domingo, 23 de septiembre de 2012

Las crisis y sus enseñanzas

En muchas actividades humanas, luego de ocurrida una crisis, le siguen mejoras sustanciales por cuanto se han podido describir acertadamente las causas que la produjeron. Una vez conocidas esas causas, se toman las precauciones necesarias para evitar que la crisis se repita en el futuro, por lo que este conocimiento adquirido se traduce en un progreso sustancial. Sin embargo, no siempre resulta de la manera mencionada por cuanto, en cuestiones de política o de economía, si tenemos un problema, se trata de esconder sus causas verdaderas para reemplazarlas por otras si de esa forma se culpa al sector opositor y se encubre al que tomó las decisiones incorrectas, o bien se culpa al “sistema” (económico y político) aprovechando la circunstancia para criticarlo o bien para diluir las distintas culpas individuales.

En las ciencias sociales, en donde concurren muchas causas para producir determinado efecto, pocas veces resulta sencillo encontrar aquellas relevantes que incidirán en la aparición de determinados acontecimientos, por lo que es necesario agudizar el ingenio para poder así encontrar posibles soluciones a los problemas que se van presentando. Se atribuye a Albert Einstein el siguiente escrito: “No pretendamos que las cosas cambien si siempre hacemos lo mismo. La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países, porque la crisis trae progresos. La creatividad nace de la angustia, como el día nace de la noche oscura. Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera la crisis, se supera a sí mismo sin quedar superado”.

“Quien atribuye a las crisis sus fracasos y penurias, violenta su propio talento y respeta más a los problemas que a las soluciones. La verdadera crisis es la de la incompetencia. El inconveniente de las personas y los países es la pereza para encontrar las salidas y soluciones”.

“Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía. Sin crisis no hay méritos. Es en las crisis donde aflora lo mejor de cada uno, porque sin crisis todo viento es caricia. Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo. En vez de esto, trabajemos duro. Acabemos de una vez con la cínica crisis amenazadora, que es la tragedia de no querer luchar por superarla”.

Luego de una protesta masiva realizada por razones diversas, como inseguridad e inflación, entre otras (Set/12), varios funcionarios, en lugar de considerar la legitimidad de los manifestantes y la posible veracidad de sus pedidos, simplemente la descalificaron. Incluso uno de ellos manifestó que “la clase media se opone a que el Estado ayude a los más necesitados”. Con esto pretende hacer notar a la opinión pública que la clase media argentina es, en realidad, una clase que muestra gran perversidad. Como se afirma que el 70% de la población pertenece a la clase media, el argentino típico sería una persona perversa y egoísta que se opone cuando alguien trata de ayudar a un necesitado (y que el nuestro no es “un país con buena gente”, como dice la propaganda oficial). Además, el Secretario de Comercio echó de una reunión a una dirigente de una organización que defiende los Derechos del Consumidor, mediante gritos, aduciendo que “no levantó la mano para pedir hablar”, lo que en cierta forma confirma la opinión que sobre el ciudadano común tienen varios de los dirigentes a cargo del gobierno.

Una de las mayores crisis económicas de los últimos tiempos ha sido la que se produjo en el 2008 en los EEUU. Entre las diversas causas económicas mencionadas por los especialistas podemos citar a dos:

1- Desde el Estado se promovió el otorgamiento de créditos, para la adquisición de viviendas, que contemplaba cierto porcentaje obligatorio de capital de los bancos, sin tener en cuenta los indicadores del mercado en ese rubro.
2- Desde el Estado se fueron reduciendo las trabas y los mecanismos de seguridad financieros establecidos para reducir la posible aparición de futuras crisis.

En estas decisiones se pudo observar, por una parte, el error frecuente de establecer decisiones fuera del mercado, algo que, por lo general, produce algún inconveniente posterior. Por otra parte, una excesiva confianza, no tanto en el mecanismo del mercado, sino en los individuos y empresas que en él participan, resulta ser una actitud desaconsejable debido a la natural tendencia del ser humano a “optimizar ganancias reduciendo el esfuerzo por conseguirlas”. Thomas L. Friedman escribió:

“Y, tras el 11-S, lanzamos quijotescas campañas para llevar la democracia a Afganistán y a Irak, de enorme coste y resultados inciertos; pero la mayoría de nuestros adultos, como generación, han sido dedicados no a grandes objetivos nacionales, como llevar a un hombre a la Luna o a incrementar las libertades, sino a preocupaciones más personales y al consumo. Se animó a todo el mundo a ahorrar menos y a tomar más prestado, y a vivir más allá de sus posibilidades, fuera gente pobre sometida por sus hipotecas basura o gente rica sometida por sus plazos del jet privado. Y la globalización financiera, que permitió a los estadounidenses utilizar los ahorros de los chinos, combinada con las «innovaciones» en los servicios financieros, tentaron a mucha gente a vivir por encima de sus posibilidades, sin ningún sentido de los riesgos implicados” (De “Caliente, plana y abarrotada”-Grupo Editorial Planeta SAIC-Buenos Aires 2009).

El autor citado resume en tres razones principales a las causantes tanto del deterioro ecológico como económico producidos en los últimos años:

a) La ocultación e infravaloración sistemáticas de los costes reales del riesgo de lo que estábamos haciendo.
b) La insistente aplicación de la peor clase de valores ecológicos y empresariales, encarnados en el lema YNE/TNE («haz lo que te apetezca ahora, porque Yo No Estaré y Tú No Estarás cuando nos pasen la cuenta»).
c) La privatización de beneficios y la socialización de las pérdidas.

“Las hipotecas subprime o basura encendieron la mecha de la debacle ocurrida en los mercados, al permitir a personas con escasos ingresos y exiguos o nulos historiales crediticios comprar casas”. “Los bancos y proveedores de hipotecas las entregaban a todo aquel que fuera capaz de «sujetar un bolígrafo»”.

“La Gran Recesión estuvo motivada, en parte, por un amplio desmoronamiento ético por parte de actores cruciales, a saber, banqueros, agencias de rating, empresas de inversión, agentes hipotecarios y consumidores. Pueden existir todas las regulaciones del mundo, pero cuando la avaricia tienta a grandes cantidades de gente a perder de vista cualquier clase de pensamiento a largo plazo o sentido de la responsabilidad, las regulaciones no ayudarán a nada. No fue un comportamiento ilícito el que motivó la Gran Recesión; fue todo lo que ocurrió a la vista de gente que debería haber actuado mejor pero que aparcó sus creencias, valores, normas y escepticismos para unirse a la fiesta. Sí, tenían «principios», pero por desgracia, toda la burbuja crediticia que desestabilizó la economía mundial reposaba sobre los «principios» conocidos en el mundo financiero como YNE/TNE: Yo No Estaré o Tú No Estarás cuando las cosas vayan mal”.

“Para expresarlo de otra forma: todo el sistema dependía de gente que originaba el riesgo aprovechando este punto de partida, transfiriéndolo luego a otra persona y evitando ser responsable por ello más tarde. De esta forma, gente que nunca debería haber asumido hipotecas las asumió, gente que nunca debería haberlas concedido las concedió, gente que nunca debería haberlas empaquetado las empaquetó, gente que nunca debería haberles concedido un AAA lo hizo, gente que nunca debería haberlas vendido a fondos de pensiones y a otras entidades financieras las vendió. Y las compañías que nunca deberían haberlas asegurado, como AIG, las aseguraron, sin separar suficientes activos como para cubrir un impago masivo. Todo el mundo presumió que podía beneficiarse personalmente a corto plazo y que nunca más tendría que preocuparse de lo que ocurriera a largo plazo tras pasar su bono”.

Mientras que las compañías financieras, que en épocas normales favorecían la “destrucción creativa” asociada a la innovación tecnológica, y por la cual un nuevo producto reemplaza al anterior, en épocas previas a la crisis se dedicaron, por el contrario, a promover una “creación destructiva”. Luego de todos los errores cometidos por todos los sectores, y tratando de evitar que la crisis fuese mayor aún, el Estado debió “socorrer” a los grandes bancos y financieras dando finalmente como consecuencia el injusto resultado de “privatizar los beneficios y socializar los costos”.

No debemos olvidar que la causa primera, de todo tipo de crisis, finalmente recae en las ideas predominantes en los individuos en donde, quizás, deberíamos haber comenzado. Tales ideas determinan en definitiva una actitud ética que conviene describir con cierta exactitud. Y esto es precisamente lo que hace Thomas L. Friedman cuando agrega:

“Cuando se suma todo esto, empezamos a ver que la Gran Recesión no fue producto únicamente de triquiñuelas financieras, hipotecas basura y colapsos éticos. Sí, éstos fueron los grandes propulsores, pero existe, en realidad, un problema más hondo que es la causa fundamental: una determinada conexión entre el rendimiento escolar, el trabajo duro y la prosperidad se quebró. Nos convertimos en una nación subprime que creyó que simplemente podía tomar prestado su ascenso hacia las riquezas, que prometía un sueño americano sin tener que pagar entrada ni plazos durante dos años. No necesitábamos mejorar nuestras escuelas públicas ni incrementar exponencialmente la financiación de investigación para propulsar nuevos sectores en un momento en el que la Tierra se estaba volviendo plana y la tecnología estaba permitiendo a más y más gente competir, conectarse y colaborar con nosotros. No, el banco de la esquina, o el de la Internet, podía tomar prestado el dinero de China y prestárnoslo a nosotros, con una comprobación crediticia no más exhaustiva que la que realizan en los aeropuertos al comparar el nombre del pasajero y el del billete”.

En el caso argentino valen también las siguientes palabras del citado autor: “Hemos estado consumiendo demasiado, ahorrando demasiado poco, estudiando con demasiado poco ahínco, e invirtiendo mucho menos de lo suficiente. Y nuestras instituciones políticas también son las que tenemos que superar: mientras que nuestro sistema político, nuestro Congreso y nuestro Senado parezcan incapaces de dar las respuestas correctas a los grandes problemas, mientras que nuestros políticos sólo puedan comportarse como Papá Noel y regalar cosas, y no lo sean, como Abraham Lincoln, de hacer llamamientos auténticamente difíciles, la grandeza de la que EEUU es capaz los esquivará durante esta generación”