lunes, 28 de enero de 2013

La experiencia marxista en Chile

La implantación del socialismo implica la expropiación de los medios de producción por parte del Estado, generalmente para ser repartidos entre los partidarios de quienes lo dirigen. Es un robo organizado por el propio gobierno que lleva de inmediato a la violencia por cuanto toda persona despojada de su propiedad tiende a defenderla de alguna manera. Finalmente, los medios de producción en manos de quienes tienen poco entusiasmo para el trabajo, como ocurre casi siempre, produce una importante caída de la producción, de ahí que la experiencia marxista en Chile, durante la década de los setenta, no presenta mayores sorpresas respecto de lo que acontece luego de tomarse las decisiones sugeridas por la bibliografía marxista-leninista. El analista político británico Robert Moss escribió:

“La forma en que el gobierno de Allende abordó la reforma agraria fue una de las materias más controvertidas de todo su programa. La rápida expropiación de predios particulares (lo que le permitía al gobierno proclamar que había terminado «la era del latifundio en Chile») y la tolerancia oficial respecto de las tomas ilegales de tierras de miristas indígenas ocupantes, tuvo un tremendo costo social y económico. La tierra era expropiada a expensas de la eficiencia y de la productividad. El decrecimiento alarmante de la producción de alimentos claves como el trigo, las papas y el maíz hizo necesaria la importación de una siempre creciente proporción de abastecimiento alimenticio del país, constituyendo un serio drenaje de las disminuidas reservas de divisas”.

“Al mismo tiempo, la manera en que era conducida la reforma parecía agradar a poca gente, aparte de los burócratas y de los protegidos de los partidos que fueron colocados a la cabeza de las nuevas granjas manejadas por el Estado (Centros de Reforma Agraria). Los campesinos sin tierras que querían la seguridad y el status de un titulo individual para la tierra que ellos trabajaban, no estaban muy contentos de cambiar un empleador por otro. La rabia y la frustración de los medianos agricultores, convertidos en el objetivo principal del MIR [Movimiento de Izquierda Revolucionaria] y de los organismos de la reforma, llevaron a una violenta resistencia en el Sur, donde se constituyeron varios movimientos de vigilancia. Los habitantes de las ciudades (que componen el 71% de la población de Chile) comenzaron a descubrir que las seguridades del gobierno de que podrían contar con alimentos baratos una vez que la tierra fuera distribuida «en forma racional», no eran sino buenos deseos”.

“Quedó en claro que en la tierra, al igual que en la industria, el proceso de estatización significaba solamente el traspaso del poder de un grupo social a otro, en ningún caso mejorar la producción. Sin embargo, al cabo de dos años, la irresponsable expropiación de la tierra había comenzado a tomar el aspecto de otro error de cálculo gubernativo: sus propios partidarios de la clase obrera de Santiago y Valparaíso (tradicionalmente fuera de contacto con las provincias) pueden no haber estado muy preocupados con las quejas de los agricultores despojados de sus tierras, pero –como los demás- experimentaban los efectos de la escasez de alimentos que, por último, obligaron al gobierno a establecer un sistema de racionamiento en enero de 1973”.

“Para los marxistas que rodeaban a Salvador Allende, el objetivo primordial fue siempre el poder, dejando a un lado la eficiencia y la justicia social. Se propusieron hacer que la revolución chilena fuera «irreversible» (lo cual, para el lego, significa instalación de un sistema totalitario), usando tres tácticas diferentes. Al comienzo tuvieron esperanzas de conseguir suficiente apoyo en el país para llevar a cabo un referéndum sobre la nueva Constitución que terminaría con el Parlamento y los Tribunales de Justicia”.

“El gobierno de Allende se movía a velocidad huracanada –actuando a menudo fuera de la ley-, para confiscar la propiedad privada, en la esperanza de que, al transformar las estructuras económicas de Chile, podría destruir la base financiera de los partidos de oposición y la prensa libre. En términos de propiedad de la industria, Chile es uno de los países más socialistas de la América Latina (con alrededor del 50 por ciento de la producción industrial bajo control del Estado) y estaba siendo convertido en uno de los países más socialistas fuera del bloque comunista (con 80 por ciento de la producción bajo el control del Estado). Cualquier virtud abstracta que esto pueda tener, no pudo ser evidente, ya que los efectos en la producción fueron catastróficos” (De “El experimento marxista chileno”-Editora Nacional Gabriela Mistral Ltda.-Santiago de Chile 1974).

Nótese que los marxistas no tratan de repartir tierras incultas o de crear nuevas empresas, sino expropiar lo ya existente. La búsqueda del poder económico (además del político y de otros poderes), antes que las mejoras sociales, son el principal objetivo de sus acciones. Lo que nunca deja de sorprendernos es el apoyo de muchos argentinos hacia la guerrilla marxista de los setenta que pretendía realizar una experiencia similar a la chilena, no sólo por buscar que la Argentina fuera parte del Imperio Soviético, sino por no pensar siquiera en la propia seguridad personal, familiar y social. Los militares, tanto chilenos como argentinos, fueron obligados por las circunstancias extremas a actuar en defensa de su nación, que era su obligación y su derecho, a pesar de las acciones ilegales que se les pudieran atribuir. El marxismo no venia a instaurar precisamente una democracia, sino a destruir conscientemente a los distintos países a los que, aunque suene inverosímil en la actualidad, los militares permitieron el retorno a la democracia. Si hubiesen triunfado los marxistas inspirados por Fidel Castro, todavía estarían en el poder por cuanto ello constituía su único y principal objetivo. Recordemos que Castro usurpa el poder en Cuba en 1959 (Sí, leyó bien: hace 54 años) y nunca más lo entregó.

El empresario o el agricultor que padecía el “robo legal” de su emprendimiento productivo, luchaba y protestaba, no por su adhesión al “imperialismo yankee” como los marxistas pretenden hacernos creer, sino simplemente porque no estaba de acuerdo con ceder sus pertenencias a un grupo de violentos lleno de odio que trataban de quedarse con el fruto del trabajo y del esfuerzo ajenos.

Para afianzar el poder logrado en las urnas, con un 36% de los votos, los seguidores de Allende tratan de establecer un poder militar con fuerte apoyo internacional. Recordemos que las tan aplaudidas “revoluciones marxistas” no son otra cosa que guerras civiles entre despojados y usurpadores. El citado autor prosigue: “Una poderosa facción de la Unidad Popular de Allende (al igual que los grupos revolucionarios fuera del gobierno) se encontraba preparando, desde el mismo comienzo, una violenta insurrección: una revolución dentro de la revolución. Fueron ayudados por extremistas extranjeros que inundaron el país bajo Allende y que, corrientemente, se encontraban premunidos de papeles de identificación chilenos. Unos 14.000 extremistas foráneos mezclados en actividades revolucionarias en Chile, fueron identificados por el Servicio de Inteligencia Militar después del pronunciamiento. Los cubanos y norcoreanos jugaron importante rol suministrando armamentos checos e instructores militares. Durante los últimos meses del régimen, era obvio que Allende ya no contaba con el apoyo de los uniformados. Los comunistas y socialistas trabajaban febrilmente preparando sus brigadas para el inminente choque. Régis Debray, que visitara a Allende por última vez en agosto de 1973, lo resumió en la siguiente forma en Le Nouvel Observateur: «Todos sabíamos que era un asunto táctico ganar tiempo, organizar, armar y coordinar las formaciones militares de los partidos que componían la Unidad Popular y su gobierno. Era una carrera contra el tiempo»”.

También en Chile hubo una importante inflación, que en un año llego al 350%. Recordemos que en los procesos de tipo totalitario el deterioro de la economía implica la posibilidad de acentuar el control sobre distintos sectores de la población teniendo como pretexto su culpabilidad por tal deterioro. Robert Moss agrega:

“Después que llegó a ser Ministro de Economía, Carlos Matus dijo lo siguiente en una extraordinariamente franca entrevista al corresponsal de Der Spiegel: «Si se considera con criterio económico convencional, nos encontramos, en efecto, en estado de crisis. Si, por ejemplo, el anterior gobierno se hubiera encontrado en nuestra situación, hubiese sido su final….Pero lo que es crisis para algunos, para nosotros es solución». Lo que puede acreditársele a Matus es, por lo menos, su honradez. No es difícil interpretar su declaración. Es obvio que una crisis económica mayor le proporciona a cualquier gobierno el pretexto para atribuirse mayores poderes. Pocas democracias del mundo han sobrevivido a un periodo de inflación al estilo Weimar sin cambios políticos radicales. La elevada inflación y la escasez de alimentos proporcionaron a los partidos marxistas en Chile el pretexto para imponer un sistema de racionamiento que dio a los comités de vecinos –o Junta de Abastecimientos- considerable amplitud para vigilar las vidas de sus vecinos. No constituía sorpresa el que estos comités estuvieran dominados por el Partido Comunista. Al mismo tiempo, manteniendo bajos los salarios de los trabajadores especializados y profesionales en el momento de desatada la inflación, el gobierno podía debilitar a la clase media chilena”.

“Manteniéndoles bajos precios de venta a los productos de determinadas firmas, se podía llevarlas un poco más cerca de la bancarrota a la que habían logrado sobrevivir a los dos años de gobierno de Allende. El objetivo final no era una sociedad de mayor igualdad, ni siquiera una nueva forma de socialismo –ya que el gobierno de Allende estaba singularmente desinteresado en hacer experimentos con la participación de los trabajadores-, sino más bien la concentración del poder político en las manos de un estrecho grupo dirigente. En este sentido, una política económica que provocaba una serie de desastres económicos tenía sentido político. Al erosionar «las bases económicas de la burguesía» a través de la redistribución de la riqueza y el control estatal de las compañías privadas, los estrategas marxistas esperaban cambiar el equilibrio del poder dentro de la sociedad chilena. Al abusar de los poderes gubernativos para regular la economía, iniciaron una larga marcha a través de instituciones cuyo objetivo no era un mero «capitalismo estatal» (basado en el más anticuado modelo stalinista), sino un sistema político autoritario en el cual las libertades básicas –incluyendo el derecho de huelga- no existirían más. Quizás no toda la curiosa combinación de partidos que formaban la Unidad Popular compartía estas ideas; pero, gustárales o no, ésta era la dirección que seguía la política económica del gobierno”.

La inflación en la Argentina, junto a las expropiaciones, fuga de capitales de inversión, venganzas contra quienes emiten opiniones desfavorables al gobierno, la infiltración ideológica marxista en escuelas primarias y secundarias como su difusión en los medios masivos de comunicación y, principalmente, la concentración de poder económico en el circulo de “amigos del gobierno”, no presagian nada bueno para el futuro. Las experiencias de otros países deben ser siempre tenidas en cuenta.