miércoles, 24 de octubre de 2012

El poder y la enfermedad

La relación que existe entre el poder y la enfermedad presenta dos facetas distintas. En una de ellas, una anomalía psicológica promueve una inusitada e ilimitada búsqueda de poder que, por lo general, trae perjuicios al que se encuentra bajo la influencia de quien padece tal tipo de perturbación mental. En la otra forma de vínculo entre poder y enfermedad aparece el simple deterioro de la salud motivado por la intensa actividad que requiere todo desempeño asociado a una gran responsabilidad social, ya sea que se busque el poder, o no.

En ocasiones nos asombra el inusitado esfuerzo que realizan algunos gobernantes por tratar de deslegitimar o bien de destruir a sus ocasionales rivales. Por ello es de interés público conocer algunos aspectos asociados a la personalidad de quienes deciden el rumbo de la nación y de cada una de nuestras vidas. Cuando un político pretende lograr un excesivo poder social e, incluso cuando busca que ese poder se prolongue en forma indefinida, nos encontramos con un caso que por lo general resulta riesgoso para la sociedad.

Una parte importante de la sociedad supone que la ley que hacen los políticos es la referencia que debemos adoptar para valorar la moralidad de nuestros actos, desconociendo instancias superiores. Gerhard Ritter escribió: “El problema de la relación entre política y ética es el problema de la responsabilidad ética de la lucha política. Tal problema solo puede ser planteado allí donde existe una instancia ética, un tribunal situado por encima de los poderes seculares en lucha, es decir, o un Dios ante el cual quienes en la Tierra detentan el poder o luchan por él tienen que responder, o una conciencia moral que se sepa estrechamente vinculada a ciertas normas de ética racional” (De “El problema ético del poder”-Revista de Occidente-Madrid 1962).

Seguramente que no faltarán opiniones de quienes aducen que no se debe juzgar a las personas por hechos que todavía no han sucedido o por errores que no se han cometido, pero tampoco debemos quedarnos a la espera de que algunos acontecimientos negativos ocurran y que luego sea demasiado tarde para revertirlos. Quien observa la realidad contemplando el largo plazo, tiene plenos derechos a opinar respecto de aquello que es inherente a su propia seguridad y a su propia libertad personal.

Es oportuno mencionar algunos relatos relacionados con enfermedades padecidas por algunos políticos a lo largo de la historia. El médico y periodista Nelson Castro escribió: “Hiperactivo, vehemente, confrontativo. Son tres atributos de un hombre que llegó al poder de la manera menos pensada. Un hombre que, como la mayoría de los políticos argentinos, no escapa a una trayectoria en la que la contradicción abunda”. “Cuando, tras haber ganado la elección de 1991, Néstor Kirchner llegó a la gobernación [de Santa Cruz], tenía clara conciencia de que iba a ser la plataforma de lanzamiento para alcanzar su anhelo más preciado: el de ser Presidente de la Nación”. “Es una provincia llena de inmensidad, en la que el espacio es casi infinito y cuya densidad de población es baja. En consecuencia, el desempleo es escaso ya que la mayoría de la población trabaja en la administración pública”.

“Kirchner manejó la provincia con una correcta administración fiscal y mano dura. La intolerancia hacia la prensa libre fue uno de los rasgos que compartió con, prácticamente, otros gobernadores. Cuando estaba por terminar su segundo mandato y debido a la existencia de una limitación constitucional para ser reelecto nuevamente, buscó una forma de sortear ese impedimento. Organizó, pues, una consulta popular no vinculante en la que se le preguntó a la ciudadanía de la provincia si aprobaba o no la posibilidad de que se presentara a una nueva reelección. Ganó el sí por amplio margen. Con este resultado, el entonces gobernador hizo una presentación ante el Tribunal Superior de Justicia de la provincia con el objetivo de que se transformara la consulta no vinculante en vinculante”.

“La finalidad de esta maniobra era forzar a la Legislatura de Santa Cruz, en la que el kirchnerismo tenía la mayoría pero sin alcanzar los dos tercios, a habilitar el proceso de reforma de la Constitución local. Antes de todo esto, como tampoco tenía la mayoría en el Tribunal de Justicia, Kirchner amplió el número de sus miembros de tres a cinco y nombró como su presidente a quien era el jefe del bloque del Partido Justicialista, el doctor Carlos Zanini, que fue luego secretario Legal y Técnico de la Presidencia, hombre de su absoluta confianza. Con el voto decisivo de Zanini, el Tribunal, que se hizo del caso a través de la aplicación del per saltum, declaró al plebiscito vinculante y allanó el camino a la reelección indefinida de Kirchner, operación que constituyó una clara violación de la Constitución provincial. Sin embargo, a pesar de los reclamos de la oposición, nada pudo hacerse para revertir esta situación” (De “Enfermos de poder”-Ediciones B Argentina SA-Buenos Aires 2009).

Muchas veces se hacen autocríticas, en la Argentina, respecto del incumplimiento que en nuestro país dispensamos por las leyes. Incluso el sostenimiento de una anomia crónica radica en que los políticos, además de no cumplirlas, tratan de cambiarlas si el cambio les ha de otorgar algún tipo de beneficio personal. Subyacente a ese comportamiento seguramente existirá algún problema psicológico. Nelson Castro agrega: “Otro tema de permanente conversación dentro y fuera de los ámbitos del poder ha tenido que ver con los rasgos de la personalidad de Néstor Kirchner, sobre los cuales los testimonios son coincidentes: egoísmo, egocentrismo, destemplanza, desconfianza, escasa capacidad de autocrítica, ideas obsesivas, poca aptitud para el diálogo. Todo esto encaja en lo que se ha denominado el síndrome de Hubris, una entidad aún no categorizada por la Medicina, pero con características bien definidas que incluyen una excesiva confianza en sí mismo, una actitud de desprecio hacia las ideas del otro y un alejamiento paulatino de la realidad”.

Es oportuno destacar que esta actitud predominante se fue generalizando hacia sus adeptos, por lo que no resulta extraño que exista muy poco diálogo entre políticos oficialistas y opositores, ya que estos últimos son descalificados y hasta denigrados públicamente por la prensa estatal al servicio del oficialismo y por la prensa partidaria. Finalmente, la actitud confrontativa llega al ciudadano común, que se siente marginado en su propio país por cuanto advierte que es considerado como un enemigo tan sólo por tratar de defender y mantener sus elementales derechos que le corresponden como ciudadano. En el otro sector se encuentran los que llevan en sus mentes y corazones algún tipo de odio sectorial e ideológico destinado a un enemigo unificado (al menos unificado en sus mentes).

Respecto del tipo psicológico mencionado al principio, Nelson Castro cita lo siguiente: “Los griegos llamaron a esto hubris, y ellos sabían que los dioses, a quienes ellos eran capaces de tomar como realidades, no bendecían esas actitudes, ya que ellos demandaban humildad”.

“La profesión médica acuña correctamente expresiones tales como «locura» e «insanía» cuando se refiere a la salud mental. Pero ha sido observado por siglos que algunas cosas suceden con la estabilidad mental de las personas cuando llegan al poder, y la relación causal entre el ejercicio del poder y la conducta aberrante que tiene el sello de la inestabilidad mental ha sido perfectamente definida por la frase de Bertrand Russell «la intoxicación del poder». El poder es una droga pesada y no todo político tiene el carácter necesario para contrabalancear sus efectos. Ese carácter bien cimentado debe incluir una combinación de sentido común, buen humor, decencia, escepticismo, y algo de cinismo a los fines de tratar al poder por lo que es, o sea, una oportunidad privilegiada para servir, para influenciar y, algunas veces, determinar el curso de los acontecimientos”.

“El síndrome de Hubris es casi una enfermedad laboral para jefes de gobierno, como lo es también para líderes en otros rubros, tales como el militar y el de los negocios, ya que se alimenta del aislamiento que se construye alrededor de una persona con poder”.

Si bien la desaparición del mencionado ex presidente dejaría sin efecto una posible influencia futura, nos encontramos con que la actual presidente posee varias de las características personales atribuidas a quien fuera su marido. Por lo pronto, existen varios indicios de que se está gestando una posible reforma constitucional que ha de contemplar la posibilidad de una reelección presidencial indefinida; sospecha que puede ser sostenida por los hechos políticos ya observados en Santa Cruz.

Podemos considerar los aspectos por los cuales sería posible, o no, que se llegara a tal situación. Si se tiene presente que una reelección presidencial indefinida está contra el espíritu y la letra de la Constitucional Nacional, como también en oposición a uno de los principios básicos de la democracia, no debería llegarse a tal situación. Además, resulta evidente que el actual gobierno presenta pocas garantías para la seguridad de futuras inversiones, debido principalmente a las expropiaciones realizadas, por lo cual una reelección indefinida marcaría un estancamiento y un deterioro social acentuados por una inflación y una inseguridad crecientes. Si a los gobernantes el país les interesara al menos tanto como sus ambiciones de poder, seguramente no accederían a la posibilidad mencionada. Sin embargo, cuando se muestra un mayor empeño en la conquista del poder que en la búsqueda de soluciones a los problemas cotidianos de la población, podemos esperar la peor de las posibilidades.

También sería posible que, al igual que algunas personas que pierden a un familiar, tienden a realizar sus proyectos truncos de manera de mantenerlo presente en sus propias mentes, se trataría de lograr tal tipo de reelección. Incluso existen quienes adoptan una actitud de revancha contra la adversidad, como si la adversidad estuviese personificada y pudiese ser derrotada.

Como ejemplo de esta actitud puede citarse el caso de un adolescente que intentó cruzar un canal aluvional sosteniéndose con sus brazos bajo la parte inferior de un puente metálico. Al fallar en su intento, cae al canal, que no traía agua, fracturándose una pierna. Con el tiempo, y tomando una arriesgada decisión, intenta realizar nuevamente la prueba, pero esta vez con un importante caudal de agua circulando bajo sus pies. De fallar nuevamente, habría perdido la vida. Realizada la nueva prueba, tuvo éxito y pudo así “vengarse” de la situación previa.

Si siguiera en marcha la tarea emprendida por las actuales autoridades de “ir por todo”, a partir de la reelección indefinida, puede sospecharse que existiría un intento de venganza contra el destino que impidió al ex presidente continuar con su carrera política y con el poder correspondiente. También podría deberse a otras causas psicológicas distintas a las aquí mencionadas.