viernes, 21 de junio de 2013

La protección contra las importaciones

Lo engañoso de las ciencias sociales es que, al tratar acerca de temas que resultan accesibles a la observación directa de la realidad, nos da la sensación de que, en forma intuitiva, podemos tener una respuesta adecuada a cualquier duda que se presente. Sin embargo, en cuestiones de economía, muchas veces resulta que la primera impresión, o incluso las siguientes, nos engañan por cuanto no hemos tenido presentes algunos aspectos que no ocurrieron y que, para un análisis adecuado, deberíamos haber tenido en cuenta. Esto ocurre también en el caso del proteccionismo que el Estado ofrece a la industria nacional cuando impide total o parcialmente la entrada de productos del extranjero. Henry Hazlitt escribió:

“La Economía se halla asediada por mayor número de sofismas que cualquier otra disciplina cultivada por el hombre. Esto no es simple casualidad, ya que las dificultades inherentes a la materia, que en todo caso bastarían, se ven centuplicadas a causa de un factor que resulta insignificante para la Física, las Matemáticas o la Medicina: la marcada presencia de intereses egoístas. Aunque cada grupo posee ciertos intereses económicos idénticos a los de todos los demás, tiene también intereses contrapuestos a los de los restantes sectores; y aunque ciertas políticas o directrices públicas puedan a la larga beneficiar a todos, otras beneficiarán sólo a un grupo a expensas de los demás”.

La mayor parte de la gente está de acuerdo en que “el Estado debe proteger a la industria nacional, tanto por la seguridad económica de los empresarios como por la de los trabajadores, en lugar de beneficiar a empresarios y trabajadores extranjeros”. Tal sector supone, además, que también los países extranjeros adoptan medidas similares, y que las justifican por idénticas razones. Al hacer tal afirmación, sin embargo, no se ha tenido en cuenta algo bastante elemental y evidente, como es la disminución de la oferta al mercado. Si tenemos en cuenta que la oferta de mercancías depende tanto de la producción nacional como de la foránea, al limitar las importaciones, se está disminuyendo la oferta al mercado. Y si disminuye la oferta, aumenta el precio. De esa manera, mientras se protege al empresario local, simultáneamente se desprotege al consumidor local, que tiene que pagar más caros tales productos.

La ciencia económica admite siempre una toma de decisiones que permitirán el beneficio de todos los sectores, y no sólo en el corto plazo, sino también en uno largo. De ahí que si se toman medidas que benefician a algunos, pero perjudican a otros, algo anda mal; ya que tales decisiones no responden a uno de los principios básicos (aunque no aceptado por todos los economistas) que debería respetarse. Tal principio fue definido por Henry Hazlitt de la siguiente forma: “El arte de la Economía consiste en considerar los efectos más remotos de cualquier acto o política y no meramente sus consecuencias inmediatas; en calcular las repercusiones de tal política no sobre un grupo, sino sobre todos los sectores” (De “La Economía en una lección”-Unión Editorial SA-Madrid 1981).

Además, al limitar la oferta al mercado, restringiéndose la libertad de los posibles participantes, se estaría violando otro de los “principios” de la economía, que podríamos denominar la “ley de la reacción del mercado” y que consiste esencialmente en que “el mercado se rebela contra aquellas decisiones que lo han de perturbar”, por lo cual el resultado final resulta peor que lo que se quiso solucionar adoptando tal decisión. Si este fuera un principio general en el que pudiéramos confiar ciegamente, podríamos deducir que “la naturaleza de la economía es tal que contempla el intercambio comercial entre los países como algo ventajoso para todos”.

Nótese que esto resulta compatible con la idea de que “lo que es bueno para una familia, ha de ser bueno para un país”. Lo contrario lleva a una contradicción; veamos: si partimos de que el proteccionismo es bueno para el país, entonces ha de ser también bueno para las provincias que lo componen. De ahí que las provincias deberían “cerrar sus fronteras” para proteger a sus empresas y trabajadores. Luego, el proteccionismo debería ser bueno para los distintos departamentos, o partidos, internos de cada provincia. Finalmente, debería ser bueno para cada familia. De ahí que, entonces, deberíamos volver a las épocas primitivas de la humanidad en las que cada familia realizaba su propio calzado, vestimenta, alimentos y todo lo demás, lo que resulta absurdo. Además, si todos los países practicaran el proteccionismo contra las importaciones, no podría existir el comercio internacional.

En cuanto a los efectos inmediatos del proteccionismo en el mercado local, adviértase que el consumidor, al pagar más caras sus mercancías, dispone de menor cantidad de recursos para volcarlos a la compra de otras mercancías, por lo que ahora observamos que también serán perjudicados los sectores no protegidos por la decisión del Estado. Si se piensa que el proteccionismo sirve para mantener plena la ocupación del sector beneficiado, no ocurrirá lo mismo con los demás sectores, que recibirán menos recursos. Roberto Cachanosky escribió:

“Pensemos el problema en términos de bienestar de la población. Si la gente puede comprar un determinado producto importado más barato, quiere decir que su ingreso real sube. Con una porción menor de su ingreso puede acceder a la misma cantidad de bienes. Ese aumento del ingreso real se traduce en un mayor nivel de consumo (puede comprar otros bienes que antes no podía comprar), o bien en una mayor tasa de ahorro que, a su vez, se transforma en inversión. La mayor inversión incrementa la productividad de la economía, elevando nuevamente el salario real”.

“Veamos un caso concreto. En 1993 se establecieron en la economía argentina derechos específicos para la importación de indumentaria. El derecho específico es un impuesto de monto fijo independientemente del valor del producto que se importa. Por ejemplo, se fija un impuesto de $ 10 por cada camisa importada, independientemente de si esa camisa tiene un precio de importación de 10 o de 100 dólares”.

“Siguiendo con el ejemplo, un impuesto de $ 10 por camisa, se traduce en un impuesto implícito del 100% para las camisas de 10 dólares y del 10% para las camisas de 100 dólares [En 1993: $ 1 = U$S 1]”.

“La primera reflexión que surge de este mecanismo de protección es que las camisas de 10 dólares son adquiridas por los sectores de menores ingresos, en tanto que las camisas de 100 dólares son compradas por los sectores de mayores ingresos. El resultado es que los productos demandados por los sectores de menores ingresos terminan pagando un impuesto a la importación mucho mayor que los productos que compran los sectores de mayores ingresos. Es decir, se protege al productor local a costa de los sectores de ingresos más reducidos”.

“La segunda reflexión tiene que ver con los puestos de trabajo que no se pueden crear. De acuerdo con trabajos realizados oportunamente, se detectó que el costo de este proteccionismo a la industria de la indumentaria generaba un sobrecosto de 900 millones de dólares anuales para el consumidor y, por lo tanto, un beneficio para el productor local de indumentaria”. “Frente a este tipo de protecciones, lo que generalmente no se plantea es: ¿cuántos puestos de trabajo dejaron de crearse por disminuir el ingreso de los consumidores en 900 millones de dólares? Porque la gente habría consumido 900 millones de dólares en otros bienes lo que hubiera creado puestos de trabajo, o bien los habría ahorrado, con lo cual habría crecido la inversión y también se hubiesen creado nuevos puestos de trabajo” (De “Economía para todos”-Konrad Adenauer Stiftung-Buenos Aires 2002).

En realidad, puede uno también decir que esos 900 millones de dólares en manos de los empresarios de indumentaria locales crearon los puestos de trabajo que disminuyeron en otros rubros, por lo que, en principio, no hubo un crecimiento ni un decrecimiento del empleo, pero la diferencia esencial es que el sector de menores recursos vio reducido su nivel de vida. Esto también ha de ocurrir en el caso en que se restringe la importación de todo tipo de mercancía, ya que no habrá sectores más beneficiados que otros, pero habrá un descenso generalizado en el nivel de vida de la población.

Si el sector beneficiado con la protección fue capaz de realizar inversiones aumentando su nivel tecnológico, en el futuro será competitivo internacionalmente y no habrá entonces motivos para restringir nuevamente las importaciones. Sin embargo, muchas veces esto no ocurre debido a la tendencia de muchos empresarios a vivir en el lujo para ostentar con su poder económico. En lugar de tratar de ser empresarios pobres con empresas ricas, optan por ser empresarios ricos con empresas pobres, siendo ésta una de las diferencias esenciales entre la mentalidad dominante en los países desarrollados y en los subdesarrollados, respectivamente.

La libre importación y exportación de productos es el requisito básico necesario para permitir la división o especialización del trabajo a nivel de las naciones. Esta especialización presenta las mismas ventajas que las atribuidas a los grupos familiares o a los individuos. El autor citado escribe: “David Ricardo explicó que siempre es mejor que un país concentre su producción en aquellas actividades para las cuales está mejor dotado y equipado y no que diversifique su producción en actividades en las cuales no tiene ventajas como en la primera, aunque sea más eficiente que otros países en la producción de esos bienes”.

“Por ejemplo, tomemos el caso de un cirujano que es excelente en su profesión. Pero, además, es tan buen cocinero que cocina mejor que su cocinera y es mejor anestesista que el anestesista que trabaja para él. Lo que sostenía Ricardo es que lo que más le conviene al cirujano es concentrarse en la actividad que mejor desarrolla y contratar a una cocinera y a un anestesista aunque él sea mejor cocinero y anestesista porque obtendrá mayores ingresos concentrándose en las operaciones que repartiéndose entre diferentes actividades”.

Todo cambio, en economía, requiere un tiempo de adaptación adecuado, siempre que exista una mentalidad favorable. Si, de la noche a la mañana, se abren las importaciones en aquellos rubros que estuvieron por años protegidos, es posible que no se tenga el tiempo necesario para la adaptación a las nuevas reglas del juego, fracasando lo que se quiso implementar. Y si no existe una mentalidad favorable al cambio, aun con suficiente tiempo las cosas no se modificarán de manera notoria.

En cuanto a la especialización de la producción, cuando un país se dedica a un solo rubro, deberá algunas veces padecer las consecuencias de las bajas de los precios internacionales de sus productos, de ahí que siempre resulta adecuada una diversificación de la producción. Además, como en un país agrícola-ganadero, o productor de petróleo, o de minerales, no puede absorberse toda la mano de obra disponible, debido a los reducidos porcentajes de puestos de trabajo que se necesitan en cualquier actividad, dado el alto nivel de automatización imperante, necesariamente un país debe diversificar sus actividades económicas, aunque acentuando aquéllas en que mejor se desempeña o en las que dispone de mejores medios naturales.