miércoles, 2 de octubre de 2013

Ideólogos y terrorismo

Si hemos de definir brevemente el proceso que conduce a una acción terrorista, debemos considerar primeramente al autor intelectual del hecho, tal el caso del ideólogo, cuya misión consiste en sembrar la mayor cantidad posible de odio destinado al sector considerado como enemigo. Si la cantidad sembrada sobrepasa cierto nivel, se llegará al atentado terrorista; de lo contrario sólo habrá conseguido envenenarle la vida a quienes aceptaron sus prédicas. Por lo general, el ideólogo invoca una “noble causa” que justificará toda acción posterior. Se la considera también una gran idea…… ya que llena todo un cerebro.

El futuro terrorista cree en las palabras del ideólogo, y comienza así su degradación moral hasta el momento en que su vida comienza a perder todo su valor. La “noble causa” se ha transformado en el sentido, concreto y artificial, que ha dado a su vida. Comienza a sentir la imperante necesidad de destruir al destinatario del odio incubado para liberarse de esa forma de su humillación e inferioridad consciente.

No siempre la acción del terrorista termina con la destrucción del enemigo, ya que también pretende afianzar su creencia política, o religiosa, para imponerla a toda la humanidad. Aun cuando los resultados de su causa sean negativos y produzcan pésimos resultados, trata de imponerla a cualquier precio, tal el caso del marxista, en su momento, y de los grupos islámicos en la actualidad. Quizás ello se deba a que quieran compartir el sufrimiento con sus enemigos, lo que tendría cierta lógica. Podemos hacer una breve síntesis de la secuencia mencionada:

El ideólogo siembra el odio a nivel masivo invocando una “noble causa” (autor intelectual)
2- Culpa al enemigo, real o imaginario, por todos los males que sufre su pueblo
3- Cuando el odio llega a un alto nivel, se llega al atentado terrorista (autor material)

4- Se trata de afianzar la creencia, mediante la violencia, imponiéndola a toda la humanidad

Respecto de la acción de los grupos islámicos, Gustavo de Arístegui escribió: “El islamismo radical debe ser considerado una ideología violenta, totalitaria y opresiva, que persigue, con la excusa de la religión, el poder político absoluto y adoptar la forma de un califato dictatorial y teocrático sólo en apariencia, a cuya cabeza se situaría una clase dominante cuasiclerical (es preciso recordar que en el islam sunní no existe formalmente el clero). Los islamitas, sin embargo, son muy contrarios a las autoridades religiosas oficiales, a las que consideran parte del aparato represor de los regímenes a los que se oponen. En el mejor de los casos juzgan a esas autoridades como traidores acomodaticios. No obstante, parece evidente que han llegado a la conclusión de que no alcanzarán su objetivo de dominar el espíritu, la mente y las instituciones si no forman un cuerpo de activistas bien adoctrinados y suficientemente organizados como para ser eficaces en sus intentos de extender la dominación a la mayor parte de la humanidad”.

“Los islamitas no son unos pragmáticos sedientos de poder o de dinero, sino seres humanos fanáticos que asocian los perversos fines del poder absoluto y sin escrúpulos a una supuesta causa, y es justamente la «lucha por esta causa», su altísimo grado de fanatismo activista, lo que los hace tan peligrosos. A lo largo de la historia, el afán de poder y dominación mezclado con métodos criminales ha estado a la orden del día. Sin embargo, ninguna de esas corrientes habría pasado de una patética forma experimental de crimen organizado sin el convencimiento de que luchaban por una causa de carácter «sagrado e irrenunciable». Este convencimiento que proporciona a los fanáticos de todo tipo el combustible necesario para convertirse en auténticos monstruos, es el que ha tratado de imponer el islamismo radical” (De “El islamismo contra el islam”-Ediciones B SA-Barcelona 2004).

En cuanto a la típica victima del ideólogo, puede decirse que se trata de alguien poco exitoso a quien se lo designa generalmente como un “perdedor”. Tal individuo, por lo general, tiene una escala de valores muy limitada por cuanto, generalmente, ignora la existencia de valores éticos e intelectuales, los cuales, en general, son accesibles a todos aquellos que se impongan la firma intención de poseerlos. Hans M. Enzensberger escribió: “Lo que al perdedor le obsesiona es la comparación con los demás, que le resulta desfavorable en todo momento. Como el deseo de reconocimiento no conoce, en principio, límites, el umbral de dolor desciende inevitablemente y las imposiciones del mundo se hacen cada vez más insoportables. La irritabilidad del perdedor aumenta con cada mejora que observa en los otros. La pauta nunca la proporcionan aquellos que están peor que él; a sus ojos, no son ellos a quienes continuamente se ofende, humilla y rebaja, sino que es siempre él, el perdedor radical, quien sufre tales atropellos”.

“«Tiene que ver conmigo». «La culpa la tienen los demás». Los dos argumentos no se excluyen. Al contrario, se retroalimentan según el modelo del círculo vicioso. Ninguna reflexión puede liberar al perdedor radical de ese círculo diabólico; de él saca su inimaginable fuerza”.

“La única salida a su dilema es la fusión de destrucción y autodestrucción, de agresión y autoagresión. Por un lado, el perdedor experimenta un poderío excepcional en el momento del estallido; su acto le permite triunfar sobre los demás, aniquilándolos. Por otro, al acabar con su propia vida da cuenta de la cara opuesta de esa sensación de poderío, a saber, la sospecha de que su existencia pueda carecer de valor”. “Entonces la energía destructiva encerrada en él se potencia hasta la más brutal ausencia de escrúpulos; se forma una amalgama de deseo de muerte y delirio de grandeza, y de su falta de poder le redime un sentimiento de impotencia calamitoso”.

“Para ello se necesita sin embargo una especie de detonador ideológico que haga estallar al perdedor radical. Como la historia ha demostrado, nunca han faltado ofertas de ese género. Su contenido es lo que menos importa. Sean doctrinas religiosas o políticas, dogmas nacionalistas, comunistas o racistas, cualquier forma del sectarismo más cerril es capaz de movilizar la energía latente del perdedor radical” (De “El perdedor radical”-Editorial La Página SA-Buenos Aires 2009).

La violencia colectiva se ve favorecida por las circunstancias adversas que debe afrontar una sociedad, tal el caso de Alemania luego de la Primera Guerra Mundial. Rita Levi Montalcini escribió al respecto: “En su psicoanálisis de la guerra, Money-Kyrle describe una concentración de alemanes arengados por Hitler y Goebbels. Las reacciones de la muchedumbre a las incitaciones del Führer eran las de un monstruo que expresaba sus pasiones con un clamor orgiástico, ora de victimismo, al evocar los sufrimientos del pueblo alemán de la posguerra de 1918, ora de furor contra los judíos y los socialdemócratas, señalados como causantes de esos sufrimientos, ora de exaltación delirante del poder de la Alemania nazi y, por último, de locura suicida y masoquista cuando Hitler les instigaba al sacrificio colectivo para salvar a la patria”.

“Es así como el lenguaje, supremo privilegio del hombre, que le ha abierto infinidad de horizontes mentales, también le arroja al abismo del oscurantismo cuando la palabra es usada por caudillos fanáticos o cínicos para incitar al odio, o cuando los símbolos provocan reacciones místicas e inhiben las facultades intelectuales del lejano descendiente del Australopithecus” (De “Tiempo de cambios”-Ediciones Península-Barcelona 2005).

En la Argentina actual observamos, con resignación y asombro, cómo los ideólogos que promovieron el terrorismo marxista de los setenta, siguen sembrando el odio masivamente, por la televisión estatal, principalmente, y en forma cotidiana. Hans M. Enzensberger escribe respecto de los grupos armados de esa época: “La mayoría de esas cuadrillas armadas se aseguran la subsistencia a base de robos, secuestros o tráfico de drogas. Se definen a sí mismos como ejércitos, hacen alardes de brigadas y comandos, procuran darse importancia con comunicados burocráticos y grandilocuentes cartas de reivindicación y presumen de ser los representantes de no se sabe qué masas. Perdedores radicales, están convencidos de la falta de valor de su propia vida, por lo que tampoco les importa la vida de los demás: todo respeto a la supervivencia les es ajeno. Les da absolutamente igual que sus víctimas sean adversarios, partidarios o personas imparciales. Secuestran y asesinan con predilección a gentes que tratan de paliar la miseria en la zona que ellos aterrorizan, fusilan a colaboradores y médicos y reducen a cenizas la última clínica que aún disponía de un bisturí en la región; en efecto, les cuesta distinguir entre mutilación y automutilación”.

Luego del derrumbe de la “madre patria” de los grupos marxistas (la URSS), sus antiguos integrantes simpatizan con el terrorismo islámico. Tal es así, que una figura representativa del kirchnerismo, confesó haber festejado los atentados de Nueva York, expresión avalada por algo más del 50% de los encuestados según una investigación efectuada por una radioemisora de Buenos Aires. Miguel Wiñazki escribió: “Hebe de Bonafini festejó el atentado. «Sentí alegría», reconoció al ser consultada por la destrucción del World Trade Center, considerado hasta entonces como uno de los puntos neurálgicos del capitalismo financiero internacional. «No voy a ser hipócrita, no me dolió para nada», dijo” (De “La locura de los argentinos”-Grupo Editorial Planeta SAIC-Buenos Aires 2010).

Por lo general, se atribuyen las catástrofes humanas al retraso relativo del conocimiento de nuestra propia conducta respecto del avance científico y tecnológico en otras áreas. Sin embargo, las actitudes básicas del amor y del odio, y sus respectivos efectos, son conocidos desde hace miles de años. Quizás, cuando tales actitudes sean conocidas con mayor precisión a partir de la ciencia experimental, podamos al menos evitar las ideologías perversas que tienen todavía bastante vigencia. Rita Levi Montalcini escribió: “La disposición a cometer estos actos de suicidio y homicidio es el resultado de una disparidad entre las facultades intelectuales del hombre y su conducta irracional y emotiva, que lamentablemente va en aumento, si comparamos la curva exponencial del aumento de la capacidad cognitiva y destructiva con la curva estática de la conducta emotiva típica de los comportamientos de masas”.

Quizá las cosas mejoren cuando los seres humanos tengamos cierta predisposición a dejar de pertenecer a algún grupo o sector que sea incompatible con el gran grupo de la humanidad. Los subgrupos de origen religioso, político, social, de nacionalidad, etc., tienden a ser orientados por criterios personales arbitrarios mientras que si nos imponemos el hábito de mirar al prójimo como a otro integrante de la humanidad, es posible que así podamos dejar de lado todas las vallas que impiden la coexistencia pacifica. Nuestra referencia debe ser la propia ley de Dios, la ley natural, antes que cualquier enviado o difusor secundario, excepto que nos haga más conscientes de dicha ley, resumida en el mandamiento que nos sugiere compartir las penas y las alegrías de los demás como si fuesen propias.