martes, 13 de agosto de 2013

La mentalidad anticapitalista

Para comprender el surgimiento del capitalismo, debemos considerar la mentalidad dominante en cada uno de los sectores de la sociedad. Se supone, en general, que en los grupos sociales predominan netamente los valores económicos sobre los culturales, por lo que tal suposición implica un error metodológico de cierta importancia, si bien resulta ser una aproximación cómoda. Podemos considerar los tres grupos principales que, históricamente, son conocidos como el sector rico (la nobleza), la burguesía (clase media) y el proletariado (clase pobre). Esta división de la sociedad supone, como se dijo, que cada sector está motivado exclusivamente por ambiciones de tipo material. En este sentido, podemos caracterizar a los sectores que conformaban la sociedad europea del siglo XVIII mediante los siguientes atributos:

a) Nobles: tratan de excluir de su clase a los que pretenden sumarse a ella
b) Burgueses: tratan de ascender socialmente incluso proponiendo el ascenso del proletariado
c) Proletarios: reniegan de su situación sin tratar de ascender socialmente

Estas son las clases sociales idealizadas ya que resulta poco afortunado caracterizar a un individuo según la clase social a la que pertenece, ya que tal situación puede ser circunstancial, principalmente bajo la vigencia de las economías de mercado. Al existir movilidad social, todo individuo puede ascender como descender en la escala social de tipo económico. Se ha hecho referencia a esta parte de la historia por cuanto la mentalidad anticapitalista posterior adopta las críticas que respecto a esa época surgían del propio Marx.

J. R. son las iniciales del escritor que realiza un estudio preliminar en el libro mencionado más abajo, escribiendo al respecto: “Ni la nobleza ni el proletariado saben convivir con el resto de los humanos. Intégranse en clases herméticas y desprecian a quienes no pertenecen a la casta. La nobleza dificultando el acceso a quienes juzga sus inferiores, anuncia su decadencia; el proletariado odia al no proletario y aspira a su exterminio. Sólo la burguesía no ha querido saber de límites ni de enclaves, dispuesta a descender o ascender según las circunstancias del momento. Los principios que consignó Adam Smith en el clásico «La Riqueza de las Naciones» -libre competencia y comercio libre; empresa privada; universidades sin trabas; limitación al poder del Estado- los hizo suyos y abrió así una época que iba a sorprender tanto a unos y a otros”.

La propuesta de Adam Smith se adapta mejor a la mentalidad de la clase media mientras que se opone a las demás, de ahí el origen de la oposición a la propuesta liberal. El autor citado agrega: “Pero concitó poderosos enemigos y fue objeto de violentos ataques. El primero lo lanzó la aristocracia, traducido en un desdén estúpido; más tarde advino la sensiblería enfermiza de los literatos y artistas de fin de siglo, y luego las rudas acometidas de un proletariado resentido y envidioso. Esta triple ofensiva alcanza sus objetivos iniciales, imprime un significado peyorativo al adjetivo burgués y siembra el desconcierto en hombres entregados a un trabajo agotador y eficaz”.

“No obstante aquellos ataques, el fenómeno es aleccionador. La civilización se extiende a impulso del espíritu liberal y se convierte en ruinas al debilitarse la fe en el sistema. Cuando la burguesía hizo suya tal filosofía se registró un progreso en todos los órdenes. Por causas diversas, importantes núcleos humanos contagiáronse de una filosofía antiliberal que ha conducido a implantar la violencia, prohijar fórmulas delirantes y desencadenar la guerra de todos contra todos”.

“Basta examinar lo ocurrido desde fines del siglo XVIII hasta bien entrado el XX para comprobar que la tesis es cierta. Eliminada la nobleza por la Revolución Francesa, el llamado tercer estado conquista el mando y crea una civilización que hasta ahora no ha tenido par. Bajo su égida se eleva más que nunca el nivel de vida de las masas. Ábrenseles las fuentes de riqueza y el acceso a los puestos de mando resulta fácil a cualquier capacidad; remuévense los obstáculos para remontar toda suerte de jerarquías. En la organización de la sociedad la libertad alcanza nuevas victorias. El Estado ni envilece ni devora a los hombres; facilítales el desenvolvimiento de sus iniciativas. El área de la superstición se reduce, la tolerancia priva sobre el fanatismo y el sentido de asistencia mutua se fortalece. El capitalismo atiende las necesidades crecientes de las multitudes. La última generación burguesa –ha escrito un historiador- es la del gran capitalismo, que ha provocado la transformación económica y social del siglo XX. Durante la época dorada de su mando aflora riquezas como no supo hacer, antes de la Revolución Francesa, la aristocracia; ni tampoco hará el proletariado, cuando ocasionalmente la desplace, pues gastará sus energías en destruir bienes de consumo, frenar la producción e incrementar la miseria” (Del Estudio Preliminar de “La mentalidad anticapitalista” de Ludwig von Mises-Fundación Ignacio Villalonga-Valencia 1957).

Puede decirse que la mentalidad liberal apunta hacia una sociedad sin conflictos de clases, ya que, justamente, la movilidad social asociada al mercado es la llave que abre las puertas tanto al ascenso como al descenso social, según los méritos productivos, para que la sociedad tienda a reducir las diferencias económicas o bien ampliarlas positivamente. Ello no resulta siempre posible por cuanto las distintas capacidades individuales no permiten la uniformidad que muchos esperan, o la desigualdad productiva que a todos beneficia, resultando ser un problema de adaptación antes que de posibilidades brindadas por el sistema. Ludwig von Mises escribió:

“Es costumbre muy corriente asimilar los empresarios y capitalistas a los nobles de la sociedad feudal. La comparación se basa en la riqueza de ambos grupos frente a la penuria en que viven sus semejantes. Sin embargo, al establecer este paralelo se pasa por alto la diferencia fundamental que existe entre la riqueza de una aristocracia de tipo feudal y la riqueza «burguesa» o capitalista”. “La riqueza de un aristócrata no es un fenómeno del mercado; no deriva del hecho de haber suministrado bienes a los consumidores, quienes no pueden anularla ni siquiera modificarla en lo más mínimo. Procede del botín o de la liberalidad de un conquistador. Desaparece por la revocación del donante o porque se la apropie otro conquistador; o puede ser disipada por un pródigo. El señor feudal no se halla al servicio de los consumidores y es inmune al descontento del pueblo llano”. “Empresarios y capitalistas deben sus riquezas a la clientela que patrocinó sus negocios. Fatalmente empobrecen en cuanto nuevos concurrentes les suplantan sirviendo de modo mejor y menos caro al mercado consumidor”.

El socialismo tiende a promover y acentuar las desigualdades, ya que la planificación económica desde el Estado reduce toda posible movilidad social, como se produjo en la Unión Soviética, en donde un reducido grupo burocrático dominaba y dirigía al resto de la población, constituyendo una casta cerrada al posible acceso de los “proletarios”. Sin embargo, la opinión generalizada y tergiversada de la realidad atribuye en forma opuesta las virtudes y defectos de uno y otro sistema.

El mejoramiento del nivel de vida promovido por las empresas involucra a todas las clases sociales, siendo fácil advertir que la producción en masa va dirigida, justamente, a los sectores de menores recursos, por lo que han llegado a ser accesibles tanto las computadoras personales como el automóvil, aunque los socialistas digan que el capitalismo promueve “mejorar la situación de los ricos”. Por el contrario, lo cierto es que el socialismo se ha establecido para beneficiar a la reducida clase dirigente a cargo del Estado. Ludwig von Mises escribió: “Dentro de la economía capitalista de mercado, el hombre de la calle es el soberano consumidor, que comprando o absteniéndose de comprar decide, en última instancia, lo que debe producirse y en qué cantidad y calidad. Los comercios y establecimientos que suministran exclusiva o predominantemente a las clases acomodadas los artículos suntuarios y lujosos que apetecen, desempeñan un papel secundario en la economía de mercado. Nunca alcanzan el volumen de los grandes negocios. La gran empresa se halla siempre al servicio –directa o indirectamente- de las masas”.

“El radical cambio social operado por la «revolución industrial» consiste en la mejora constante de la multitud. Aquellos desgraciados que siempre en la historia habían formado los rebaños de esclavos y siervos, de pobres y mendigos, se transformaron en los compradores, cuyo favor corteja el hombre de negocios. Estos compradores se han convertido en los clientes «que siempre tienen razón» y han adquirido tal preeminencia que pueden hacer ricos a los proveedores pobres y pobres a los proveedores ricos”.

Mientras que las grandes empresas capitalistas tienen en cada uno de sus miles de accionistas a uno de sus “dueños”, el Estado socialista es el único dueño de todo, es decir, sus verdaderos dueños son los políticos que dominan al Estado. De ahí que el socialismo se parezca a un sistema feudal por cuanto padece de una concentración económica absoluta careciendo totalmente de movilidad social. Andrei Sajarov escribía respecto de la Unión Soviética: “Aunque a diario los altavoces sugieran al ciudadano medio soviético que él es el dueño del país, este ciudadano comprende perfectamente que los verdaderos amos son los que, arrellanados en los asientos de sus lujosos, negros y blindados automóviles, ve pasar cada día, mañana y tarde, por las calzadas desiertas” (De “Mi país y el mundo-Editorial Noguer SA-Barcelona 1976).

Los grupos políticos, como las adhesiones que logran, derivan generalmente de los aspectos emocionales de nuestra conducta, de ahí que pueda esperarse alguna mejora generalizada observando dicho aspecto. Tal mejora habrá de provenir del predominio de los valores culturales por encima de aquellos estrictamente económicos o materiales, que son los que generan la mayor parte de los conflictos. Tales valores podemos expresarlos como:

Valores culturales = Valores éticos (o afectivos) + Valores intelectuales

Bajo su predominio, se reducirán los actos de corrupción a todo nivel y también se reducirá el nivel de envidia de quienes poseen pocos valores culturales y que los lleva al extremo de cometer actos ilícitos para subir en la escala social de los valores económicos, cualquiera sea la posición que ocupen. Quienes se sienten inferiores por tener menor cantidad de dinero que otros, admiten tácitamente que carecen de valores culturales suficientes por lo cual, efectivamente, se trata de personas inferiores.