domingo, 20 de enero de 2013

La Sociedad Mont Pelerin

Finalizada la Segunda Guerra Mundial y derrotados militarmente los regimenes nazi-fascistas, se vislumbraba un serio peligro que debía afrontar la humanidad, tal el caso del comunismo. Por iniciativa del economista Friedrich A. von Hayek, se reúne en Mont Pelerin, Suiza, un grupo de intelectuales con el objeto de fortalecer la difusión del liberalismo, tanto a nivel teórico como práctico, para oponerse al avance totalitario y colectivista del socialismo, ya que constituía una amenaza para la civilización. El libro “Camino de servidumbre”, escrito durante la guerra por el mencionado autor, puede considerarse como el portador del espíritu del grupo, que adquiere el nombre del lugar en donde se realiza la primera reunión. Friedrich A. von Hayek escribió:

“El dirigente nazi que describió la revolución nacionalsocialista como un Contra-renacimiento estaba más en lo cierto de lo que probablemente suponía. Ha sido el paso decisivo en la ruina de aquella civilización que el hombre vino construyendo desde la época del Renacimiento, y que era, sobre todo, una civilización individualista. Individualismo es hoy una palabra mal vista, y ha llegado a asociarse con egotismo y egoísmo. Pero el individualismo del que hablamos, contrariamente al socialismo y las demás formas de colectivismo, no está en conexión necesaria con ellos. Sólo gradualmente podremos, a lo largo de este libro, aclarar el contraste entre los dos principios opuestos. Ahora bien, los rasgos esenciales de aquel individualismo que, con elementos aportados por el cristianismo y la filosofía de la Antigüedad clásica, se logró plenamente por vez primera durante el Renacimiento y ha crecido y se ha extendido después en lo que conocemos como civilización occidental europea, son: el respeto por el hombre individual qua hombre, es decir, el reconocimiento de sus propias opiniones y gustos como supremos en su propia esfera, por mucho que se estreche ésta, y la creencia en que es deseable que los hombres puedan desarrollar sus propias dotes e inclinaciones individuales”.

“«Independencia» y «libertad» son palabras tan gastadas por el uso y el abuso, que se duda de emplearlas para expresar los ideales que representaron durante ese periodo. Tolerancia es quizá la sola palabra que todavía conserva plenamente el significado del principio que durante todo ese periodo floreció, y que sólo en los tiempos recientes ha decaído de nuevo hasta desaparecer por completo con el nacimiento del Estado totalitario” (Del “Camino de servidumbre”-Alianza Editorial SA-Madrid 2000).

Muchos consideran exagerado suponer que toda economía planificada tenderá, a la larga, a convertirse en un sistema totalitario. Debe tenerse presente que existe un peligro real, al concentrar todo el poder económico, político, militar, etc., en una sola persona, o en un reducido grupo, ya que en ese caso la sociedad habría de estar jugando a una especie de ruleta rusa. Si a la cima de tal poder llega una persona normal, no debería suceder algo más que la pérdida de la eficiencia económica y de parte de las libertades individuales. Pero, en caso de que llegara algún tirano, entonces el riesgo de una catástrofe social resultaría inminente. De ahí la plena vigencia de las advertencias vertidas por Hayek, quien escribió: “Se ha alegado frecuentemente que afirmo que todo movimiento en la dirección del socialismo ha de conducir por fuerza al totalitarismo. Aunque este peligro existe, no es esto lo que el libro dice. Lo que hace es llamar la atención hacia los principios de nuestra política, pues si no los corregimos se seguirán de ellos consecuencias muy desagradables que la mayoría de los que abogan por esa política no desean” (Del Prefacio de 1976 de “Camino de servidumbre”).

Existen algunas críticas hacia Hayek por haber promovido la difusión de ideas e información, dejando de lado la búsqueda de una participación política efectiva. Al respecto debe decirse que el liberalismo aspira a que todo individuo sea gobernado por leyes antes que por otros hombres, mientras que las posturas totalitarias enfatizan el gobierno de los políticos, a cargo del Estado, decidiendo sobre la vida de los demás. De ahí, en principio, se justificaría la actitud adoptada por el grupo. Alberto Mansueti escribió:

“Aspirar al éxito político para el liberalismo clásico sólo en base a la Economía austriaca es irrealista. Sin embargo, y con pocas excepciones, con mucho de ese irrealismo viven las fundaciones e instituciones asociadas al liberalismo clásico, comenzando por la más celebre de todas, la Sociedad Mont Pelerin…¿Por qué? En buena parte porque muchas de ellas….siguen el desafortunado consejo de Hayek, un genio sin duda, pero equivocado entonces al recomendar esfuerzos intelectuales y académicos y desalentar emprendimientos políticos….Pero, ¿imagina Ud. como hubiera sido el mundo en los últimos cien años si Lenin, en 1913, hayekianamente hubiese aconsejado a sus seguidores no dedicarse a la política sino sólo a especulaciones filosóficas, investigaciones científicas, históricas y bibliográficas? En tal caso probablemente marxistas y socialistas de otras observancias hubiesen quedado reducidos a pequeños círculos de disconformes, hurgando bibliotecas y documentos, y escribiendo artículos, ensayos monográficos y libros…¿E imagina Ud. como hubiera sido el mundo en los últimos cincuenta años si Hayek en 1947 hubiese considerado que las cátedras universitarias y los centros de producción y transmisión de ideas y conocimientos estaban ya en poder de los socialistas o a punto de caer? ¿Y si en consecuencia, leninianamente Hayek hubiera aconsejado a los liberales fieles dedicarse a la política tanto o más que a los estudios y reflexiones académicas? En tal caso probablemente los liberales clásicos hubieran organizado partidos, ganado elecciones en muchos países, abolido el estatismo –con sus inflaciones, guerras, desempleos y miserias- mediante revoluciones de libre mercado, y cambiado la historia del mundo. Y obligado así a los cientistas sociales, periodistas, políticos y curiosos en general, a correr a las bibliotecas (y ahora a Internet) a descubrir cuáles autores, obras y principios inspiraron a los políticos liberales cambios tan benéficos para la humanidad…” (Citado en http://es.wikipedia.org/wiki/Sociedad_Mont_Pelerin ).

A la primera reunión asisten 39 intelectuales de 17 países. Además de Hayek, estuvieron Ludwig Erhard, Ludwig von Mises, Milton Friedman, Karl Popper, Walter Lipmann, Henry Hazlitt, Frank Night, Aaron Director, George Stigler, Wilhelm Röpke, Walter Eucken, Maurice Allais, Bertrand de Jouvenel, Lionel Robbins, John Jewkes, Michael Polanyi, Fritz Machlup, Salvador de Madariaga, entre otros. Las reuniones se fueron realizando cada año, al principio, luego se hacen cada dos años, contando la Sociedad actualmente con unos 500 participantes. Entre los integrantes más destacados aparecen ocho economistas que recibieron el Premio Nobel de Economía:

1974 Friedrich A. von Hayek
1976 Milton Friedman
1982 George Stigler
1986 James M. Buchanan
1988 Maurice Allais
1991 Ronald Coase
1992 Gary Becker
2002 Vernon Smith

Entre los aportes realizados por los economistas mencionados puede encontrarse la ampliación del campo de aplicación del análisis económico a otros ámbitos de las ciencias sociales como la política y el derecho. Quizás tal posibilidad provenga de que el mercado constituye un sistema realimentado y autorregulado, que puede también ser la base de otros sistemas sociales. Y lo que se conoce bien en la economía puede aplicarse a otras ramas de las ciencias sociales; algo que se viene haciendo, por otra parte, en las ciencias fisicomatemáticas. Este aspecto también es parte del espíritu de Mont Pelerin, ya que sirve para afianzar el conocimiento y las perspectivas que del mismo se derivan. Henri Lepage escribió:

“En esencia, el liberalismo no es otra cosa que una filosofía de la organización de los sistemas sociales que está basada en una determinada concepción del comportamiento humano: la concepción «económica» que considera al hombre, no como un monstruo egoísta, sino simplemente un individuo «racional» que toma decisiones coherentes en función de sus preferencias y de los problemas de elección o de asignación que le impone la escasez de recursos disponibles en nuestro universo. Por lo tanto, todo lo que contribuya a reforzar la validez científica de este instrumento de análisis, que es el modelo «económico» del ser humano, consolida el edificio de las doctrinas y formulaciones liberales (en especial toda la teoría del mercado, que se apoya sobre el concepto clave de «intercambio» entre individuos «racionales»).

“Este modelo «económico» del hombre no es, por supuesto, el único posible. La sociología nos ofrece otra manera de concebir al hombre y sus relaciones sociales; y lo mismo la psicología. Pero el auténtico problema desde el punto de vista de la ciencia, es el de saber, entre esos instrumentos, cuál de los modelos «económico», «político», «sociológico» o «psicológico» del hombre es el más eficaz, el más «capaz» para aprehender mejor toda la complejidad del mundo social. A este respecto, la gran aportación de los trabajos pertenecientes a la Escuela de Chicago y a sus filiales es la de sugerir que en la actualidad –teniendo en cuenta el relativo adelanto de las diferentes ciencias sociales, y a raíz del éxito de estos «nuevos economistas» en la aplicación de su modelo del hombre económico a una gran variedad de situaciones y sociales de tipo no mercantil, así como también los resultados relativamente satisfactorios de las contrastaciones empíricas realizadas sobre la base de este modelo- el instrumento económico basado en el postulado del ser racional se está afianzando como el más eficaz de todos los que disponen los investigadores de las ciencias sociales”.

“Para el economista, reducir el individuo a su única dimensión «económica» es con seguridad irreal (en el sentido habitual del término). Pero, de acuerdo con el análisis positivista común a todas las ciencias experimentales (incluso físicas), el valor de un instrumento científico no se mide por el grado de realismo de sus hipótesis. Lo que importa es la relación entre la simplicidad de las hipótesis y su eficacia. Querer acercarse a la realidad es, seguramente, una preocupación deseable; pero el realismo de las hipótesis tiene por contrapartida un crecimiento de la complejidad que perjudica su eficacia operativa” (De “Mañana, el apitalismo”-Alianza Editorial SA-Madrid 1979)