sábado, 1 de diciembre de 2012

El monopolio

El proceso del mercado, para establecerse plenamente, requiere de la presencia de dos o más vendedores en competencia, además de los compradores. Cuando, por alguna razón, queda un solo vendedor, no puede hablarse ya de un mercado, sino de un monopolio. Esta situación es deseada por gran parte de los productores por cuanto tienen, en principio, la posibilidad de lograr elevadas ganancias sin tener que mejorar la calidad de sus productos ni tampoco de aumentar sus inversiones, por cuanto ningún competidor podrá disputarles su cautiva clientela. Luigi Einaudi escribió:

“Tal vez han oído ustedes hablar de aquel fabricante de ladrillos y tejas que en su pueblo, donde sólo él los vende, los cobra a razón de 150 liras por 1.000 ladrillos y 200 liras por 1.000 tejas: y, en cambio, en los pueblos un poco más lejanos, donde debe tener en cuenta la competencia de otros ladrilleros, vende los mismos ladrillos y las mismas tejas a 120 liras y 150 liras, respectivamente. «¡Linda justicia, lindo respeto por los conciudadanos!», dice la gente del lugar; «¡hacernos pagar caros los ladrillos y las tejas a nosotros y darlos más baratos a los de afuera!»”.

“Y sin embargo, desde el punto de vista del ladrillero, la cosa es natural: en el pueblo los vende él solo, afuera está la competencia. Esta competencia, que es la salvaguardia del consumidor, en el pueblo no existe y los clientes sufren las consecuencias. Estos productores que están solos o casi solos se llaman monopolistas o casi monopolistas. Puede ser que sean muchos y hasta muy numerosos, pero suele suceder que se ponen de acuerdo para actuar como uno solo; en este caso su conjunto se llama consorcio, sindicato, trust, cártel” (De “Florilegio del buen gobierno”- Librería “El Ateneo” Editorial-Bs. As. 1970).

Las ganancias del monopolio están limitadas por la ley de la oferta y la demanda, ya que a mayor precio, menor será la demanda. Además, si el monopolio tiene grandes ganancias es posible que despierte el interés de otros empresarios que pronto ingresarán al mercado. Luigi Einaudi escribió: “Un día se le ocurrió a uno de los gobiernos italianos alentar la formación de un consorcio siciliano del azufre, que aumentó los precios a cargo de los ingleses y norteamericanos, grandes consumidores del azufre. «Son ricos», se decía, «y pueden pagar». En cambio, esos consumidores se enojaron y empezaron, primero, a extraer el azufre de piritas, y después se pusieron a buscar azufre por todas partes y, de tanto buscar, lo encontraron en Tejas, por añadidura a menor precio que el siciliano”.

En cuanto a los grupos monopólicos, existen dos formas principales de actuar. En la primera, tratan de controlar a las empresas rivales adquiriendo parte de sus acciones, mientras que en la segunda forma, se establece cierta planificación previa para repartir el mercado. Enrique Ballestero escribió: “La organización de estos monopolios de grupo (holdings) se suele ajustar al modelo de una pirámide, con unas empresas dominantes en el vértice y unas empresas dominadas en la base (estructura piramidal). Suponemos que para dominar una sociedad anónima basta poseer el 20 por 100 de sus acciones, ya que la mayoría de sus accionistas no votan y se abstienen de intervenir en los asuntos de la sociedad”.

“Otra variante en el cuadro de los monopolios de grupo, son los cárteles, que tuvieron un cierto auge en la Alemania de los kaisers, donde estaba muy extendida una mentalidad de planificación y coordinación de decisiones a todos los niveles”. “A este fin, el grupo elaboraba un programa común de oferta y, con arreglo a él, fijaba las cuotas de producción y venta que correspondían a cada sociedad miembro. Por ejemplo, las sociedades miembro A, B y C se comprometían a no ampliar la producción por encima de 25, 30 y 22 unidades físicas, respectivamente, que eran las cantidades máximas (cuotas), autorizadas por el cártel” (De “Introducción a la teoría económica”-Alianza Editorial SA-Madrid 1988).

Quienes están en contra de todo tipo de competencia, son los que están a favor del monopolio, tal el caso de la izquierda política. Pero, en realidad, están a favor del monopolio estatal ya que encuentran muchos defectos en los monopolios privados. La diferencia esencial radica en que el monopolio estatal estará dirigido por políticos y el privado por empresarios; los primeros “buscan el bienestar del pueblo” y los segundos “su propio bienestar” (al menos en teoría).

Quienes están a favor de la economía de mercado están en contra de los monopolios, tanto privados como estatales, tal el caso del liberalismo, ya que, justamente, si hay monopolio no hay mercado. De ahí que proponen una competencia entre productores que resultará beneficiosa para todos. Prefieren que la producción sea dirigida por empresarios y que el Estado lo sea por políticos. En este caso se sugiere que el Estado interfiera lo menos posible en el proceso del mercado. Faustino Ballvé escribió: “Las crisis, como los monopolios, no tienen nada que ver con la economía de libre empresa. No son consubstanciales con ella ni procedentes de ella, ni constituyen defectos de ella. Son, al contrario, el resultado de apartarse de la economía y sustituirla por la política”.

Por lo general, al ciudadano común le han contado una historia algo distinta, ya que se le ha dicho que el liberalismo propone a los monopolios y a la concentración de poder económico en pocas manos; algo que es totalmente opuesto a los objetivos de la economía de mercado. También se le ha dicho que los sistemas socialistas proponen una estricta igualdad económica; algo que contrasta notablemente con la total concentración de poder económico (y de los otros) en manos de la minoría que dirige al Estado. Quienes le creen a los difamadores, por lo general los ven como buenas personas, y a las buenas personas como seres detestables. Así funciona la sociedad.

Los monopolios, por lo general, surgen al amparo del “proteccionismo” del Estado. Faustino Ballvé escribió al respecto: “Esta protección, mediante licencias de implantación de industria, derechos aduaneros prohibitivos para la mercancía extranjera, exención de impuestos, subsidios a la producción o a la exportación, etc., etc., se habrá dado, ya por un interés nacional bien o mal entendido, ya legislando para un estado de guerra, sencillamente, como en los tiempos de Luis XIV, para favorecer a los amigos (que a veces son además, socios de los gobernantes)”. “De lo que no hay un solo ejemplo es de un monopolio que haya subsistido sin la protección oficial” (De “Diez lecciones de economía”-Victor P. de Zavalía Editor-Buenos Aires 1960).

Pocas veces se ha visto en la Argentina tanto interés y entusiasmo, desde un gobierno, por destruir un grupo empresarial acusado de establecer actividades monopólicas, tal el Grupo Clarín. Una de las razones principales de tal decisión radica en que Clarín fue “designado” como el principal enemigo del gobierno. Como se dijo antes, para la izquierda política, es malo todo grupo empresarial privado con atributos monopólicos como los antes mencionados, pero no tiene nada de malo establecer un monopolio estatal al servicio del partido político gobernante. De hecho, si se fractura dicho consorcio, el periodismo televisivo quedará casi exclusivamente en manos del oficialismo.

Dada la importancia brindada a tal acontecimiento destructor, no faltó alguna revista de humor que manifestó que luego del 7D (7 de diciembre de 2012, fecha judicial límite del consorcio) no habrá más inflación, inseguridad, fuga de capitales, pobreza, etc. En realidad, con la mayor parte de los medios periodísticos a favor del partido gobernante, sólo se transmitirán “buenas” noticias, aunque bastante alejadas de la realidad. Esta iniciativa del gobierno es otro llamado de atención para posibles inversores nacionales y extranjeros, ya que, aun cuando se haya actuado de acuerdo a las leyes vigentes en un momento, una empresa podrá quedar desmantelada si el Estado propone y aplica leyes con carácter retroactivo.

Es oportuno mencionar el hecho de que una empresa que presente alguna innovación tecnológica importante, podrá en su momento no tener competencia en el nuevo rubro, por lo que podrá aparecer, ante la ley, como un monopolio, algo que ha de resultar injusto. Ayn Rand escribió: “Bajo las leyes antimonopólicas, un hombre se convierte en criminal desde el momento en que comienza a hacer negocios, sin importar lo que haga. Basta con que se encuadre (según el burócrata de turno) en una de esas leyes, para que afronte la prosecución penal bajo varias otras. Por ejemplo, si cobra precios que algunos burócratas sentencian como demasiado altos, puede ser enjuiciado por monopolio, o mejor dicho, por un «exitoso intento de monopolizar»; si cobra precios más bajos que sus competidores, puede ser enjuiciado por «competencia desleal» o por «impedimento al comercio»; y si cobra los mismos precios que sus competidores, puede ser enjuiciado por «confabulación» o «conspiración»”.

Más adelante: “Esto implica que un hombre de negocios no tiene forma de saber por anticipado si la acción que él toma es legal o ilegal, si es culpable o inocente. Implica que un empresario tiene que vivir bajo la amenaza de un desastre repentino, imprevisible, tomando el riesgo de perder todo lo que posee o ser sentenciado a la cárcel, con su carrera, su reputación, su propiedad, su fortuna, el logro de toda una vida dejado a la misericordia de cualquier joven burócrata ambicioso que, por cualquier razón, pública o privada, puede elegir entablar una demanda contra él”.

“Toda la tradición de la jurisprudencia anglosajona rechaza la retroactividad de la ley (o ex post facto), es decir, una ley que castiga a un hombre por una acción que no estaba legalmente definida como crimen al momento de cometerla, es una forma de persecución practicada únicamente en las dictaduras y prohibida por todo código de derecho civilizado. Está específicamente prohibida por la Constitución de EEUU. No se supone que exista en EEUU y no se aplica a nadie, excepto a los hombres de negocios”. Ayn Rand cita en su libro a Harold Fleming, quien escribió: “Uno de los peligros que ahora deben tomar en consideración los gerentes de ventas, es que alguna política seguida actualmente, a la luz de la mejor opinión legal, el próximo año puede ser reinterpretada como ilegal. En tal caso el delito y el castigo pueden ser aplicados con retroactividad” (De “Capitalismo; el ideal desconocido”-Grito Sagrado Editorial-Buenos Aires 2008).

La autora mencionada también se refiere al prejuicio que existe en la sociedad en contra de las grandes empresas ya que, en lugar de pensar que son grandes y exitosas por sus buenos desempeños, se supone que lo son por realizar alguna actividad perniciosa. Por ello escribe: “A falta de algún criterio de juicio racional, la gente trató de juzgar los asuntos inmensamente complejos de un mercado libre por un estándar tan superficial como el tamaño. Aún se puede oír en estos días que: «la gran empresa», «el gran gobierno» o «el gran trabajo» son denunciados como amenazas para la sociedad, sin reparos por la naturaleza, la fuente, o la función de ese «tamaño» como si el tamaño, como tal, fuera malo. Este tipo de razonamiento significaría que un gran genio como Edison, y un gran gángster como Stalin, fueran igual de malos: uno inundó al mundo de valores inconmensurables y el otro con masacres sin medida, pero ambos lo hicieron en escala muy grande”.