martes, 11 de diciembre de 2012

Prueba y error vs. fundamentalismo

El proceso de adaptación cultural del hombre al orden natural se realiza principalmente mediante el método de “prueba y error”. Posteriormente, se establece una selección que permitirá quedarnos con la propuesta que produjo el error más pequeño. Por ejemplo, suponiendo que buscamos un método para que un niño aprenda a leer, sugerimos varias propuestas, que luego serán sometidas a prueba, obteniéndose cierto error respecto del ideal buscado, tal el caso del correcto aprendizaje del proceso de lectura y de interpretación de textos. En caso de poderse cuantificar el error asociado a cada método, elegiremos, o seleccionaremos, el que produjo un menor error, o se acercó más al objetivo. Maryanne Wolf escribe:

“De qué manera aprende a leer un niño es un cuento de magia y hadas o uno de oportunidades perdidas innecesariamente. Estos dos panoramas corresponden a dos infancias muy diferentes: en una ocurre casi todo lo que esperamos; en la otra se cuentan pocos cuentos, se aprende poco vocabulario y el niño se queda cada vez más rezagado, antes incluso de empezar a leer” (De “Cómo aprendemos a leer”-Ediciones B SA-Barcelona 2008).

Los distintos procesos culturales se desarrollan de forma similar, aunque por lo general se necesitan varias generaciones para que se lleguen a lograr resultados convincentes. Recordemos que la evolución biológica se produce también mediante “prueba y error”. Considerando las variaciones genéticas hereditarias, el medio en donde se desarrolla la vida “acepta” la que mejor se adapta al mismo. Las leyes de la herencia se encargan de hacer perdurar a unas, rechazando a las demás.

La ciencia experimental ha logrado sus importantes resultados mediante el mismo método, especialmente en aquellos ámbitos en donde es posible la realización de experimentos convincentes. Así, en el campo de la física, se proponen varias teorías para la descripción de un conjunto de fenómenos. A nadie le resulta claro cual será la que mejor se ha de adaptar a la realidad, hasta que un experimento crucial “elige a la ganadora”. Demás está decir que, previamente a la concreción de propuestas para ser investigadas, el científico ha debido adquirir un conocimiento básico suficiente de la ciencia en cuestión.

Respecto a la industria farmacológica, Arthur Kornberg, Premio Nobel de Medicina, escribió: “Si realizamos un paralelismo y salvando las distancias, las investigaciones médicas parecen más bien un juego de pool que un juego de billar: los puntos son marcados sin importar en qué agujero entra la bola, porque cada aumento en la técnica y en la comprensión de una enfermedad pueden beneficiar a los esfuerzos de los investigadores que trabajan en otras diferentes enfermedades”.

“Incluso cuando el diseño racional de drogas fracasa, se pueden seguir acumulando beneficios. Los científicos estuvieron satisfechos cuando el Alopurinol, el cual sintetizaron para la terapia del cáncer, confirmó ser eficaz en el tratamiento contra la gota en un primer paciente estudiado; la droga emerge como un tratamiento excepcional para la artritis gotosa. Ni siquiera se desconcertaron cuando el Acyclovir, que siempre ha sido deseado como tratamiento para el cáncer, resultó ser una de los mejores drogas contra las infecciones del virus herpes”.

“Al mismo tiempo, un programa de investigación encabezado por el Dr. Robert Weinberg en el MIT, dirigido a estudiar tumores de cerebro de ratas, dio una mayor contribución a nuestro entendimiento para el cáncer de mama humano. De los varios genes, ahora conocidos por estar envueltos en el cáncer de mama humano, todos menos uno fueron descubiertos por trabajar en otra cosa que no sea el cáncer de mama. La ubicuidad de los planes de la biología muestra claramente que tener como objetivo un modelo específico de enfermedad es demasiado estrecho para abarcar los complejos procesos de las enfermedades, tales como el SIDA o el cáncer. Nuevamente, la investigación médica es todavía un juego de azar: obtienes puntos sin importar en qué agujero entra la bola” (De “La hélice de oro”-Universidad Nacional de Quilmes Ediciones-Bernal, Prov. Buenos Aires 2001).

En cuestiones vinculadas con el comportamiento humano, tales como la ética y la moral, se procede de manera similar. Así, no resulta extraño que, en el caso de diversas y antiguas civilizaciones, se adoptaron normas de conducta semejantes sin que aparentemente haya existido algún acuerdo o comunicación previa. Luego, algunos pueblos interpretaron tales normas como surgidas desde la propia divinidad. De esa manera, la prohibición y el castigo del robo y del asesinato, por ejemplo, aparece en casi todas las normas morales debido a los evidentes efectos negativos que provocan. Marcelin Berthelot escribió: “Cuando se trata de concretar no procedemos jamás en nombre de principios absolutos, porque hemos reconocido que todos los nuestros reposan sobre hipótesis tomadas de los hechos de observación en forma directa o disimulada. Es una ilusión deducirlo todo de principios absolutos; quien pretenda apoyarse sobre el absoluto se apoya sobre la nada” (De “Ciencia y moral”-Editorial Elevación-Buenos Aires 1945).

En oposición al método de ensayo y error, utilizado tanto en las ciencias naturales como en las ciencias sociales, aparece, principalmente en ámbitos como la religión y la política, el método fundamentalista, caracterizado principalmente por una negación sistemática a una posible confrontación con la realidad, tanto en el caso de sus principios como de sus conclusiones, como así también se caracteriza por sus intentos de imponerlos a los demás sectores de la sociedad o de la humanidad.

Si uno se pregunta porqué existe tanta violencia de origen religioso o político, podrá advertir que en uno de los bandos en conflicto, o en ambos, prevalecen posturas fundamentalistas. Cuando los analistas políticos sugieren a los bandos en conflicto “sentarse en una mesa a dialogar”, se debe tener presente que ello sólo tiene sentido cuando ambos toman como referencia a la realidad objetiva y buscan una postura que mejor se adapte a ella. Si, por el contrario, una de las partes, o ambas, parten de “principios ideológicos subjetivos” (de validez sectorial), resulta imposible llegar a cualquier acuerdo.

Respecto de los distintos grupos religiosos y movimientos políticos fundamentalistas, debemos distinguir entre dos casos posibles, si bien los resultados negativos serán similares:

a) El líder o autor de la ideología del grupo no es fundamentalista, ya que adhiere al método de prueba y error.
b) El líder o autor de la ideología del grupo es fundamentalista, ya que no adhiere al método de prueba y error.

En el primer caso podemos citar al cristianismo cuya ética propuesta resulta ser el resultado de una previa observación del proceso de la empatía y de los positivos resultados que en el individuo y en la sociedad produce la adopción del amor como actitud predominante. Sin embargo, una parte importante de sus seguidores dejaron de lado tal aspecto prioritario para promover, incluso, posturas opuestas a las establecidas por la ciencia experimental. El término “fundamentalismo” aparece justamente para designar la actitud de grupos protestantes que promovieron la prohibición de la enseñanza de la teoría de Charles Darwin en las escuelas. No tuvieron en cuenta que la evolución no es una teoría sino un hecho biológico comprobable.

Entre los grupos religiosos fundamentalistas actuales se destacan los de origen islámico. Incluso en algunos países que adhieren a esa religión, se distingue entre el conocimiento (la ciencia) y la sabiduría (el Islam), atribuyendo a esta última una categoría superior a la primera. De ahí que no resulte extraño que hasta hace algunos años, solamente Abdus Salam, físico paquistaní, era el único científico musulmán ganador de un Premio Nobel en ciencias.

En el segundo caso podemos citar como ejemplo al marxismo, el cual adopta una postura opuesta a la ciencia experimental desde la temprana labor de sus iniciadores. Desconoce el principio de invariabilidad de la ley natural y la validez de la lógica simbólica por cuanto, a partir del método dialéctico, admite que un enunciado puede ser verdadero en una época y falso en otra, sobre un mismo aspecto de la realidad. Desconoce tanto el proceso espontáneo del mercado como base de la economía como las ventajas de la democracia. Desconoce todo tipo de norma ética que haya sido adoptada mediante “prueba y error” por las distintas generaciones humanas y por los distintos pueblos para ser reemplazadas por directivas surgidas de la mente de sus iniciadores.

Cuando el escritor Francis Fukuyama propone a la economía de mercado y a la democracia liberal como los procesos económico y político que establecen el “fin de la historia”, pretende afirmar que tales sistemas, en base a los resultados negativos del socialismo y del totalitarismo, resultan ser los más aconsejables para ser adoptados por la sociedad. Este planteo, que resulta bastante evidente, es equivalente a decir que es conveniente que el individuo deje de lado el robo y el asesinato debido a los efectos negativos que producen. No significa que, una vez que la sociedad llegó a tal conclusión, se produjo el “fin de la historia”, por cuanto siguen existiendo robos y asesinatos, como fácilmente se puede comprobar. Las severas críticas destinadas a Fukuyama se deben principalmente a que, de ser aceptada su propuesta, reemplazaría a la profecía marxista en la cual es el socialismo “el fin de los tiempos”.

En la economía de mercado se requiere disponer de varios oferentes para que el consumidor pueda elegir o seleccionar a uno de ellos. También se requiere disponer de varias alternativas de consumo, en cada tipo de producto, para poder tomar decisiones individuales que tenderán a mejorar tanto la calidad de los productos como la eficiencia de los oferentes. En el caso de la democracia pasa otro tanto, siendo el sistema que permite elegir entre varias alternativas posibles y cambiar los gobernantes cuando el electorado lo crea conveniente. Estas posibilidades son restringidas y hasta anuladas por las distintas variantes de socialismo.

En la Argentina, en lugar de buscar las formas de optimizar el mercado y la democracia, todavía estamos discutiendo acerca de las ventajas o las desventajas que presenta el socialismo. Las catástrofes sociales asociadas a Stalin y a Mao Tse Tung, incluso la muralla de Berlín, apenas son tenidas en cuenta por quienes se basan en una ideología que poco tiene que ver con la realidad. Podemos decir que ha comenzado un proceso fundamentalista de cuyos efectos no deberíamos asombrarnos tanto, ya que, psicológicamente, el marxista actual no difiere esencialmente del que actuó en otras épocas y en otros lugares.