miércoles, 9 de octubre de 2013

Economía vs. populismo

Podemos distinguir dos formas típicas, y extremas, para encarar la descripción y la posterior resolución de los problemas económicos de una sociedad. Uno de esos extremos está constituido por el pensamiento conforme a la ciencia económica, que la toma como referencia junto con las experiencias ocurridas en el propio país y también en el extranjero (liberalismo). En el otro extremo tenemos al pensamiento que no la tiene en cuenta, ni tampoco a las experiencias del pasado y que se atiene principalmente a algún tipo de ideología totalitaria (populismo).

La preferencia de algunos pueblos por el populismo se debe, muchas veces, a los desaciertos cometidos por reconocidos economistas, o también por asociarse maliciosamente a un economista todos los inconvenientes circunstanciales que debió afrontar una nación en determinada época. Tenemos un caso similar al de la gente que acude al curandero por cuanto alguna vez concurrió a un médico que se equivocó en el pronóstico de una enfermedad, o en el método curativo, o en ambos, y de ahí que varios pacientes concluyan en que la ciencia médica tiene poco valor y que resulta por ello conveniente ir al curandero.

Entre los principales problemas que se deben resolver están el de la pobreza y el desempleo. Para el pensamiento económico, la solución consiste en apuntar hacia un aumento del capital productivo invertido, ya que, de esa forma, los sueldos tienden a subir y se amplía la oferta de trabajo. De ahí que resulta poco recomendable toda tendencia que malgaste o consuma parte del capital acumulado en una nación, o que ahuyente los capitales hacia otros países luego de haber realizado expropiaciones, o bien por exigir impuestos excesivos. Alberto Benegas Lynch (h) y Martín Krause escribieron:

“No resulta posible promover seriamente la ayuda al necesitado si simultáneamente se boicotea el sistema que permite ampliar la producción. El proceder de esta manera revela un inaceptable doble discurso y un círculo vicioso imposible de vencer. A medida que la capitalización aumenta, muchos de los que antes eran considerados marginales entran con vigor en el proceso de producción. En la medida que aquel proceso se tiende a debilitar se revierte la situación y comienza a multiplicarse la pobreza en una barranca abajo que termina como una candela quemada en las dos puntas”.

“Cada medida que debilita el proceso productivo, por más insignificante que parezca, es un atentado contra los pobres. El más pequeño resquebrajamiento del sistema implica que una persona no come, que una persona no puede atender su salud o que una persona no puede educarse” (De “En defensa de los más necesitados”-Editorial Atlántida SA-Buenos Aires 1998).

Para el pensamiento populista, la pobreza no es un problema tan serio como la desigualdad económica, ya que apunta principalmente a proteger al individuo del penoso sentimiento de la envidia. Si toda la población fuera igualmente pobre, o igualmente rica, se resolvería el problema, por lo que apunta generalmente a lo más fácil de lograr, que es el primer caso. De ahí que la táctica seguida sea la de la redistribución de las riquezas.

Con los aportes recibidos por el Estado, proveniente de los sectores productivos, el populismo procede a redistribuirlos entre el resto de la población, ya que previamente fueron distribuidos por el mercado. Si esos aportes llegaran íntegramente a los más necesitados, seguramente se solucionaría el problema. Sin embargo, existen tres factores que impiden ese resultado. El primero es que la ayuda social va tanto a los sectores necesitados como a los no necesitados (porque el Estado paternalista “ama a sus hijos” igualitariamente), el segundo radica en que se necesita cierta administración adicional, o burocracia estatal, para realizar la redistribución, mientras que el tercero radica en que, muchas veces, la corrupción asociada a dicha burocracia limita severamente el dinero que llega finalmente a quienes más lo necesitan. Los autores citados escribieron:

“Un meduloso estudio de Michael Tanner muestra que el gobierno de los EEUU declaró «la guerra a la pobreza» en 1965, se gastaron en ese país 5,4 billones de dólares para «combatir» la pobreza hasta 1996. El resultado de esa guerra y de los respectivos combates que insumió la cantidad referida de recursos –monto verdaderamente impresionante por cierto- es que hay más gente bajo la línea de pobreza sobre el total de la población que la que había al comenzar «la contienda». Para apreciar la cantidad astronómica de recursos que significaban los 5,4 billones de dólares consumidos por el gobierno en esta pelea tan mal concebida, señala el autor que con esa cantidad se podrían comprar los activos netos de las 500 empresas «top» según la revista Fortune y toda la tierra destinada a la producción agrícola de los EEUU”.

“El estudio revela que al comenzar este «programa» en 1965, 70 centavos de cada dólar llegaban a los destinatarios y el gobierno retenía 30 y, en la actualidad, las cifras se revirtieron: sólo 30 centavos de cada dólar llegan al destinatario y 70 se quedan en el camino, es decir, en las agencias gubernamentales y en los bolsillos de los burócratas. Y tengamos nuevamente en cuenta que estamos hablando del país más eficiente de la tierra…imaginemos lo que queda para el resto”.

Si tal porcentaje (30%) del gasto llega en un país en donde la corrupción es mediana, podemos suponer que en aquellos países en que la corrupción es muy alta podrá llegar a cifras entre un 10 o un 20%, siendo optimistas. De ahí que el redistribucionismo resulta, en general, bastante ineficaz. La razón de ello es que los recursos extraídos del sector productivo no van a parar a la inversión y al trabajo genuino, sino a la redistribución mencionada. También los trabajos estatales, promovidos para combatir la desigualdad social, absorben recursos que limitan posibles aportes a la inversión productiva. Esto explica porqué, luego de 10 años de kirchnerismo, a pesar de los buenos precios de las exportaciones agrícolas, el porcentaje de pobreza ronda el 26% de la población.

Cuando el “estado benefactor” toma a su cargo la ayuda social, promueve que tal actividad solidaria se reduzca en la población. Los citados autores escriben: “Resulta claro que si el Estado le saca la totalidad de sus recursos a los contribuyentes no habrá posibilidad alguna de que estos ayuden con fondos a nadie. Ahora bien, sin llegar a este extremo, cuantos más recursos le saque el gobierno a la gente, menores disponibilidades tendrá para obras caritativas y de beneficencia. Además de apoderarse de cuantiosas sumas, si los gobiernos se arrogan la función de «caridad» (y, dicho sea de paso, también destinan una porción sustancial del presupuesto público para publicitar dichas tareas) los gobernados terminan creyendo que en verdad es función estatal socorrer a los más necesitados”.

“La idea de la caridad también se degrada al manosearla en campañas políticas en las que se tolera que se recurra permanentemente al plural afirmando que «tenemos» que ayudar a los pobres y «nos comprometemos» a entregarles tales y cuales cosas. Este lenguaje impropio pasa por alto por lo menos dos cosas. En primer término, que especialmente la caridad requiere del singular, es decir, el autopreguntarse qué es lo que uno concretamente está haciendo en lugar de vociferar con un plural que sirve para ocultar la propia conducta y diluir responsabilidades. En segundo lugar, no tiene sentido «comprometer» recursos ajenos. Es muy fácil asegurar por la fuerza el aporte de los fondos que provienen de otros bolsillos, pero es una irresponsabilidad manifiesta el proceder de esta manera”.

“La mayoría se va tornando activista y termina por demandar fondos de los bolsillos ajenos. Esta exigencia es captada por demagogos que incorporan el redistribucionismo como parte de textos constitucionales, códigos y legislaciones diversas con lo cual se consagra un nuevo «derecho»”.

Por lo general, el populista cree en su “superioridad moral”, debida a sus “nobles sentimientos”, en oposición a la “perversidad” e “indiferencia” de los sectores liberales, mentalidad que prevalece en los países subdesarrollados. Entre los casos típicos tenemos al peronista. Alberto Benegas Lynch (h) y Martín Krause escribieron: “A partir del protagonismo de la Fundación Eva Perón y de la Secretaria de Trabajo y Previsión se impuso, mediante una abrumadora campaña masiva de difusión, «un nuevo concepto de beneficencia»”. “Se intentó por todos los medios eliminar el concepto de ayuda al necesitado para reemplazarlo por el criterio de «justicia» al damnificado. Según esta concepción, la pobreza no era una cuestión que demandara ayuda de los benevolentes sino que requería ser «indemnizada» por tratarse de un acto de injusticia. La «ayuda social» era más bien un acto de «justicia» que de benevolencia. El Estado era el encargado de remediar, de equiparar el daño realizado al pobre”.

“El pobre ya no tenía que pedir ayuda sino que podía reclamar un derecho. Es una cuestión de «justicia social», un tema de Estado, una prioridad absoluta de la acción del gobierno. Este cambio sustancial de mentalidad fue muy profundo, llegando hasta nuestros días y se ha incorporado al hábito de los argentinos”. “El cambio fue llevado a cabo de manera violenta, a pesar de que ya se estaba insinuando en los escritos y las demandas de los socialistas de los años veinte. No obstante el odio impulsado desde la Fundación Eva Perón hacia las entidades voluntarias de beneficencia fue determinante del cambio de mentalidad. Las entidades de beneficencia y los socorros mutuos fueron desapareciendo paulatinamente a medida que crecía el protagonismo del Estado benefactor y de su brazo privado, la Fundación”.

Tanto Perón como Eva Duarte de Perón fueron personajes influyentes de la política argentina, aclamados por medio país por amar a los pobres y repudiados por la otra mitad por odiar a los ricos y a la oposición. El sector peronista siempre asoció al antiperonismo cierta malignidad intrínseca, mientras que el sector antiperonista criticó al peronismo por la promoción del odio colectivo revestido con ropajes humanistas y solidarios. El fundamento del peronismo está ligado a la “ley de Marx”: los pobres poseen virtud y carecen de defectos, mientras que los ricos sólo tienen defectos y carecen de virtud. En “La razón de mi vida”, Eva Perón escribió: “No. No es filantropía, ni es caridad, ni es limosna, ni es solidaridad, ni es beneficencia. Ni siquiera es ayuda social, aunque por darle un nombre aproximado yo le he puesto ése. Para mí, es estrictamente justicia. Lo que más me indignaba al principio de la ayuda social, era que la calificasen de limosna o de beneficencia”.

“Porque la limosna para mí siempre fue un placer de ricos, el placer desalmado de excitar el deseo de los pobres sin dejarlo nunca satisfecho. Y para eso, para que la limosna fuese aún más miserable y más cruel, inventaron la beneficencia y así añadieron el perverso placer de divertirse alegremente con el pretexto del hambre de los pobres. La limosna y la beneficencia son para mí ostentación de riqueza y de poder para humillar a los humildes”. “Durante cien años, el pueblo argentino sólo ha recibido las migajas que caían de las mesas abundantes de la oligarquía, que primero lo explotaba y después, para quedar en paz con la conciencia, le tiraba las sobras de sus fiestas”.

Para difundir el odio peronista en forma masiva, el libro “La razón de mi vida” fue impuesto como lectura obligatoria en todos los niveles y en todos los colegios del sistema educativo nacional. Cuando el Estado sustituye la solidaridad individual, o la descalifica, restringe la posibilidad de la expresión de los mejores sentimientos humanos. El pueblo argentino, que se enorgullece por su “viveza”, fue embaucado por quienes inocularon por varias generaciones el odio colectivo entre sectores, lo que implica una degradación humana de gran magnitud, por cuanto el odio, con sus componentes de burla y envidia, son los peores atributos que pueda poseer un ser humano.

Como todo pensamiento que tenga en cuenta a la ciencia económica, y a las experiencias pasadas, es descalificado como “inhumano”, al menos deben hacerse conocer las causas por las que la Argentina padece su situación de subdesarrollo sostenido, a pesar de haber transitado por el camino del desarrollo en épocas en que todavía no había aparecido el populismo.