lunes, 21 de octubre de 2013

La invasión soviética

Los distintos acontecimientos históricos no surgen sólo de las ideas dominantes en una sociedad, sino que también son promovidos por aspectos emocionales. De ahí que, para la comprensión de la historia, se los debe tener presentes, incluso prioritariamente a las ideas, ya que muchas veces éstas tan sólo sirven para enmascarar pasiones poco claras. Pierre Ansart escribió: “Esta atención especial prestada a las sensibilidades individuales y colectivas se funda en la convicción de que las acciones políticas y los comportamientos cotidianos de los ciudadanos están sostenidos por las emociones, los sentimientos y las pasiones, y que por ello estas dimensiones afectivas deben examinarse por la misma razón que las creencias, teorías e ideas a las cuales están íntimamente ligadas” (De “Los clínicos de las pasiones políticas”-Ediciones Nueva Visión SAIC-Buenos Aires 1997).

Para entender los hechos ocurridos en la Argentina en la década de los 70, puede hacerse una analogía con las invasiones inglesas de principios del siglo XIX a partir de las respuestas surgidas desde los distintos sectores de la población. En ese entonces, unos pocos años antes del Primer Gobierno Patrio, podíamos distinguir tres fuerzas políticas y militares, que recibían el apoyo, o bien el rechazo o la indiferencia, de los distintos sectores del pueblo, que eran los siguientes:

a) Los que apoyaban a la monarquía española
b) Los que apoyaban la independencia de la colonia sudamericana
c) Los que apoyaban al invasor británico

En realidad, los historiadores pocas veces han mencionado que hubiese algún sector que apoyara al invasor, lo que habría resultado un comportamiento bastante sorprendente, ya que la mayoría anhelaba la independencia del entonces Virreinato del Río de la Plata para la formación de un nuevo país. Vicente Massot escribió:

“Sir Home Popham estaba convencido –y, en rigor, no había razones para estarlo- que al amparo del poder británico la población local y los principales vecinos de la ciudad, o sea, lo que podría denominarse su clase dirigente, o se acogería a las nuevas autoridades o se llamarían a cuarteles de invierno. Más aún, creyó erróneamente que aprovecharían la oportunidad que les caía del cielo para declararse independientes de España. Nada de eso ocurrió y en su lugar la decisión de resistir de los rioplatenses, aun separados por distintos intereses, fue unánime: obraron, entonces, como vasallos fieles del rey Fernando” (De “La excepcionalidad argentina”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 2005).

Luego de las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807, el héroe de la lucha contra el invasor, Santiago de Liniers, fue ejecutado (1810) por apoyar la continuidad del dominio español en estas tierras en lugar de plegarse al movimiento patrio.

En la década de los setenta, los dos imperios más importantes, EEUU y la URSS (Unión Soviética), mantienen un antagonismo que los llevó a la Guerra Fría, denominada así por cuanto no hubo enfrentamientos militares directos entre ambas potencias, sino indirectos, a través del apoyo brindado a otros países en conflicto. El avance del imperialismo soviético en Latinoamérica fue promovido desde Cuba, país aliado a la URSS. El orientador y ejemplo que tuvieron los combatientes pro-soviéticos fue Ernesto Che Guevara, quien asesinó con su propia arma a unos 216 seres humanos, ninguno en combate, además de los miles de fusilamientos que ordenó ejecutar a sus subalternos. Sus “ideales” han quedado explícitos en sus propias palabras:

“El odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así: un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal” (Citado en “Por amor al odio” de Carlos Manuel Acuña-Ediciones del Pórtico-Buenos Aires 2000).

El accionar guerrillero de Guevara en Bolivia, en donde cae abatido, tenía como finalidad posterior dominar militarmente a su país de origen, la Argentina, para implantar el socialismo, como una etapa más de la expansión del Imperialismo Soviético en sus intentos de dominación mundial. La mayor parte de los líderes guerrilleros que actuaron en la Argentina, tuvieron el apoyo estratégico y militar de Cuba, por lo que puede hablarse de una “invasión soviética” a nuestro país, proceso que puede, en cierta forma, compararse a los intentos británicos de expansión durante el siglo XIX. Esta vez la población se divide en los siguientes sectores:

a) Los que apoyaban a los EEUU
b) Los que apoyaban a la Argentina
c) Los que apoyaban al invasor soviético

Carlos Manuel Acuña escribió: “La Unión Soviética, después del costoso enclave logrado en Cuba, resolvió expandirse lo más posible desde ese punto de apoyo mediante una operación que consideró lo suficientemente conflictiva como para fortalecer sus intereses estratégicos. Sin hacerse responsable, dejó la ejecución en manos de Fidel Castro quien, pese a las diferencias que había entre uno y otro permitió, a su vez, que fuera Ernesto Guevara de la Serna el artífice visible de ese nuevo conflicto: el argentino, con su extremo voluntarismo y ambición, creyó que podría transformarlo en una fácil conquista territorial y política con la República Argentina colocada en el centro principal de su objetivo”.

Por lo general, el pueblo argentino es indiferente hacia los EEUU, incluso es mayoritariamente opositor. Tal es así que, durante la Segunda Guerra Mundial, hubo muchas adhesiones al nazismo, manteniendo el país su neutralidad hasta casi finalizado el conflicto, en que se decide declarar la guerra a Alemania, más por conveniencia que por simpatía hacia los EEUU. Los atributos comunes a ambos países consisten principalmente en la aceptación de los valores dominantes en Occidente, tales como el cristianismo y la democracia económica y política.

Los partidarios del sector invasor, por el contrario, suponen que la Argentina no tiene atributos suficientes para ser considerada como una nación por lo que sólo se la debe considerar como una “colonia de los EEUU”, ya que supuestamente consideran que tanto el cristianismo como la democracia liberal han sido “inventos yankis”. Tal es así que, cuando alguien habla en nombre de la Argentina, con el derecho que tiene todo ciudadano para hacerlo, un marxista puede responderle atacando a los EEUU. De ahí que, aunque parezca obvio, es oportuno señalar que la Argentina existe.

Fieles al “pensamiento” del Che Guevara, la organización Montoneros, requería de sus nuevos integrantes una prueba de idoneidad, o de valor, por lo cual deberían asesinar a un policía cualquiera. Esto constituía un indicio evidente de que la lucha armada que iniciaron consistiría esencialmente en eliminar a todo integrante del considerado “bando opositor”, integrado por policías, militares, empresarios, trabajadores, ciudadanos comunes, etc. Esta “táctica” fue imitada por los organismos de seguridad del Estado (policiales y militares), incluso como respuesta al simple instinto de conservación de la vida. Ambas posturas dieron lugar a la llamada “guerra sucia”. Vicente Massot escribió:

“A caballo del marxismo, la idea de que todo se resolvería con la destrucción del enemigo se enancó en formaciones guerrilleras que asaltaron el Estado, comenzó una segunda guerra civil en la cual el otro no fue considerado un adversario, ni siquiera un enemigo, sino un criminal. El choque, pues, de dos fuerzas –las organizaciones terroristas de un lado; el Estado Nacional del otro- no consentía sobrevivientes. La condición esencial del conflicto, su naturaleza, radicaba en que unos y otros podían recurrir a cualquier medio para aniquilar al contrario y eliminarlo así de la faz de la Tierra” (Del Prólogo de “Por amor al odio”).

En realidad, desde el punto de vista de los argentinos, es decir, de quienes no apoyábamos a ninguna de las dos potencias mundiales, no puede hablarse de una “guerra civil” por cuanto hubo un invasor foráneo claramente distinguible, y un país que debió defenderse de la agresión. Carlos Manuel Acuña escribió:

“La lucrativa creación de la industria del secuestro, fueron hechos que marcaron, entre otros actos, una secuencia histórica que hemos incorporado a estas páginas en el mismo orden en que se produjeron. Juntos con los intentos de dominar la CGT y otras organizaciones con el mismo fin. Los múltiples asesinatos selectivos. La toma de localidades. Los asaltos a bancos. La preparación y desarrollo del «Cordobazo», sus repeticiones y otros hechos similares montados en función de una gimnasia revolucionaria. El asalto e incendio de casas, comercios y ferrocarriles. El copamiento de unidades militares y policiales. El asesinato sistemático de agentes de policía para sacar patente de «combatiente», quitarles el arma, la placa y a veces el ansiado uniforme, fueron todos hechos que formaron parte de esa misma secuencia y permitieron dibujar un «perfil del guerrillero» con el denominador común de su pertenencia mayoritaria a las clases medias y altas”.

Otro personaje nefasto que promovió la violencia fue Juan D. Perón. Alentó a los sectores pro-soviéticos para crear condiciones caóticas en la Argentina previendo su futuro acceso al mando gubernamental. Una vez en el poder, alentó el aniquilamiento de sus antiguos aliados. Quienes pretenden, ideológicamente hablando, ubicar a Perón, podrán quedar desconcertados, por cuanto el peronismo es un movimiento que apunta hacia el logro del poder utilizando el disfraz ideológico que convenga según la circunstancia o la época. El autor citado escribió:

“En el año 1957 aparecía la «Juventud Peronista» para llevar adelante esta «resistencia». Fue la época en que Perón llamaba a la insurrección popular en un intento por recuperar la presidencia. Su convocatoria era una apelación al odio y la violencia que terminaría canalizándose a través del «Peronismo Revolucionario», su expresión material fue «el caño»; el artefacto explosivo casero que atronó por doquier”. “Los mensajes de Perón desde el exilio sufrían una metamorfosis cualitativa. El lenguaje, pleno de citas a Mao y Lenin, señalaba un claro viraje ideológico que llenaba de desazón a sus seguidores ortodoxos y subyugaba a los jóvenes”.

Cuando Perón llega a su tercer mandato, favorece la formación de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) para combatir a sus ex-aliados marxistas, quienes a su vez habían intentado usar al peronismo como una vía para el acceso al poder y la anexión de la Argentina al conjunto de países liderados por la Unión Soviética.

Luego de terminada la “guerra sucia” le sigue la “posguerra sucia” en la cual los terroristas lograron que la opinión pública los considerara como “jóvenes idealistas” que luchaban por un mundo y una sociedad mejor. Tal es así que, cuando se habla de “derechos humanos” en la Argentina, se entiende que se hace referencia a los guerrilleros marxistas, mientras que a los caídos por el bando argentino se les niega incluso la condición de humanos, es decir, de la misma forma en que fueron considerados durante la guerra sucia. Vicente Massot escribió:

“El resultado militar de la contienda, que tuvo un principio y un fin en el tiempo, fue favorable a las Fuerzas Armadas. Inversamente, el resultado político favoreció a sus adversarios. Fenómeno éste –que los vencedores terminaran haciendo el papel de vencidos y los perdedores ganasen la batalla política después de muertos- nunca antes visto, cuando menos en el mundo moderno. Ello fue producto, entre otras cosas, de una sutil, paciente, atrevida y, a la vez, sectaria reconstrucción histórica a la que se consagraron, sin prisa pero sin pausa, quienes habían sido derrotados. Las distintas capillas intelectuales de la izquierda, de ordinario comprometidas directa o indirectamente con la subversión, encontraron en la historia, como disciplina teórica, una forma de prolongar la guerra por otros medios. Desde 1983 a la fecha en la Argentina sólo se ha escuchado esa campana” (Del Prólogo de “Por amor al odio”).

También puede decirse que pocas veces en la historia se ha dado el caso de que una parte significativa de un pueblo apoye al invasor que trata de arrebatarle tanto la soberanía nacional como la propia dignidad humana. Si deseamos alguna vez superarnos como Nación, debemos sentir, al menos, algo de patriotismo, en lugar a plegarnos a quienes pretendieron destruirnos material y moralmente.