martes, 18 de diciembre de 2012

Liberalismo para todos

Aun cuando la postura liberal involucre algunas actitudes filosóficas coincidentes, existirán aspectos ideológicos de los cuales surgirán desacuerdos permanentes. Sin embargo, si se pretende que algún día la tendencia política y económica asociada al liberalismo logre cierta vigencia en la mayor parte de la población, es necesario establecer una ideología básica que refuerce la mayor parte de los conceptos sobre los cuales existen coincidencias. Salvador de Madariaga escribió:

“En los liberales, el aspecto negativo de su actitud, ese respeto-indiferencia para con el problema ajeno, puede muy bien traducirse en cierta neutralidad para con las opiniones de los demás; cierta tendencia a oponer aun a las herejías más monstruosas un mero y cortés: «quizá tenga Ud. razón». Otra vez los dos aspectos: el positivo, la tolerancia; el negativo, la indiferencia ante el error. «Yo tengo buena salud porque nunca discuto. Si me contradicen, cedo», decía una vez uno de estos liberales. Y el interlocutor le replica: «Pero ya tendrá que discutir Ud. alguna vez» - «Sí, a veces». La historieta es típica de cierto liberalismo flojo y campechano. Pero no es seguro que sea ese el liberalismo verdadero”.

“Esta hospitalidad intelectual abierta a todo visitante hace del liberalismo una especie de caravasar adonde se congregan los viajeros más incongruentes y dispares. Con tanto abrir sus puertas a todos los vientos del liberalismo termina por quedarse sin paredes, y hasta sin límites que lo definan. Pero el liberalismo no puede aspirar a rejuvenecer el mundo desvaneciéndose así en el aire de lo indefinido. Hay pues que empezar a definir una doctrina liberal y concretar luego lo que el verdadero liberal entiende por tolerancia; porque sería absurdo ver en el liberalismo una escuela dispuesta a aceptarlo todo, aun aquello que es contrario a su razón de ser y a su esencia propia. En nuestros días vemos cómo los enemigos más encarnizados del liberalismo, los comunistas y los fascistas, alegaban las doctrinas liberales para matarlo mejor; y hasta a liberales defender el derecho de los comunistas a matar la libertad”.

“Hora es de poner en claro todo esto. El liberal está dispuesto a escuchar lo que las demás doctrinas quieran decir; pero no a admitir que todas ellas sean compatibles con la doctrina liberal. Estará pues siempre abierto a todo lo que se diga en la plaza pública, pero no a admitir que todo lo que se dice sea exacto, justo o razonable. Una vez definida la doctrina liberal, sus adeptos deben defenderla con la intransigencia necesaria; porque intransigencia no es más que la sombra proyectada por la luz de nuestra fe” (“De la angustia a la libertad”-Editorial Hermes –Buenos Aires 1955).

Para intentar cumplir con la sugerencia del autor citado, es necesario y prioritario encontrar principios de validez general que permitan conformar un cuerpo de ideas concreto que promueva en forma simultánea tanto la igualdad como la libertad, para que sea compatible con las ideas preponderantes en esa tendencia del pensamiento social. Podemos, entonces, proponer los siguientes:

a) Principio de igualdad: “Trata de compartir las penas y las alegrías de tus semejantes como si fuesen propias”.
b) Principio de libertad: “Trata de no depender de las decisiones de otras personas ni que otras personas dependan de las tuyas”.

Nótese que los principios de igualdad y de libertad, que dan justificación a la economía de mercado y a la democracia, implican tendencias que requieren de cierta adaptación ética previa para darles una vigencia satisfactoria. Pablo Da Silveira escribió: “Los filósofos universalistas buscan principios y normas que permitan evaluar (y eventualmente modificar) nuestro comportamiento individual o el funcionamiento de la sociedad en su conjunto. El problema que les preocupa es el de la acción o el del orden correctos. Para intentar resolverlo buscan respuestas que puedan ser justificadas sin atender a ningún contexto especifico, de modo que también puedan ser aplicadas a todas las situaciones y a todos los individuos” (De “Política & Tiempo”-Ediciones Taurus SA-Buenos Aires 2000).

Puede decirse que la izquierda política promueve la igualdad a costa de la libertad, aunque por lo general no obtiene ni una ni la otra; mientras que la derecha promueve la libertad a costa de la igualdad, aunque por lo general sólo la logra parcialmente. Andrés Fescina escribió: “De la tradicional disputa entre igualdad y libertad, el centro y sólo el centro, garantiza que ninguna se hará a expensas de la otra. La virtud política del centro es sintetizar la acción integradora y simultánea de ambas” (De “El centro político”-De los Cuatro Vientos Editorial-Buenos Aires 2008).

A partir de la vigencia del Principio de igualdad, surge la posibilidad del intercambio que beneficia a ambas partes en toda transacción en el mercado, que resulta ser la condición básica y necesaria para que la economía de libre empresa produzca resultados óptimos. Por otra parte, a partir del Principio de libertad se justifica la división de poderes y la renovación de autoridades asociadas al proceso democrático, cuya finalidad esencial es la protección del ciudadano ante el poder excesivo que podría lograr el político a cargo del Estado. El ciudadano debe ser gobernado por leyes antes que serlo por otros hombres.

Como contrapartida del orden social propuesto por el liberalismo tenemos al socialismo, que distingue justamente a una clase dirigente que ha de tomar decisiones en lugar del ciudadano común presuponiendo una desigualdad natural entre gobernantes y gobernados. Tales decisiones incluyen las de tipo económico respecto a qué y a cuánto consumir, quedando la economía absorbida por la política y restringida a un mínimo la libertad individual, por lo que el socialismo es una forma de totalitarismo.

El principio de igualdad propuesto antes es esencialmente el “Amarás al prójimo como a ti mismo”, del cristianismo, mientras que el principio de libertad implica que debemos observar las leyes de Dios, o las leyes naturales, para aceptar de esa forma el gobierno de Dios sobre el hombre (en lugar del gobierno de otros hombres). De ahí que este principio sea análogo al “Primeramente buscad el Reino de Dios y su justicia, que lo demás se os dará por añadidura”. Robert Schuman escribió: “La democracia debe su existencia al cristianismo, que fue el primero en enseñar la igualdad de todos los hombres”.

Es posible que más de un liberal “proteste” por cuanto, aducirá, el liberalismo no es una religión ni debe identificarse con una de ellas, sino que debe prever la posibilidad de que individualmente cada uno elija en libertad. Como respuesta se le puede decir que la tendencia liberal, especialmente el centro derecha, debe adoptar principios explícitos de igualdad y de libertad que fortalezcan esa postura. Al ser tales principios ya establecidos con anterioridad por el cristianismo, o se aceptan para un fortalecimiento efectivo del liberalismo y de la sociedad, o se sigue contemplando con indiferencia y resignación el auge de las mentiras y descalificaciones que provienen del marxismo y de otros sectores totalitarios. Los principios mencionados son compatibles con el pensamiento de las figuras representativas del liberalismo. De ahí que no debería sorprender a nadie una postura esencialmente ética para una ideología que pretende promover un ordenamiento social, económico y político definido.

Existen dos posturas extremas respecto del mejoramiento del orden social. En una de ella se sostiene que primero debe establecerse un mejoramiento económico para que, luego, sobrevenga un mejoramiento ético individual. Esta postura es sostenida por algunos liberales y también por el marxismo (sólo que difieren en la forma de establecer el orden económico que consideran óptimo). Tal postura, denominada “economismo”, difiere esencialmente del método en el que lo ético es lo prioritario. Salvador de Madariaga escribió:

“Hemos procurado fundar nuestra opinión de la vida colectiva en reacción contra lo que hemos designado con el nombre de economismo, o sea, la tendencia a mirar las cosas bajo la especie de la economía, imaginándose que basta con haber demostrado que tal o cual sistema o medida es el mejor desde el punto de vista económico para que haya que adoptarlo sin más. Para nosotros, esta manera de pensar es nefasta y contraria a la naturaleza social; por lo cual hemos procurado siempre circunscribir con cuidado el alcance de los argumentos económicos”. “En suma, equivale a decir que no aceptamos la supeditación de la existencia a la producción, sino que por el contrario creemos que hay que supeditar la producción a la existencia. A fuerza de repetir el axioma de Adam Smith «no hay más riqueza que la vida», las gentes han terminado por invertirlo en: no hay más vida que la riqueza. Nuestra ambición sería volver las cosas a su centro y forma echando las bases de un Estado liberal moderno”.

“El único dios universal del mundo moderno, el único que se yergue por encima de los dioses nacionales y mira desde arriba al águila de una o dos cabezas, al leopardo, al gallo, al león, al elefante, al canguro, al oso y hasta al unicornio, es el becerro de oro”. “Suele concebirse la libertad económica como un deseo de deshacerse de toda traba oficial para ganar dinero, a reserva de acogerse a la protección del Estado en cuanto van mal las ganancias”.

Los principios éticos, de alguna manera, deben hacer surgir en cada uno de nosotros una actitud definida respecto de nuestros deberes y derechos. Cuando se trata de sugerencias tales como los principios mencionados, es posible que surjan, como prioritarios, ciertos deberes que debemos respetar ya que involucran a las demás personas que integran nuestro medio social. Podemos decir “tratemos de cumplir con nuestros deberes, ya que de esa forma se cumplirá efectivamente con los derechos de todos”. Por el contrario, cuando el Estado (o quienes lo dirigen) se atribuye la responsabilidad de suplantar todo tipo de decisión personal, se promueve un estado característico de masificación personal por el cual todo individuo “exige que se respeten sus derechos”, ya que sus deberes han sido delegados al Estado. De esa forma, por lo general, sus derechos serán pobremente satisfechos.

El liberalismo resulta irreconciliable con el socialismo, al menos en el caso de los individuos más representativos de esas tendencias. Esto se debe a que, mientras que el liberal busca compartir las penas y las alegrías ajenas (principio de igualdad), el socialista impide tal objetivo por cuanto resulta poco posible compartir una actitud de odio hacia la burguesía, el empresariado, los ricos, los estadounidenses, Occidente, etc. Además, mientras que el liberal trata de no gobernar personalmente a persona alguna, ni a ser gobernado por nadie (principio de libertad), el socialista pretende dominarlo e, incluso, “redistribuir” las riquezas que produce cuando tenga el poder que otorga el Estado.

Quienes logran armonizar libertad e igualdad, tratan de compartir con los demás el conocimiento adquirido. Por el contrario, quienes ven sólo un aspecto limitado de la realidad, ignorando ambos principios, tratan de imponer por la fuerza o por el engaño lo que consideran “su razón”.