sábado, 28 de diciembre de 2013

La decadencia de Occidente

Puede decirse que la cultura occidental perdura por mérito de sus valores mientras que su influencia se debilita por la acción destructiva de sus opositores y por la desidia de sus propios adherentes. En cuanto a sus valores, podemos considerar que se trata de una postura filosófica que admite la existencia de un orden natural al cual nos debemos adaptar. Al existir tal ordenamiento, lo consideramos como un gobierno superior al hombre por lo cual miramos a nuestros semejantes como nuestros iguales, renunciando a gobernarlos, y a ser gobernados por ellos, permitiendo nuestra mutua libertad. El camino para llegar tanto a la igualdad como a la libertad radica en la elección de una actitud cooperativa predominante de la cual han de surgir la democracia económica (mercado) junto a la democracia política.

La actitud cooperativa ha de estar asociada a la empatía, que es el proceso psicológico que nos permite compartir las penas y alegrías de los demás como propias, siendo esencialmente la actitud promovida por el cristianismo, y cuyo valor ético esencial permite establecer las instituciones sociales fundamentales. Como se trata de la elección de una de las cuatro actitudes básicas del hombre, presenta una validez universal, que incluso trasciende las épocas. Por ello puede decirse que los valores asociados a la cultura occidental, no pueden entrar en decadencia, aunque tal descenso podrá estar asociado al abandono de tales valores o bien a su reemplazo por otros distintos, con resultados también distintos. Respecto de un posible orden alternativo, Arthur Herman escribió:

“La forma de este orden futuro varía según los gustos, pero su virtud más importante será su carácter totalmente no occidental, incluso antioccidental. A fin de cuentas, lo que cuenta para el pesimista cultural no es aquello que se creará sino aquello que se destruirá, a saber, nuestra «enferma» sociedad moderna”. “Para el pesimista cultural, pues, las malas noticias son buenas noticias. Recibe la depresión económica, el desempleo, las guerras y conflictos mundiales y los desastres ambientales con mal disimulada delectación, pues estos acontecimientos prefiguran la destrucción definitiva de la sociedad moderna. Como los profetas bíblicos de antaño, los modernos profetas del pesimismo saben que cuanto peor mejor”.

“La mayoría de la gente apenas repara en este componente sádicamente redentor de la tradición pesimista. En cambio, la siembra de desesperación e incertidumbre se ha generalizado tanto que la aceptamos como una postura intelectual normal, aunque nuestra realidad la contradiga” (De “La idea de decadencia en la historia occidental”-Editorial Andrés Bello-Santiago de Chile 1998).

Antes que las leyes de la historia, o las leyes del progreso, existe el proceso de adaptación cultural del hombre al orden natural. Si no se lo acepta, puede caerse en la barbarie en cualquier momento, como ya ocurrió en el siglo XX con la aparición de los distintos totalitarismos. Nadie puede asegurarnos que el hombre ha de seguir por el camino de la civilización o bien por el de la barbarie, excepto que podamos describir con bastante precisión tales procesos reduciendo las probabilidades para este último caso, haciendo que la mentira y el engaño dejen de orientar la vida de muchos seres humanos.

Entre los principales enemigos de la civilización occidental aparece el totalitarismo teológico proveniente del Islam, por cuanto se trata de un movimiento que poco tiene en cuenta las leyes naturales que rigen al hombre. Tarde o temprano, la población musulmana será mayoritaria en muchos países de Europa por lo que, mediante la democracia, podrán imponer sus criterios y sus costumbres a los demás ciudadanos, cumpliéndose plenamente el gobierno del hombre sobre el hombre, con resultados poco favorables para el individuo que pretenda vivir con cierta dignidad, por cuanto los valores básicos de la igualdad y la libertad quedarán prácticamente anulados.

Bajo el criterio del multiculturalismo, o del relativismo cultural, por el cual se supone que “todo vale”, los propios países europeos han excluido de la Constitución de la Unión Europea a la palabra “Dios”, sin siquiera tener presente que tal palabra puede resultar un simbolismo que representa al orden natural, un concepto compatible con la visión que nos brinda la ciencia experimental. Si se renuncia a tal concepto, se abren las puertas a la intromisión de diversos “órdenes artificiales” que caracterizan a los distintos totalitarismos.

También la Guerra Fría pudo considerarse como una lucha entre una fuerza anti-occidental, el marxismo-leninismo impulsado por la URSS, contra un país que adoptó los valores occidentales, EEUU. Al buscar suplantar el orden natural por el orden artificial diseñado por Karl Marx, y al pretender reemplazar el amor cristiano por el odio marxista, se produjo la mayor disociación posible entre los seres humanos; división que todavía hoy se mantiene vigente en muchos países. Tal es así que, incluso la violencia urbana en la Argentina resulta favorecida por la idea de que el delincuente es una víctima del “injusto sistema capitalista” que lo marginó previamente y que por ello resulta inocente por los crímenes que comete. De ahí que no debe ser castigado debiéndoselo liberar cuanto antes para permitir su pronta reinserción social. El odio marxista contra la “burguesía”, que en los 70 se materializó con la guerrilla pro-soviética, en la actualidad se lo promueve a través del delincuente común.

Quienes se asombran que, a pesar de los fracasos y de las catástrofes sociales que produjo el comunismo, se lo siga promoviendo como si nada hubiese ocurrido, encontrarán cierta lógica al tener en cuenta que tal sistema no tenia como misión esencial la construcción de una sociedad mejor que las anteriores, sino que sus objetivos básicos consistían en la destrucción de la civilización occidental. De ahí que actualmente se emplean variantes, no tanto para la construcción del socialismo, sino para la destrucción del sistema capitalista, del orden político asociado a la democracia y al definitivo derrumbe del alicaído cristianismo. Alexander Solyenitzin escribió:

“Para darse cuenta de lo absurda que es la economía soviética, veamos un pequeño ejemplo. Díganme qué clase de país es éste, gran potencia mundial que posee un enorme potencial militar y conquista el cosmos y, sin embargo ¿qué puede vender? Toda la técnica pesada, la técnica sofisticada, la compra. Entonces ¿es un país agricultor? Nada de eso. También compra cereales. ¿Qué podemos vender, entonces? ¿Qué economía es ésta? ¿La creó el socialismo? ¡No! Lo que Dios puso desde el principio en el subsuelo ruso, todo esto lo despilfarramos y vendemos”. “¿Y qué es la guerra ideológica? Un cúmulo de odio, la repetición del juramento: el mundo occidental debe ser aniquilado. Como otrora en el Senado de Roma un famoso senador terminaba sus alocuciones con la sentencia: «Cartago debe ser destruida», también hoy, en cada acto de comercio o de relajamiento de tensión, la prensa comunista, las instrucciones reservadas y miles de conferenciantes repiten: ¡El capitalismo debe ser aniquilado!” (De “En la lucha por la libertad”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1976).

Los defensores de los valores occidentales son acusados de promover un “pensamiento único” al descartar la validez de los “valores” totalitarios, precisamente por los resultados por éstos logrados. En realidad, dicho pensamiento es el resultado logrado, dentro de cada rama de las ciencias sociales, de las múltiples hipótesis establecidas y la posterior aceptación de unas pocas de ellas, mientras que en realidad el “pensamiento único”, estrictamente hablando, es el fundamentado en dogmas extra-científicos que se mantienen inalterables con el paso de los siglos y que han promovido las peores catástrofes sociales de toda la historia. Puede decirse que, para una plena adaptación cultural, existe un camino mejor que otros, mientras que existe también uno mejor para la destrucción de los valores occidentales.

El distanciamiento cada vez mayor de las sociedades occidentales respecto de los valores tradicionales de cooperación, libertad e igualdad, no se deben sólo a la difamación y a la tergiversación de los mismos por parte del sector destructivo, sino a la propia debilidad interna del cristianismo actual y del alejamiento del ciudadano común de la ética natural, cualquiera sea el medio por el cual a ella acceda. Las Iglesias cristianas parecen desconocer que las simbologías bíblicas son importantes en cuanto permitan que el individuo adopte posteriormente una actitud moral compatible con el los mandamientos bíblicos. Por el contrario, cuando tal simbología es adoptada en forma estricta, se entra en un mundo paralelo accesible a una minoría, o bien la simbología resulta adaptada a los gustos y criterios particulares, haciendo que se pierda el sentido original de la religión.

La religión natural, o deísmo, resulta compatible con la mentalidad de tipo científico que predomina en la actualidad, de ahí que resulta aceptable interpretar al cristianismo como una religión natural, excepto que alguien tenga una mejor propuesta para reencauzar al ser humano por la senda de los valores tradicionales de occidente, en cuyo caso no debería surgir ninguna oposición a tales intentos.

Una gran parte de los problemas que aquejan la vida del hombre contemporáneo se deben a la ausencia de un sentido de la vida concreto, que antes era otorgado por la religión. De ahí que por lo general nos resulta algo extraño saber que los seguidores del budismo tibetano dediquen gran parte de su tiempo a su perfeccionamiento moral e intelectual, mientras que no nos resulta extraño observar al hombre occidental dedicar gran parte de su tiempo en adquirir comodidades para su cuerpo. Al menos se debería buscar un equilibrio entre ambos extremos. Jeremy Rifkin escribió:

“Observadores de la cultura americana se mostraban preocupados ante la emergencia de una juventud cada vez más atrapada en una cultura mediática que vendía la idea de una gratificación inmediata de los propios deseos. El resultado era que cada nueva generación de estadounidenses estaba menos dispuesta o incluso menos capacitada para trabajar y posponer la gratificación en beneficio de ulteriores recompensas. El marco temporal narcisista es inmediato y se centra en el propio sujeto. Los compromisos pasados y las obligaciones futuras son vistos como limitaciones e impedimentos innecesarios para la gratificación inmediata. En esta nueva cultura narcisista todo el mundo considera tener derecho a la felicidad y está mucho menos dispuesto a posponerla para mañana”. “Muchos estadounidenses viven muy por encima de sus posibilidades y están hundidos en deudas de consumo, todo lo cual no hace sino perpetuar el comportamiento narcisista” (De “El sueño europeo”-Editorial Paidós SAICF-Buenos Aires 2004).

El hombre que vive para el consumo y para la diversión, relegando todo intento por desarrollar sus atributos morales e intelectuales, es el hombre mutilado espiritualmente. Trata de llenar su tiempo adquiriendo novedades tecnológicas con la ilusión de encontrar un sentido artificial de la vida, que dista bastante del sentido de la vida que viene implícito en las leyes que conforman el orden natural.

Si bien nuestro universo ha sido producto de una evolución cósmica seguida de una evolución biológica, es posible hablar de un sentido o una finalidad implícita del universo en forma similar a la que le habría otorgado un Dios creador que ha decidido y concedido cierta finalidad explícita al universo.

Cuando el hombre advierte que ha quedado a cargo de su propia supervivencia, como actor principal del proceso de adaptación cultural, adquiere una plena conciencia de su lugar en el universo, como representante, quizás único, de la vida inteligente. Así como no nos ha resultado fácil encontrar la forma de resolver el problema de la alimentación para una población mundial que aumenta a una tasa anual de unos cien millones de habitantes, tampoco nos está resultando fácil encontrar el alimento espiritual capaz de satisfacer la búsqueda de felicidad, incluso de los hombres que poseen suficientes medios materiales. Posiblemente, cuando se pueda resolver este último problema, se resolverán todos los demás.

Puede decirse que es necesario restaurar los valores tradicionales de la civilización occidental en lugar de cambiarlos por otros “valores” que son esencialmente los que han sido puestos como alternativas por los distintos totalitarismos en sus intentos destructivos de la sociedad esencialmente humana.