domingo, 2 de septiembre de 2012

El problema educativo

Respecto de la severa crisis que afronta la educación argentina, debemos plantear en primer término si se trata de un síntoma más, entre los muchos que hay, de la crisis moral y cultural de la sociedad, o bien si su nivel de crisis difiere notablemente de lo que debería esperarse en ese caso. Si el problema educativo estuviese fuera del problema general, parecería más sencillo de solucionar porque habría de ser un problema localizado. Al respecto, Guillermo Jaim Etcheverry escribió:

“Lo que los chicos saben es lo que los mayores les enseñamos con el ejemplo. Los más inteligentes son los primeros en aprender que resulta mucho más importante seguir lo que la sociedad enseña implícitamente con sus acciones y a través de sus estructuras de recompensas que lo que predica la escuela en lecciones y discursos sobre el recto comportamiento”. “La escuela, que puede y debe ejercer una función de liderazgo, está condenada a perder frente a una sociedad que a cada instante la desautoriza. Si la sociedad deshace prolijamente lo que pretende que la escuela construya, no puede esperarse que la educación presente una gran diferencia”.

“Nuestra sociedad, que honra la ambición descontrolada, recompensa la codicia, celebra el materialismo, tolera la corrupción, cultiva la superficialidad, desprecia el intelecto y adora el poder adquisitivo, pretende luego dirigirse a los jóvenes para convencerlos, con la palabra, de la fuerza del conocimiento, de las bondades de la cultura y de la supremacía del espíritu” (De “La tragedia educativa”-Fondo de Cultura Económica de Argentina SA-Buenos Aires 1999).

La necesidad de conocimientos es la base de todo proceso educativo. Si no existe en el individuo esa necesidad básica, poco éxito se logrará. La propia sociedad, dominada por una actitud consumista, sólo aprecia el conocimiento que podrá constituirse en un medio laboral adecuado; lo que no es una finalidad criticable si previamente existe una actitud “afectiva” hacia la ciencia.

Si en décadas pasadas no había un deterioro tan marcado respecto del nivel ético y cultural adquirido por los alumnos, podemos tomarlas como referencia para ver los cambios que han ido ocurriendo. Algunos de esos cambios podrán ser apreciados con certeza por los docentes con cierta antigüedad. En cuanto al deterioro existente, podemos tener una idea de su magnitud considerando una evaluación reciente (2011) efectuada a distintos alumnos secundarios de algo menos de 60 países, en cuanto a los conocimientos adquiridos en la escuela. En dicha evaluación, los alumnos argentinos ocuparon el lugar 51, lo que no resulta sorprendente para quien haya trabajado en la docencia en los últimos años.

Primeramente se observa que, mientras que en épocas pasadas el alumno era el “culpable” principal por algún tipo de conducta indebida, o bien por el resultado del proceso educativo, en la actualidad casi toda la responsabilidad recae sobre los docentes. Antes, los padres, los docentes y hasta los alumnos aceptaban como algo natural que el principal responsable de una conducta desaconsejable era el alumno, ya que, por lo general, el docente, por ser un adulto, tiene bastante menos “iniciativa” para crear conflictos. De ahí que el consentimiento de los padres hacia sus hijos conflictivos se traduce en una falta de apoyo para el docente que va en desmedro del éxito de su gestión y del resultado del proceso educativo. El autor citado señala: “Como ha observado un educador, antes los padres concurrían a la escuela para enterarse de lo que habían hecho sus hijos; ahora van para saber qué «les» han hecho a sus hijos”.

En segundo lugar, se pone énfasis en que el alumno es un poseedor de derechos, mientras se deja de lado la responsabilidad que debe adquirir para cumplir con sus deberes. Luego, el alumno espera que sus derechos sean respetados exigiendo de los demás el cumplimiento de sus deberes. En este caso, el sistema educativo promueve un estado de masificación similar al de toda la sociedad. Recordemos que el hombre masa es el que siempre exige, pero nunca agradece. Mientras que antes se recalcaban los deberes que a cada uno correspondían, en la actualidad se recalcan los derechos propios, de manera que el alumno influenciado por la mentalidad predominante pasa a ser un déspota en potencia.

En tercer lugar es de destacar que, al abolirse todo tipo de sanción, incluso aquella extrema de la expulsión de un establecimiento educativo, se va acostumbrando al niño, y al adolescente, a que en la escuela y en la sociedad no hay castigos. Cuando se entera que tampoco hay penalidades para los delincuentes menores de edad, aunque sean graves sus acciones (ya que son inimputables) queda a su entera elección comportarse de una manera correcta (no perjudicar a los demás) o bien hacer lo que le venga en ganas.

El deterioro de la conducta tiende a ser cada vez mayor, por lo que existe un gran porcentaje de padres que envían a sus hijos a escuelas privadas con la esperanza de que reciban una educación algo más estricta que la recibida en establecimientos estatales. Es oportuno decir que en épocas en donde estaba siempre latente la posibilidad de expulsión, era muy raro que esta sanción recayera sobre un alumno por cuanto todos sabían lo que les ocurriría ante excesos que estuviesen bastante más allá de lo permitido en el marco normativo imperante.

Debe recalcarse que, debido a la impunidad reinante respecto de las acciones de los menores de edad, dentro y fuera de la escuela, la posibilidad de hacer lo que les venga en ganas resulta ser un impedimento serio para la acción educativa. Incluso el docente ha de pensar más de una vez si coloca, o no, amonestaciones, en las escuelas que todavía las mantienen, o si baja la nota del alumno ante comportamientos inadecuados en clase, por cuanto podrá despertar en el alumno una respuesta vengativa, consistente en una difamación, que recaerá sobre quien lo sancionó, ante los directivos de la escuela, atribuyendo acciones no ejecutadas por el docente, con el riesgo cierto de que los directivos le crean al alumno. Este tipo de conducta se observa también en el ámbito de la política cuando se utiliza la venganza como una medida disciplinaria que baja desde el gobierno central ante toda señal de oposición, por lo que la acción de algunos alumnos resulta ser una conducta coherente con lo que ha legitimado la sociedad.

También resulta común en esta época que un alumno, al ser sorprendido con un “ayuda memoria” durante una evaluación escrita, lo rompa o lo esconda, y sostenga ante el docente que no es verdad que haya estado copiando durante el examen. Esta negación de lo evidente también ocurre en el ámbito gubernamental cuando se dan las estadísticas oficiales de inflación y de otras variables económicas que son fácilmente comprobables por todo ciudadano. También aquí vemos un comportamiento acorde a lo que predomina en la sociedad.

El adolescente actual, en general, considera que el sentido de su vida está vinculado a la diversión, siendo guiado por el principio del placer. Mentalmente está preparado para las vacaciones y para los días feriados. Los demás días son sólo espera e incomodidad. Si a ello se le agrega la pobre valoración social que se le da a la cultura, a la ética y al conocimiento, podrá entenderse perfectamente el profundo desinterés que los alumnos muestran en cuanto a sus deseos de mejorar como personas. Guillermo Jaim Etcheverry escribió: “No hace mucho, una conspicua integrante de la clase dirigente argentina afirmó: «Necesitaba una transformación profunda en mi vida. Por eso, decidí cambiar el color de mi pelo, que ahora luce más cobrizo, un tono que me fascina». En otras palabras, como decía Cicerón: «Hacen más daño con el ejemplo que con el pecado»”.

Es indudable que en otras épocas también ocurrían problemas de conducta y había desinterés por el conocimiento, pero la diferencia esencial radica en el porcentaje de alumnos que caen en una especie de estado depresivo cognitivo. Esto es una novedad; ya que en décadas anteriores, el alumno que mostraba bajo rendimiento, por lo general se debía a problemas familiares o bien a problemas de conducta propios de la etapa adolescente. En la actualidad, por el contrario, muchos alumnos que tienen personalidades bastante maduras, en el sentido de que muestran actitudes de respeto y buena conducta, también caen en la abulia general.

Cuando un alumno tiende a formar parte de un grupo, que es antagónico a otro grupo, en cierta forma está reeditando lo que frecuentemente observa en los medios masivos de comunicación, cuando se trata del ambiente artístico o televisivo, o se trata del ámbito del deporte. Incluso la necesidad de tener enemigos para confrontar en forma permanente, puede observarlo en los mismísimos mensajes emitidos desde la Presidencia de la Nación.

Otro de los síntomas de la crisis educativa se observa en la actitud adoptada mayoritariamente respecto de los alumnos estudiosos. Mientras que antes se los valoraba y se los trataba de emular, en la actualidad se los considera en forma marginal. El autor citado agrega: “La ignorancia de los jóvenes es nuestra propia ignorancia, que ellos asumen con envidiable capacidad. Un espejo que nos refleja con una fuerza que, al menos por un instante, incomoda”. “El objetivo es obtener, y pronto, mucho dinero. La actividad intelectual es para la gente rara. Ratas de biblioteca. Perdedores”. “Y, así, resulta lógico que, mientras se recogen testimonios de preocupación por la educación, se confirma que este problema no nos interesa tanto aunque juguemos bastante bien a «simular que nos preocupa». Posiblemente exista entre nosotros un sentimiento confuso acerca de la crisis de la enseñanza, pero nadie parece interpretar que la tragedia se aloja entre las paredes de nuestras casas y refleja fielmente nuestros valores”.

Si bien, cuando se trata algún problema social, exponemos las causas y los efectos, con ciertos detalles, es imprescindible proponer una solución, de ahí que debemos mostrar, de alguna forma, los beneficios que aporta la educación. En primer lugar, le brinda al estudiante la posibilidad de obtener una serie de triunfos parciales, luego de cada materia aprobada o de cada título obtenido, que afianza su confianza y su propia estima, ya que lo que causa satisfacción es lo que requiere trabajo y esfuerzo. La simple actitud contemplativa y ociosa, que brinda comodidades a nuestro cuerpo, no genera satisfacciones valederas.

Además, al adoptar para toda la vida el hábito de la lectura, le permite ir adquiriendo un atractivo social que resulta bastante más valioso que el atractivo estético. Finalmente, borra de su propia personalidad todo rastro de soberbia o de inmadurez por cuanto conoce la obra y la inteligencia de los grandes hombres ante quienes se siente pequeño, mientras que sabe que podrá acercarse a ellos tanto como sus ambiciones intelectuales se lo propongan.