sábado, 15 de septiembre de 2012

El centro político

Todas las posturas políticas definen, entre otras, la forma en que la acción estatal se vinculará con la economía. Tanto la política como la economía forman parte de las ciencias sociales, de ahí que toda propuesta política deberá ser compatible con el resto de las ciencias sociales y con una ética natural elemental. Es por ello que debamos dejar de lado todo tipo de exclusión social, racial, sectorial o de otro tipo. Veremos que, en ese caso, la cuestión se simplifica bastante ya que, por lo general, la falta de entendimiento se debe a cierta incompatibilidad, ética o científica, de alguna de las propuestas.

Para comprender el significado de las posturas políticas de centro, debemos considerar primeramente los extremos. Tales extremos serán, en este caso, izquierda y derecha, que debemos definir con cierta precisión, al menos dentro del rigor aceptable en el ámbito de las ciencias sociales. La caracterización más simple y general de la izquierda y de la derecha será:

Izquierda (socialismo) = Totalitarismo político + Planificación económica central estatal.
Derecha (liberalismo) = Democracia política + Economía de mercado

En esta primera clasificación podemos también incluir las posturas mixtas (no intermedias) tales como:

Mixta 1 = Totalitarismo político + Economía de mercado
Mixta 2 = Democracia política + Planificación económica central estatal

Estas posturas provienen de ideologías que las promueven, siendo las posturas extremas derivadas del marxismo (izquierda), por una parte, y del liberalismo (derecha), por la otra. Por el momento dejaremos de lado al nazismo y al fascismo debido a que son posturas totalitarias (“todo en el Estado”) con poca vigencia en la actualidad.

El marxismo considera que el empresario (la burguesía) es esencialmente explotador y egoísta, de ahí que promueve una planificación central de la economía con prohibición de la propiedad privada de los medios de producción, presuponiendo, además, que el político socialista a cargo del Estado está exento de los atributos negativos que asocia al sector productivo.

El liberalismo tradicional es lo opuesto al socialismo, ya que supone que el empresario, en una economía de mercado, aun con atributos personales negativos, podrá ser útil a la sociedad y a la economía, mientras que el burócrata estará incapacitado “por naturaleza” a tener un buen desempeño en su actividad, especialmente con la vinculada a la economía.

Toda ideología, comprendida en el ámbito de la “ciencia de las ideas”, como conjunto de ideas que describe lo que el hombre y la sociedad son (sugiriendo también lo que deberían ser), no debería presuponer que toda una clase social (burguesía o empresariado) habría de estar compuesta de malas personas. De ahí que el fundamento del marxismo no responde a una observación elemental de la realidad ni responde a un criterio ético básico, por cuanto promueve una efectiva discriminación social.

También algunos pensadores liberales han adoptado una postura similar, aunque destinada al burócrata estatal. Si bien no se trata de una discriminación social como la anterior, vendría a ser una discriminación de rol social, ya que suponen que quienes desempeñan cargos estatales no tienen aptitudes suficientes como para limitar y regular algunos aspectos de la economía que escapan a los resultados producidos por el mecanismo del mercado. Al suponer que el mercado soluciona todos los problemas sociales, sin necesidad del Estado, se cae en una postura demasiado optimista.

Las posturas de centro implican una transición desde ambos extremos ya que encuentran deficiencias en ambos, por lo que existe un centro izquierda, que proviene del marxismo, y un centro derecha que proviene del liberalismo. La centro izquierda, o social democracia, parece coincidir con el socialismo tradicional en cuanto a que “el empresario es malo y egoísta por naturaleza” y que el Estado debe proteger al ciudadano común respecto del sector productivo. Difiere del marxismo tradicional en que, en lugar de sugerir expropiar los medios de producción, sugiere dejarlos trabajar para confiscar luego gran parte de sus ganancias. Surge como una alternativa al Estado totalitario debido a los reiterados fracasos y catástrofes asociadas al comunismo.

El centro derecha, por el contrario, acepta la democracia y el mercado como los “males menores” aunque difiere del liberalismo tradicional en que le resulta poco adecuado sostener que existe una “ineficacia natural del burócrata”. Recordemos que posturas tales como la Economía Social de Mercado considera que el Estado debe tener una presencia efectiva en la economía, pero limitando su accionar en el preciso instante en que se ha de deteriorar el mecanismo del mercado.

¿Hasta donde debe intervenir el Estado en la economía? Podemos establecer una analogía en la que se compara el Estado con un neurocirujano, quien realiza una operación quirúrgica deteniéndose en el preciso instante en que ha de deteriorar alguna parte del cerebro sano.

Puede decirse que el centro izquierda aparece luego de la decepción motivada por los pobres resultados logrados por el socialismo, aunque acepta sus fundamentos y objetivos, por cuanto se trata de una postura dogmática, mientras que el centro derecha proviene de quienes mantienen convicciones coincidentes con el liberalismo pero que, a su vez, proponen ciertas mejoras como corresponde a toda rama del conocimiento que sea compatible con el método de la ciencia experimental.

Quienes sostienen, desde el liberalismo, y en forma dogmática, que todo está bien en el plano teórico, olvidan que el liberalismo, para insertarse en la sociedad, deberá ganar elecciones y que sólo una ideología exenta de toda debilidad teórica podrá constituirse en un factor de importancia social. Así mismo, cualquier debilidad observada será explotada eficazmente por la izquierda, que por lo general recurre a la mentira y a la propaganda haciendo que la gente le conceda mucha mayor tolerancia. Guillermo Laura y Adolfo Sturzenegger escriben sobre el gobierno (G) y el mercado (M):

“Desde el punto de vista intelectual, si bien subsisten algunos debates acerca de la línea divisoria exacta entre gobierno y mercado, resulta muy claro que en lo que constituye el tronco central de la ciencia económica, las diferencias son sólo de grado, no de esencia. Se reconoce que ambos mecanismos tienen roles decisivos en una buena organización económica, y que tales roles son recíprocamente complementarios y no antagónicos”.

“Intelectualmente, las posturas extremas han resultado demolidas. El marxismo leninismo, cuando se demostró científicamente la imposibilidad del cálculo económico en una economía sin mercados ni precios. El fundamentalismo de mercado, cuando se comprobó que los principios teóricos de uno de los pensadores arquetípicos de esta corriente resultaban implacablemente invalidados por la historia de los hechos económicos del siglo pasado”.

“El mensaje intelectual del siglo XX es claro. La organización de la economía no debe basarse en los principios marxistas leninistas, ni en los principios de sus adaptaciones occidentales de creer que toda intervención estatal en los mercados está justificada, que la propiedad pública de los medios de producción es siempre superior a la propiedad privada, que los precios de bienes y factores deben ser fijados en centrales de planificación y no en mercados descentralizados, que siempre es preferible más gobierno y menos mercado, esto es, en creer en una situación (G – M). Pero tampoco debe basarse en los principios del fundamentalismo de mercado, del gobierno ausente, del Estado gendarme, del piloto automático, de una situación que siempre prefiere más mercado y menos gobierno, esto es, una situación (M – G). Por el contrario, debe basarse en los principios de un capitalismo equilibrado capaz de reconocer que a veces debe existir sólo mercado, a veces sólo gobierno, y a veces una coordinación estratégica de acciones complementarias entre las dos formas de organización de la sociedad. Esto es, una situación que respeta tanto al mercado como al gobierno en el manejo de la economía, o sea una situación (G + M)” (De “Abundancia de lo indispensable para todos”-Pearson Education SA-Buenos Aires 2004).

En el lenguaje utilizado por los citados autores, podemos expresar entonces tanto las posturas extremas como las intermedias:

Socialismo = G
Liberalismo = M
Centro izquierda = G – M
Centro derecha = G + M

Observamos que se pasa desde posturas que muestran algún tipo de exclusión, a otra que muestra antagonismo entre gobierno y mercado hasta llegar, finalmente, a la que promueve una postura predominantemente cooperativa. Incluso recordemos que el criterio básico de la democracia es el de la división de poderes, de ahí que es mejor que el poder se reparta entre Estado y mercado a que sólo lo posea el Estado o sólo el mercado. Werner Lachmann escribió: “En las palabras de Röpke, la Economía Social de Mercado puede ser considerada históricamente el ordenamiento económico que exhibe la menor concentración de manifestaciones de violencia. En este sentido, Franz Böhm expresó que la competencia es el instrumento más ingenioso que se conoce para limitar el poder, dado que las posiciones de poder conquistadas se tornan inestables y por ello se reduce la dependencia del individuo respecto de los centros de poder, que además se disciplinan” (De “Seguridad Social en la Economía Social de Mercado”-CIEDLA-Buenos Aires 1995).

El proceso “purificador” del liberalismo implica la posibilidad de que el Estado tenga una importante participación en la vida económica, tal como fue demostrado eficazmente por la Economía Social de Mercado en Alemania luego de la Segunda Guerra Mundial. Así como la mecánica de Isaac Newton fue corregida, y el conocimiento de la gravitación universal fue ampliado, ambos logros establecidos por Albert Einstein, sin que lo descubierto por Newton perdiera su valor, algunos economistas han “corregido” algunas ideas vertidas por el economista austriaco Ludwig von Mises, para hacer del liberalismo económico una postura más cercana a la realidad, y más cercana a una masiva aceptación. Podemos sintetizar la actitud de Ludwig von Mises, respecto de la burocracia, en sus propias expresiones: “La burocracia está penetrada de una fanática hostilidad hacia la libre empresa y la propiedad privada. Paraliza la gestión de los negocios y disminuye la productividad del trabajo. Sin reparar en el gasto, derrocha las riquezas de la nación. Es ineficiente y dispendiosa”.

“Los burócratas se multiplican y están ansiosos de restringir, paso a paso, la libertad de acción del ciudadano individual”. “La burocracia está imbuida de un odio implacable a los negocios privados y la libre empresa”.

“Ningún compromiso es posible entre estos dos sistemas. En contra de la falacia popular, no existe una vía media, ningún tercer sistema es posible como modelo de un orden social permanente” (De “Burocracia”-Unión Editorial-Madrid 1974).

G. Laura y A. Sturzenegger consideran inadecuados los siguientes aspectos promovidos por el destacado economista:

1- El gobierno es incapaz de innovar
2- La burocracia paraliza el espíritu creador
3- El progreso científico no puede provenir del gobierno
4- El único motor del progreso es el beneficio económico
5- La burocracia es incapaz de alcanzar una meta
6- Las fuerzas armadas tienen una obstinada hostilidad hacia el progreso tecnológico

Los citados autores agregan: “En nuestra opinión esta postura nihilista de von Mises hacia la burocracia y el gobierno resulta perjudicial porque es fatalista y entonces la situación no se puede modificar. Es algo intrínseco y congénito. Según von Mises la burocracia es así y no existe posibilidad de cambiarla. No hay burocracias buenas y burocracias malas. Todas son así por su propia naturaleza. Esto nos lleva a la resignación y a tener que aceptar que un grupo de incapaces carentes de todo espíritu de progreso e investidos de la autoridad se apodere del 20% al 40% de la riqueza nacional a través de los tributos, sin que el pueblo reciba nada a cambio. Esta visión es destructiva del futuro de la sociedad y lleva a la sociedad civil a bajar los brazos con una conformidad pasiva, a ser privada de su esfuerzo sin que exista ninguna posibilidad de modificar una realidad que viene determinada necesariamente por la naturaleza propia, esencial e inmodificable del gobierno. Según esta visión, el gobierno sería por naturaleza altamente ineficiente”.

Por su parte, Bernardo Kliksberg agrega: “En América Latina el razonamiento ha tomado con frecuencia el carácter de «profecía que se cumple a si misma». Al plantear como punto de partida la inutilidad del Estado, ha generado medidas que debilitaron fuertemente sus capacidades institucionales, desarticularon organismos clave, propiciaron casi agresivamente el retiro del sector público de los más capaces, desjerarquizaron la función pública en el campo social como en otras áreas. Un Estado minado en sus bases organizativas ha cumplido en diversas realidades la profecía. Su capacidad de operación real se redujo significativamente, sin embargo, las exigencias de la realidad han ido por otro camino” (De “Más ética, más desarrollo”-Temas-Buenos Aires 2004).

Puede argumentarse que von Mises tiene toda la razón en algunas situaciones concretas, como es el caso de una sociedad que atraviesa por una etapa de severa crisis moral de la cual pocos escapan. Incluso también Marx puede tener razón en el caso de muchos empresarios que ejercen una explotación real respecto de sus empleados. Sin embargo, el error radica en generalizar a todos los integrantes de un sector social atribuyéndoles los atributos negativos observados en una parte del mismo.

Quienes se sientan “desilusionados” al observar el error atribuido a Ludwig von Mises, desilusión compartida por el autor del presente escrito, quizás compartan también la tranquilidad que resulta de poder disponer de una mejor visión de la realidad y de poder observar que se ha podido comprender un aspecto que seguramente redundará en una mejora futura en quienes proponen para su país una orientación política libre de los errores cometidos en el pasado.