domingo, 18 de agosto de 2013

El socialismo real

Puede decirse que el socialismo real es el que se da en toda sociedad que siga cercanamente el “mandamiento” marxista abajo considerado; en otro caso, deja de ser socialismo. La descripción de las consecuencias de tal adopción, tarea emprendida por la escritora rusa Ayn Rand, radicada en los EEUU, posiblemente sea la mejor que se haya hecho, estableciendo seguramente el juicio definitivo sobre un modelo de sociedad que favoreció las catástrofes sociales más graves en toda la historia de la humanidad. Sin embargo, los promotores del socialismo hablan siempre del “elevado sentido moral” que alienta sus esfuerzos y su accionar. El escrito citado, que forma parte de la novela “La Rebelión de Atlas”, relata las consecuencias que se dan luego de adoptar el siguiente lema:

“De cada uno según su habilidad, a cada uno según su necesidad”

Por Ayn Rand

Esta es la historia de lo ocurrido en la Twentieth Motor Company, la cual puso en práctica el anteriormente citado slogan, como lo dijo uno de los sobrevivientes.

“En la fábrica donde trabajé veinte años ocurrió algo extraño. Fue cuando el viejo murió y se hicieron cargo sus herederos. Eran tres: dos hijos y una hija, que pusieron en práctica un nuevo plan para dirigir la empresa. Nos dejaron votar la aceptación de ese plan, y todos, o casi todos, votamos a favor, porque no sabíamos en realidad de qué se trataba. Creíamos que era bueno, o mejor dicho, pensamos que se esperaba de nosotros que lo consideráramos bueno. Consistía en que cada uno en esa fábrica trabajaría de acuerdo con su habilidad o destreza, pero se le pagaría de acuerdo con sus necesidades.

Votamos por el plan en una gran reunión a la que asistimos unos seis mil, es decir, todos los que trabajábamos allí. Los herederos de Starnes pronunciaron largos discursos, no demasiado claros, pero nadie hizo preguntas. Nadie sabía cómo funcionaría ese plan, pero todos pensábamos que el de al lado lo había comprendido. Si alguien tenía dudas al respecto, se sentía culpable y debía mantener la boca cerrada, porque todo aquel que se opusiera al plan habría parecido desalmado, al que no era justo considerar humano. Nos dijeron que aquel plan significaba la concreción de un ideal muy noble. ¿Cómo íbamos a pensar lo contrario? ¿Acaso no habíamos oído decir durante toda nuestra vida, a nuestros padres y maestros, y a los pastores religiosos, leído en todos los periódicos y visto en todas las películas, y escuchado en todos los discursos públicos, que aquello era lo virtuoso y lo justo? Quizá nuestra conducta en la reunión podía ser comprensible hasta cierto punto. Votamos por el plan, y conseguimos lo previsto. Usted sabe, señora, que quienes trabajamos durante los cuatro años del plan en la fábrica Twentieth Motor somos hombres marcados. ¿Qué se supone que es el infierno? Perversidad, pura y simple perversidad, ¿verdad? Pues bien, eso es lo que vimos allí y lo que ayudamos a construir. Creo que hemos sido maldecidos por eso y quizá no se nos perdone nunca….

¿Sabe cómo funcionó aquel plan y cuáles fueron sus efectos en nosotros? –continuó explicando el vagabundo- Es como verter agua en un depósito en cuya parte inferior hay un caño por el que se vacía con más rapidez de la que usted lo llena y cada cubo que echa dentro agranda ese desagüe cada vez más, entonces cuanto más uno duramente trabaja, más se le exige; primero trabaja cuarenta horas semanales, luego cuarenta y ocho, y, más tarde, cincuenta y seis. Para pagar la cena del vecino, la operación de su mujer, el sarampión del niño, la silla de ruedas de su madre, la camisa de su tío, la educación de su sobrino, o para el niño que ha nacido en la casa de al lado, o el que va a nacer; en fin, para cuantos lo rodean, y que han de recibirlo todo, desde pañales a dentaduras postizas, mientras uno trabaja del amanecer a la noche, un mes tras otro y un año tras otro, sin tener para mostrarles a esas personas más que el propio sudor, sin otra expectativa que la complacencia de los demás para el resto de su vida, sin descanso, sin esperanza, sin final….De cada uno según sus capacidades, para cada uno de acuerdo con sus necesidades….

Nos dijeron que formábamos una gran familia, que todos participábamos en la empresa juntos, pero no todos trabajábamos sobre un soplete de acetileno diez horas –juntos-, ni nos agarrábamos un dolor de barriga –juntos-. ¿Cómo establecer, de un modo exacto, la capacidad de unos y las necesidades de otros? Cuando todo se mete en una olla no es posible permitir que cualquiera decida sobre sus propias necesidades ¿verdad? Si lo hace, pronto cada uno acabará pidiendo un yate, y si sus sentimientos son los únicos valores en que podemos basarnos, nos demostrará que es válido. ¿Por qué no? Si no es justo que yo tenga un auto hasta que me internen en una sala de hospital por haber trabajado para ganar un auto para cada holgazán y cada salvaje del mundo, ¿por qué no podría exigirme también un yate, si aún sigo en pie, si no he colapsado? ¿No? ¿Por qué no? Y entonces, ¿por qué puede exigirme que yo no tenga crema para mi café, hasta que él haya podido pintar su habitación…?¡Oh, bien!.

Acabamos decidiendo que nadie tenía derechos a juzgar sus propias necesidades o sus propias habilidades, y que era mejor votar sobre ello. Sí, señora, votábamos en una reunión pública que se celebraba dos veces al año. ¿De que otro modo podíamos hacerlo? ¿Imagina lo que sucedía en semejantes reuniones? Bastó una sola para descubrir que nos habíamos convertido en mendigos, en unos mendigos de mala muerte, gimientes y llorones, ya que nadie podía reclamar su salario como un derecho ganado, nadie tenía derechos ni sueldos. Su trabajo no le pertenecía, sino que pertenecía a «la familia», mientras que ésta, nada le debía a cambio y lo único que podía reclamarle eran sus propias «necesidades», es decir, suplicar en público un alivio, como cualquier pobre cuando detalla sus preocupaciones y miserias, desde los pantalones remendados al resfriado de su mujer, esperando que «la familia» le arrojara una limosna. Tenía que declarar sus miserias, porque la moneda de aquel reino eran las miserias y no el trabajo, así que se convirtió en una competencia de seis mil pordioseros, en la que cada uno afirmaba que su necesidad era peor que la de sus hermanos. ¿Qué otra cosa podíamos hacer? ¿Quiere saber lo que ocurrió? ¿Quiere saber quiénes mantuvieron la calma, sintiendo vergüenza y quiénes se aprovecharon de la situación?.

Pero eso no fue todo. En la misma reunión se descubrió otra cosa. La producción de la fábrica había disminuido en 40 por ciento en el primer semestre, y se llegó a la conclusión de que alguien no había trabajado «de acuerdo a su destreza o capacidad». ¿Quién era? ¿Cómo averiguarlo? La «familia» votó también sobre eso. Así se determinó quienes eran los más capacitados, y a éstos se los sentenció a trabajar tiempo extra cada noche durante los siguientes seis meses. Tiempo extra sin paga, porque no se pagaba por el tiempo trabajado, ni por la tarea realizada, sino tan sólo según las necesidades.

¿Quiere que le cuente lo que sucedió después? ¿Y en qué clase de seres nos fuimos convirtiendo, los que alguna vez habíamos sido humanos? Empezamos a ocultar nuestras capacidades y conocimientos, a trabajar con lentitud y a procurar no hacer las cosas con más rapidez o mejor que un compañero. ¿Cómo actuar de otro modo, cuando sabíamos que rendir al máximo para «la familia» no significaba que fueran a darnos las gracias ni a recompensarnos, sino que nos castigarían? Sabíamos que si un sinvergüenza arruinaba un grupo de motores, originando gastos a la compañía, ya fuese por descuido o por incompetencia, seriamos nosotros los que pagaríamos esos gastos con horas extras y trabajando hasta los domingos. Por eso, nos esforzamos en no sobresalir en ningún aspecto.

¿Qué era eso que siempre nos habían dicho acerca de la competencia perniciosa del sistema basado en lucros, donde los hombres debían competir por ver quien realizaba mejor trabajo que sus colegas? Pernicioso ¿no? Deberían haber visto lo que ocurría cuando todos competíamos por realizar el trabajo lo peor posible. No existe manera más segura para destruir a un hombre, que ponerlo en una situación en la que no sólo no desee dar al máximo, sino que, además, día tras día se esfuerce por hacer mal su trabajo, Dicho sistema acabará con él mucho antes que la bebida o el ocio, o lo convertirá en un asaltante para subsistir. Pero no podíamos hacer otra cosa, había que fingir ineptitud. La acusación que más temíamos era la de ser sospechosos de tener capacidad. La habilidad era como una hipoteca que nunca se terminaría de pagar.

¿Para qué teníamos que trabajar? Sabíamos que el salario básico estaba asegurado; trabajáramos o no, recibiríamos la «asignación para casa y comida», como se la llamaba, y más allá de eso no había oportunidades de recibir nada, sin importar cuán duro se trabajara. No podíamos planear la compra de un traje nuevo para el año siguiente porque quizás nos entregarían una «asignación para vestimenta», o quizá no. Dependía de si alguien no se rompía una pierna, necesitaba una operación o traía al mundo más niños, y si no había dinero suficiente para adquirir ropas nuevas para todos, no lo habría para nadie.

Recuerdo a cierto hombre que había trabajado duramente toda su vida porque siempre había querido que su hijo fuera a la universidad. Bueno, el muchacho terminó la secundaria durante el segundo año del plan, pero «la familia» no quiso darle al padre ninguna asignación para que el chico siguiera sus estudios. Dijeron que no podía ir a la universidad hasta que hubiera suficiente dinero para que los hijos de todos pudieran hacerlo. El padre murió al año siguiente en una riña de bar. Una pelea sobre nada en particular, en la que salieron a relucir navajas. Ese tipo de altercados se estaban haciendo muy frecuentes entre nosotros.

La bebida era lo único que nos proporcionaba algún consuelo y todos nos volcamos a ella en mayor o menor grado. No pregunte de dónde sacábamos el dinero. Cuando todos los placeres decentes quedan prohibidos, existen siempre medios para llegar a los vicios. No se entra a robar en un bar durante la noche ni se registran los bolsillos de un compañero para comprar sinfonías o anzuelos de pesca, pero sí para emborracharse y olvidar. ¿Accesorios de pesca? ¿Escopetas de caza? ¿Cámaras fotográficas? No existían asignaciones para ese tipo de pasatiempos. La «diversión» fue lo primero que fue descartado.

¿No se supuso siempre que uno debe avergonzarse por cuestionar cuando alguien nos pide que dejemos algo, especialmente si es algo que nos da placer? Hasta nuestra «asignación para cigarrillos» quedó reducida a dos paquetes mensuales, porque, según dijeron, el dinero debía usarse para comprar leche para los niños. La producción de niños fue lo único que no disminuyó, sino que, por el contrario, se hizo cada vez mayor. La gente no tenía otra cosa que hacer y, por otra parte, no había de qué preocuparse, ya que los niños no eran una carga para los padres, sino para «la familia». De hecho, la mejor chance que uno tenía para obtener un aumento y respirar más tranquilo por algún tiempo, era recibir una «asignación infantil», o enfermarse gravemente.

Pronto nos dimos cuenta de cómo funcionaba aquello. Quien quisiera jugar limpio, debía privarse de todo, perder el gusto por los placeres, aborrecer el tabaco y los chicles, preocupado de que hubiese alguien que necesitara más esas monedas. Sentía vergüenza de cada bocado de comida que tragaba, preguntándose quien la habría pagado con sus horas extras, pues sabía que esa comida no era suya por derecho propio y prefería ser trampeado antes que trampear, ser un ingenuo antes que un chupasangre. No se casaba ni ayudaba en su hogar para no ser una nueva carga para «la familia». Además, si conservaba cierto sentido de responsabilidad, no podía tener hijos, puesto que no le era posible planear, prometer ni contar con nada. Pero los desorientados y los irresponsables se aprovecharon. Trajeron niños al mundo, se casaron, y trajeron consigo a todos los parientes inútiles que tenían en cualquier parte del país, y a cada hermana soltera que quedaba embarazada; y con el fin de obtener «asignaciones por incapacidad» extras, contrajeron más enfermedades de las que cualquier médico podía atender, arruinaron sus ropas, sus muebles y sus casas, ¡total, qué importaba!: «la familia» pagaba todo. Así, encontraron más formas de tener «necesidades» que las que nadie hubiera podido imaginar, desarrollaron una habilidad especial para eso, la única habilidad que se animaban a mostrar.

¡Por Dios, señora! ¿Se da cuenta de lo que sucedió? Se nos había dado una ley con la cual vivir y que llamaban ley moral, que recompensaba con castigos a quienes la cumplían. Cuanto más tratábamos de vivir de acuerdo con esa ley, más sufríamos, y cuanto más la trampeábamos, mayores recompensas obteníamos. La honestidad era una herramienta entregada a la deshonestidad ajena. Los honestos pagaban, mientras los deshonestos cobraban. El honesto perdía y el deshonesto ganaba. ¿Cuánto tiempo puede un ser humano permanecer bueno con semejante ley? Éramos un grupo de personas decentes al principio. No había demasiados oportunistas entre nosotros. Conocíamos nuestros trabajos, nos sentíamos orgullosos de ellos, y trabajábamos para la mejor fábrica del país, propiedad del viejo Starnes, que sólo admitía en su plantel a la mejor mano de obra del país. Al cabo de un año del nuevo plan, no quedaba entre nosotros ni una sola persona decente. Aquello era maldad, esa clase de horroroso infierno demoníaco con la que los predicadores solían asustarnos, pero que nunca imaginamos que existiera. No es que el plan haya incentivado a unos cuantos hijos de puta, sino que transformó a la gente decente en hijos de puta, sin que se pudiera obrar de otra manera…¡Y a eso le llamaban ideal moral!.

¿Para qué habríamos de trabajar? ¿Por amor a nuestros hermanos? ¿Qué hermanos? ¿A los aprovechadores, los sinvergüenzas, los holgazanes que veíamos a nuestro alrededor? Si eran simuladores o incompetentes, si no querían trabajar o estaban incapacitados para hacerlo, ¿qué diferencia hacía para nosotros? Si quedábamos atados de por vida a su capacidad, fingida o real, ¿por cuánto tiempo tendríamos espíritu para continuar? No teníamos manera de saber cuáles eran sus verdaderas habilidades, carecíamos de medios para controlar sus necesidades. Lo único que se sabía era que nos habíamos convertido en bestias de carga, luchando ciegamente, en un lugar que era mitad hospital, mitad almacén, un lugar montado exclusivamente para la incompetencia, el desastre y las enfermedades. Éramos bestias colocadas allí como instrumentos de aquel que quisiera satisfacer las necesidades de otro.

¿Amor fraternal? Ahí es donde aprendimos a odiar a nuestros hermanos por primera vez en la vida. Los odiábamos por todas las comidas que tragaban, por los pequeños placeres que disfrutaban, por la nueva camisa de uno, el sombrero de la esposa del otro, una salida familiar, o la pintura de la casa, porque todo eso nos era quitado a nosotros, era pagado con nuestras privaciones, nuestra resignación y nuestra hambre. Empezamos a espiarnos unos a otros, con la esperanza de sorprendernos en alguna mentira acerca de las necesidades y disminuir las asignaciones en la siguiente reunión. Y empezamos a tener soplones, que informaban acerca de los demás, revelando, por ejemplo, si alguien había comido pavo el domingo, posiblemente pagado con el producto de alguna apuesta. Empezamos a meternos en las vidas ajenas, provocamos peleas familiares para lograr la expulsión de algún pariente. Cada vez que veíamos a alguno saliendo en serio con una chica, le hacíamos la vida imposible, y así arruinamos numerosos compromisos matrimoniales, porque no queríamos que nadie se casara, no queríamos más dependientes a los que alimentar.

En los viejos tiempos, el nacimiento de un niño era celebrado con entusiasmo y generalmente ayudábamos a las familias a pagar sus facturas de la clínica si ellas estaban apretadas. Pero luego, cuando nacía un niño, estábamos varias semanas sin dirigirles la palabra a sus padres. Para nosotros, los niños eran como las langostas para los agricultores. En otras épocas ayudábamos a quien tuviera enfermos en su casa, pero luego….Voy a contarle un solo caso. Se trataba de la madre de un hombre que llevaba con nosotros quince años. Era una anciana afable, alegre e inteligente, que nos llamaba por nuestros nombres, y con la que todos simpatizábamos. Un día se cayó por la escalera del sótano y se fracturó la cadera. Sabíamos lo que eso significaba, a su edad, y el médico dijo que tenía que ser internada en un hospital de la ciudad para someterla a un tratamiento costoso y prolongado. La vieja murió la noche antes de ser trasladada a la ciudad para su internación. Nunca pudo establecerse la causa de su fallecimiento. No sé si fue un asesinato; nadie dijo eso, nadie hablaba del tema. Todo cuanto sé es que….¡y esto es lo que no puedo olvidar!...es que yo también deseé que muriera. ¡Qué Dios me perdone! Tal era la hermandad, la seguridad, la abundancia que se suponía que el famoso plan nos traería.

¿Qué motivo había para que se predicara esta clase de horror? ¿Había alguien que se beneficiaba? Sí, los herederos de Starnes. No vaya usted a contestarme que sacrificaron una fortuna y que nos entregaron la fábrica como regalo, porque también en esto nos engañaron. Es verdad que nos dejaron la fábrica, pero sólo los beneficios, señora, eso depende de lo que se quiere conseguir. Y no había dinero en el mundo que pudiese comprar lo que los herederos de Starnes pretendían, porque el dinero es demasiado limpio e inocente para tal cosa.

El más joven, Eric Starnes, era un sometido, sin valor ni energía para hacer nada en especial. Se hizo votar director del departamento de Relaciones Públicas que no hacía nada y tenía a sus órdenes un personal ocioso, por lo cual ni siquiera debía molestarse en aparecer por las oficinas.

Su paga, en realidad no debería llamarse así, porque no se «pagaba» a nadie…. la limosna que se votó para él era muy modesta, algo así como diez veces mayor que la mía, pero a Eric no le importaba el dinero, porque no hubiera sabido qué hacer con él. Pasaba el tiempo sin hacer nada entre nosotros, mostrando cuán compinche y democrático era. Le encantaba que la gente le demostrase afecto. Su mayor empeño consistía en recordarnos a cada instante que nos habían dado la fábrica. Ya no podíamos soportarlo.

Gerald Starnes era nuestro director de Producción. Nunca pudimos averiguar el monto de lo que se llevaba –su limosna- pero hubiéramos necesitado todo un equipo de contadores y otro de ingenieros para saber de qué modo todo aquel dinero pasaba por una tubería, directa o indirectamente, a su despacho. Sin embargo, nada figuraba como su beneficio particular, sino como medios con los que pagar los gastos de la compañía. Gerald tenía tres coches, cuatro secretarias y cinco teléfonos, y solía organizar fiestas con champaña y caviar, que ningún gran magnate que pagara impuestos en el país podía permitirse. Ganó más dinero en un año que el que ganó su padre los dos últimos de su vida. En su despacho encontramos unos cuarenta kilos de revistas, llenas de artículos sobre nuestra fábrica y nuestro noble plan, con grandes retratos de él mismo, en los que se lo mencionaba como un «gran paladín social». Por la noche le gustaba entrar en el taller vestido de etiqueta, con gemelos de brillantes, del tamaño de monedas, desparramando la ceniza de su puro por doquier. Un bruto con dinero que no tiene otra cosa que exhibir aparte de su riqueza es un tipo desagradable, pero al menos no necesita hacer ostentación y uno puede admirarlo o no si lo desea. Pero cuando un hijo de puta como Gerald Starnes se exhibe de ese modo y declara una y otra vez que no le importa la riqueza material y que sólo vive para servir a «la familia», que todos aquellos lujos no son para él sino para nosotros y en beneficio del bien común porque es preciso mantener el prestigio de la firma y su noble plan a los ojos del público…..entonces es cuando uno aprende a odiar a esos seres como nunca se ha aborrecido a un ser humano.

Pero su hermana Ivy era peor. A ella realmente no le importaba la riqueza material. Las limosnas que recibía no eran mayores que las nuestras, y siempre iba con zapatillas y faldas simples y camisas, con el fin de demostrar lo desprendida que era. Era directora de Distribución, a cargo de nuestras necesidades y, en realidad, nos tenía agarrados del pescuezo. Se suponía que la distribución se realizaba por votación de la gente, pero cuando la gente son seis mil voces aullantes que tratan de decidir sin ningún criterio, medida o razón, cuando no existen reglas y cada uno puede pedir lo que quiera sin tener derecho a nada, cuando todos tienen derecho sobre la vida ajena pero no sobre la propia, todo acaba como efectivamente terminó: Ivy Starnes acabó siendo la voz del pueblo. Al finalizar el segundo año, abandonamos aquella farsa de las «reuniones de familia» en aras de la «eficiencia de producción y economía de tiempo», reuniones que solían durar diez días, y a partir de allí todas las peticiones simplemente se enviaron a la oficina de la señorita Starnes. No, no eran enviadas, digamos mejor que cada peticionante en persona debía presentarse allí y ella elaboraba una lista de distribución que nos leía en una reunión de tres cuartos de hora. La aprobábamos. Había diez minutos para la discusión y las objeciones, pero no formulábamos ninguna: para ese tiempo ya nos habíamos dado cuenta de cómo funcionaban las cosas.

Nadie puede dividir la renta de una fábrica entre miles de obreros sin un parámetro con qué medir el valor de la gente. La norma de la señorita Ivy era la adulación a su persona. ¿Desinteresada? En los tiempos de su padre todo su dinero no le hubiera permitido hablar al tipo más bajo de su empresa en el modo como ella solía hablarles a nuestros más hábiles obreros y a sus esposas. Tenía unos ojos pálidos, con aspecto de pescado, vidriosos, fríos y muertos. Si se quería conocer la maldad en su estado puro, bastaba con observar cómo resplandecían sus ojos cuando alguien le respondía a un cuestionamiento para entonces ya no recibir más que la «asignación básica». Al observar aquello, comprendíamos el motivo real de quienes fueran capaces de apreciar la consigna: «De cada cual según su capacidad; a cada cual según sus necesidades».

Allí residía el secreto de todo. Al principio no dejaban de preguntarme cómo era posible que hombres educados, justos y honorables pudieran cometer un error semejante y presentar como virtuosa tal abominación, cuando cinco minutos de reflexión les hubiera indicado lo que sucedería en caso de que alguien pusiera en práctica semejante idea. Ahora comprendo que no obraron así por error, porque errores de este tamaño no se cometen nunca inocentemente. Cuando alguien se hunde en alguna forma de locura, depravada, imposible de llevar a la práctica con buenos resultados, sin que exista, además, razón que explique sus acciones, es porque tiene motivos que no quiere revelar. Y nosotros no éramos tampoco tan inocentes cuando votamos a favor del plan, en la primera reunión. No lo hicimos sólo porque creyéramos que la vieja y empalagosa farsa que nos vomitaban fuera buena. Teníamos otro motivo, pero la farsa nos ayudó a ocultarlo de nuestros vecinos y de nosotros mismos. La cháchara nos daba la oportunidad de hacer pasar como virtud algo que nos hubiera avergonzado admitir de otra manera. Ninguno votó sin pensar que con ese esquema podría apoderarse de parte de las ganancias de quienes eran más capaces que él. No había nadie tan rico e inteligente como para creer que no hubiera alguien más rico o más inteligente, y ese plan le daría una participación de esa riqueza y de esa mente. Pero pensando en conseguir beneficios inmerecidos de quienes estaban por encima, olvidamos que había inferiores, que buscarían obtener lo mismo que nosotros; no nos dimos cuenta de que los menos eficientes tratarían de explotarnos del mismo modo que cada uno de nosotros explotaría a los mejores. El obrero impulsado de que la idea de que sus necesidades le daban derecho a un automóvil como el de su jefe, olvidó que todos los vagos y mendigos de la Tierra aparecían manifestando que sus necesidades justificaban que se les diera un refrigerador como el suyo. Ese fue nuestro motivo real cuando votamos. Esa fue la verdad, pero no nos gustaba reconocerlo y cuanto más lo lamentábamos, más alto vociferábamos nuestro amor hacia el bien común.

Conseguimos lo que nos habíamos propuesto, pero cuando nos dimos cuenta de lo que aquello representaba, ya era demasiado tarde. Estábamos atrapados, sin lugar adónde huir. Los mejores entre nosotros abandonaron la fábrica en la primera semana del plan. Así perdimos a nuestros mejores ingenieros, supervisores, capataces y obreros especializados. Todo el que se respete no quiere verse convertido en vaca lechera de nadie. Algunos tipos hábiles intentaron aguantar, pero no lo consiguieron por mucho tiempo. Los hombres huían de la fábrica en todo momento, se escapaban como de la peste, hasta que no quedaron más que los necesitados, ninguno de los capaces.

Si algunos de nosotros, dotados de algunas cualidades, optamos por quedarnos, fue porque llevábamos allí muchos años. En los viejos tiempos, nadie renunciaba a la Twentieth Motor y no podíamos hacernos a la idea de que aquellas condiciones ya no existieran más. Transcurrido algún tiempo, nos fue imposible marcharnos, porque ningún otro empresario nos habría admitido, y no se lo puede culpar. Nadie, ninguna persona respetable, quería tratar con nosotros. Los dueños de los pequeños negocios donde comprábamos empezaron a abandonar Starnesville velozmente, hasta que no quedaron más que los bares, las salas de juego y algunos comerciantes sinvergüenzas y aprovechadores, que nos vendían bazofia a precios exorbitantes. Seguíamos recibiendo nuestras limosnas, pero el costo de la vida subía. En la empresa, la lista de los necesitados se fue extendiendo, al tiempo que la de los clientes se encogía. Cada vez había menos ingresos para dividir entre más y más gente. En los viejos tiempos solía decirse que Twentieth Motor era una marca tan buena como el oro. No sé qué pensarían los herederos de Starnes si es que pensaban algo, pero tengo la impresión de que, igual que todos los planificadores sociales y los salvajes insensatos, estaban convencidos de que aquella marca era en sí misma una especie de emblema mágico dotado de un poder sobrenatural que los mantendría ricos, igual que a su padre. Pero cuando los clientes comenzaron a advertir que nunca lográbamos entregar un pedido a tiempo y que siempre había algún defecto en los motores que entregábamos, el mágico emblema empezó a operar en sentido inverso: la gente no aceptaba un motor marca Twentieth Motor ni regalado. Llegó un momento en que nuestros únicos clientes fueron los que nunca pagaban ni pensaban hacerlo, pero Gerald Starnes, embrutecido y engreído por su propia publicidad, se puso de mal humor y empezó a ir de un lado a otro con aire de superioridad moral, exigiendo que los empresarios nos hicieran pedidos, no porque nuestros motores fueran buenos, sino porque necesitábamos esos pedidos urgentemente.

Por aquel entonces, el idiota del pueblo podía ver lo que generaciones de profesores pretendieron no advertir. ¿De qué le serviría nuestra necesidad a una central eléctrica, si sus generadores se paraban por culpa de un defecto de nuestros motores? ¿De qué le serviría nuestra necesidad a un hombre tendido en una mesa de operaciones, sí, de pronto, se cortaba la luz eléctrica? ¿De qué les serviría a los pasajeros de un avión si el motor fallaba en pleno vuelo? Y si compraban nuestros productos no por su calidad sino por nuestra necesidad, la acción moral del propietario de la central eléctrica, del cirujano y del fabricante del avión, ¿seria buena, justa y noble?.

Sin embargo, tal era la ley moral que profesores, directivos y pensadores habían querido establecer en todo el mundo. Si esto fue lo que ocurrió en una pequeña ciudad en donde todos nos conocíamos, ¿imagina lo que hubiera sido a escala mundial? ¿Imagina lo que habría ocurrido si hubiéramos tenido que vivir y trabajar sujetos a todos los desastres y a las torpezas del planeta? Trabajar pensando en que si alguien fallaba en cualquier lugar, era uno quien debería pagarlo. Trabajar sin posibilidad alguna de progreso, con la comida, la ropa, el hogar y las distracciones pendientes de una estafa, una crisis de hambre o una peste en cualquier parte del mundo. Trabajar sin posibilidades de una ración extra, hasta que los campesinos camboyanos tuvieran alimento suficiente o hasta que todos los indígenas patagónicos hubieran ido a la universidad.

Trabajar para entregar un cheque en blanco a cada criatura nacida, de hombres a los que nunca vería, cuyas necesidades no conocería, cuya laboriosidad, pereza o mala fe nunca podría llegar a conocer o cuestionar. Tan solo para trabajar, trabajar y trabajar, dejando que las Ivys o los Geralds del mundo decidieran qué estómagos habrían de consumir el esfuerzo, los sueños y los días de su vida. ¿Es ésta la ley moral a aceptar? ¿Es éste un ideal moral?.

Lo probamos y aprendimos la lección. Nuestra agonía duró cuatro años, desde la primera reunión hasta la última, y todo terminó del único modo que podía hacerlo: en la quiebra. Durante la última reunión, Ivy Starnes fue la única que intentó luchar un poco. Pronunció un corto, desagradable y agresivo discurso en el que dijo que el plan había fracasado porque el resto del país no lo había aceptado, que una sola comunidad no podía llevarlo a la práctica y triunfar en medio de un mundo egoísta y avaro; que el plan era un ideal noble, pero que la naturaleza humana no estaba a su altura.

Un joven, el mismo que había sido castigado por habernos dado una idea útil durante el primer año, se puso de pie, mientras todos seguíamos sentados en silencio, y se dirigió a Ivy Starnes, que ocupaba el estrado. No dijo nada, sino que la escupió en la cara. Y ese fue el final del noble plan de Twentieth Motor”.

(Extractos de “El nuevo intelectual” de Ayn Rand-Grito Sagrado Editorial-Buenos Aires 2009)