martes, 18 de junio de 2013

Moneda sana vs. inflación

La moneda es un medio de cambio que surge en el proceso del mercado; esencialmente de las necesidades prácticas surgidas en intercambios entre productores y consumidores, mientras que la inflación surge de la indebida manipulación que sobre el dinero realizan los políticos a cargo del Estado. De ahí surge la necesidad de distinguir entre moneda sana, la exigida por el mercado, en contraposición a la moneda “enferma”, o devaluada mediante cierta “falsificación legal”, es decir, resulta legal desde el punto de vista de las leyes que hacen los mismos políticos, pero ilegal desde el punto de vista de las leyes éticas implícitas en la propia naturaleza del hombre. Ludwig von Mises escribió:

“El principio de una moneda sana que guió las doctrinas y políticas monetarias del siglo XIX fue un producto de la economía política clásica. Constituyó una parte esencial del programa liberal, tal como lo desarrolló la filosofía social del siglo XVIII y lo difundieron los partidos políticos más influyentes de Europa y América durante el siglo siguiente”. “Es imposible asir el significado de la idea de la moneda sana si no se hace uno cargo de que se concibió como un instrumento destinado a proteger las libertades civiles contra las invasiones despóticas por parte de los gobiernos. Ideológicamente pertenece a la misma categoría que las instituciones políticas y las declaraciones de derechos”. “El postulado de una moneda sana se esgrimió como respuesta a la práctica de los príncipes de rebajar la ley de la moneda acuñada”.

Si tenemos en cuenta el “principio general” de la ciencia económica (que no es aceptado por todos los economistas), toda decisión que se oponga o distorsione al proceso del mercado, tarde o temprano fracasa, por cuanto produce peores resultados que los que se quiso solucionar mediante tal decisión. Entre los ejemplos de este “principio” podemos mencionar al socialismo que, al abolir al mercado, fracasó en todas partes. También la falsificación de la moneda puede considerarse bajo tal principio. Al ser la moneda sana una parte esencial del mercado, su emisión excesiva distorsiona tal proceso generando inflación, implicando que el resultado fue peor que el mal que se quiso solucionar.

El proceso de debilitamiento de una moneda metálica es análogo al “estiramiento” del vino, que consiste en agregarle agua, logrando mayor cantidad a costa de reducir la calidad. En las primeras épocas en que aparecen las monedas de oro o plata, el “estiramiento” consistía en limar los bordes de las monedas para fundir nuevas monedas con las limaduras producidas. De ahí que se exigió que las monedas se fabricaran con su canto rasurado para hacer evidente un posible limado de las mismas. Con la aparición del papel moneda, sin el respaldo en oro que alguna vez tuvo, aparece la posibilidad de que el Estado imprima billetes a bajo costo y en cantidades excesivas, y de ahí el origen de los procesos inflacionarios. Ricardo H. Arriazu escribió:

“Desde un punto de vista económico, tanto la inflación como la devaluación de la moneda y el incumplimiento de contratos constituyen generalmente claros ejemplos de «estafas» por parte del sector público que afectan los derechos de propiedad de sus acreedores. La Constitución prohíbe la confiscación y establece que no puede haber expropiación sin compensación; sin embargo, ni la Justicia ni los economistas consideran que la inflación y la devaluación sean medidas confiscatorias. Más aún, en general la profesión económica ha contribuido a estas confiscaciones al atribuir a esas medidas carácter de instrumentos de política económica. Los únicos casos en los que tales medidas no constituirían «estafas» serían ante shocks exógenos que no pueden ser contrarestados por otros medios, o en circunstancias en las que inflexibilidades en otras variables impidan el funcionamiento de otros mecanismos de ajuste”.

“La moneda es una obligación financiera del sector público que éste adquirió (emitió) ya sea como contrapartida de sus adquisiciones de recursos reales (bienes y servicios) o de divisas, o de créditos otorgados al sector privado. El acreedor del Estado (tenedor de dicha moneda) pretende recibir en el futuro, como mínimo, una cantidad equivalente de recursos reales o divisas. Sin embargo, con inflación (generada por las políticas económicas del gobierno) el Estado devolverá a su acreedor un monto inferior de recursos reales al que recibió originalmente, lo que implica, de hecho, un incumplimiento de sus obligaciones”.

“Los efectos en cadena del incumplimiento de compromisos por parte del Estado pueden llegar a ser dramáticos, y la dinámica de este proceso dependerá de la forma que tome tal incumplimiento. En el caso de una cesación de pagos, los impactos serán inmediatos: se interrumpirá el flujo de capitales y se iniciarán acciones legales. En el caso particular de la inflación y la devaluación, aunque los efectos financieros serán similares, la responsabilidad del Estado no aparece tan directamente, por lo que tales efectos podrían demorarse. En lo que no existen dudas es en que si estos comportamientos se transforman en permanentes, los acreedores «estafados» reaccionarán, después de un lapso de tiempo, del mismo modo que en el caso de la cesación de pagos: la primera vez se sorprenderán, la segunda se enfadarán, y a partir de la tercera reducirán sus tenencias de moneda local (salida de capitales) para cubrirse ante la posibilidad de ser estafados nuevamente en el futuro. Los efectos macroeconómicos de esta acción son devastadores, pero los efectos institucionales pueden ser aún peores”.

“Cuando los gobiernos utilizan la inflación para financiar sus desequilibrios (impuesto inflacionario), las tenencias reales de dinero por parte del público decrecen con el objetivo de evitar el pago de dicho impuesto. Es habitual que las autoridades intenten impedir este proceso de huida del dinero mediante la imposición de controles cambiarios, a fin de “prohibir” a los agentes económicos que modifiquen sus portafolios financieros para así poder continuar percibiendo el impuesto inflacionario. En estas circunstancias, es común que estos agentes reaccionen haciendo caso omiso de las normas establecidas por el gobierno (por ejemplo, a través de la utilización de mercados paralelos, la sobrefacturación de importaciones y la subfacturación de exportaciones, entre otros procedimientos), con el argumento de que el gobierno estaría actuando en forma «inmoral» y que, por lo tanto, no sería inmoral incumplir sus normas. Este quiebre de la relación moralidad-legalidad es sólo el inicio del rompimiento de las instituciones” (De “Lecciones de la crisis argentina”-Editorial El Ateneo-Buenos Aires 2003).

El “perfeccionamiento” del proceso confiscatorio, asociado a la excesiva emisión de papel moneda ha sido realizado por el kirchnerismo, ya que, además de generar inflación, publica índices falsos sobre la evolución de esta variable económica. Se aduce, desde sectores oficialistas, que tal tergiversación se hace ex profeso para pagar menos intereses a los poseedores de bonos ajustados por inflación y que fueron emitidos por el propio Estado argentino. Sin embargo, y aun con una situación regional favorable, el nivel de pobreza supera el 25% de la población, lo que no debe extrañar a nadie debido a la forma en que el gobierno administra al Estado. Todo indica que la ética natural debe siempre asociarse a las decisiones económicas para un adecuado funcionamiento del mercado y de la economía. De lo contrario se cae en la adopción de cierto “maquiavelismo económico”.

Es oportuno mencionar la opinión de Ludwig von Mises respecto de las actitudes que toma el ciudadano común a medida que va tomando conciencia del proceso inflacionario: “La inmensa mayoría es demasiado obtusa para interpretar correctamente la situación. Continúa dentro de la rutina a que se acostumbró en los periodos en que no había inflación. Llena de indignación, ataca con el nombre de «especuladores» a quienes perciben más prontamente las causas verdaderas de la intranquilidad del mercado y los culpa del apuro en que se encuentra. Esta ignorancia del pueblo constituye la base indispensable para una política inflacionaria. La inflación funciona mientras el ama de casa piensa: «necesito mucho una nueva sartén. Pero los precios están demasiado altos en la actualidad; esperaré hasta que bajen nuevamente». Termina abruptamente cuando la gente descubre que la inflación seguirá, que es la causa del alza de precios y que, por tanto, éstos subirán hasta el infinito. La etapa crítica comienza cuando el ama de casa piensa: «no necesito una nueva sartén, pero es posible que la necesite en uno o dos años. Sin embargo, la compraré desde luego porque más tarde será mucho más cara». Ya entonces está próximo el final catastrófico de la inflación. En su última etapa, el ama de casa piensa: «no necesito otra mesa y nunca la necesitaré. Pero es más prudente comprar una mesa que conservar un minuto más estos pedazos de papel a que el gobierno llama dinero»”.

Mientras que la mayor parte de los países se cuida de no caer bajo un proceso inflacionario, el electorado argentino apoyó con un 54% de los votos la promesa de “profundizar el modelo” en un próximo periodo presidencial, es decir, el modelo inflacionario que, en momentos de la elección, rondaba el 20% anual, mientras que el INDEC (Instituto Nacional de Estadísticas y Censos) anunciaba un “inofensivo” 10%, aproximadamente. La prédica anticapitalista, a través de los medios masivos de comunicación afines al gobierno, ha cumplido eficazmente su cometido. Varias décadas atrás, Ludwig von Mises escribía:

“La moneda es un medio de pago de uso general. Representa un fenómeno del mercado. Su esfera propia es la de las operaciones que celebran los individuos o los grupos de individuos dentro de una sociedad que se basa en la división del trabajo y la propiedad privada de los medios de producción. Esta forma de organización económica, o sea la economía de mercado o capitalismo, está condenada unánimemente en la hora actual por los gobiernos y los partidos políticos. Las instituciones educativas, desde las universidades hasta los jardines de niños, la prensa, la radio, el teatro, lo mismo que el cinematógrafo, y las empresas editoriales se encuentran casi completamente dominadas por personas a cuyo modo de ver el capitalismo se presenta como el más espantoso de todos los males. La meta de sus normas de acción estriba en sustituir la «planificación» a la pretendida carencia de plan de la economía de mercado. Por supuesto, que tal como la usan, la palabra «planificación» significa la planificación central por las autoridades, llevada a la práctica mediante la fuerza de la policía” (De “Reconstrucción monetaria”-Centro de Estudios sobre la libertad-Buenos Aires 1961).

El escrito original de von Mises fue realizado muchos años antes de la caída del socialismo (e incluso de la televisión), de ahí que observaba la unánime condena al capitalismo en favor del tan ansiado socialismo, que se vislumbraba como la solución económica del futuro. La respuesta de la sociedad argentina a favor de la actual política totalitaria (todo en el Estado), proviene del hecho de que la mayoría de la gente parece no haberse enterado de lo que ocurrió en la URSS, China, India y otros países con economías socialistas. De ahí que el escrito citado tenga plena vigencia en la actual Argentina.