viernes, 23 de agosto de 2013

Filosofía y ciencias sociales

Es deseable que exista una vinculación estrecha entre las distintas actividades cognitivas y culturales para ser consideradas como elementos de un conjunto coherente que favorezca el desarrollo de cada una de sus partes. Sin embargo, ello no siempre así ocurre, ya que muchas veces aparecen conocimientos aislados e intrascendentes que desvían la atención, y los medios económicos, hacia actividades improductivas. Mario Bunge escribió: “Las ciencias sociales son una, no porque todas se hayan reducido a una ciencia más básica, como la biología o la psicología, sino más bien porque, en virtud de los puentes entre ellas, constituyen un sistema conceptual. A su vez, esta sistemicidad conceptual refleja la sistemicidad del objeto de estudio, la sociedad. Cierto que debemos distinguir los distintos subsistemas de la sociedad (biológico, económico, político y cultural), pero no deberíamos separarlos, pues están fuertemente unidos entre sí. Consecuentemente, algunas variables que en un principio están confinadas a ciencias especiales, terminan siendo adoptadas por las interciencias” (De “La relación entre la sociología y la filosofía”-Editorial EDAF SA-Madrid 2000).

El arte y la literatura, en algún momento, favorecieron el desarrollo de la biología y de la psicología, respectivamente. Estudios realizados por Leonardo da Vinci, efectuados para perfeccionar su arte, fueron de posterior utilidad para la medicina, mientras que la literatura favoreció el conocimiento de la personalidad. Gordon W. Allport escribió: “El descubrimiento de la personalidad es uno de los acontecimientos de la psicología más destacados del siglo XX. La personalidad, dejando de lado todo lo que pueda ser, constituye la unidad fundamental y concreta de la vida mental que tiene formas categóricamente singulares e individuales. En el transcurso de los siglos los hombres no dejaron de describir y explorar este fenómeno de la personalidad individual. Fue motivo de interés para los filósofos artistas y para los artistas filósofos”. “Hay dos enfoques principales desde los cuales se puede abordar el estudio minucioso de la personalidad humana: el de la literatura y el de la psicología”.

“Los psicólogos salieron tarde a la escena. Podría decirse que comenzaron con dos milenios de retraso. La obra de los psicólogos fue hecha por otros, que la hicieron espléndidamente. Con sus antecedentes escasos y recientes, los psicólogos parecen intrusos presuntuosos. Y esto es lo que opinan de ellos muchos eruditos. Stephan Zweig, por ejemplo, hablando de Proust, Amiel, Flaubert y otros grandes maestros de la descripción, dice: «Escritores como éstos son gigantes de la observación y la literatura, mientras que en la psicología el campo de la personalidad está en manos de hombres inferiores, meras moscas, que tienen el ancla segura de un marco científico para ubicar sus insignificantes trivialidades y sus pequeñas herejías” (De “¿Qué es la personalidad?”-Siglo veinte-Buenos Aires 1974).

Cuando alguien decide estudiar algún aspecto del hombre, o de la sociedad, debe encararlo sin preocuparse demasiado si luego su investigación será considerada como sociología, psicología social o filosofía, dependiendo el enfoque dado de la propia personalidad del autor. Por lo general, se pretende que toda investigación tenga validez objetiva, o científica, pero para ello debe adoptarse previamente la actitud respectiva, que es la parte esencial de la formación del científico. Mario Bunge escribió: “La ciencia es un estilo de pensamiento y de acción: precisamente el más reciente, el más universal y el más provechoso de todos los estilos”.

En la época en que Baruch de Spinoza escribe su “Ética”, obra esencialmente filosófica, quizás no se sospechaba que en el futuro sus aportes habrían de ser compatibles con las observaciones logradas en neurociencia, especialmente en el campo de las emociones. Resultaron también antecesores de la psicología social cuando define con precisión algunas de las actitudes básicas del hombre. Antonio Damasio escribió: “El éxito o el fracaso de la humanidad depende, en gran medida, de la manera en que el público y las instituciones encargadas de la gestión de la vida pública incorporen principios y políticas a esta visión revisada de los seres humanos. La comprensión de la neurobiología de la emoción y los sentimientos es clave para la formulación de principios y políticas capaces tanto de reducir las aflicciones como para aumentar la prosperidad de las personas. Efectivamente, el nuevo conocimiento se refiere incluso a la manera en que los seres humanos tratan tensiones no resueltas entre las interpretaciones sagradas y seculares de su propia existencia”.

“Puesto que no soy filósofo y este libro no trata de la filosofía de Spinoza, es sensato preguntarse: ¿por qué Spinoza? La explicación breve es que Spinoza es completamente relevante para cualquier discusión sobre la emoción y el sentimiento humanos. Spinoza consideraba que los impulsos, motivaciones, emociones y sentimientos (un conjunto que él denominaba «afectos») eran un aspecto fundamental de la humanidad. La alegría y la pena constituían dos conceptos prominentes en su intento de comprender a los seres humanos y de sugerir maneras en las que éstos podían vivir mejor su vida” (De “En busca de Spinoza”-Crítica SL-Barcelona 2007).

En forma similar a la inadecuada sugerencia de que debemos dejar de lado nuestras emociones para poder realizar decisiones en base al estricto razonamiento, algunos científicos sugieren que las ciencias sociales deben desvincularse completamente de la filosofía. Mario Bunge escribió: “Mientras que el problema de Comte fue cortar el cordón umbilical que unía la ciencia a la filosofía, el nuestro consiste en mostrar el amplio y profundo solapamiento que existe entre ambas. Sin embargo, no toda filosofía ha sido beneficiosa para la ciencia, sobre todo para las ciencias sociales. Por ejemplo, Kant y sus seguidores decretaron que las ciencias del hombre no eran objetivas; Hegel y los marxistas quedaron atrapados en los misterios de la dialéctica; los positivistas tienen un saludable respeto por los hechos, pero un miedo enfermizo por la teoría; los utilitaristas y los hiperracionalistas pasan por alto las constricciones sociales de la actuación individual; y los posmodernos, si por ellos fuera, nos harían ignorar los hechos y tirar por la borda la racionalidad, ambas cosas a la vez. Por lo cual, todavía tenemos que resolver el problema de cómo unir mejor la filosofía y la ciencia, en particular la sociología. Permítaseme una metáfora: el problema es transformar una desordenada y estéril unión de hecho en un matrimonio legal y fértil”.

Debe señalarse que una integración entre ciencia y filosofía puede conducir a un sistema cognitivo cuyas partes pertenezcan a alguna rama de la ciencia experimental, pero que serán integradas bajo cierta filosofía científica. Es indudable que el conocimiento filosófico del pasado ha ido restringiendo su dominio ante el avance de la ciencia, quedando, sin embargo, la posibilidad de integrar el conocimiento en la forma empleada en los antiguos sistemas filosóficos. Sin embargo, varios filósofos proponen una desvinculación entre ciencia y filosofía.

La síntesis del conocimiento es esencial, ya que existe una diferencia importante entre conocer y comprender, siempre que asignemos a la palabra “conocer” la simple disponibilidad de información parcial, mientras que asignamos la palabra “comprender” a la integración del conocimiento disponible bajo una síntesis organizada, o sistema cognitivo. Hans Reichenbach escribió:

“Los sistemas filosóficos, en el mejor de los casos, han reflejado la situación del conocimiento científico de su época; pero no han contribuido al desenvolvimiento de la ciencia. El desarrollo lógico de los problemas es labor del científico; su análisis técnico, aun cuando a menudo se halla dirigido hacia pequeños detalles y rara vez se realiza con propósitos filosóficos, ha ampliado la comprensión del problema hasta que, con el tiempo, el conocimiento técnico fue lo suficientemente completo para poder dar respuesta a las preguntas filosóficas”.

“Los libros de texto de filosofía generalmente incluyen un capítulo sobre la filosofía del siglo XIX escrito en el mismo tono que los que tratan de la filosofía de los siglos anteriores. Este capítulo menciona nombres como los de Fichte, Schelling, Hegel, Schopenhauer, Spencer y Bergson, y comenta sus sistemas como si fueran creaciones filosóficas situadas en la misma línea de los sistemas de los periodos precedentes. Pero la filosofía de los sistemas termina con Kant, y es un error de la historia de la filosofía el discutir sistemas posteriores en el mismo nivel que los de Kant o Platón. Los sistemas anteriores reflejan la ciencia de su tiempo y dieron pseudo-respuestas cuando no podían darse otras mejores. Los sistemas filosóficos del siglo XIX fueron construidos en los momentos en que se estaba elaborando una nueva filosofía; son el producto de hombres que no se dieron cuenta de los descubrimientos filosóficos inmanentes a la ciencia de su tiempo y que desarrollaron, bajo el nombre de filosofía, sistemas de ingenuas generalizaciones y analogías. En ocasiones fue el persuasivo lenguaje de sus exposiciones, en otras la sequedad pseudo-científica de su estilo, lo que impresionó a sus lectores y contribuyó a su fama. Pero, considerados históricamente, estos sistemas podrían compararse más bien al término de un río que después de correr por fértiles tierras terminara por secarse en el desierto”.

“El filósofo de la escuela tradicional muchas veces se ha rehusado a reconocer al análisis de la ciencia como filosofía, y continúa identificando la filosofía con la invención de sistemas filosóficos. No se da cuenta de que los sistemas filosóficos han perdido su significación y de que su función ha sido asumida por la filosofía de la ciencia. El filósofo científico no teme este antagonismo. Deja al filósofo anticuado que siga inventando sus sistemas filosóficos –para los que puede haber todavía un lugar dentro del museo filosófico que lleva el nombre de historia de la filosofía- y se pone a trabajar”.

Mientras que el concepto de teleología, o finalidad, es esencial en el ámbito de la filosofía, el concepto de causalidad lo es en la ciencia. Sin embargo, pudo advertirse que el concepto de finalidad implícita puede existir en la ciencia toda vez que se utilicen sistemas realimentados en la descripción del mundo real. El objetivo a alcanzar, dentro de dicho sistema, cumple con el rol de la finalidad empleado en filosofía. Hans Reichenbach escribió: “La selección en la lucha por la existencia es un hecho irrefutable, y la causalidad en combinación con la selección produce orden. No hay escapatoria de este principio. La teoría darwiniana de la selección natural es el instrumento por medio del cual la aparente teleología de la evolución se reduce a causalidad” (De “La Filosofía científica”–Fondo de Cultura Económica-México 1975).

“La filosofía especulativa quería certeza absoluta. Si era imposible predecir acontecimientos individuales, al menos se consideraba que podían conocerse las leyes generales que rigen todos los acontecimientos; estas leyes podían derivarse mediante el poder de la razón. La razón, legisladora del universo, revelaba a la mente humana la naturaleza íntima de todas las cosas. Esta tesis se encontraba en la base de todas las diversas formas de sistemas especulativos. Por otra parte, la filosofía científica se rehúsa a aceptar cualquier clase de conocimiento del mundo físico como absolutamente seguro. Los principios de la lógica y de las matemáticas representan el único terreno en que puede alcanzarse la certeza; pero estos principios son analíticos y vacíos. La certeza y la vaciedad son inseparables: la síntesis a priori no existe”.

“Y a pesar de todo, todavía hay filósofos que se niegan a aceptar la filosofía científica como una filosofía, que quieren incorporar sus resultados a un capítulo introductorio de la ciencia y que pretenden que existe una filosofía independiente, que no tiene nada que ver con la investigación científica y que puede alcanzar directamente la verdad. Estas pretensiones, creo yo, revelan una falta de sentido crítico. Los que no ven los errores de la filosofía tradicional no quieren renunciar a sus métodos o resultados y prefieren seguir un camino que la filosofía científica ha abandonado. Reservan el nombre de filosofía para sus falaces empeños en busca de un conocimiento supercientífico y se rehúsan a aceptar como filosófico un método de análisis construido sobre el modelo de la investigación científica”.