jueves, 27 de febrero de 2014

Esperando la crisis

Los intentos de adaptación, que caracterizan a la vida y que afectan tanto al individuo como a la sociedad, consisten esencialmente en el proceso de “prueba y error”. Así, todo individuo que aprende de sus errores, e incluso de los errores ajenos, tratará de no repetirlos, disponiendo de mayores probabilidades de éxito. El objetivo a lograr consiste en un nivel de aptitud aceptable tanto para la vida en sociedad como respecto a las leyes que conforman el orden natural.

Por el contrario, quien no reconoce sus errores, ni tampoco advierte los errores ajenos, tiende a repetirlos, descuidando el proceso adaptativo, con pocas probabilidades de éxito. De ahí la expresión de que “el hombre es el único ser viviente capaz de tropezar más de una vez con la misma piedra”. Así, los gobernantes que no advierten sus errores, ni tampoco los errores de otros, están predispuestos a fracasar, ya que “los pueblos que olvidan su pasado están condenados a repetirlo”, siendo esta expresión equivalente de la anterior, pero aplicada a la sociedad.

Este parece ser el caso de la Argentina, donde vivimos inmersos en un ambiente en el que predomina la mentira. Casi siempre, los adeptos a un partido político enmascaran los errores partidarios para atribuirlos a algún tipo de “conspiración”, resultando casi imposible conocer la verdad sobre el presente, y mucho menos sobre el pasado, pudiéndose modificar la frase anterior para adaptarla al caso argentino: “Los pueblos que mienten sobre su historia, están condenados a repetirla”.

Si la realidad consiste en un camino sinuoso, en el cual se debe corregir la dirección varias veces, los gobernantes argentinos se asemejan a un conductor que orienta su vehículo (el país) por una trayectoria recta, por lo que se saldrá del camino en la siguiente curva (crisis). De ahí que los cambios importantes se dan solamente después de producida la crisis; nunca antes.

Si alguien critica las decisiones del gobierno nacional, en lugar de reconocerse el error, se dirá que “estamos mucho mejor que en el 2001” o que “la inflación actual es mucho más baja que la que hubo en épocas de Alfonsín”. De ahí que debamos entonces esperar que la crisis se profundice hasta llegar a situaciones cercanas a las mencionadas. La asignación de culpas por la inflación desde el gobierno a otros sectores, resulta ser una actitud similar a la adoptada por Raúl Alfonsín, quien adujo que la caída de su gobierno se debió a un “golpe de mercado” en lugar de reconocer sus propios errores. Por ello, en el futuro (según los políticos) no deberíamos cuidarnos de los gobernantes ineptos y populistas, sino de aquellos sectores que producen tales “golpes”. Si nadie acepta los errores cometidos, apoyándose y promoviendo la creencia popular en la “conspiración internacional e imperialista”, nunca podremos dejar de repetirlos. El bienestar de la población y su seguridad deben considerarse más importantes que el falso prestigio que tratan de defender los políticos corruptos o ineficaces.

Domingo Cavallo, ministro de economía de Menem y de De la Rúa, no se molestó en consultar a los especialistas más destacados, emprendiendo una reforma monetaria que fue efectiva para dominar la inflación, pero que posteriormente resultó ser ineficaz. Luego de equiparar “artificialmente” el peso con el dólar, a un fabricante le resultaba más barato importar algo elaborado que realizarlo en el país, dejando de lado su actividad industrial para convertirse en importador. Se dice que Cavallo aplicó “recetas liberales”; sin embargo, al imponer la equivalencia mencionada sin considerar lo que indica el mercado, desatiende el criterio liberal fundamental. Pablo Rosendo González tuvo la ocasión de preguntarle a Milton Friedman: “¿Qué le parece el plan económico de Domingo Cavallo? ¿Cree que va a funcionar?”. Agregando: “Para mi sorpresa, Friedman fue terminante: «Es un plan inviable porque generará un déficit que no podrán sostener. Tarde o temprano el déficit romperá esa ley»” (De “La Argentina fuera de sí”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2006).

Por lo general, cuando se inicia un nuevo periodo de gobierno, ocurre algo similar al inicio del periodo del nuevo director técnico de un equipo de fútbol. Se establece un tácito acuerdo de que no hay que criticarlo, y que hay que darle tiempo. De ahí que el plan de Cavallo fue aceptado sin críticas debido al éxito inicial, hasta que finalmente llegó la crisis. Algo similar ocurrió durante el kirchnerismo; al principio no se lo debía criticar por cuanto quien lo hacía era considerado “agorero” o “enemigo”. De ahí que el país sigue su rumbo, sin cambios esenciales, a la espera de una nueva crisis.

Otro caso a considerar es el de Arturo Illia. Adrián Freijo escribió: “Su primera medida consiste en anular los contratos petroleros firmados por el gobierno de Frondizi, cumpliendo con uno de sus «caballitos de batalla» de su campaña electoral”. “Cuando Illia asume la primera magistratura debe decidir entre una consecuencia casi irracional con sus vehementes discursos preelectorales, donde vituperaba la política frondizista, o el mantenimiento de una situación que, aunque lejos de suponer un ideal, traía un alivio suficiente y momentáneo que bien podía servir para que el gobierno pudiera fijar su interés en otro de los tantos problemas que lo reclamaban”.

"Elige lo primero y entonces su decisión le costará millones de dólares a las exhaustas arcas del país. Más de 200 millones de esa moneda debieron pagarse en concepto de indemnización; el autoabastecimiento conseguido luego de medio siglo de infructuosos esfuerzos desapareció paulatinamente; la Argentina debió sufrir el alto precio de la desconfianza internacional por no cumplir, por primera vez en su historia, con compromisos adquiridos” (De “Lecciones de nuestra historia reciente”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1977).

La poco legal y desafortunada estatización de YPF por el gobierno kirchnerista, tuvo amplio apoyo del sector radical por cuanto comparte la idea de que “estatizar el petróleo es bueno en cualquier caso”. La reciente aceptación del pago indemnizatorio a Repsol es una prueba fehaciente del serio error incurrido en un primer momento. La “trayectoria recta” adoptada por los gobernantes derivan, por lo general, de la aceptación de preconceptos políticos y económicos de tipo populista, incompatibles con lo que aconseja el buen criterio y la teoría económica.

En la actualidad padecemos los efectos de la dirección que en su momento eligió Néstor Kirchner. Mientras que Cavallo anclaba en el 1 a 1 la relación dólar-peso, Kirchner se propuso mantenerla en 3 pesos por cada dólar, sin respetar las fluctuaciones provenientes del mercado. Para describir el proceso básico de la compra y venta de dólares, debe definirse la oferta y la demanda respectivas:

Oferta de dólares = Exportaciones + Ingreso de capitales desde el exterior
Demanda de dólares = Importaciones + Egreso de capitales hacia el exterior

Por estar el dólar bastante valuado (o el peso devaluado) (3 x 1) predominarán las exportaciones sobre las importaciones. Al predominar la oferta sobre la demanda de dólares, su precio tenderá a bajar. De ahí la necesidad de que el Estado mantenga la demanda, para sostener el 3 a 1, comprando dólares. Si los compra con el superávit fiscal (impuestos recibidos mayores que los gastos del Estado), no habrá (en principio) inconvenientes secundarios. Si los compra con emisión monetaria, habrá inflación en el futuro. Pero el superávit fiscal no alcanzó para mantener el precio del dólar, por lo que hubo que emitir pesos.

La idea de mantener el 3 a 1 contempla la posibilidad de desalentar (y sustituir) importaciones, alentando las exportaciones, promoviendo la producción nacional y la mano de obra asociada, lo que no resulta criticable. Pero si esto se logra a cambio de un proceso inflacionario, el remedio puede resultar peor que la enfermedad (lo que siempre ocurre cuando no se respeta el libre proceso del mercado). Roberto Cachanosky escribe: “¿Por qué esta política tuvo tanto apoyo de buena parte del sector empresarial? Por varias razones. En primer lugar, porque se eliminaba la competencia externa mediante un tipo de cambio caro. En segundo lugar, porque de los dos factores de producción, trabajo y capital, el modelo ofrecía salarios baratos medidos en dólares. Y, en tercer lugar, porque bastante tiempo los productores locales también tuvieron el beneficio de poder consumir energía barata, otro insumo importante en diversos sectores industriales”.

La compra de dólares por parte del Estado tuvo como consecuencia adicional el aumento de las reservas de la Nación. Sin embargo, la forma empleada para lograrla (emisión monetaria) tiende a producir inflación, de ahí que resulta ser una estrategia poco utilizada. El citado autor escribió: “Salvo el caso de 2003, cuando la emisión monetaria fue muy fuerte pero digerida por el mercado dada la restricción monetaria de 2002, el resto de los años el circulante creció a tasas anuales de entre el 23 y el 28% anual. Para dar una idea de la magnitud de emisión de que estamos hablando, entre diciembre de 2002 y diciembre de 2008 los pesos en circulación aumentaron 4,5 veces” (De “Por qué fracasó la economía K”-Editorial El Ateneo-Buenos Aires 2009).

Con el 1 a 1 de la época de Menem, las agroindustrias pudieron lograr su alto nivel tecnológico, mientras que con el 3 a 1 de Kirchner, la importación de alta tecnología fue desalentada, ya que se apuntó a actividades con mucha mano de obra y poca tecnología. “Por eso durante los primeros años la desocupación fue bajando. Es que, en vez de un modelo de crecimiento intensivo de capital, se buscó un modelo productivo con mano de obra intensiva; es decir, tener mucha gente trabajando con escasos bienes de capital por trabajador, en lugar de buscar que hubiese muchos bienes de capital por trabajador, de manera de elevar la productividad y mejorar en serio los ingresos reales. Para el modelo implementado era mejor tener un cadete llevando una nota escrita que enviarla por correo electrónico”.

Como el crecimiento económico de un país se mide por el aumento de capital productivo por habitante, puede decirse que no hubo un crecimiento significativo. Además, con la inflación se elevó la pobreza, por lo que la “década ganada”, según el kirchnerismo, hace referencia principalmente a lo que ganó el sector ligado al gobierno.

Adviértase que, según el “modelo” kirchnerista, en caso de que entraran al país muchos capitales, aumentaría la oferta de dólares por lo que su valor se reduciría, perdiéndose el objetivo fijado en un principio. Roberto Cachanosky escribió al respecto: “El saldo positivo del balance comercial presionaba a la baja el tipo de cambio. La solución consistía en sostenerlo cobrando el impuesto inflacionario, es decir, emitiendo moneda, o bien mediante la fuga de capitales. La mayor demanda de dólares por fuga de capitales compensaría la mayor oferta por diferencia entre exportaciones e importaciones, evitando que el BCRA [Banco Central de la República Argentina] disparara la tasa de inflación. Con lo cual llegamos al ridículo del modelo. Para el kirchnerismo, el país estaría mejor si se fugaban capitales, porque de ese modo evitaba el conflictivo proceso inflacionario. Esto implica que Kirchner debe haber descubierto una nueva teoría económica que rezaría de la siguiente forma: los países crecen cuando generan desconfianza y sus capitales se fugan. Un absurdo desde todo punto de vista”.

En la Argentina debería hacerse una especie de “museo de los errores”, y que son los cometidos por los distintos gobiernos. Como se ha reincidido en casi todos los posibles, es muy probable que tomándolos como guía, para evitarlos, se acierte por la buena senda. Tal museo debería estar dividido en tres sectores principales: peronismo, radicalismo y militarismo.