sábado, 1 de septiembre de 2012

Estado fuerte vs. Estado grande

En la base de toda discusión política aparece la cuestión acerca de la importancia que han de tener en la economía tanto el Estado como el mercado. La falta de entendimiento entre los adherentes al socialismo y al liberalismo se manifiesta, entre otros aspectos, a la falta de coincidencias respecto de las funciones que, se supone, deberían corresponder al Estado. En un caso, se sostiene que debe ser grande, abarcar toda la política, la economía, la cultura, los medios de información, etc., para ser dirigido por una persona, o por un reducido grupo, que ha de tomar las decisiones que afectarán las vidas de todos y de cada uno de los ciudadanos. A ese tipo de Estado podemos definirlo de la siguiente manera:

Estado grande = Gobierno – Mercado

Mediante esta representación simbólica se indica que gobierno y mercado son considerados como fuerzas sociales antagónicas. Así, mientras mayor sea la cantidad de recursos económicos que el gobierno extrae del sector productivo, menor será la cantidad disponible para la inversión. Quienes promueven un Estado grande son los políticos de orientación totalitaria. Recordemos la expresión de Benito Mussolini al respecto: “Todo en el Estado; nada fuera del Estado ni contra el Estado”. El marxismo, por otra parte, al proponer la eliminación de la propiedad privada de los medios de producción, apunta a que el Estado ejerza el poder absoluto sobre la economía, la política y todos los demás aspectos de la vida social de una nación.

Si bien en el caso del ser humano existe una estrecha correlación entre “grande” y “fuerte”, no ocurre lo mismo con las empresas, o con el Estado actuando como empresa. Como ejemplo consideremos el caso de una empresa constructora muy grande, que tiene maquinarias viales, vehículos, depósitos de materiales, laboratorios, plantilla de personal permanente, etc. En el caso de que no le sean adjudicados trabajos importantes, es posible que los gastos fijos, en un tiempo no muy extenso, la lleven a la quiebra. Puede decirse que lo grande puede también ser débil. Así, un Estado con gastos fijos excesivos dispondrá de pocos recursos para emprender algún tipo de emprendimiento trascendente.

Por el contrario, si una persona con suficientes conocimientos puede contratar ingenieros para el diseño y el cálculo de una futura edificación, puede, además, contratar el hormigón elaborado y demás elementos necesarios, podrá constituir él mismo una empresa, sin necesidad de mantener una estructura enorme como en el caso anterior. Puede decirse que, a nivel empresarial, lo pequeño puede ser fuerte si dispone del conocimiento adecuado.

Debido a que la economía de mercado se basa en los intercambios libres entre individuos y empresas, siendo cada persona la que elige su propio destino, tomando cotidianamente decisiones individuales de las cuales dependerá su futuro, tal tipo de economía difiere de una planificada centralmente. Justamente, los distintos tipos de socialismo (nacional, internacional, etc.) sostienen que esas decisiones deberán ser tomadas por quienes dirigen al Estado, por constituir tales dirigentes políticos una raza superior, o una clase social superior, o algún otro aspecto que la legitima como merecedora de la total responsabilidad por la ejecución de las decisiones que afectarán el presente y el futuro de toda la sociedad. Daniel Yergin y Joseph Stanislaw escriben:

“«La sabiduría del gobierno»-la inteligencia colectiva de quienes toman las decisiones en el ámbito estatal- era considerada superior a la «sabiduría del mercado», es decir, a la inteligencia dispersa de los tomadores de decisiones privados y de los consumidores en el mercado. En los casos más extremos, la Unión Soviética, la República Popular China y otros estados comunistas buscaron suprimir por completo la inteligencia del mercado y la propiedad privada, y sustituirlas por una planificación central y por la propiedad directa del Estado” (De “Pioneros y líderes de la globalización”-Ediciones B Argentina SA-Buenos Aires 1999).

El Estado grande está asociado, por lo general, tanto a un totalitarismo político como económico. Tal sistema de gobierno tiene como objetivo “proteger” al individuo de los empresarios aunque, en realidad, no todo empresario prefiere competir con otros, por cuanto su productividad, al no ser elevada, puede resultar insuficiente como para permitirle salir exitoso ante una confrontación con otros empresarios. En ese caso optará por establecer vínculos cercanos al poder político para recibir el apoyo del Estado, tal el caso de los países con gobiernos de tipo fascista.

A pocos les gusta competir en cuestiones laborales, ya sea en el comercio, la industria, o por una cátedra universitaria, ya que siempre está latente la posibilidad de perder para, luego, tener que intentar encontrar trabajo en otro lugar, o padecer los infortunios de la pobreza. Sin embargo, si no existiese ningún tipo de competencia, deberíamos acostumbrarnos, por ejemplo, a adquirir alimentos y mercaderías de baja calidad y a precios elevados, por cuanto el comerciante que las ofrece, al no existir otro negocio similar en una cierta zona, tratará de obtener los mayores beneficios posibles ya que el cliente no dispondrá de otra opción.

La competencia, si bien sólo es deseada por quienes están seguros de resultar ganadores, es necesaria y resulta favorable, en el largo plazo, a toda la sociedad, pero debe ser una competencia constructiva que contemple el logro del bienestar de la mayor parte de la sociedad. Max Otte escribió: “El gran economista alemán Werner Sombart, lamentablemente caído en el olvido, dijo una vez que hay tres tipos de competencia. Por un lado, la competencia de resultados, como en el deporte, donde el rendimiento se puede medir. Esto es positivo. En segundo lugar, la competencia de sugestión, donde interviene la mercadotecnia, el espectáculo: ¿Quién causa la mejor impresión? Y en tercer lugar, la competencia de aniquilamiento, es decir, la lucha de los monopolios y oligopolios por las cuotas del mercado. En este último caso se trata de expulsar al otro para quedarse luego con su terreno” (De “La crisis rompe las reglas”-Editorial Planeta SA-Barcelona 2011).

En cuanto al perfil psicológico de quienes son partidarios de un Estado grande, tenemos esencialmente al que no desea competir pero que, a la vez, no renuncia a sus pretensiones, tal el caso del político que quiere poseer el poder absoluto para eternizarse en el gobierno, o el empresario que sabe interiormente que carece de atributos para su profesión pero que no renuncia a sus pretensiones de lograr éxito económico, o el simple ciudadano que carece de aspiraciones y de deseos de trabajar, por lo cual, en principio, un sistema socialista, al limitar el progreso individual de los emprendedores, le permitirá obtener una “igualdad” que dará satisfacción a su personalidad envidiosa y materialista.

En el Estado grande, por lo general, todas las decisiones se centralizan en una, o en pocas personas. Esto nos trae a la memoria aquellas descripciones que nos remontan a las épocas en que aparecen las primeras máquinas de vapor aplicadas a la industria, en cuyo caso una sola de ellas suministraba energía mecánica a todas las máquinas de tejer o de hilar en un establecimiento textil. Si se detenía la máquina de vapor, se detenía toda la producción. En forma similar, si las decisiones del líder que detenta el presidencialismo absoluto resultan fallidas, no hay forma de evitar el posterior deterioro de la sociedad en aquellos aspectos alcanzados por aquellas decisiones. De ahí que, por lo general, el Estado grande es poco eficaz y resulta ser un Estado débil, es decir, débil con los fuertes (los amigos del poder) y fuerte con los débiles (los trabajadores que deben soportar el peso de la inflación o de las deficiencias del sistema).

En oposición al Estado grande aparece el Estado fuerte que se caracteriza por distribuir el poder y las decisiones en las distintas instituciones estatales, permitiendo al Poder Ejecutivo disponer del tiempo y de las energías suficientes para reducir las deficiencias económicas y sociales que no pudo resolver el mercado. Esta vez, las responsabilidades recaen en cada uno de los individuos que componen la sociedad, lo que equivale a que “cada máquina de la industria textil posea su propio motor”. Werner Lachman escribió:

“En comparación con los neoliberales, que tienen por ideal al Estado vigilante, los representantes de la Economía Social de Mercado abogan por la libertad del individuo y por un Estado fuerte, en donde la fortaleza del Estado no reside en sus intervenciones en los trabajos y controles, sino en su función de guardián del orden económico”. “El mejor sistema de seguridad social es el que brinda el crecimiento del producto bruto y el funcionamiento de la competencia. No obstante, resultan necesarias las correcciones por parte del Estado, debido a la desigualdad en la distribución primaria de los ingresos y de las riquezas”. “Se reclama un Estado fuerte, imparcial, que regule el desarrollo de la economía sin condicionar los resultados a favor de intereses sectoriales” (De “Seguridad social en la Economía Social de Mercado”-W. Lachmann y H.J. Rösner-Ciedla-Buenos Aires 1995).

La diferencia esencial entre ambos tipos de Estado, desde el punto de vista económico, radica en que, mientras que el Estado grande tiende a distorsionar o a reemplazar el proceso del mercado, el Estado fuerte trata de mantenerlo y de favorecerlo, por lo que se aclara el caso de algunos gobernantes de origen socialista que han conseguido buenos resultados económicos y sociales mediante un Estado fuerte que afianzó el proceso del mercado, por lo que no existieron “reclamos” por parte de los sectores liberales, ya que desde el liberalismo se busca el progreso de todos los sectores de la sociedad. El Estado fuerte admite la siguiente descripción simbólica:

Estado fuerte = Gobierno + Mercado

Nótese que algunos sectores del liberalismo proponen que sea sólo el mercado, a través de las decisiones individuales, el que establezca el rumbo económico con una muy reducida participación del gobierno, por lo que esa posibilidad tendería a desaprovechar los aportes del gobierno y también produciría un Estado débil. De ahí que podemos afirmar dos principios para un posible entendimiento futuro:

1- Ningún país puede darse el lujo de prescindir de los aportes tanto del Estado como del mercado.
2- Ningún sector de la sociedad debe atribuirse una supremacía ética o intelectual como para pretender suprimir una de las dos fuerzas sociales mencionadas.

En la Argentina, desafortunadamente, detrás de algunos fracasos económicos aparecieron economistas autodenominados “liberales” que perjudicaron las posibilidades futuras del país haciendo de tal denominación un sinónimo de crisis. Este fue el caso de Domingo Cavallo cuando fija la paridad uno a uno entre el peso y el dólar, fuera de una libre flotación que habría de darse en un mercado monetario no intervenido. Como las distintas monedas tienen cierto valor de cambio, la economía liberal aconseja que los intercambios sean regidos por el mercado, es decir, por el precio que la gente y las empresas consideren justo pagar, o recibir en pago, en cada intercambio. Si bien la paridad mencionada sirvió para “apagar el incendio” (de la hiperinflación previa), constituyó posteriormente un impedimento para las exportaciones, ya que el dólar subvaluado favoreció las importaciones y desalentó las exportaciones, tal como en la actualidad (2012) se vislumbra en el caso del dólar que no se revalúa siguiendo de cerca a la devaluación del peso debida a la inflación.

Cuando se trata de adoptar políticas de Estado que debieran mantenerse aunque cambien los gobiernos, tales políticas no deben ser fijadas teniendo prejuicios respecto de los integrantes de los distintos sectores sociales. Así, no resulta afortunado presuponer que todos los empresarios son egoístas y deshonestos, o que todos los obreros son vagos e irresponsables, o que todos los políticos son corruptos, etc. Si dejamos de lado esas generalizaciones, que muchas veces tienen bastante asidero, se podrá adoptar finalmente el sistema político y económico que mejores resultados ha dado en todos los países en los que se ha aplicado, y es aquél en el que gobierno y mercado, políticos y pueblo, presuponen la idoneidad y la decencia del otro sector, y colaboran juntos para el logro del bienestar generalizado. Una vez aceptado este primer paso, le sigue un proceso de adaptación, ya que somos los seres humanos los que debemos cambiar para lograr objetivos importantes en lugar de buscar “el sistema” que dé buenos resultados sin que el individuo cambie en lo más mínimo.

Quienes confían tanto en el Estado como en el mercado, al menos como una posibilidad factible, son quienes adhieren a la Economía Social de Mercado. Puede decirse que es una postura que no presupone limitaciones éticas o intelectuales de ningún sector. Políticamente hablando, se considera una postura de centro, es decir, no es de derecha ni de izquierda, considerando que la derecha es la postura liberal que desconfía del Estado y la izquierda es el socialismo que desconfía del mercado. Recordemos que en la Argentina de fines del siglo XX fue Álvaro Alsogaray el promotor más destacado de esa política, denominado al partido político que la promovía como Unión del Centro Democrático (UCD). Fue uno de los intentos de establecer una alternativa a los diversos populismos que han predominado en la vida política argentina en los que se destaca la idea de que un Estado grande también ha de generar un país grande.

Finalmente, podemos considerar algunos ejemplos históricos que debemos tener presentes. Guillermo Laura y Adolfo Sturzenegger escriben: “Los portentosos emprendimientos científicos y técnicos del siglo XX abarcan las áreas más diversas de la actividad humana: desde la medicina hasta las armas de destrucción masiva; desde el transporte hasta la conquista del espacio; desde el instrumental que ha reemplazado la brújula hasta las comunicaciones electrónicas que han posibilitado la globalización. ¿Cuál es el elemento común que vincula áreas tan diversas de la industria y la investigación teórica y aplicada?”. “Todas ellas, sin excepción, fueron posibles sobre la base de una inteligente cooperación reciproca del gobierno y el mercado para alcanzar una meta común. Seguramente no las hubiera podido concretar el gobierno por sí solo. Y tampoco el mercado aislado. El vigor y la tenacidad para vencer dificultades insuperables surgieron de la cooperación recíproca” (De “Abundancia de lo indispensable”-Pearson Education SA-Buenos Aires 2004).

En cuanto a la colaboración entre gobierno y mercado, la secuencia seguida en el caso de la conquista del espacio y el viaje a la Luna, fue la siguiente:

a) La meta delineada nítidamente por J. F. Kennedy con estricto cronograma
b) La identificación del flujo de fondos. En este caso, fondos asignados durante una década por varios gobiernos de distintos partidos políticos que mantuvieron inalterable una política de Estado coincidente
c) Un modelo de gestión basado en la amplia participación del mercado y de las universidades, reservándose el gobierno el rol de costear, dirigir y coordinar el ciclópeo esfuerzo humano y tecnológico de la carrera por el espacio

Los autores citados describen el camino adoptado, luego de finalizada la Segunda Guerra Mundial, por Gran Bretaña y por Alemania: “El paralelo entre el país derrotado –Alemania- y el país vencedor –Gran Bretaña- constituye casi un caso de laboratorio sobre las distintas formas de intervención del gobierno en la economía y sus resultados. Una cuestión estaba clara: el gobierno tenía que hacer algo. Ninguno de los gobiernos podía quedarse con los brazos cruzados ante una situación terminal de miseria y extenuación social. Una actitud totalmente prescindente, de Estado gendarme, como la esbozada por Winston Churchill en su mensaje del 25 de julio de 1945, al perder las elecciones generales, tampoco hubiera sido suficiente. Era indispensable que el gobierno interviniera activamente, pero no para destruir el mercado sino para potenciarlo”.

“Los modos de intervención fueron opuestos y los resultados también. Gran Bretaña trabajó en contra del mercado con una acción directa orientada exclusivamente a generar un pleno empleo artificial, sobre la base de la burocratización masiva del proceso industrial. En cambio, Alemania actuó en pro del mercado, sin descuidar la «protección de los débiles y la contención de los inmoderados», como acertadamente decía Wilhelm Röpke”.

Al entonces presidente de los EEUU, Harry Truman, le presentan varios proyectos, entre ellos uno que contemplaba exigir a Alemania reparaciones masivas por la guerra, que fue desechado ya que una decisión similar tomada luego de la Primera Guerra Mundial favoreció el inicio de la Segunda, por lo que optó por la propuesta del Gral. George Marshall, que luego se conoció como el Plan Marshall, consistente en proveer una ayuda económica a varios países europeos, incluso a la propia Alemania. Los autores citados agregan: “El Plan Marshall no se destinó a repartir cajas del Plan Alimentario Nacional (PAN) ni a desparramar planes Jefes y Jefas sino a reconstruir centrales eléctricas, altos hornos, acerías, a equipar el agro y a la construcción de carreteras. Se destinó a restaurar las herramientas básicas de producción. No a su consumo inmediato”.

“El país que recibió más ayuda fue Gran Bretaña: U$S 3.189 millones. Más del doble que Alemania, U$S 1.390 millones. A pesar de ello, Alemania se recuperó mucho más rápido gracias a su acertada política económica”. “Los laboristas liderados por Clement Attlee tuvieron un triunfo aplastante. Un electorado cansado de las privaciones de la guerra se inclinó por un asistente social que había dedicado su vida a ayudar a los pobres de los barrios marginales de Londres. Attlee prometía la estatización total de la industria estratégica y un Estado benefactor de amplio espectro, con impuestos crecientes. La tasa marginal para los altos ingresos llegó a ser del 98% destruyendo todos los incentivos de ahorro e inversión. En suma, una burocratización total, desde el carbón y el acero, hasta la medicina”.

“Los resultados fueron letales porque se destruyeron los estímulos naturales del mercado: el lucro y la eficiencia. Attlee y sus seguidores hicieron todo lo contrario a lo que era necesario: destruyeron los incentivos para trabajar duro en pro de la creación de riqueza. Gran Bretaña se transformó en un «Estado niñera» que se ocupaba de cambiar pañales en lugar de fijar grandes metas de desarrollo”. “El estatismo de Attlee y sus sucesores, mantenido durante cuatro décadas, sumió a Gran Bretaña en la apatía, la indolencia y la mediocridad. La cuna de la Revolución Industrial perdió el tren de la historia desaprovechando los treinta años dorados de apogeo del comercio internacional que habían de durar hasta la crisis del petróleo de 1974”.

“El racionamiento de alimentos se mantuvo hasta 1954, mientras que la Alemania de Erhard había liberado todos los mercados seis años antes, en junio de 1948, y crecía a ritmo vertiginoso. En Gran Bretaña, los bebés eran inscriptos como vegetarianos, a fin de que sus padres tuvieran derecho a una ración adicional de huevos para ellos”. “Al terminar la guerra, Alemania era un país devastado y desesperadamente hambriento”. “En este contexto desesperante, en junio de 1948, Ludwig Erhard abolió de la noche a la mañana el racionamiento y los precios máximos. Lo hizo sin tener claras facultades legales y sin conocimiento del Gral. Lucius Clay, comandante del ejército americano, quien lo llamó consternado: -Herr, Erhard-dijo-, mis asesores me dicen que usted cometió un terrible error. ¿Qué me contesta a eso?. –Herr, General, no les preste atención –respondió Erhard-. Mis propios asesores me dicen exactamente lo mismo”.

“La valentía de Erhard, al tomar una medida tan drástica en circunstancias de tan dramática escasez, tuvo un efecto mágico e instantáneo. De pronto, Alemania tuvo una economía en funcionamiento. Los mercados negros y grises desaparecieron. Los escaparates de los comercios se llenaron de productos. El fisco comenzó a recaudar y contó con recursos para la impostergable reconstrucción de edificios públicos, carreteras y ferrocarriles. Fue el inicio de la economía social de mercado y la base del lanzamiento del milagro económico alemán”.

En la Argentina, mientras tanto, sigue teniendo plena vigencia una actitud que incluso está presente en la letra de la Marcha Peronista: “…combatiendo al capital”, es decir, combatiendo a la economía de mercado, la que siempre dio muy buenos resultados, aunque, eso sí, requiere trabajar.