lunes, 3 de diciembre de 2012

El distribucionismo

La búsqueda de una mejor distribución de las riquezas es un objetivo que difiere de la búsqueda de la eliminación de la pobreza, ya que se busca disminuir, no tanto esta última, sino la desigualdad económica en sí. Para comprender este aspecto del comportamiento humano, debemos tener presente la existencia de la envidia; actitud por la cual un individuo se entristece cuando observa, por ejemplo, que otro tiene un mejor nivel económico. El economista Fred Hirsch, en su libro “Límites sociales del crecimiento”, se preguntaba: “¿Por qué la sociedad moderna se preocupa tanto por la distribución –la división de la torta-cuando está claro que la gran mayoría de la gente puede elevar su nivel de vida sólo mediante la producción de una torta más grande?”.

La respuesta correcta posiblemente provenga de considerar que la envidia ocasiona un malestar muy grande en quien la siente, y de ahí que produzca el mismo resultado elevar el nivel económico del que siente envidia como reducir el de la persona envidiada. Marcelo E. Aftalión, y otros, escriben: “Hirsch llamaba a este tema la «compulsión distributiva». Todo ello está vinculado con la muy conocida hipótesis psicosociológica de la «privación relativa». Según la misma, las privaciones (de bienes, de estima, de gratificaciones) no importan tanto en términos absolutos sino en términos relativos o comparados: ¿de cuánto estoy privado yo que no está privado mi prójimo? O, dicho de otra manera, yo comienzo a sufrir una situación como de escasez o privación cuando percibo que ella no afecta a mi prójimo. Yo me doy cuenta que no tengo cuando veo que el otro tiene. De aquí hay un solo paso para razonar falazmente; yo no tengo porque el otro tiene” (De “¿Qué nos pasa a los argentinos?”-M.E. Aftalión, M. J. Mora y Araujo y F. A. Noguera-Sudamericana/Planeta Editores SA-Buenos Aires 1985).

Este comportamiento se acentúa en épocas en que predomina el consumismo, cuando “poseer” vale mucho más que “ser”. Los autores citados prosiguen: “El «consumismo» es la apetencia exagerada de bienes y servicios, la preocupación por «tener» antes que por «ser». Pero tener más no significa ser mejor. La sociedad de consumo atenta contra sí misma, pues confunde medios con fines. Es una caricatura social”.

“Si el «consumismo» es condenable ¿por qué sus detractores alegan tanto a favor del «distribucionismo»? (¿Acaso la distribución no es el paso previo al consumo?) He aquí una paradoja que merece ser explicitada”. “El «distribucionismo» pone el énfasis en la distribución de los bienes como remedio para los males sociales originados en la escasez, que son la mayoría. Para no pecar por desmedida, la doctrina distribucionista aclara que su pretensión no va más allá de las necesidades vitales de la población. Es decir, quiere que se distribuyan aquellos bienes necesarios para que la gente pueda vivir humanamente. Arguye fundamentos humanitarios y justicieros y, por ende, tiene un atractivo evidente”.

“El problema comienza cuando se trata de definir con precisión a las necesidades de una vida humana. Resulta que los conceptos sociales están teñidos por las características propias de la sociedad que los define. Entonces, la sociedad de consumo en que vivimos define como «necesidades» a lo que bien podría definirse como meros «deseos» o «caprichos», de acuerdo con una escala de valores más espiritualista”.

Algunos autores pensaban, en forma optimista, que el progreso económico de las sociedades, en las que la mayoría posee un automóvil, permitiría que esta vez se sintieran satisfechos con su suerte dejando de pensar competitivamente en los demás. Sin embargo, la tendencia se mantiene ya que ahora se compite respecto de quien posee mejor automóvil. Los autores citados escriben: “El descontento cunde. Por ejemplo, si yo, junto con los demás, mejoramos nuestro nivel de vida, mi aumento de ingresos no mejora mi posición relativa, mi «status». Tengo más que antes, pero sigo teniendo menos que mi prójimo. Mi bienestar (psicológico-subjetivo) no ha aumentado. Me siento frustrado a pesar de mi esfuerzo. Conclusión: que mi prójimo me dé lo que tiene más que yo. Razón aparente: lo tiene «de más», por influencia de la sociedad de consumo; apliquemos la justicia distributiva para satisfacer mis «necesidades». Razón real: provoca mi malestar (psicológico-subjetivo), «necesito» sus bienes porque los deseo; yo también estoy en la sociedad de consumo”.

Si bien la envidia es un defecto que perjudica seriamente a quien lo padece, también resulta ser un serio defecto hacer ostentación de riquezas imaginando el sufrimiento que despertará en los demás. Por lo general, el ostentador alegará que utilizó métodos legales para lograr su nivel económico. Sin embargo, debe tener presente que no sólo existen las leyes humanas sino también las leyes éticas, que son más importantes que aquéllas. Gonzalo Fernández de la Mora escribió:

“Aunque la envidia es antisocial puede ser manipulada como aglutinante de los envidiosos contra los envidiados. Tales alianzas no se producen espontáneamente y son promovidas por los demagogos, quienes subrayan las inferioridades de unos grupos respecto de otros, las califican de inicuas y prometen utopías igualitarias. Una interpretación ad hoc de la justicia distributiva sirve de pseudolegitimación a tales movilizaciones sociales. Cuando los líderes de los envidiosos llegan al poder aplican políticas expropiatorias mediante nacionalizaciones o a través de impuestos progresivos y discriminatorios e imponen ideologías oficiales para establecer la igualdad de pensamiento. Los programas igualitarios son incompatibles con la libertad y exigen intervencionismos económicos crecientes, hipertrofia de la burocracia y, en último término, métodos totalitarios. Luego, la utopía igualitaria no se cumple y aparece una nueva clase que, al monopolizar el poder político y el económico, alcanza una superioridad mayor que ninguna otra en una situación liberal y, finalmente, se reanuda la inevitable dialéctica de la envidia dentro de la clase dirigente –las purgas- y en los restantes niveles sociales”.

“Los demagogos apelan a la envidia porque su universalidad hace que todos los hombres sean victimas potenciales y porque la invencible desigualdad de las capacidades personales y la irremediable limitación de muchos bienes sociales hacen que, necesariamente, la mayoría sea inferior a ciertas minorías. El cultivo de ese sentimiento de inferioridad envidiosa es la táctica política dominante, por lo menos, en la edad contemporánea. El demagógico fomento de la envidia, como cuando se refiere a ese sentimiento inconfesable, no se realiza de modo franco, sino encubierto. Un enmascaramiento muy actual de la envidia colectiva es la llamada «justicia social». ¿En qué consiste esta argumentación ideológica o, como diría Pareto, derivativa? Se sienta el postulado fundamental de que una sociedad es tanto más justa cuanto más iguales son sus miembros en preparación, posición y patrimonio; y se añade que se va a luchar sin descanso por esa «justicia». Evidentemente, el atractivo del axioma y del programa es insuperable para los envidiosos, puesto que se les promete suprimir la inferioridad inasimilada que les desazona. La igualdad es la promesa paradisíaca para el envidioso, el aliciente definitivo”.

“Una primera deducción de este concepto ad hoc de la justicia es que quienes se encuentran en posiciones de superioridad son explotadores inicuos y que el que se siente en una situación de inferioridad es un explotado inocente. Este corolario suena como música celestial al envidioso, quien ve así justificado éticamente su malestar por la felicidad ajena, y plenamente satisfecho su resentimiento: el que parecía «mejor» es, ahora, el «peor». El segundo corolario es que hay que expropiar al superior y distribuir sus bienes entre los inferiores. Este desposeimiento coactivo del triunfador y capaz, y el consiguiente enriquecimiento gratuito de los fracasados e impotentes colma la suprema ambición del envidioso. Y aunque, en la practica, casi nunca se consiga el ascenso propio, se intenta y, a veces, se logra lo verdaderamente esencial para el que envidia; rebajar al otro”.

“Las convocatorias de cruzadas contra la superioridad ajena como, por ejemplo, la marxista, tienen una amplia acogida no porque de hecho sean mayoría los envidiosos y los resentidos, sino porque lo son potencialmente, y las ideologías igualitarias no cesan de fomentar tales sentimientos. Si se subraya la desigualdad, si se la califica de arbitraria y aun delictiva, si se promete el reparto gratuito, si se disuelve la conciencia de culpabilidad envidiosa en la irresponsabilidad de un colectivo-el partido o la clase- y si se la justifica con una supuesta fundamentación moral, las inclinaciones envidiosas se multiplicarán e intensificarán. El igualitarismo es el opio de los envidiosos, y los demagogos son los interesados inductores de su consumo masivo”.

“Así es como la envidia ha llegado a ser factor decisivo de las confrontaciones políticas contemporáneas con raras excepciones, como la de los EEUU, donde ha prevalecido la emulación sobre la envidia. Si se prescinde del sentimiento envidioso, la historia resultaría inexplicable a partir de la Revolución de 1789 y, sobre todo, a partir del Manifiesto Comunista de 1848” (De “La envidia igualitaria”-Editorial Planeta SA-Barcelona 1984).

Puede decirse que el kirchnerismo es un gobierno distribucionista, ya que ha promovido el consumo en desmedro de la inversión. Quienes observan la sociedad desde el corto plazo, han visto con agrado tal estrategia. Sus adeptos concuerdan con el gobierno cuando éste se dedica a sacarles riquezas al que produce para dárselas a los menos activos. De tanto distribuir, se quedaron sin recursos suficientes, por lo cual debieron recurrir al antiguo método de la excesiva impresión monetaria. Luego, al producirse indefectiblemente el proceso inflacionario, el Estado perjudica a los pobres y beneficia a los ricos, lo que constituye el anti-distribucionismo, es decir, lo opuesto a lo que se predica.

Como antes se dijo, la envidia es la actitud por la cual nos entristecemos por la alegría ajena, de ahí que necesariamente, en otra oportunidad, nos hemos de alegrar por el sufrimiento ajeno, lo que lleva a que exterioricemos tal actitud en forma de burla. De ahí que el odio es una suma de burla y envidia. Para poder realizar un adecuado y popular “festival del odio”, destinado a los adeptos al gobierno, la televisión pública emite un programa (678) que colma de “felicidad” a los burlescos y envidiosos, ya que tienen la oportunidad de observar las degradaciones y difamaciones destinadas al sector opositor, es decir, a los “enemigos”. Promover el odio en la población es lo peor que se le podría ocurrir a un gobernante porque el burlesco y el envidioso pertenecen a la escala social y ética más baja en cualquier sociedad.

En la Argentina, al extraer recursos del sector productivo para dárselo “igualitariamente” al sector bastante menos productivo, se desvían recursos que podrían haber mejorado la inversión e incluso se habría reducido la pobreza, que ronda el 21 % de la población. De ahí que resulta claro que no es lo mismo combatir la pobreza que promover la distribución igualitaria.