamente al Estado hacer aquellas cosas que las personas y las asociaciones libres pueden hacer por sí mismas. Está facultado a acudir en su ayuda (subsidium) sólo en aquellas cuestiones en las que sus facultades resultan necesarias para el bien común. El Estado en la enseñanza católica es un Estado limitado. Pierde legitimidad si viola la libertad y la dignidad humana a las que está destinado a servir. Las personas humanas no están hechas para el Estado sino el Estado para las personas” (Citado en “Libertad con Justicia” de Michael Novak-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1992).

Adviértase la diferencia esencial entre marxismo y cristianismo en estos aspectos. Mientras que para el primero existe una clase social “buena” y otra “mala”, se sigue con que los “buenos” (proletariado) deben dominar, a través del Estado, a los “malos” (burguesía). Luego de un tiempo, necesario para que todos sean “buenos”, el Estado debe desaparecer (aunque en realidad nunca se llegó a esa etapa). Para el segundo, “somos todos pecadores”, de ahí que el orden legal debe contemplar que existen buenos y malos tanto en el Estado como fuera de él, por lo cual la pluralidad distributiva del poder debe imperar tanto en lo político como en lo económico, lo que constituye la base del liberalismo.

Los EEUU es una nación que se adaptó tanto a la democracia política como a la económica, y que además adoptó al cristianismo, mostrando coherencia entre pensamiento y acción. Michael Novak escribió: “Cada uno de estos principios fundamentales de la enseñanza social católica está de hecho incorporado en los documentos fundamentales de los Estados Unidos tales como la Declaración de la Independencia, la Constitución, El Federalista y otros clásicos de la tradición estadounidense. Tal como lo hicieron los fundadores estadounidenses, el papa Juan Pablo II –y, en general, la tradición católica de la ley natural favorecida por los papas modernos desde León XIII- recurre al Génesis y a su visión universalista de toda la humanidad como una. Los fundadores estadounidenses no apelaron en forma específica a derechos estadounidenses, sino solamente a derechos humanos pertenecientes a cualquier ser humano del mundo. Por ello hablaron de un Nuevo Orden «de los Tiempos», escribieron acerca del sistema de libertad natural (y no meramente de libertad «estadounidense»), velaron por los derechos inalienables concedidos a los seres humanos «por su Creador» y se aventuraron a confiar su destino al cuidado de la Providencia. Su experimento puso a prueba ciertas proposiciones para toda la humanidad, y no solamente para ellos”.

En cuanto al derecho de la iniciativa económica, Juan Pablo II escribió: “La experiencia nos demuestra que la negación de tal derecho o su limitación en nombre de una pretendida «igualdad» de todos en la sociedad, reduce o, sin más, destruye de hecho el espíritu de iniciativa, es decir, la subjetividad creativa del ciudadano. En consecuencia, surge, de este modo, no sólo una verdadera igualdad, sino una «nivelación descendente». En lugar de iniciativa creadora nace la pasividad, la dependencia y la sumisión al aparato burocrático que, como único órgano que «dispone» y «decide» -aunque no sea «poseedor»- de la totalidad de los bienes y medios de producción, pone a todos en una disposición de dependencia casi absoluta, similar a la tradicional dependencia del obrero-proletario en el sistema capitalista. Esto provoca un sentido de frustración o desesperación y predispone a la despreocupación de la vida nacional, empujando a muchos a la emigración y favoreciendo, a la vez, una forma de emigración «psicológica»”.

La limitación de la libertad económica, tanto bajo el socialismo como, en menor grado, en las socialdemocracias, constituye una pérdida de los derechos esenciales de todo individuo. Al respecto, el citado Papa escribió: “La negación o limitación de los derechos humanos –como, por ejemplo, el derecho a la libertad religiosa, el derecho a participar en la construcción de la sociedad, la libertad de asociación o de formar sindicatos o de tomar iniciativas en materia económica -¿no empobrecen tal vez a la persona humana igual o más que la privación de los bienes materiales? Y un desarrollo que no tenga en cuenta la plena afirmación de estos derechos, ¿es verdaderamente desarrollo humano?”.

“De hecho, donde el interés individual es suprimido violentamente, queda sustituido por un oneroso y opresivo sistema de control burocrático que esteriliza toda iniciativa y creatividad. Cuando los hombres se creen en posesión del secreto de una organización social perfecta que haga imposible el mal, piensan también que pueden utilizar todos los medios, incluso la violencia o la mentira, para realizarla. La política se convierte entonces en una «religión secular», que cree ilusoriamente que puede construir el paraíso en este mundo. De ahí que cualquier sociedad política, que tiene su propia autonomía y sus propias leyes, nunca podrá confundirse con el Reino de Dios”.

En cuanto al subdesarrollo, destaca Juan Pablo II que la salida hacia el desarrollo depende esencialmente de los propios países afectados: “El desarrollo requiere sobre todo espíritu de iniciativa por parte de los mismos países que lo necesitan. Cada uno de ellos ha de actuar según sus propias responsabilidades, sin esperarlo todo de los países más favorecidos y actuando en colaboración con los que se encuentran en la misma situación. Cada uno debe descubrir y aprovechar lo mejor posible el espacio de su propia libertad…Es importante además, que las mismas naciones en vías de desarrollo favorezcan la autoafirmación de cada uno de sus ciudadanos mediante el acceso a una mayor cultura y a una libre circulación de las informaciones”.

Finalmente, como era de esperar, Juan Pablo II es partidario de la economía libre, siempre y cuando tal libertad se fundamente en valores éticos: “Si por «capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta es ciertamente positiva, aunque quizás sería más apropiado hablar de «economía de empresa», «economía de mercado» o simplemente de «economía libre». Pero si por «capitalismo» se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa”.

Mientras que la Iglesia está constituida por católicos cristianos, lo que puede resultar algo obvio, existe también un sector que podría considerarse constituido por “católicos marxistas”, contradicción que no es otra cosa que el resultado de los intentos marxistas por destruir a la Iglesia, tendencia que se suma a la propia corrupción interna cuya limitación y supresión constituye una de los objetivos que se ha impuesto el actual Papa Francisco.