jueves, 16 de enero de 2014

La lucha entre el bien y el mal

Si se busca describir con pocas palabras el contenido de la Biblia, puede decirse que se trata de un relato de la lucha histórica entre el bien y el mal. El bien conduce a la felicidad mientras que el mal lleva a la infelicidad, de ahí que al primero lo deseamos mientras que al segundo lo rechazamos y lo tememos. Para definirlos con mayor rigor, pude decirse que el bien es la consecuencia de la actitud cooperativa del amor mientras que el mal lo es de las actitudes competitivas, como el odio y el egoísmo, y de la indiferencia.

La lucha mencionada nos permite definir un sentido de la historia, ya que podemos analizar en cada época las características de tal lucha para verificar la posible supremacía del bien, que es la condición que pareciera predominar en la mayor parte de los pueblos. Si bien se considera que al final de los tiempos el bien ha de ser el vencedor definitivo, como lo suponen los optimistas, nada nos garantiza que ello ocurra, ya que todo depende de las decisiones humanas e, incluso, de las decisiones de algunos lideres capaces de encauzar a la mayoría por caminos alejados del bien.

Teniendo en cuenta las componentes afectivas de la actitud característica, nos da la sensación de que existen similares probabilidades de que predomine la componente cooperativa o bien las competitivas, por lo que, en el largo plazo, no habría que esperar el predominio de ninguna de ellas, siendo un caso similar al de la tirada sucesiva al aire de una moneda. Luego de un número muy grande de tiradas, tiende a igualarse la cantidad de veces en que cae mostrando cada una de las caras. Sin embargo, en el caso del hombre, es posible que el desequilibrio a favor del bien provenga de las componentes cognitivas de nuestra actitud característica, por lo cual es de esperar un lento predominio del bien. Steven Pinker escribió al respecto:

“Este libro versa sobre lo que acaso sea lo más importante que haya acontecido jamás en la historia humana. Aunque parezca mentira –y la mayoría de la gente no lo crea-, la violencia ha descendido durante prolongados periodos de tiempo, y en la actualidad quizás estemos viviendo en la época más pacífica de la existencia de nuestra especie. Esta disminución, por cierto, no carece de complicaciones, puesto que no ha conseguido llevar la violencia al nivel cero ni garantizar que la violencia continúe disminuyendo en adelante. Sin embargo, desde los enfrentamientos bélicos hasta las zurras a los niños ha habido un avance inequívoco, palpable en escalas de milenios de años” (De “Los ángeles que llevamos dentro”-Espasa Libros SLU-Barcelona 2012).

Esto implica que el proceso de adaptación cultural al orden natural, asociado al conocimiento de las leyes naturales que lo conforman, en cierta forma nos garantizaría que, con el tiempo, habría de triunfar el bien sobre el mal, coincidiendo con las previsiones optimistas que la Biblia vislumbra respecto del futuro de la humanidad. Mientras que la mejora ética puede no ser significativa (ignorando el conocimiento adquirido por las distintas generaciones), al tener en cuenta lo cognitivo, se advertirá un progreso significativo.

Podemos considerar el proceso que conduce las acciones humanas como una serie de elecciones orientadas por los posibles premios o castigos futuros. Esto equivale, en cierta forma, a la elección de aquello que hemos de hacer con nuestro dinero en función de las ganancias o de las pérdidas que cada decisión producirá en el futuro. Las personas más felices serán quienes mejor decidieron. Blaise Pascal escribió: “Todos los hombres consideran la felicidad como su objetivo; no hay ninguna excepción. Por diferentes que sean los medios que empleen, todos tienden al mismo fin”.

Si bien la felicidad depende bastante de nuestra actitud afectiva dominante, resultan imprescindibles nuestras aptitudes cognitivas para vislumbrar los efectos que, en el corto y en el largo plazo, cada una de nuestras decisiones ha de generar. Marco Tulio Cicerón escribió: “La ignorancia del bien y del mal es lo que más perturba la vida humana”.

Si buscamos una respuesta respecto de cuál es el mejor camino para llegar a la felicidad, podemos decir que radica en nuestra capacidad para compartir las penas y las alegrías de los demás. De esa forma podremos adquirir un nivel casi ilimitado de felicidad debido precisamente a que existen muchas personas en el mundo de quienes podemos compartir sus estados emotivos. Incluso el mundo parece estar hecho de tal manera que sólo permite obtener un elevado grado de felicidad a quienes comparten las penas y las alegrías ajenas, mientras que está vedado a todos los que pretenden llegar por otros caminos. Recordemos que este proceso no es otro que el del Reino de Dios; siendo nuestra “mejor inversión” por cuanto obtendremos la “mayor ganancia”. Cristo dijo: “Es parecido el Reino de los Cielos a un grano de mostaza que un hombre tomó para sembrar en su campo; y, aun siendo la más pequeña de todas las semillas, cuando crece es mayor que todas las plantas de huerto, y se hace un árbol, adonde vienen los pájaros del cielo a cobijarse en sus ramas” (Mateo) (De “Los cuatro evangelios”-Ediciones Guadarrama-Madrid 1968).

Una vez que adoptamos un objetivo a lograr, denominaremos como “bueno” a todo aquello que favorezca su logro, mientras que “malo” será lo que lo impide. John Locke expresó: “Aquello que tiene la capacidad de producirnos placer es lo que llamamos un bien, y lo que tiene capacidad de producirnos dolor llamamos un mal” (Del “Diccionario de Filosofía” de Nicola Abbagnano – Fondo de Cultura Económica-México 1986).

Así como los teólogos cometen, por lo general, el error de encubrir los conceptos importantes bajo todo tipo de misterios, haciendo inalcanzable el mensaje bíblico al ciudadano común, los filósofos tienden a descalificarlos con cuestionamientos lógicos, como es el caso de la palabra “bueno” y de la presunta incorrección que se produciría al pretender deducir lo que “debe ser” a partir de lo que “es”. Sin embargo, cuando desde el cristianismo se nos sugiere adoptar la actitud del amor y rechazar al odio, el hombre sigue siendo lo que siempre ha sido, sólo que ha de intentar acentuar el predominio de uno de sus atributos respecto de los restantes. Carlos I. Massini Correas escribió:

“El argumento llamado pomposamente «ley de Hume», pretendiendo para él la demostrabilidad y certeza de las «leyes» naturales, puede ser resumido del siguiente modo: todas las doctrinas éticas elaboradas hasta la aparición del «Tratado de la naturaleza humana», han incurrido en la pretensión de «deducir» de afirmaciones acerca de «los asuntos humanos» proposiciones acerca de lo que debe hacer el hombre; ahora bien, como no es posible que en la conclusión se encuentre una relación –en este caso la relación deber- que no se halla en las premisas, el mencionado modo de razonamiento es una auténtica falacia y su puesta en evidencia por parte del escéptico escocés «subvertirá todos los sistemas morales corrientes», en especial aquellos que remiten como a su fundamento a la naturaleza humana”.

“Cuando se frecuenta más o menos asiduamente la literatura ética contemporánea de origen anglosajón [….] el investigador queda sorprendido al ver la seguridad y aplomo con que sus autores dan por definitivamente superado todo el conjunto de la ética clásica, incluida en ella, por supuesto, la tomista. Para una buena mayoría de estos autores, a partir del momento en que Hume formuló su conocida «ley» acerca de la incomunicabilidad entre el ámbito del «ser» y el del «debe ser» y de que George E. Moore expuso su no menos conocido argumento de la «falacia naturalista», toda la «ética pre-analítica» quedó refutada de modo definitivo. Esto les permite exhibir un extraño aire de suficiencia cuando se trata de abordar temas tales como el de la objetividad de la ética, el del fundamento de la ley natural, o el del conocimiento del «bien». Todos estos tópicos no plantearían sino pseudo-problemas y para su eliminación «terapéutica» bastaría con remitirse a la «ley» de Hume o a la «falacia» de Moore, sin que sea necesario recurrir a ningún argumento ulterior; y si alguien, inocentemente, se atreviera a hablar de ley natural o de acciones intrínsecamente malas, bastaría con responderle, con tono condescendiente: ¿no ha oído hablar usted de la «ley» de Hume o de la «falacia naturalista»?” (De “La falacia de la falacia naturalista”-Editorial Idearium-Mendoza 1995).

Debido a las actitudes de teólogos y filósofos criticadas antes, puede decirse que resulta sumamente afortunado para la humanidad que los planteamientos éticos hayan pasado a ser considerados dentro del ámbito de las distintas ramas de las ciencias sociales. Incluso desde la neurociencia se están investigando los procesos básicos de la empatía, lo que induce a pensar que en poco tiempo la ética cristiana podrá ser fundamentada de una manera inobjetable.

Si en lugar de decir que la Biblia describe la lucha entre el bien y el mal, decimos que describe la lucha entre el amor, por una parte, y el odio, el egoísmo y la negligencia, por la otra, las cosas no cambiarán demasiado. Lo que resulta sorprendente es que, al existir todavía en el mundo bastante sufrimiento y violencia, alguien trate de descalificar por falta de rigor alguna ética propuesta, ya que podría ayudar a mitigar los grandes males. Recordemos que aun en la más rigurosa y exigente rama de la ciencia, como es el caso de las matemáticas, algunas veces se han aceptado nuevos planteamientos sin que por el momento tuviesen una justificación adecuada, como fue el cálculo de Isaac Newton y Gottfried Leibniz, que fue fundamentado un siglo después por Augustin Cauchy mediante el límite matemático, sin que se dejase de utilizar mientras tanto en física y astronomía. Algo similar ocurrió con el cálculo operacional de Oliver Heaviside, que permitió resolver ecuaciones diferenciales lineales con métodos algebraicos con anterioridad al descubrimiento de sus fundamentos, aplicándose en ingeniería eléctrica y electrónica.

Quienes son exigentes respecto de los contenidos de la filosofía y de la ciencia, deben serlo no sólo en cuanto a la coherencia lógica de los mismos, sino respecto a su posible influencia social, ya que resulta inadmisible que se utilice la filosofía y, supuestamente, la ciencia, para validar ideologías que promueven abiertamente el odio entre distintos sectores de la sociedad, como es el caso del marxismo. Si a alguien se le ocurriera incluir las “prédicas de Hitler” en un ámbito filosófico o científico, surgiría un repudio casi unánime luego de tener presentes los efectos que produjeron. Sin embargo, si en lugar del odio racial, alguien promueve el odio sectorial de clases, que produjo resultados bastante peores, muy pocos reclaman por tal injusta situación. Esto implica que se considera “malo” odiar y matar por cuestiones de raza, pero resulta “bueno” odiar y matar por cuestiones de clase social. El relativismo moral permite tales inconsistencias.