viernes, 25 de octubre de 2013

La presión de los valores sociales

En forma a veces poco evidente, los valores aceptados en forma mayoritaria por la sociedad tienden a ser adoptados por los restantes integrantes mediante el proceso de “contagio” e imitación. Cuando los valores preferidos son en realidad desvalores, tal proceso favorece cierta “enfermedad social” que conduce hacia alguna forma de crisis. De ahí que todo individuo no debe necesariamente acatar lo que la sociedad impone, ya que muchas veces ello implicará adoptar valores que lo alejarán de lo que imponen las propias leyes naturales que rigen nuestra conducta individual. Jules Henry escribió: “Nuestra cultura es una cultura que obra por impulsión. Es impulsada por sus impulsos de realización, competencia, ganancia y movilidad, y por los impulsos de seguridad y de un nivel de vida más alto. Sobre todo, la impulsa la expansividad. Impulsos como el hambre, la sed, el sexo y los demás, surgen directamente de la química del cuerpo, mientras que los de expansión, competencia, realización, etc., son generados por la cultura, no obstante, cedemos a estos últimos como al hambre y al sexo”.

“Junto a estos impulsos existe otro grupo de apremios, como los de amabilidad, bondad y generosidad, a los que llamaré valores y en nuestra cultura un problema capital de la vida emocional de todos y cada uno es el del juego recíproco de estos dos. Valores e impulsos –distintos de los fisiológicos- son ambos creaciones de la cultura, pero en las vidas de los norteamericanos y, por cierto, de todos los hombres y mujeres «occidentales», desempeñan papeles muy importantes. Un valor es algo que consideramos bueno; algo que siempre queremos que nuestras esposas, maridos, padres e hijos nos expresen, nos muestren cuando estemos contentos y nos suministren cuando nos sentimos desdichados. A esta esfera pertenecen el amor, la bondad, la tranquilidad, el contento, la diversión, la franqueza, la honestidad, la decencia, el descanso, la sencillez” (De “La cultura contra el hombre”-Siglo XXI Editores SA-México 1967).

Quien rechaza los valores aceptados en forma generalizada, podrá quedar relegado de la sociedad. Sin embargo, es mejor quedar relegado de la sociedad que quedar marginado del mundo real con sus castigos aun más severos que los impuestos por aquella. Hace más de 2.000 años, Marco Tulio Cicerón escribía respecto de la ley natural: “El universo entero está sometido a un solo amo, a un solo rey supremo, al Dios todopoderoso que ha concebido, meditado y sancionado esta ley. Desconocerla es huirse a si mismo, renegar de su naturaleza y por ello mismo padecer los castigos más crueles aun cuando escapara a los suplicios impuestos por los hombres”.

Cuando la sociedad valora los bienes materiales sobre todos los demás, puede decirse que presiona a cada individuo a lograrlos a cualquier costo. De ahí que, cuando se protesta masivamente por algún estafador, o por algún político, que ha logrado un poderío económico importante, debe tenerse presente que ha sido la propia sociedad la que preparó previamente el trono imaginario de quien habrá de ocuparlo luego de realizar acciones que pueden ser incompatibles con los valores éticos elementales, precisamente aquellos que la propia sociedad ha dejado de lado.

También los padres que valoran en exceso los valores materiales, y quizás sin quererlo, presionan a sus hijos a lograrlos por cualquier medio. Luego, esos padres podrán escandalizarse por el rumbo que adoptan sin apenas sospechar que tan sólo esos hijos respondieron a la influencia que recibieron desde pequeños y que moldearon su personalidad. Olvidaron esos padres que, aun cuando en forma hipócrita aconsejaron bien a sus hijos, éstos adoptaron los valores asociados a la personalidad real transmitida, predominando el lenguaje gestual y las acciones concretas sobre las palabras.

Los valores materiales, justamente, tienen un “valor” que no debe menospreciarse, especialmente cuando están asociados a cierta seguridad económica futura. Sin embargo, cuando resultan prioritarios y se utilizan para valorar a las personas, se produce una severa distorsión en la sociedad que la orientará, tarde o temprano, a severas crisis sociales, incluso en el ámbito de la economía.

El que valora de sobremanera a quien mayor cantidad de dinero posee, necesariamente valorará en menos a quien poco dinero tiene. De ahí que la sociedad que valora a las personas por su riqueza, necesariamente descalificará y hasta marginará socialmente a quienes no alcanzaron algún tipo de éxito económico.

De la misma forma en que los distintos hijos, que comparten atributos genéticos y ambientales similares, pueden adoptar distintas escalas de valores, los integrantes de la sociedad recibirán de distinta forma los valores dominantes, por lo que las respuestas no serán uniformes. Sin embargo, resulta bastante pequeño el porcentaje de gente que no se suma a los valores imperantes en una sociedad.

Si se descubre que tales valores están equivocados, según los efectos producidos, resulta poco aconsejable atacar a la sociedad y mucho menos adoptarla como referencia para hacer todo lo opuesto a lo que esté generalizado. Nuestra referencia deberá ser la ley natural ya que tan sólo nos queda adaptarnos a la misma y sugerir a los demás que hagan otro tanto.

Las sociedades regresivas, que tienden a etapas de salvajismo o barbarie, como es el caso de la Argentina, requieren de cuidadosa atención. Si bien no podemos decir que estemos transitando por tales etapas, es indiscutible que nos dirigimos hacia ellas. Quien observe el comportamiento del público durante los partidos de fútbol, o el comportamiento de padres y alumnos en establecimientos educativos, podrá advertir la realidad de tal tendencia.

El salvajismo está vinculado a la burla (violencia psicológica) que luego llevará a la violencia física. Sin recurrir a la definición precisa de “salvajismo” aportada por los antropólogos, podemos asociarlo a la búsqueda de cierto placer ocasionado por el sufrimiento ajeno, tal el caso del Racing Club cuando simpatizantes y directivos organizaron un masivo y denigrante acto burlesco contra el descendido de categoría y principal rival, Independiente de Avellaneda. Lo que agrava la situación es que, en lugar de advertir la peligrosa tendencia emprendida hacia el salvajismo generalizado, no faltan los relativistas que opinan que tal acción forma parte de la “cultura” característica de la sociedad argentina. En realidad, forma parte de la incultura nacional.

Y aquí llegamos a la parte importante de todo esto, por cuanto la mayor parte de la gente pretende que se solucionen los problemas de la sociedad pero con la condición de que se mantengan vigentes algunas ideas y creencias generalizadas. Sin embargo, quien impone condiciones es el propio orden natural mediante sus leyes, y debemos acatarlas ya sea que estemos de acuerdo con ellas, o no, o creamos en ellas, o no.

Para revertir la situación, debemos priorizar lo ético a lo material, que es lo mismo que decir que debemos priorizar nuestros afectos y nuestra intelectualidad sobre nuestro cuerpo. La sociedad violenta es la que prioriza el bienestar del cuerpo sobre el bienestar del espíritu y de ahí que favorece el ascenso de los egoístas mientras que relega a los justos. Es el mismo caso que ocurre en una familia materialista cuando se estimula al egoísta, el soberbio o el vanidoso, y se relega al sencillo y al respetuoso.

Para colmo de males, los grupos ideológicos totalitarios, deseosos de llegar al poder, tienden a negar los efectos de las conductas erróneas para atribuirlos a otras causas, que, justamente, coinciden con aquello que combaten. Así, no falta quienes culpan al dinero por todos los males que existen, o bien culpan al sistema capitalista. Al respecto, debe decirse que el dinero puede usarse bien o mal, con una transición gradual entre esos extremos, siendo el dinero éticamente neutro. La ética se refiere sólo a las conductas de los seres humanos.

En cuanto al sistema capitalista, debe decirse que se trata de un proceso económico que traduce la demanda de los consumidores a producción y oferta de los productores, por lo cual también resulta éticamente neutro. Que el tipo de demanda no sea la aconsejable, como reflejo de una sociedad éticamente poco satisfactoria, no es algo que dependa del proceso del mercado, sino de las elecciones individuales. Y todo cambio posible debe apuntar a un cambio en las conductas y en las posteriores elecciones individuales.

Algunos autores han advertido la existencia de una transición que va desde la prioritaria búsqueda de la capacidad para producir, imperante en el pasado, a la prioritaria búsqueda de capacidad para consumir, predominante en años recientes. Nos alejamos de la idea del deber de producir, para acercarnos a la idea del derecho a consumir, tendencia que va desde la satisfacción asociada al trabajo, a la incomodidad que provoca realizar algún tipo de actividad que será de utilidad a los demás, aun cuando seamos remunerados por ello.

El malestar asociado a esta tendencia se vislumbra ya en el Mayo Francés del 1968, cuando se advierte en sus consignas el inconformismo de quienes desconocen que nunca, ni en ningún lugar, la tarea de ganarse la vida ha sido fácil, excepto para muy pocos. Su principal líder, Daniel Cohn-Bendit, expresó: “Más allá de la lucha contra la guerra de Vietnam, el movimiento de 1968 cuestionaba el estilo de vida: reclamaba el derecho al goce, atacaba a la sociedad del «subte-trabajo-cama». No teníamos ningún proyecto concreto porque los acontecimientos y nuestro éxito nos tomaron de sorpresa”.

Generalmente, quienes protestan contra la sociedad, o contra el “sistema”, adoptan previamente la suposición de que ellos mismos están libres de culpa o bien suponen que no pertenecen a la sociedad. En ambos casos deberían abstenerse de protestar, ya que por lo general lo hacen quienes no reciben lo esperado de la sociedad, protestando contra los que no dan nada a los demás, que es justamente el caso de los que protestan. Uno de los absurdos lemas del Mayo Francés era precisamente: “¡No sé lo que quiero, pero lo quiero ya!”.

El hombre actual vive una etapa en que se deja de lado la religión, sin considerar que el gobierno de Dios sobre el hombre implica, en definitiva, nuestro acatamiento a las leyes naturales. Pretende llegar a una etapa en donde el hombre se ha de gobernar por sí mismo ignorando tales leyes. Incluso en la Constitución de la Unión Europea no aparece referencia alguna a Dios. Sin embargo, no debemos olvidar que las leyes de Dios son precisamente las leyes naturales a las que hacía referencia Cicerón y son las que describe la ciencia experimental. Que la religión pase por etapas de crisis, o que varias de ellas puedan estar equivocadas en varios aspectos, ello no implica que deban suprimirse, sino que deben perfeccionarse.