jueves, 4 de octubre de 2012

Ideas innovadoras y cambio social

En el proceso de adaptación cultural del hombre a la ley natural, algunos individuos proponen ideas innovadoras buscando producir mejoras en la sociedad. Mediante “prueba y error” son aceptadas aquellas que producen un mejoramiento social mientras que son rechazadas las que tienden a empeorar las cosas. Si todo el proceso transcurriera de esa forma, seguramente la humanidad habría progresado a un ritmo mayor al logrado, aunque no todas las sociedades están predispuestas mentalmente a una mejora.

Entre los factores que impiden un sostenido mejoramiento social, debe mencionarse el temor que todo cambio ha de despertar, ya que si ha de resultar en un empeoramiento, ello se traducirá en sufrimiento humano. Además, existe cierta inercia mental en la sociedad que se opone a todo cambio, posiblemente ante el temor mencionado o bien ante la seguridad que le brinda un sistema de creencias y valores a partir del cual no se ve necesidad alguna de introducir cambios.

Existen sociedades, denominadas tradicionales o conservadoras, que mantienen similares características a lo largo de los siglos, mientras que otras, por el contrario, están más predispuestas al cambio. J. M. Bury escribió: “La inteligencia media es naturalmente perezosa y tiende a seguir la línea de menor resistencia. El mundo mental del hombre corriente se compone de creencias aceptadas sin crítica y a las cuales se aferra firmemente, siendo por instinto hostil a todo lo que trastorne el orden establecido de su mundo familiar. Una idea nueva, contradictoria respecto a las creencias que sustenta, significa la necesidad de reajustar su mente. Este proceso es laborioso, y requiere un gasto penoso de energía mental. Para él y sus iguales, que forman la vasta mayoría, las nuevas ideas y opiniones aparecerán como perversas ya que, al poner en duda creencias e instituciones establecidas, su posible aceptación supone un trabajo desagradable”.

“Un sentimiento positivo de miedo aumenta la repugnancia debida a la mera pereza mental. El instinto de conservación robustece la doctrina conservadora de que toda alteración en la estructura de la sociedad pone en peligro sus cimientos. Tan sólo en estos últimos tiempos han ido los hombres abandonando la creencia de que la felicidad de un Estado depende de la estabilidad rígida y de la conservación inalterada de sus tradiciones e instituciones. En donde quiera que este espíritu tradicional prevalece, las opiniones nuevas son consideradas tan peligrosas como molestas, y cualquiera que hace preguntas inconvenientes sobre el por qué y el para qué de principios aceptados, es considerado como un elemento pernicioso” (De “La libertad de pensamiento”-Fondo de Cultura Económica-México 1941).

El cambio social está vinculado a la libertad de pensamiento, ya que son justamente las sociedades que permiten la libre circulación y difusión de las ideas las que realizaron la mayor cantidad de aportes al desarrollo cultural de la humanidad. El citado autor escribe respecto de la Grecia antigua: “Esta libertad de espíritu no sólo fue la condición primordial de sus especulaciones en filosofía, de su progreso científico y de sus experimentos en materia política, sino un factor inexcusable de su excelencia literaria y artística. Su literatura, por ejemplo, no podría haber sido la que fue, si le hubiera estado vedada la libre crítica de la vida. Pero, aparte de lo que efectivamente hicieron los griegos y aunque no hubiesen obtenido los resultados admirables que lograron en la mayoría de los dominios de la actividad humana, su afirmación del principio de libertad los colocaría en el más alto rango entre los bienhechores de la especie, ya que fue éste uno de los mayores pasos en el progreso humano”.

Como contrapartida de los pueblos que basan su progreso en la libertad, la historia nos presenta a los que, buscando la igualdad, la sacrifican sin obtener tampoco ese objetivo. Georges Bernanos escribió: “«La libertad, ¿para qué?» es, como saben ustedes, una célebre frase de Lenin y expresa con brillo y lucidez terribles esa especie de desapego cínico hacia la libertad que ya ha corrompido a tantas conciencias. La peor amenaza para la libertad no es que nos la dejemos tomar –pues el que se la ha dejado robar siempre puede reconquistarla- sino que se desaprenda a amarla o que ya no se la comprenda” (De “La libertad, ¿Para qué?”-Librería Hachette SA-Buenos Aires 1955).

El desarrollo histórico de la humanidad, desde el punto de vista del surgimiento y aceptación de ideas innovadoras, está vinculado a la contienda entre autoridad y libertad, en la que el individuo debe aceptar lo impuesto por el peso de la tradición o bien debe adoptar la actitud que lo lleva a contemplar la realidad con sus propios medios dejando de lado a los intermediarios.

Innovación implica agregar algo nuevo sin que necesariamente aparezca un rechazo a lo previamente existente, mientras que revolución, por el contrario, implica la destrucción sistemática de todo el orden social previo; al menos este parece haber sido el sentido que el marxismo le dio a dicha palabra.

Si debemos elegir algún ejemplo de idea innovadora de gran trascendencia, podemos mencionar el surgimiento del concepto de ley natural. Carl Sagan escribió: “En el siglo VI AC, en Jonia, se desarrolló un nuevo concepto, una de las grandes ideas de la especie humana. El universo se puede conocer, afirmaban los antiguos jonios, porque presenta un orden interno: hay regularidades en la naturaleza que permiten revelar sus secretos. La naturaleza no es totalmente impredecible; hay reglas a las cuales ha de obedecer necesariamente. Este carácter ordenado y admirable del universo recibió el nombre de Cosmos” (De “Cosmos”-Editorial Planeta SA-Barcelona 1980).

Este concepto se fue introduciendo luego en la propia religión, ya que tales leyes no sólo rigen lo material, sino también a la vida, por lo que en ese ámbito se produce la secuencia histórica siguiente:

1- Politeísmo: se supone un mundo regido por dioses especializados que dirigen las distintas fuerzas de la naturaleza.
2- Monoteísmo: se supone un mundo regido por la voluntad de un solo Dios.
3- Deísmo o religión natural: se supone un mundo regido por leyes naturales invariantes a las cuales nos debemos adaptar.

Esta última etapa, iniciada hace más de tres siglos, todavía no ha logrado una vigencia plena. En caso de lograrse, constituirá un hecho trascendental por cuanto implicará la unificación de todas las religiones por cuanto existe una sola ley natural. Por el contrario, cuando se trata de la religión monoteísta, surgen diversos enviados de Dios que difunden mensajes distintos, y que sólo se podrá dirimir a favor de uno de ellos contemplando justamente su compatibilidad con la ley natural. Además, el avance del conocimiento científico, al acercarse a la descripción adecuada de una ética natural objetiva, se aproxima también a una religión natural aunque sus objetivos sean puramente cognitivos.

Una de las figuras importantes en el surgimiento de la religión natural fue el filósofo Baruch de Spinoza (siglo XVII). Su interpretación de la religión y sus ideas innovadoras tienen como efecto inmediato su expulsión de la comunidad judía. Indirectamente se lo obliga a ser uno de los primeros adherentes a la religión universal única.

La innovación tecnológica se produce a partir de la necesidad y surge también del avance científico. En el caso de la innovación social, se produce esencialmente por la primera de estas causas. En todos los casos debe contemplarse la existencia de leyes naturales que rigen a todo individuo; leyes de la psicología, principalmente, o bien aquellas que rigen a la sociedad y que son estudiadas por la economía, la psicología social, la sociología y otras.

La innovación propuesta sin contemplar tales leyes, o bien admitiendo leyes erróneas (que no se ajustan a la realidad), producen por lo general un retroceso en la tendencia natural del hombre a lograr mayores niveles de adaptación. Uno de esos retrocesos se debe a la religión, que generalmente se basa en la interpretación literal de los Libros Sagrados. En vez de buscar las leyes naturales subyacentes a toda simbología, se considera a la propia simbología como la realidad profunda e inaccesible a la razón del hombre normal. Se exige posteriormente que esta simbología sea tomada como referencia para valorar todo conocimiento o toda propuesta innovadora. Luego de la Edad Media, en la cual predomina este tipo de creencia, se llega al Renacimiento que consiste, esencialmente, en un cambio de referencia ya que se va dejando de lado lo subjetivo para apoyarse en el conocimiento objetivo.

Pero este error de la lejana Edad Media vuelve a manifestarse en épocas recientes, cuando la referencia esta vez son las ideologías totalitarias que poco tienen que ver con el conocimiento científico. El caso más representativo fue el de Trofim D. Lyssenko quien propone una “genética marxista”, compatible con el materialismo dialéctico, y opuesta a la “genética burguesa”, compatible con una verificación experimental. José Vergara escribió: “El 7 de Agosto de 1948, la Academia de Ciencias Agrícolas de la URSS había anunciado el nacimiento de una ciencia nueva: una biología contraria a la genética, «enemiga de ésta e irreconciliable con ella». Era el triunfo absoluto de su promotor, el agrónomo Trofim D. Lyssenko, que cuatro años más tarde entraba en desgracia y, tras varias alternativas, se veía forzado a pedir el retiro en 1965, por causa de los repetidos fracasos de la agricultura rusa, al caer Kruschev del poder”.

Debe notarse que los adherentes al totalitarismo, cuando proponen innovaciones desconociendo la realidad, entre las primeras decisiones que toman es la prohibición de la libertad de expresión y la libertad de pensamiento. El citado autor agrega: “La gran figura rusa de la genética, N. I. Vavilov, había sido detenido en 1940 –otros genetistas lo habían sido antes y moría poco después de la deportación-. Lyssenko atacaba el carácter «idealista», «burgués» de la genética, por pretender ésta la «fatalidad» de los fenómenos hereditarios” (Del prefacio de “Camino de servidumbre”-Friedrich Hayek-Alianza Editorial SA-Madrid 2000).

La libertad de pensamiento y de acción debe ir siempre unida a la responsabilidad correspondiente, siendo la libertad personal un derecho básico mientras que la responsabilidad para darle un buen uso implica el deber correspondiente. Cuando no sucede así, la libertad pierde vigencia y da lugar a una recaída social en la que se vuelve a épocas pasadas. Esto es lo que sucede cuando, luego de la plena vigencia de la libertad no asociada a la responsabilidad, le sigue una etapa totalitaria.