martes, 25 de junio de 2013

El Bien y la Verdad

Es deseable disponer de descripciones de tipo axiomático, como ocurre en el caso de algunas de las ramas de la ciencia experimental, ya que posibilitan tener en la mente unos pocos principios básicos desde los cuales se podrá luego deducir una gran variedad de fenómenos relacionados. De esa forma tendremos la sensación de que, mientras mayor sea nuestro conocimiento, menor cantidad de información tendremos almacenada en nuestra memoria.

En el caso del comportamiento humano, es necesario también disponer de un conocimiento sintetizado en unos pocos principios de manera de que puedan orientarnos con seguridad hacia el mejoramiento individual y social. Ello implica que debemos encontrar una “teoría de las virtudes” que nos indique cuáles son las esenciales y cómo podremos tratar de consolidarlas. Además, si podemos describirlas aceptablemente, su seguimiento nos dará un concreto sentido de la vida, asociado a nuestra naturaleza humana, al cual se le agregarán los sentidos de la vida particulares asociados a la vocación laboral, intelectual, artística, etc., de cada individuo.

Las dos dimensiones básicas del hombre están asociadas, por una parte, a los afectos, emociones o sentimientos, que son el fundamento de nuestro comportamiento ético, y al conocimiento, o descripción del mundo real, que es el fundamento de nuestro quehacer intelectual, por otra parte. Para el primero debemos disponer de una “teoría del comportamiento”, o “teoría de la acción ética”, mientras que para el segundo debemos disponer de una “teoría del conocimiento”.

El ideal supremo de la ética es el Bien, mientras que el ideal supremo del conocimiento es la Verdad. De ahí que esos dos grandes objetivos, que se han buscado a lo largo de la historia, determinan dos tipos principales de hombres: los santos, quienes buscan el Bien con preponderancia, y los sabios, quienes buscan la Verdad. De ahí que ambos son (o han sido) los ejemplos personales que se trató de seguir. Mahatma Gandhi escribió: “No tengo nada nuevo que enseñar al mundo. La verdad y la no violencia son tan antiguas como las montañas. Toda mi obra consiste en haber experimentado con ambas en una escala tan vasta como me fue posible. Al hacerlo, me he equivocado algunas veces y he aprendido de mis errores. La vida y sus problemas se han convertido así, para mí, en sucesivos experimentos en la práctica de la verdad y la no violencia” (De “Mahatma Gandhi. Pensamientos escogidos”-R. Attenborough-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1983).

Si el Bien y la Verdad son los ideales que debemos alcanzar, se deduce que lo opuesto, el mal y la mentira serán los ideales negativos que debemos rechazar. Recordemos que la historia de la humanidad, desde el punto de vista de la Biblia, no es otra cosa que la lucha histórica entre el Bien y la Verdad, por una parte, en contra del mal y de la mentira, por la otra. Incluso en dicho Libro Sagrado se contempla un futuro feliz con el triunfo del Bien y de la Verdad, pero dicho triunfo no debe esperarse de brazos cruzados, ya que habrá de conseguirse mediante el afianzamiento de nuestro conocimiento sobre el comportamiento humano, y su posterior difusión, aspecto que depende de todos y de cada uno de nosotros.

Debemos entonces definir el Bien desde la perspectiva que nos dan las ciencias sociales, en especial la Psicología Social. Para ello debemos mencionar la existencia de cuatro componentes afectivas básicas que conforman nuestra actitud característica, tales el amor, el odio, el egoísmo y la indiferencia. El Bien ha de estar asociado a la actitud del amor por el cual compartimos las penas y las alegrías de los demás como si fuesen propias. Esta definición deja de lado la diferencia entre el bien propio y el ajeno, o el bien común, por cuanto no existe uno sin el otro. Esta actitud forma parte del fenómeno general de la empatía, por el cual nos ubicamos afectivamente en la posición de los demás compartiendo su alegría o su dolor.

En cuanto a la verdad, podemos decir que se trata de un conocimiento que difiere poco, o nada, de la realidad que se está describiendo, aunque pocas veces llegamos a esa situación. Ésta es la verdad científica, mientras que la Verdad (con mayúscula, para diferenciarla de la anterior) ha de ser la descripción asociada al camino hacia una óptima actitud ética del hombre, que le ha de permitir encontrar un sentido pleno de la vida e incluso la vida eterna según el cristianismo. Debido a que, lo que resulta accesible a nuestras decisiones, es la elección de una actitud afectiva y de una cognitiva, la verdad que proviene de la ciencia social no ha de diferir esencialmente de la Verdad sugerida por la religión cristiana.

Uno de los personajes históricos cuya vida fue orientada por una capacidad de amar cuyo alcance fue bastante más allá del ámbito familiar, fue San Francisco de Asís, respecto del cual René Fülöp-Miller escribió: “El breve lapso de veintidós años, que abarca su vida de santidad, puede ser considerado como el periodo más glorioso en la historia de la Iglesia y el de mayor peso e importancia que la suma de todas sus otras pretensiones a la fama. Fueron años de plena realización humana, más verdadero que cualesquiera otros de las vidas humanas anteriores y posteriores a la suya, pues en la vida mundana de Francisco un vínculo común de alegría deshizo todos los contrastes y todas las contradicciones. El mundo interior y el exterior; el hombre y la naturaleza; el pensamiento y la acción; la humildad y el poder; la renunciación y la abundancia, todos ellos fueron hechos para unir. El abismo entre el hombre y Dios fue superado. La época de la inocencia que precedió a la caída había sido recobrada: el amor lo había logrado. El mismo amor, que había hecho de Jesús de Nazareth el mediador entre Dios y el hombre, había renacido en Francisco, había una vez más tomado la forma de hombre, y había hecho de Francisco el mediador entre Cristo y sus fieles” (De “Santos que conmovieron al mundo”-Espasa-Calpe Argentina SA-Buenos Aires 1946).

La decadencia de la cristiandad se debe, en parte, a que, en lugar de tomar como ejemplo la vida de los santos, se los transforma en seres milagrosos que nos beneficiarán de alguna manera ante nuestros pedidos, casi como si fueran amuletos de la buena suerte. Y quien vea en los santos un ejemplo ético, sobre todas las cosas, sin tener en cuenta algún fenómeno de tipo sobrenatural, será considerado despectivamente como “ateo”, “no creyente”, o con algún des-calificativo similar.

Aceptando la teoría del conocimiento propuesta por Karl Popper, principalmente, el método de prueba y error resulta ser el proceso básico para adquirir todo nuevo conocimiento, ya sea en el ámbito de la ciencia o en el caso del conocimiento cotidiano de cada hombre. De ahí la necesidad de considerar el error como una diferencia entre un modelo mental establecido y una referencia de comparación. También en el caso de las ideologías, o de los sistemas filosóficos, ocurre algo similar. De ahí que debamos elegir una referencia entre unas pocas posibles y que constituyen las componentes cognitivas de nuestra actitud característica, y que son: la referencia en la realidad, en uno mismo, en otra persona o en lo que acepta la mayoría, de donde se elige a la primera por producir los mejores resultados, por cuanto es la referencia que se adopta en el método científico.

Si el Bien y la Verdad son los dos objetivos prioritarios a alcanzar, los restantes logros éticos se darán como consecuencias de ellos. Así, si consideramos los objetivos asociados a los ideales democráticos, como son la libertad y la igualdad, o los derechos a la vida, puede observarse que no difieren esencialmente del ideal asociado con el “Amarás al prójimo como a ti mismo”. Si se generalizara la adopción y el cumplimiento de tal mandato bíblico, resurgiría el ideal de libertad, por cuanto ningún político a cargo del Estado, o ningún líder en situación dominante en cualquier grupo social, habrían de aprovecharse de su situación para restringir la libertad de quienes ocupan peldaños inferiores en una cierta escala jerárquica. Además, el sentimiento de igualdad habría de resurgir justamente al compartir todo individuo las penas y las alegrías ajenas como propias.

Si en los mandamientos bíblicos vienen implícitos tanto el sentido de la vida como las directivas para lograrlo a través de la unificación de las virtudes humanas, surge el interrogante de porqué son rechazados por parte de quienes promueven la igualdad social, o la indiferencia de quienes proponen la libertad del individuo respecto de los demás hombres. Una de las razones es que los seguidores y difusores del cristianismo han interpretado que la religión es una cuestión de actitud filosófica antes que de acción ética, y que todo resulta misterioso e inaccesible a la razón. Incluso quien trate de interpretar el mandamiento citado en base a algo concreto, como el fenómeno de la empatía, es alguien sospechoso que se está entrometiendo en lo sagrado, cometiendo un sacrilegio.

En cuanto a los opositores al Bien y a la Verdad, encontramos dos “adversarios” de importancia, además del mencionado “enemigo” interno:

a) El relativismo moral, cognitivo y cultural
b) Las ideologías totalitarias

Los distintos relativismos se basan en el rechazo del Bien y de la Verdad objetivos, es decir, con igual validez para todos los hombres y para todas las épocas. Como el Bien, asociado al amor, y la Verdad, asociada al conocimiento de la ley natural, están ligados a la naturaleza humana, y forman parte de la ciencia experimental, “heredan” los atributos de la ley natural, esto es, resultan invariables para todos los pueblos y vigentes para todos los tiempos.

Quienes niegan toda validez al Bien y a la Verdad objetivos, tienden a reemplazarlos por el mal y la mentira, apareciendo el odio como sustituto del amor, siendo el odio una especie de “empatía negativa” por cuanto transforma las alegrías ajenas en sufrimiento propio y el sufrimiento ajeno en alegría propia.

Las ideologías totalitarias son esencialmente promotoras y difusoras del odio y la mentira. Dividen a los pueblos en dos sectores: el sector A, los adeptos, y el sector B, el enemigo real o imaginario. Estimulan el odio en los integrantes del sector A, degradándolos ya que son usados con fines innobles, y atacan y descalifican a los integrantes del sector B, que son las víctimas restantes. La diferencia entre los enemigos elegidos caracteriza al tipo de totalitarismo, pudiendo ser un grupo étnico (nazismo), un sector de la sociedad (marxismo), los extranjeros (nacionalismos), la oligarquía (peronismo) o simplemente los opositores (kirchnerismo). Todos los totalitarismos necesitan imperiosamente alimentar diariamente a las masas con la ración de odio que necesitan para sentirse importantes y para tener un sentido de la vida que no han encontrado todavía.