domingo, 19 de enero de 2014

La clase social incorrecta

Quien se haya desempeñado como educador, seguramente habrá considerado inoportuno establecer algún tipo de trato diferenciado entre sus alumnos, es decir, que no haya surgido como consecuencia de los propios atributos personales de los mismos. Podrá así haber eliminado cualquier posibilidad de establecer diferencias injustas suponiendo, o conociendo, que tal o cual adolescente pertenece a determinado grupo religioso, cultural, étnico o clase social de tipo económico, ya que asociarle a un individuo los atributos, reales o supuestos, de otras personas, implica desvirtuar su individualidad pudiendo llegar incluso a cierta forma de discriminación social.

La manía de catalogar bajo una denominación común a varios individuos presenta la ventaja de no tener que razonar sobre cada uno de ellos asignándoles los atributos típicos del grupo que supuestamente integran. La debilidad de la sociología reside, entre otros aspectos, en que establece descripciones y extrae conclusiones a partir del concepto poco definible y poco verificable de “clase social”. Tal concepto luego formará parte del vocabulario de la sociedad sin reparar que de ese modo se va instalando una implícita discriminación social dirigida hacia algunos sectores. Francis Korn escribió:

“Si la «clase obrera» es tan heterogénea y parece tener tan pocas posibilidades de volverse antropomórfica, ¿qué esperar de la ancha, prolífera, inescrutable «clase media»? ¿Quién sería capaz de describirla, conocerla, clasificarla, darle alguna corporeidad unificada? ¿Quién podría decir qué, dentro del universo total de características sociales y psicológicas, pueden tener en común plomeros independientes, pequeños comerciantes, grandes comerciantes, empleados de banco, modistas buenas y malas, escenógrafos, maestras, jueces, investigadores del CONICET, cambistas, bañeros, tenistas, actores, el cuerpo de baile estable de nuestro primer coliseo, tenientes, anticuarios, colocadores de cortinas de enrollar, secretarias y tantos otros que no alcanzarían las páginas de este libro (ni las de la Enciclopedia Británica) para mencionar?”.

“Nadie niega que cualquier sociedad humana puede ser dividida en grupos de prestigio, o de ocupación, o de cualquier otro tipo que implique un orden. Nadie niega que factores que hacen posible estas divisiones se relacionen además con otras características de la misma sociedad. Lo que se está tratando de ver aquí es la lógica de algunas clasificaciones que se suponen obvias. El uso indiscriminado del término «clase social» da lugar a que la entrada que le corresponde en el «Dictionary of the Social Sciences» firmado por Melvin M. Tumin diga lo siguiente: «…entre las consecuencias de la posición de la clase social que han sido estudiadas, se pueden enumerar: prácticas de crianza, salud mental,…, la salud física, la mortalidad infantil, patologías varias como la drogadicción, el alcoholismo, …, comportamiento electoral, preferencias en el consumo, casamientos, divorcios,..»” (De “Ciencias sociales: palabras y conjeturas”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1977).

Alexander Solyenitsin criticó alguna vez la teoría marxista de la lucha de clases diciendo que “adonde se necesita un bisturí, el marxismo utiliza un hacha”, debido a lo excesivamente general que resulta la variable sociológica considerada. Debe decirse que se trata de un aspecto surgido de los seres humanos sin que aparezca como algo propio de la naturaleza; y de ahí la debilidad actual de la sociología. T. B. Bottomore escribió: “Un sistema de jerarquías sociales no forma parte de cierto orden de cosas natural e invariable, y por el contrario es un artificio o producto humano, y está sometido a cambios de carácter histórico” (De “Las clases en la sociedad moderna”-Editorial La Pléyade-Buenos Aires 1968).

A pesar de lo poco confiable que resultan las descripciones en base a las clases sociales, todavía tiene vigencia el concepto marxista de la lucha de clases. Como era de esperar, al considerar una clase social exenta de virtudes (la burguesía) y una clase social exenta de defectos (el proletariado), se produce una importante discriminación social hacia la primera, haciendo visibles los efectos del “hacha marxista”. Tal ha sido el caudal de agravios y de tergiversaciones que se han emitido a lo largo de la historia acerca de la burguesía, que cabe denominarla como “la clase social incorrecta” (desde el punto de vista marxista). Debido a que no existe una relación causal entre nivel económico y atributos éticos, además de los otros aspectos señalados, la versión mencionada resulta esencialmente errónea. Podemos entonces sintetizar las debilidades que presenta la descripción sociológica en base al concepto de clase social sin apenas considerar los atributos individuales o personales de los componentes del grupo social:

1- Los atributos colectivos asignados a todo individuo tienden a encubrir y a ignorar sus atributos individuales
2- Resulta difícil definir la clase social a la que pertenece un individuo, por lo que debería enunciarse una cantidad mayor de clases sociales para disponer de una aceptable descripción de la realidad social (lo que complicaría aun más la descripción)
3- No existe una relación causal verificable entre moral y nivel económico

Si deseamos tener una visión aproximada de lo que usualmente se denomina “burguesía”, debemos considerar las etapas iniciales, en la época medieval, de quienes no formaban parte del sector de los señores feudales ni de sus siervos, sino que eran personas independientes laboralmente y que posibilitan la extensión del mercado y el origen del capitalismo. Henri Pirenne escribió:

“Comprobaremos, ante todo, que los comerciantes (mercatores) son hombres nuevos. Aparecen como creadores de una nueva riqueza, al margen de los que detentan la antigua fortuna territorial, de cuya clase ellos no proceden. En efecto, entre el ideal de la nobleza y la vida del mercader, el contraste ha subsistido durante siglos y no está aún completamente disipado. Son dos mundos impenetrables. De la Iglesia, ni hay que hablar. Es hostil a la vida mercantil. Ve en ella un riesgo para el alma […]. Prohíbe el comercio a los clérigos. Toda su inspiración ascética está en oposición flagrante con él. No condena la riqueza, pero sí el amor y la búsqueda de riqueza. No es, pues, en absoluto de ella de donde ha podido venir el menor estímulo a este respecto. ¿Procederían los mercaderes de la clase de los villanos, de esas gentes que teniendo marcado su sitio en los grandes dominios, viven su «mansus» y llevan una existencia asegurada y protegida? No se ve tal cosa, y todo parece indicar lo contrario. Por extraño que esto pueda parecer no nos queda, por ende, más que una solución: los mercaderes tienen por antepasados a los pobres, es decir, a las gentes sin tierra, masa flotante que azota al país, contratándose en la época de las cosechas y corriendo aventuras y peregrinaciones”.

“Es preciso hacer una excepción con los venecianos, cuyas lagunas los hacen pescadores y salineros que abastecen el mercado bizantino. Gentes sin tierra, son gente que no tiene nada que perder, pueden ganarlo todo. Gente sin tierra son gente aventurera, que sólo cuentan consigo mismas y a quienes nada estorba. Son también personas instruidas (pero no en la escuela) y de recursos, que han visto países, que conocen lenguas y costumbres diversas y a quienes la pobreza hace ingeniosas. En esta aristocracia, no lo dudemos, es donde se encuentran las primeras tripulaciones en corso de los pisanos y los genoveses. Y al norte de Europa, esos escandinavos que partían hacia Constantinopla, ¿qué eran sino gentes sin bienes y en busca de fortuna? En busca de fortuna, ésa es la frase. ¡Cuántos no la encontraron y desaparecieron en los combates o fueron devorados por la miseria! Pero otros la consiguieron. Sin contar con nada, es decir, sin contar con nada ajeno a su propio valor, a su inteligencia, su audacia, han hecho fortuna….”.

“Esto es fácil hoy día [1917]. Un hombre inteligente, sin otro haber que su ingenio, encuentra capitales disponibles. Pero reflexionemos bien que aquéllos no tenían capitales a su disposición. Era menester que se creasen de la nada. Es la época heroica de los orígenes. Y vale la pena detenerse ante estos pobres diablos que fueron los creadores de la fortuna mobiliaria” (De “Historia de Europa, desde las invasiones hasta el siglo XVI”-Fondo de Cultura Económica-México 1992).

Por lo general se supone que la imposición, o la aceptación explícita del sistema de mercado, generarán posteriormente la mentalidad capitalista. Sin embargo, el surgimiento de la economía de mercado, a un nivel masivo, se debió principalmente a la existencia de un sector de la sociedad mentalmente adaptado al cambio. Sin ese sector empresario existente, al menos potencialmente, hubiese resultado dificultoso tal surgimiento.

Mientras que la sociedad feudal estaba integrado por los señores feudales y los siervos, surgiendo el sector burgués, en la actualidad aquellos roles son cumplidos por los políticos a cargo del Estado y los empleados públicos, surgiendo además el sector empresarial. Cuando el empresario renuncia a la competencia en el mercado, para buscar la protección estatal, se anula prácticamente la posibilidad de una economía de mercado en el sentido estricto de la palabra. De ahí que la “clase social incorrecta” (para el marxismo) resulte esencial para el progreso de los pueblos ya que, sin su presencia, las naciones se retrotraerían al feudalismo o a su similar de épocas recientes, el socialismo. Rubén Zorrilla escribió: “Desde que apareció, apenas intuida, a la sombra de una cada vez más extensa –e intensa- economía dineraria, la sociedad de alta complejidad –cuyo fundamento y sostén es el capitalismo- fue encarnizadamente combatida por la cultura tradicional y los personeros conspicuos de su herencia, quienes recogieron imprecaciones y condenas, a veces sólo insinuadas, de un pasado milenario”.

“El dinero, el interés, el capital, su acumulación y concentración, el lucro, la célebre plusvalía, el monopolio, entre otros términos críticos fueron –en simple metáfora- los muñecos miserables, reiteradamente vilipendiados por una ética convencional, discriminatoria y sensiblera, que se negaba a comprender la nueva realidad del proceso histórico moderno, desencadenada por la audacia de la aventura, la inteligencia de la innovación y la porfía del trabajo incesante y meticuloso”.

“Las grandes máquinas, coordinadas en vastas organizaciones (pensemos en el ferrocarril), fueron caracterizadas como demonios. La tecnología, y la misma ciencia, han sido reiteradamente desestimadas por creadoras de incertidumbre y problemas (lo que es cierto) como si ésas no fueran las consecuencias necesarias de elegir entre dos opciones perentorias –realizadas por millones de personas-, todas las cuales tienen los mismos resultados inciertos y problemáticos. Pero mientras la tecnología y la ciencia nos lanzan al itinerario azaroso de vivir y aun exprimir lo desconocido y misterioso de la sociedad y la historia, su quiebra, o la abstención de producirlas, nos llevarían a la estabilidad de la inacción y a la nada, sin superar o enfrentar los problemas de vivir. Rifaríamos la propuesta imprevisible de crear y saber frente a lo desconocido que nos asedia. Dejaríamos de ser los astronautas del misterio, para gozar de la seguridad –por completo ilusoria- en el nicho de la ignorancia” (De “Sociedad de alta complejidad”-Grupo Editor Latinoamericano SRL-Buenos Aires 2005)