domingo, 23 de diciembre de 2012

Formación vs. persuasión política

En el ámbito de la política pueden distinguirse dos extremos en cuanto a la forma en que se busca la adhesión a cierta tendencia o partido. En un caso tenemos la postura democrática en la cual se persigue la formación intelectual del individuo, asociada al conocimiento científico, mientras que en el otro extremo tenemos la postura totalitaria que busca la persuasión del hombre masa a través de frases y slogans. Así, las figuras representativas del liberalismo son economistas como Ludwig von Mises, Friedrich Hayek o Milton Friedman (Premios Nobel los últimos) quienes han realizado trabajos de investigación económica además de libros de divulgación de su ciencia tratando de convencer al ciudadano común de las ventajas que otorga a la sociedad tanto la democracia política como económica (mercado), mientras que las figuras representativas del totalitarismo han sido por lo general propagandistas y agitadores de masas, como Marx, Lenin, Goebbels o Hitler. Al respecto, Ludwig von Mises escribe:

“Como economista, Marx no es más que un heredero sin originalidad de la economía clásica; es incapaz de estudiar los elementos económicos de los problemas sin sufrir la influencia de consideraciones políticas; observa las relaciones sociales desde el punto de vista del agitador, para quien la acción sobre las masas constituye la cosa esencial”. “Como sociólogo y filósofo de la historia, Marx nunca fue sino un hábil agitador que escribía para satisfacer las necesidades cotidianas de su partido. El materialismo histórico está desprovisto de valía científica” (De “El socialismo”-Editorial Hermes SA-México 1961).

En cuanto a la diferencia existente entre propagandista y agitador, Plejanov escribió: “El propagandista inculca mucha ideas a una sola persona o a una muy pequeña cantidad de ellas; el agitador inculca sólo una idea o una pequeña cantidad de ellas, pero, en cambio, las inculca a toda una masa de personas”. Jean-Marie Domenach escribe: “En un comentario a esta definición, Lenin dice que el agitador, partiendo de una injusticia concreta engendrada por la contradicción del régimen capitalista, «se esforzará por suscitar el descontento y la indignación de la masa por esta injusticia irritante, dejando al propagandista la tarea de dar una explicación completa de esta contradicción. Es por esto que el propagandista actúa principalmente por escrito y el agitador a viva voz»”.

Los sistemas socialistas asignan una gran importancia a los medios masivos de difusión, ya que su objetivo principal consiste esencialmente en el dominio mental de las masas. Las leyes promulgadas para la regulación de los medios de información establecidas recientemente en países como Venezuela, Ecuador y Argentina, tienen como finalidad afianzar sistemas totalitarios (todo en el Estado). El citado autor agrega:

“El papel de estos hombres es, en primer lugar, hacer propaganda y agitación con todos los recursos, tratando de adaptar sus argumentos al medio en que actúan. Una de las características de la propaganda comunista es la muy grande diversidad de su prensa. En la Unión Soviética hay diarios para cada región y cada profesión; dicen todos lo mismo, pero lo dicen de manera apropiada a las diversas mentalidades. Por otra parte, la propaganda no es posible sin un aporte constante de información. Es éste el segundo cometido de los especialistas comunistas: alimentar las revelaciones políticas por un flujo continuo de noticias extraídas de todos los sectores profesionales y sociales. Cada célula funciona como una antena de información y, en los regimenes soviéticos, los diarios poseen una multitud de «corresponsales populares» ubicados en todos los niveles de las actividades del país. Este trabajo de información es para la propaganda comunista un indiscutible elemento de superioridad; les permite, en particular, reaccionar mucho más rápido que las propagandas adversas, desconcertarlas y, a menudo, adelantárseles” (De “La propaganda política”-EUDEBA-Buenos Aires 1962).

Esto nos trae a la memoria la “elección del fascismo” para la Argentina, que hizo Juan D. Perón en épocas de la Segunda Guerra Mundial, suponiendo que el país debía alinearse a la tendencia que dominaría al mundo. En la actualidad, pareciera que las autoridades gubernamentales quieren encaminar al país hacia el totalitarismo socialista aun cuando el resto del mundo hace tiempo que lo dejó atrás. La elección de sistemas que fracasaron rotundamente no parece ser el mejor camino.

Los políticos totalitarios tratan, por lo general, de “unificar al enemigo”, tal el caso del kirchnerismo y el Grupo Clarín. Se supone que todo individuo que no esté de acuerdo con el gobierno actual, ha sido influenciado por el mencionado grupo de medios de información y pasa a ser, de inmediato, parte del bando enemigo, sin que a uno le den la opción a aceptar tal “honrosa distinción”. Jean-Marie Domenach escribe:

“En todos los campos, la propaganda se esfuerza en primer lugar por lograr la simplicidad. Se trata de dividir su doctrina y sus argumentos en algunos puntos que serán definidos tan claramente como sea posible”. “Una buena propaganda no se asigna más que a un objetivo principal por vez. Se trata de concentrar el tiro en un solo blanco durante un periodo dado. Los hitlerianos practicaron perfectamente este método de concentración que fue el ABC de su táctica política. Aliados primero a los partidos burgueses y reaccionarios contra los marxistas, después a la derecha nacionalista contra los partidos burgueses y, finalmente, al eliminar a los nacionalistas, se las arreglaron siempre para tener un único enemigo”.

“Concentrar en una sola persona las esperanzas del campo al cual se pertenece o el odio que se siente por el campo adverso es, evidentemente, la forma de simplificación más elemental y más beneficiosa”. “Reducir la lucha política a una rivalidad de personas, es sustituir el difícil enfrentamiento de tesis, el lento y complejo mecanismo parlamentario, por una suerte de juego del cual los pueblos anglosajones aman el aspecto deportivo, y los pueblos latinos el lado dramático y pasional”.

“La individualización del adversario ofrece muchas ventajas. Los nazis transformaban cada escrutinio en un «combate contra el último opositor». Los hombres prefieren enfrentar a personas visibles más bien que a fuerzas oscuras”.

Otra de las tácticas observadas en el kirchnerismo consiste en responder toda crítica calificando al opositor con los mismos adjetivos utilizados previamente por éste. Así, si se dice que el gobierno es incapaz, corrupto y que produce divisiones en la sociedad, adjetivos y acusaciones similares serán destinados públicamente a quien se atrevió a expresarlas. Jean-Marie Domenach escribió: “En la forma en que la propaganda hitleriana explotaba el sentido del enemigo, había una táctica de una extraordinaria eficacia psicológica y política. Es el arte del bluff llevado al límite que consiste en adjudicar al adversario los propios errores o la propia violencia, exhibición generalmente desconcertante. P. Rainwald destaca con justicia que «el hecho de atribuir al enemigo los propios defectos y adjudicarle los actos que se está a punto de cometer, se ha transformado, gracias a Hitler, en la característica de la propaganda nacionalsocialista»”.

La exageración y la desfiguración de los hechos es otro aspecto vinculado a la propaganda totalitaria. Uno de tales hechos ha sido el del “crecimiento económico a tasas chinas” en la Argentina, repetido incluso en medios periodísticos adversos. Por empezar, los economistas sostienen, por lo general, que el crecimiento económico está asociado al crecimiento de la cantidad de capital productivo per capita de una nación. Cuando la mayor parte del PBI (producto bruto interno) se destina al consumo, y no tanto a la inversión, el crecimiento económico no es equivalente al crecimiento del PBI.

En cuanto a la comparación con la China, debemos tener presente que se trata de circunstancias diferentes. Supongamos que en ese país existen 100 empresas y que, luego de un año, se convierten en 110. Podemos decir que creció la economía porque creció la inversión productiva. Si vamos al caso argentino, podemos decir que, suponiendo una existencia inicial de 100 empresas, que con la crisis del 2001 se redujeron a 70, no se necesitó la creación de muchas empresas sino solamente de la puesta en marcha de las previamente existentes y que estaban paradas, y de ahí el “gran crecimiento” del PBI. Lo mismo ocurrió con la “creación de puestos de trabajo”.

Los movimientos totalitarios se caracterizan por ser dirigidos por un líder al cual seguirá un grupo numeroso de obsecuentes. Se producirá cierta identificación con el hombre masa, materializando el fenómeno de la “rebelión de las masas” descrito por José Ortega y Gasset. Al respecto, Jean-Marie Demenach escribe: “La preocupación constante de los propagandistas hitlerianos fue siempre lo burdo. «Toda propaganda, se dice en Mein Kampf, debe establecer su nivel intelectual según la capacidad de comprensión del más limitado de aquéllos a quienes se dirige. Su nivel intelectual deberá ser, entonces, tanto más bajo cuanto más grande sea la masa de hombres que deba convencer». De ahí la ironía pesada, la burla cínica, las injurias que caracterizaban la elocuencia hitleriana. Jules Monnerot subrayó que los tiranos modernos tuvieron el don de «lo primario» y volvieron a escribir su doctrina en un «lenguaje de masas». Según el cuadro de todos los grandes propagandistas confeccionado por Bruce L. Smith, uno solo de ellos había cursado estudios superiores humanistas, el doctor Goebbels”.

La repetición incesante de los temas principales es otra característica de la propaganda totalitaria, de ahí que Goebbels decía en chiste que «la Iglesia Católica se mantiene porque repite lo mismo desde hace dos mil años. El Estado nacionalsocialista debe actuar de la misma manera”.

El éxito en la orientación de las masas se logra cuando en ellas existe previamente una predisposición para aceptar ciertas ideas en lugar de otras. Así, pueden distinguirse los mitos orientadores propuestos por nazis y fascistas y el odio entre sectores estimulado por los marxistas. El citado autor escribe: “Los verdaderos propagandistas no creyeron nunca que se pudiera hacer propaganda partiendo de cero e imponer a las masas cualquier idea en cualquier momento. Por regla general, la propaganda opera siempre sobre un sustrato preexistente, se trate de una mitología nacional (la Revolución Francesa, los mitos germánicos, etc.), o de un simple complejo de odios y de prejuicios tradicionales: «chauvinismo», «fobias» o «filias» diversas. Es un principio conocido por todo orador público el de no contradecir frontalmente a una muchedumbre, comenzando por declararse de acuerdo con ella, por colocarse en su corriente, antes de doblegarla”.

En la Argentina, país orientado hacia el totalitarismo, gran parte de la sociedad no teme caer bajo un régimen colectivista, sino que, por el contrario, teme a la economía de mercado, que alguna vez produjo el “milagro alemán” luego de la Segunda Guerra Mundial. Una eficaz propaganda lo puede casi todo.