miércoles, 21 de agosto de 2013

Acerca de la ética

Así como existe una verdad única respecto al conocimiento de cada aspecto de la realidad; verdad a la que nos acercamos paulatinamente, también debe existir una ética capaz de optimizar el comportamiento humano en la búsqueda de la felicidad y de un adecuado sentido de la vida. En realidad, existen muchas propuestas éticas y pueden imaginarse varias más, sin embargo, producirán en el hombre distintos efectos, por lo cual puede decirse que la ética “verdadera” será aquella que produzca los mejores resultados, siendo tal veracidad determinada principalmente por sus efectos antes que por su origen. Nicolás Berdiaev escribió: “El conocimiento ético es la más temeraria de todas las formas de conocimiento, porque en él se revelan al mismo tiempo el valor, el sentido de la vida, el pecado y el mal” (De “La destinación del hombre”-José Janés Editor-Barcelona 1947).

La ética proviene tanto de la religión, como de la filosofía y la ciencia experimental. Como la ciencia describe aspectos objetivos de la realidad, se admite que la ética describe la conducta del hombre considerando su naturaleza humana. Si tenemos en cuenta sólo los aspectos culturales, derivados de la influencia que recibimos del medio social, resulta cuestionable hablar de una “naturaleza humana” objetiva, mientras que, si consideramos los aspectos biológicos de nuestra conducta, tal como los procesos estudiados por la psicología o la neurociencia, entonces podemos afirmar que tal naturaleza humana puede entrar en el campo de estudio de la ciencia experimental. Uno de los fenómenos de interés es la empatía, por la cual podemos compartir las penas y las alegrías ajenas como si fuesen propias, siendo la esencia de la ética cristiana, o ética natural.

En la actualidad podemos asociar el problema ético, consistente en encontrar la mejor ética posible, al proceso general de adaptación al medio, principalmente bajo la perspectiva de la adaptación cultural al orden natural. En principio, puede decirse que el bien y la felicidad implican una plena adaptación, mientras que el mal y la infelicidad implican una desadaptación al mismo. De ahí que debamos hablar de hombres adaptados o no, con una transición gradual entre ambos extremos, en lugar de hablar de hombres buenos o malos, si bien estas denominaciones no dejan de tener validez. Recordemos que Sócrates asociaba el bien al conocimiento y el mal a la ignorancia, debido precisamente a la estrecha relación que existe entre nuestro comportamiento y el conocimiento de las leyes naturales que rigen nuestra conducta y nuestros pensamientos.

Si consideramos la existencia de un orden natural regido por leyes naturales invariantes, debemos admitir que se trata de un proceso autoorganizado, del cual la “mano invisible” que gobierna al mercado (orden económico) habrá de constituir una parte de aquel proceso general. Haciendo una comparación con la economía, puede suponerse la existencia de un proceso autoorganizado (orden social), no implicando que el hombre, necesariamente, esté adaptado al mismo, lo cual es esencial para que se produzcan buenos resultados.

En forma similar a cómo los precios en el mercado (o en el conjunto de decisiones de productores y compradores participantes) tienden hacia una situación de estabilidad, las distintas actitudes y decisiones individuales deberán tender hacia un aceptable nivel de felicidad bajo la previa aceptación de una ética adaptativa. Si no se llega al precio estable en la economía, posiblemente se deba a que existe cierta perturbación inflacionaria que lo impide, mientras que en el caso de la sociedad seguramente existirá una crisis moral vinculada principalmente a una generalizada aceptación del relativismo moral.

En cuanto al proceso social autorregulado, podemos ejemplificarlo en el caso de quien se burla de otra persona, actitud por la cual tiende a alegrarse de los males y defectos ajenos. Luego, con el tiempo, es posible que la persona previamente burlada y degradada llegue a superar en algún aspecto a quien de ella se burló, y que ahora deberá cambiar la burla por la envidia, entristeciéndose por el bien ajeno, provocándose un autocastigo permanente, ineludible y cercano. No hizo falta que un Dios que interviene en los asuntos humanos hubiese actuado para castigar al culpable, sino que las propias leyes psicológicas que rigen nuestra conducta produjeron la compensación “castigando” a quien primeramente produjo el mal en otra persona con la única intención de provocarle sufrimiento.

Por otra parte, quien comparte las penas ajenas también compartirá sus alegrías, de ahí que su nivel de felicidad tenderá a ser el óptimo, “premiándose” a sí mismo al adoptar tal actitud, no siendo necesaria la presencia de un Dios que lo premie por sus obras y por sus actitudes. Tampoco resultará “meritorio” hacer el bien a los demás, ya que resulta ser la única forma permitida por la ley natural para obtener un elevado nivel de felicidad. El reconocimiento social ante las buenas acciones no debe considerarse como el premio que se ha de esperar, sino como un estímulo adicional para continuar haciendo las cosas bien.

El sentido de la vida básico que el hombre debe adquirir, además del sentido de la vida particular, es justamente el que se identifica con una plena adaptación al orden natural, por cuanto ello implica el logro de la felicidad y el pleno acatamiento de las leyes naturales, interpretadas en la religión como las leyes de Dios. De ahí la expresión de Cristo: “Primeramente buscad el Reino de Dios y su justicia, que lo demás se os dará por añadidura”, que podemos interpretar como: «Primeramente observa las leyes naturales y el orden natural emergente, adáptate al mismo, que la felicidad plena será la resultante».

Adviértase que detrás de la simbología con que se expresan los distintos mensajes religiosos, puede encontrarse su significado pleno asociándolos a las leyes naturales que rigen nuestra conducta. Debemos considerar como prioritarias tales leyes antes que las simbologías respectivas y, sobre todo, antes que las distintas interpretaciones que a tales simbologías podemos asociar.

El concepto de ley natural no resulta ser algo propio de la ciencia experimental, ya que es empleado también en la religión desde la época medieval, como en el caso de Santo Tomás de Aquino; incluso ya aparece en los escritos de Marco Tulio Cicerón, escritor y estadista romano. Sin embargo, es posible que existan diferencias de interpretación. Podemos decir que la ley natural es el vínculo invariante entre causas y efectos, y que, desde una perspectiva científica, todo lo existente está caracterizado por la existencia de tal tipo de ley. Cicerón escribió: “Esta ley no está escrita, pero es innata; ni la hemos aprendido ni recibido, ni leído, pero la hemos sacado de la naturaleza misma; no hemos sido instruidos por ella, pero somos hechos por ella; no nos ha sido enseñada, pero de ella estamos impregnados totalmente”.

Al no tomarse como referencia a las leyes naturales, resulta imposible todo entendimiento entre las distintas religiones y de ahí el origen de los conflictos y antagonismos. El “creyente” actual parece decir; «creo en Dios pero no acato sus leyes», siendo una forma de rebelión de tipo religioso. El paganismo implica, justamente, el desconocimiento de las leyes de Dios tratando de desplazarlas por pedidos directos de sus intervenciones para que nos resulten favorables. Una de las consecuencias de esta tendencia es el rápido avance del islamismo sobre Europa, con la poco disimulada obsesión de conquistarla para someterla sin apenas tratar de adaptarse a las costumbres locales, constituyendo un totalitarismo teológico que pretende dominar a todo ciudadano europeo.

Por otra parte, quienes no creen en la existencia de un orden económico espontáneo, tal como el mercado, tratan de reemplazarlo por decisiones provenientes de quienes dirigen al Estado, que es el aspecto común a los distintos totalitarismos. En forma similar, quienes no creen en la existencia de un orden social espontáneo, tratan de suplantarlo por distintas propuestas que surgen bajo la previa aceptación de los diversos relativismos, como el moral, el cognitivo y el cultural.

Si desestimamos el sentido de la vida que nos impone el orden natural al inducir nuestra adaptación al mismo, y si desestimamos la búsqueda del Bien y de la Verdad, precisamente porque el relativismo adoptado nos indica que tales conceptos no existen, entonces hemos abierto las puertas que favorecen la entrada a nuestra vida del vacío existencial, que resulta ser un aspecto que impide lograr un aceptable nivel de felicidad.

Podemos decir que el verdadero ateismo implica que el hombre se aleja, desconoce o niega las leyes naturales o las leyes de Dios. Con ello favorece la ausencia de un sentido objetivo de la vida, promoviendo el relativismo moral, cognitivo y cultural, como a los totalitarismos políticos y teológicos, por lo cual se atenta contra toda posible adaptación al orden natural. D. Barbedette escribió: “Hay una ley natural, grabada por Dios, en el corazón del hombre”.

“1- Prueba de conciencia: la conciencia se manifiesta a cada uno como una luz y un orden de la naturaleza, y aun si se quiere como un imperativo categórico, gracias al cual distinguimos lo que es bien de lo que es mal, lo que se debe hacer de lo que se debe evitar. En efecto, cada vez que obedecemos a esta luz interior, nuestra conciencia queda satisfecha, y cada vez que la violamos nos tortura el aguijón de los remordimientos”.
“2- Prueba de razón: En todas las criaturas hay principios que las llevan no solamente a realizar sus operaciones propias, sino también a adaptarlas a su fin. Ahora bien, el hombre no es de una condición inferior a la de los animales; así es que tiene una luz, gracias a la cual conoce su fin; y esa luz es la ley natural. De otra manera la naturaleza fallaría en las cosas necesarias, y de Dios mismo habría que dudar si Él se manifestara como Dios y dueño supremo del mundo sin hacerle conocer su ley”.
“3- Prueba indirecta: sacada de las consecuencias funestas de la opinión contraria. Si se rechaza la existencia de la ley natural, no le queda ya a la moralidad ningún fundamento, o tal fundamento depende del antojo del hombre, y por lo mismo no es ni estable ni inmutable. En efecto, todo lo que depende de mero arbitrio, es convencional y puede ser cambiado por los hombres mismos. De suerte que el robo, el engaño, el homicidio y todos los otros crímenes podrían venir a ser ora permitidos, ora prohibidos: consecuencias contrarias la buen sentido” (De “Ética o Filosofía moral”-Editorial Tradición SA-México 1974).