viernes, 14 de septiembre de 2012

El nacionalismo económico

El nacionalismo en los países ha sido comparado con el egoísmo en las personas, ya que apunta a un beneficio unilateral sin interesarles apenas los posibles efectos en los demás, ya sean positivos o negativos. Entre las tendencias económicas adoptadas por los distintos países, encontramos aquella en que se opta por cerrar las fronteras al ingreso de mercaderías del exterior (importaciones) aunque se permite el egreso (exportaciones) hacia ese destino. Esto significa que, si todos los países adoptaran la misma postura, entonces ninguno podría exportar, ya que la importación estaría prohibida en todas partes. Se llegaría entonces a la paralización del comercio internacional. Faustino Ballvé escribió:

“La consigna «compre lo que el país produce, produzca lo que el país necesita» no ha dado ni puede dar resultado, porque el que compra busca su comodidad como y donde la encuentre: esto es la esencia misma de la función económica y del juicio electivo innatos en los hombres. Por otra parte, para producir lo que el país necesita, es necesario disponer de condiciones naturales y de una demanda suficiente que haga la producción costeable y nadie se lanzará a producir una mercancía, por mucho que el país la necesite, que dentro del cálculo económico, resulte incosteable e incapaz de competir con la producción mundial” (De “Diez lecciones de economía”-Víctor P. de Zabalía Editor-Buenos Aires 1960).

La búsqueda de la supremacía de las exportaciones sobre las importaciones, o de los ingresos de divisas sobre los egresos, lo que constituye el superávit comercial, es interpretado desde la postura nacionalista como una medida de la eficacia comercial de una nación. Luego, si un país tiene siempre superávit habrá otros que siempre tendrán déficit. El autor citado agrega: “Pero lo más absurdo es la obsesión de que los países sólo pueden prosperar cuando tienen una balanza de pagos favorable, o sea cuando exportan más de lo que importan y cobran más de lo que pagan, lo cual equivale a decir que un país sólo puede prosperar a costa de los demás”.

“Se olvida que no se puede ser rico entre pobres porque la riqueza consiste en la posibilidad de comprar”. “Si un país exporta año tras año más de lo que importa y llega a acumular casi toda la riqueza de los demás países que se han pasado todo este tiempo importando y pagando la diferencia en oro [no vigente en la actualidad] hasta quedar en la mayor miseria, ¿de qué le servirá el oro a aquel país exportador? ¿Qué podrá comprar con él en un mundo donde la gente apenas si tiene lo bastante para no morir de hambre?”.

Mientras que la persona egoísta lleva en su actitud su propio castigo, ya que se aísla afectivamente de los demás logrando un reducido nivel de felicidad, las sociedades que adoptan el nacionalismo económico también tendrán su propio “castigo económico”, entre los que se pueden mencionar:

1- Se producirán bienes con elevados costos; como es el caso de algunos productos que podrían adquirirse en países que pueden realizarlos con costos menores.
2- Faltarán artículos necesarios para el desarrollo de la industria local.
3- Los demás países comenzarán a cerrar sus fronteras ante quien las cerró primero, impidiendo el normal desarrollo de las exportaciones.
4- Los fabricantes locales, al no tener que competir con empresarios extranjeros, subirán los precios de sus productos y no se preocuparán por mejorar la calidad.
5- Al desalentar la salida de turistas al exterior, se favorecerá una suba de precios en la hotelería local.
6- El exceso de divisas puede promover inflación.

El modelo económico denominado “nacionalismo económico” se conoce también como “mercantilismo”, que fue abandonado hace bastante tiempo debido a los efectos negativos que produce en el largo plazo. Enrique Ballestero escribió: “Los habitantes del país se alegran porque el oro y las divisas entran en mayor cantidad que salen. Todo ese superávit de la balanza comercial lo han ganado honradamente las empresas exportadoras; es natural que vaya a las cajas de esas empresas y después a los bolsillos de los productores. En otras épocas, cuando el oro extranjero circulaba corrientemente por los países, no había necesidad de cambiarlo por moneda nacional; hoy, el gobierno controla férreamente este tráfico; las empresas tienen la obligación de entregar las divisas en el Banco Central y reciben su contravalor en moneda del país. De un modo u otro, el superávit de la balanza se monetiza; esto es, se convierte en un medio de pago ordinario”.

“Los productores tienen que pagar impuestos; el gobierno se queda de ese modo con una porción mayor o menor del superávit y se cumple así con el objetivo político: más oro, más poder”. “Ahora viene la segunda parte. Los productores se gastan el dinero. El gobierno paga a sus funcionarios, que se gastan también el dinero. Los bienes industriales que consumen estos individuos son, casi todos, de fabricación nacional, ya que no se pueden importar prácticamente. Sus precios subirán por la abundancia de dinero comprador. Sólo un aumento espectacular de la productividad, que aumente la oferta barata de productos nacionales, podrá frenar los precios. En resumen, el superávit de la balanza provoca una inflación, con los efectos conocidos: disminuyen las exportaciones (porque los productos nacionales son más caros y ya no compiten ventajosamente con los extranjeros); el dinero huye del país, buscando un refugio seguro; y el superávit, por el que tanto se suspiró, se transforma al poco tiempo en un déficit”.

“Para salvar el modelo mercantilista, hay que cortar la inflación, pero manteniendo viva la causa de la inflación, que es la propia política mercantilista. Esto suena a paradoja, o todavía peor, a hazaña imposible. Sin embargo, se puede lograr a fuerza de austeridad y sacrificio” (De “Introducción a la teoría económica”-Alianza Editorial SA-Madrid 1988).

El nacionalismo ha sido casi siempre motivo de conflictos, haciendo que los países se vayan separando y desuniendo a partir de que alguno de ellos comience su etapa mercantilista. Faustino Ballvé escribió: “En la época de la gran prosperidad económica que comprende la casi totalidad del siglo XIX y los primeros años del XX nadie se preocupaba de economía nacional ni de balanza de pagos, concepto lanzado a la circulación al parecer por David Ricardo (antes se hablaba sólo de balanza comercial): cada uno se preocupaba de producir bienes y servicios que tuvieran aceptación en el mercado del mundo, y este cruzamiento multilateral de esfuerzos daba por resultado que todo se comprara y se vendiera, que todo el mundo mejorara su nivel de vida y que jamás hubiera falta de divisas extranjeras”.

“Hasta 1914 no se dio un solo caso de que alguien, en algún país quisiera importar algo y no pudiera porque no encontraba moneda extranjera para pagarlo a un precio razonable. Pero un día, unos economistas alemanes más o menos dependientes del bando militarista e imperialista descubren la existencia de la economía nacional (Volkswitschaft), empiezan a razonar sobre si Alemania obtiene una justa compensación por el esfuerzo de su pueblo y crean el complejo de la explotación internacional que lleva a la guerra del 14 y nuevamente a la del 39”.

De todo esto surge el siguiente cuestionamiento: si algo no da buenos resultados, ¿por qué se sigue utilizando? Entre las respuestas posibles podemos mencionar: a) Porque algunos políticos ganan elecciones proponiendo modelos económicos fallidos, b) Porque la adhesión incondicional a ideologías dogmáticas les impide aceptar la realidad, c) Simplemente porque “el hombre es el único ser viviente capaz de tropezar más de una vez con la misma piedra”.

Pero la “obra cumbre” del nacionalismo económico es la nacionalización o expropiación de las empresas. Aun cuando las masas populares avalen con entusiasmo tal procedimiento, tiene un efecto inmediato, ya que actúa como una señal que alertará a futuros inversores, nacionales o extranjeros, quienes temerán realizar inversiones en el país e, incluso, tratarán de salvaguardar las existentes transfiriéndolas de alguna manera al exterior.

Incluso existen propuestas legislativas que contemplan ampliar las posibilidades legales del Estado para realizar expropiaciones de “viviendas ociosas”, es decir, segundas viviendas que se hallen desocupadas. Esta nueva señal, establézcase la legislación respectiva, o no, hará que posibles inversores en la construcción desistan de sus planes, o bien los realicen en países limítrofes que mantengan un estricto respeto por el derecho que ampara la propiedad privada.

La Argentina no puede darse el lujo de seguir enviando capitales a los países desarrollados, desaprovechando, además, las posibilidades ventajosas que la actual situación internacional brinda a los países de Latinoamérica. La opción “desarrollo vs. populismo”, o “democracia vs. totalitarismo”, pocas veces ha sido tan evidente ante la ciudadanía. Sin embargo, nuestra referencia no es el futuro posible, sino la crisis de la década pasada, respecto de la cual, por supuesto, estamos bastante mejor. Incluso se critica a quien trate de vislumbrar otras alternativas ya que, pareciera, se teme tener que renunciar al sueño populista que tantas ilusiones brindó.

Para la llegada de capitales de inversión extranjeros, y para el regreso de capitales de argentinos invertidos en el exterior, debe primeramente existir una ideología básica, un consenso político, una aceptación popular y una legislación que ampare las “políticas de Estado”, que son acuerdos consensuados por todos los sectores, que darán lugar a un marco favorable para una alianza estratégica entre gobierno y mercado. Por el momento parece que estamos bastante lejos de, al menos, iniciar tal objetivo.

La “regla de oro” para la llegada de capitales contempla los siguientes requisitos: credibilidad, previsibilidad, estabilidad y rentabilidad. La credibilidad de un Estado que tergiversa datos estadísticos resulta muy pobre. La previsibilidad de un Estado que casi no se rige por leyes sino por las decisiones de una persona, es bastante pobre. Incluso la Presidente, ante las criticas recibidas por la falta de previsibilidad del Estado, afirmó tranquilamente que “ella es confiable y previsible”, expresión que resultó ser un reconocimiento tácito de que “ella es el Estado”. Las descalificaciones y venganzas desde el gobierno hacia la oposición hacen poco estable el ámbito político, mientras que la posible rentabilidad resulta ser insegura ante decisiones imprevistas del gobierno, como la prohibición para la salida de capitales de los inversores extranjeros. Nótese que el respeto a la propiedad privada no está incluido en la regla mencionada, ya que se da por sentado que se aplica a sociedades democráticas, y no a totalitarias.