miércoles, 7 de agosto de 2013

La relación entre gobernantes y súbditos

Muchas veces escuchamos opiniones mediante las cuales se elogia a cierto político autoritario mientras que simultáneamente se lamentan por el “entorno que lo rodea”, olvidando que tal entorno negativo ha sido elegido precisamente por el político. La explicación de este hecho resulta, en principio, bastante simple, ya que ello se debe a que las personas egocéntricas no admiten que alguien a su alrededor pueda superarlas en algún aspecto, por lo que tienen la imperiosa necesidad de rodearse de personas con menores valores y capacidades. De ahí que se justifiquen las quejas de la ciudadanía cuando se aduce que “lo peor de la sociedad” está destinado a gobernar al resto.

Quienes, como súbditos, necesitan del apoyo de sus amos, o de sus jefes, se ven obligados a sugerirles, de alguna forma, que son superiores a sus dirigidos e, incluso, al resto de la sociedad. Esta fue la conclusión a la que llegó Galileo Galilei para lograr los medios económicos necesarios para proseguir con sus investigaciones científicas. R. Greene y J. Elffers escribieron: “A principios del siglo XVII, el astrónomo y matemático italiano Galileo se encontraba en una situación sumamente difícil. Dependía de la generosidad de los grandes gobernantes y, como todos los científicos del Renacimiento, solía obsequiar sus inventos y descubrimientos a los grandes gobernantes y regentes de la época. Por ejemplo, en cierta oportunidad obsequió una brújula militar de su invención al duque de Gonzaga. Luego le dedicó un libro, en el que explicaba el uso de dicha brújula, a los Médicis. Ambos gobernantes se sintieron muy agradecidos y a través de ellos Galileo logró reunir más alumnos. Pero, por importantes que fuesen sus descubrimientos, sus amos, por lo general, le retribuían con obsequios y no con dinero en efectivo. Esto hacía que viviera en constante inseguridad y dependencia económica. Fue entonces que pensó que debía existir otra forma de manejar aquella situación”.

“Galileo vislumbró una nueva estrategia en 1610, cuando descubrió las lunas de Júpiter. En lugar de dividir sus descubrimientos entre sus distintos amos –donando a uno el telescopio que había usado, dedicando a otro un libro, y así sucesivamente-, como lo había hecho en el pasado, decidió centrar su atención exclusivamente en los Médicis. Los eligió por un motivo particular: poco después de que Cosme I estableció la dinastía de los Médicis, en 1540, había convertido a Júpiter, el más poderoso de los dioses, en el símbolo de la familia, un símbolo de poder que iba más allá de la política y del negocio bancario, ya que estaba ligado a la antigua Roma y a sus deidades”.

“Galileo convirtió el descubrimiento de las lunas de Júpiter en un acontecimiento cósmico que honraba la grandeza de los Médicis. Poco después del descubrimiento anunció que «los brillantes astros [las lunas de Júpiter] se ofrecían en los cielos» a su telescopio, al mismo tiempo que Cosme II era entronizado. Dijo que el número de lunas –cuatro- armonizaba con el número de Médicis (Cosme II tenia tres hermanos) y que las lunas giraban en torno de Júpiter como esos cuatro hijos giraban en torno de Cosme I, el fundador de la dinastía”. “En 1610, Cosme II nombró a Galileo filósofo y matemático oficial de la corte, con un salario respetable. Para un científico aquello era un verdadero golpe de buena fortuna, que puso fin a sus días de pobreza y necesidades” (De “Las 48 leyes del poder”-Editorial Atlántida-Buenos Aires 2011).

Así como los gobernantes autoritarios y populistas eligen a colaboradores inferiores, o que aparentan serlo, tratan que el pueblo dependa de ellos aun en la provisión de elementos que satisfagan sus necesidades básicas, de ahí la causa psicológica que hace que quienes buscan el poder prefieran los regímenes socialistas y totalitarios para estar en la cima del poder total y absoluto. Entre los “consejos” dados en el libro mencionado, aparece la siguiente sugerencia: “Haga que la gente dependa de usted. Para mantener su independencia, es indispensable que los demás lo quieran y necesiten. Cuanto más confíen y dependan de usted, tanto más libertad usted tendrá. Haga que la gente dependa de usted para lograr su felicidad y prosperidad, y no tendrá nada que temer. Nunca enseñe a los demás lo suficiente como para que puedan arreglárselas sin su ayuda”.

En realidad, los consejos para lograr mayor poder pueden venir bien a la persona corriente que a veces necesita, especialmente en actividades laborales, contemplar posibles decisiones, mientras que el político habilidoso se caracteriza por no necesitar de la mayoría de los consejos para aumentar su poder. De todas formas, todo ciudadano debe advertir en las decisiones de los políticos si el poder buscado llevará a la sociedad por un buen camino o bien tratará de satisfacer ambiciones estrictamente personales.

Otros de los consejos que aparecen en el libro citado, que podría considerarse como un perfeccionamiento de “El príncipe” de Nicolás Macchiavello, son los siguientes: “Busque llamar la atención a cualquier precio. Todo es juzgado por su apariencia; lo que no se ve no cuenta. Nunca acepte perderse en el anonimato de la multitud o ser sepultado por el olvido. Ponga toda su fuerza en destacarse. Conviértase en un imán que concentre la atención de los demás, mostrándose más grande, más atractivo y más misterioso que la gran masa, tímida y anodina”.

“Logre que otros trabajen para usted, pero no deje nunca de llevarse los laureles. Utilice la inteligencia, los conocimientos y el trabajo físico de otros para promover su propia causa. Ese tipo de ayuda no sólo le permitirá ahorrar mucho tiempo y energía, sino que le conferirá un aura divina de rapidez y eficiencia. A la larga, sus colaboradores serán olvidados y todos lo recordarán a usted. Nunca haga lo que otros puedan hacer por usted”.

“Gane a través de sus acciones, nunca por medio de argumentos. Cualquier triunfo circunstancial que usted obtenga a través de la argumentación verbal en realidad es sólo una victoria pírrica; el resentimiento y la mala voluntad que así genera son más intensos y duraderos que cualquier acuerdo momentáneo que haya logrado. Es mucho más eficaz lograr la coincidencia de otros con usted a través de sus acciones, sin decir palabra alguna. No explique, demuestre”.

“Para desarmar a su victima, utilice la franqueza y la generosidad en forma selectiva. Un gesto sincero y honesto compensará docenas de actitudes dictadas por la hipocresía y la falsedad. El gesto de franca y honesta generosidad hace bajar la guardia aun al individuo más desconfiado. Una vez que su sinceridad selectiva haya abierto una brecha en la armadura del otro, podrá manipularlo y embaucarlo a su antojo. Un obsequio oportuno –especie de caballo de Troya- podrá cumplir el mismo objetivo”.

“Juegue con la necesidad de la gente de tener fe en algo, para conseguir seguidores incondicionales. La gente tiene una necesidad irrefrenable de creer en algo. Conviértase en el centro focalizador de esa necesidad, ofreciéndoles una causa o una nueva convicción a la que adherir. Formúlela en términos vagos pero pletóricos de promesas. Enfatice el entusiasmo sobre el pensamiento claro y racional. Dé a sus nuevos discípulos, rituales que realizar y exíjales sacrificios. Ante la ausencia de una religión organizada y grandes causas en las que puedan creer, su nuevo sistema de convicciones le conferirá un poder inaudito”.

"Juegue con las fantasías de la gente. Muchas veces se evita la verdad porque suele ser dura y desagradable. Nunca recurra a la verdad ni a la realidad, salvo que esté dispuesto a enfrentar la ira que genera la desilusión. La vida es tan dura y problemática que aquellas personas capaces de inventar ilusiones o conjurar fantasías son como oasis en el desierto: todos van hacia ellas. Apelar a las fantasías de las masas es una fuente inmensa de poder”.

“Revuelva las aguas para asegurarse una buena pesca. La ira y las emociones son estratégicamente contraproducentes. Siempre deberá mantenerse sereno y objetivo, pero si puede enfurecer a sus enemigos mientras que usted conserva la calma, obtendrá una ventaja decisiva. Desubique a su enemigos: descubra la grieta, a través de la cual pueda sacudirlos y manejarlos”.

“Desarme y enfurezca con el efecto espejo. El espejo refleja la realidad pero también es el arma perfecta para el engaño: cuando usted refleja a sus enemigos, haciendo exactamente lo que hacen ellos, sus rivales no lograrán deducir su estrategia. El Efecto Espejo los burla y humilla, lo cual los lleva a reaccionar en forma desmedida. Al poner un espejo frente a su psique, usted los seduce con la ilusión de que comparte sus valores. Al reflejar sus acciones en un espejo, les enseña una lección. Son muy pocos los que pueden resistirse al poder del Efecto Espejo”.

Varias de las tácticas mencionadas son empleadas por el kirchnerismo. Sin embargo, no puede hablarse de habilidad política por cuanto, justamente, quien tiene habilidad no expone ante la sociedad mentiras bastante fáciles de descubrir. La acusación reciproca, de ser mentirosos, recibida por quienes critican al gobierno, ha sembrado en la sociedad cierto desconcierto por cuanto ya nadie le cree a nadie. Cuando un político tiene habilidad para lograr poder, pero para satisfacer objetivos personales, o compensar serias deficiencias psíquicas, sólo puede ser admirado por la gente ignorante, por cuanto tales personajes son los indicados para espantar capitales e inversiones malogrando el futuro de toda una nación.

Mientras trata de engañar a la población mediante la tergiversación de los datos estadísticos para “reducir artificialmente” los niveles de inflación y de pobreza, oculta otros aspectos algo más difíciles de advertir, como es el caso del desempleo. Para reducir “artificialmente” el desempleo, el kirchnerismo cuenta como trabajador a quien recibe algún plan social por carecer, justamente, de trabajo. También oculta el desempleo real otorgando “trabajos” estatales que, por lo general, resultan improductivos, constituyendo una carga adicional al sector productivo.

Lamentablemente, en los países subdesarrollados predomina la admiración por los personajes políticos que adquieren un enorme poder personal, aun a costa del serio deterioro que producen en la sociedad, mientras que, en realidad, debería admirarse al que es capaz de mejorar la situación general de la población.

El modelo “nacional y popular” se caracteriza por “no dejar hacer”, ya que al quitarle al productor gran parte de sus ganancias, se reducen las posibles inversiones y se elevan los gastos del Estado, principalmente destinados a la “compra de votos” para futuras elecciones. De ahí que el mérito de un gobierno radique en “dejar hacer”, lo cual muchas veces resulta insuficiente. Algunos sostienen que el Estado debe ir más allá para “hacer hacer”, o intervenir, no sólo como un árbitro, sino como un partícipe activo que promueva la producción y la innovación.