lunes, 27 de agosto de 2012

Los científicos y la religión

En principio, no resulta posible establecer una conclusión general respecto de la importancia que la religión ha tenido en la vida de los científicos, ya que entre ellos ha existido una amplia variedad de creencias y de pensamientos al respecto, que incluye, por supuesto, la no religiosidad. De ahí que sea oportuno considerar sólo algunos casos representativos.

Debido a que el científico presupone la existencia de leyes invariantes que rigen todos los fenómenos naturales, que incluyen al propio ser humano, su pensamiento se identifica con la religión natural, o deísmo; de ahí la expresión de Albert Einstein: “Mi Dios es el Dios de Spinoza”, haciendo referencia al filósofo Baruch de Spinoza quien identificaba a Dios con el orden natural, dejando de lado toda concepción antropomorfa del ente creador.

Cuando alguien le preguntaba a Albert Einstein si creía en Dios, le respondía solicitando una aclaración respecto al significado atribuido a “creer en Dios”, ya que el sentido de la pregunta inicial muchas veces implica “¿Comparte usted la creencia que yo tengo de Dios?”. Incluso el problema que ofrece la religión actual radica en que no parte de aspectos objetivos de la realidad, como son las leyes naturales, sino de creencias subjetivas que pueden mostrar una diversidad bastante apreciable.

También hubo quienes admitían una posible intervención del Creador en los acontecimientos naturales, postura que se identifica con el teísmo, en el cual se admite que Dios puede intervenir en los fenómenos cotidianos interrumpiendo las leyes naturales, o cambiando las condiciones iniciales en algunas secuencias de causas y efectos, lo que se conoce como “milagro”. Isaac Newton escribió acerca de las irregularidades en el movimiento de Júpiter y Saturno: “Un destino ciego no habría podido nunca hacer mover a todos los planetas y los cometas, desigualdades que probablemente irán en aumento por mucho tiempo, hasta que finalmente el sistema tendrá necesidad de ser puesto de nuevo en orden por su creador”. La cuestión fue aclarada posteriormente por Pierre S. de Laplace sin necesidad de acudir a esa hipótesis.

Podemos hacer una síntesis de las distintas posturas religiosas, que incluye la no religiosidad:

a) Deísmo: existen leyes naturales invariantes que dan lugar a un orden natural. Dios no interviene en los acontecimientos humanos, sino a través de sus leyes. No existe el milagro ni la revelación. Es una postura compatible con la ciencia.
b) Teísmo: existen leyes naturales que dan lugar a un orden natural, que pueden ser interrumpidas mediante intervenciones de Dios. Existen los milagros y la revelación. Es una postura parcialmente compatible con la ciencia.
c) Ateismo: no existen leyes invariantes ni un orden natural, sino un caos básico, por lo que se requiere que el hombre establezca cierto orden artificial. Es incompatible con la ciencia

Debe aclararse que otras posturas filosóficas o religiosas distintas caerán fuera de este reducido esquema, ya que sólo constituye una forma orientadora para la comprensión del tema.

Quienes poco conocen la historia de la ciencia, sospechan que ésta es opuesta a la religión. Sin embargo, la ciencia ha contado, entre sus principales fundadores, a muchos hombres para quienes la religión ocupaba un lugar importante en sus vidas. Entre ellos podemos citar a Nicolás Copérnico, Galileo Galilei, Johannes Kepler, Isaac Newton, Michael Faraday, James Clerk Maxwell, Charles Darwin, Gregor Mendel, etc. Incluso dos de ellos (Copérnico y Mendel) eran sacerdotes católicos, mientras que Kepler y Darwin estudiaron teología para convertirse en predicadores protestantes, si bien luego se dedicaron por completo a la ciencia.

Puede observarse que los científicos cristianos nombrados han sido los fundadores de la mecánica y de la astronomía (Copérnico, Kepler, Galileo, Newton), del electromagnetismo (Faraday, Maxwell), de la evolución biológica por selección natural (Darwin) y de la genética (Mendel). También Newton, junto a Gottfried Leibniz y, posteriormente, Augustin Cauchy, son los nombres relevantes del cálculo infinitesimal. Incluso uno de los fundadores de la teoría del universo en expansión, denominada “modelo de Lemaître, Friedmann, Robertson, Walter”, tal el caso de George Lemaître, fue un sacerdote católico. Respecto a su modelo de átomo primitivo, escribió: “El objeto de una teoría cosmogónica es el de buscar las condiciones iniciales idealmente simples de las que ha podido resultar, por medio del juego de las fuerzas físicas conocidas, el mundo actual en toda su complejidad” (De “Cosmogonía”-Editorial Ibero-Americana-Buenos Aires 1948).

No todos los científicos cristianos tuvieron el apoyo de las Iglesias a las cuales pertenecían, ya que, si bien sus pensamientos eran compatibles con la ética cristiana, podían no ser compatibles con la interpretación literal de la Biblia. Recordemos que hay muchos religiosos que suponen que la Biblia no es sólo un libro histórico que trata sobre cuestiones inherentes al comportamiento del hombre, sino que también estaría ahí comprendida “toda la verdad sobre todas las cosas”. Uno de los criticados fue el astrónomo Nicolás Copérnico quien, por temor a recibir descalificaciones por su modelo de sistema planetario solar heliocéntrico (el Sol al centro con la Tierra en movimiento), retarda la edición de su libro “Sobre las revoluciones” durante unos veinte años, apareciendo el primer ejemplar impreso el día de su fallecimiento, el 24 de mayo de 1543, por lo que no tuvo que padecer las adversidades de la critica destructiva. I. Bernard Cohen escribió: “Martín Lutero, que sabía poco (o nada) de astronomía experimental, reaccionó con violencia contra la idea de Copérnico sin siquiera leer sus escritos” (De “Revolución de la Ciencia”-Editorial Gedisa SA-Barcelona 1989).

Entre los casos trascendentes de antagonismo entre ciencia y religión, aparece la prohibición, por parte de la Iglesia Católica, de la difusión de las obras de Galileo Galilei, quien apoya el modelo de Copérnico y lo fundamenta con sus propias observaciones astronómicas. Uno de los supuestos errores atribuidos a dicho sistema radica en que en la Biblia aparece un pasaje que expresa que Josué ordena al Sol que se detenga, de donde se extrae que el Sol se mueve, y no la Tierra, como dice Copérnico.

Recordemos que para muchos fanáticos, toda descripción realizada por algún científico deberá ser compatible con algún libro (sagrado, filosófico, político, etc.) antes que con la propia realidad. La realidad, como resulta evidente, es la obra de Dios, mientras que todos los libros son escritos por hombres, de ahí que, en general, el científico toma como referencia la obra de Dios mientras que el religioso toma como referencia la obra de otros hombres. Moisés González escribe sobre Galileo:

“Desde su punto de vista la concordancia entre ciencia y fe no era solamente posible, sino que el conflicto entre ellas no podía ser más que aparente, pero nunca podía realmente existir. La solución a la apariencia del conflicto era muy sencilla; bastaba con que cada cual se dedicase a cumplir estrictamente su función. A los teólogos les correspondía interpretar el verdadero sentido de los textos bíblicos que contenían la revelación «positiva» de Dios, y a los científicos correspondía en exclusiva el sentido de la revelación «natural» que se encontraba en el «libro de la naturaleza»” (De la Introducción a las “Cartas a Cristina de Lorena”-Galileo Galilei-Ediciones Altaya SA-Barcelona 1994).

Galileo no sólo tuvo que lidiar contra quienes lo acusaban desde la Iglesia, sino también contra quienes tomaban como referencia los libros de Aristóteles, ya que, por lo general, quienes pretenden destacarse sobre los demás por su conocimiento, antes que ser buscadores de la verdad, sostienen primeramente la creencia de que tal o cual libro es la suma de todo conocimiento y de toda posible verdad. Luego, leen y repiten el libro del principio al final suponiendo que así han llegado a la erudición. Ėsta ha sido una de las causas de los conflictos entre religión y ciencia; la simple lucha por la supremacía intelectual y, a veces, por el poder otorgado por la misma. De esa forma la religión fue perdiendo su eficacia y su influencia positiva a través de los años. Debe destacarse que Galileo no se oponía a la Iglesia ni a la religión, sino que algunos teólogos se oponían a Galileo por los motivos antes mencionados. Incluso dos hijas del físico y astrónomo optaron por la vida religiosa en un convento católico cerca del cual estableció su domicilio. Galileo Galilei escribe en el libro citado:

“Para explicación y justificación de tal opinión suya dicen que, siendo la teología reina de todas las ciencias, no debe de ninguna forma rebajarse para acomodarse a los dogmas de las otras menos dignas e inferiores a ella, sino por el contrario las otras deben, como a reina suprema, remitirse a ella y cambiar y variar sus conclusiones conforme a los estatutos y decretos de la teología; y más aún, añaden que cuando en la ciencia inferior se tuviese por segura alguna conclusión, en base a demostraciones y experiencias, si se encuentra en la Escritura alguna afirmación contraria a la misma, deben los mismos profesores de aquella ciencia procurar por sí mismos invalidar sus demostraciones y descubrir las falacias de las propias experiencias, sin recurrir a los teólogos y a los exegetas”.

El hecho científico que señala una mejor adaptación al mundo real del deísmo que del teísmo, es el descubrimiento del fenómeno de la evolución biológica. Sin embargo, al igual que en épocas de Galileo, se trató de descalificar todo aquello que no concordaba con la creencia predominante. Se vio claramente que la Biblia traía mensajes religiosos y no científicos, y que, en lugar de una creación directa del hombre, se habría producido una creación indirecta a través de las leyes naturales. I. Bernard Cohen escribió:

“Lo que trastornaba a la gente de la época de Darwin era el hecho de que la teoría de la evolución cuestionaba la interpretación literal de las Escrituras. Posiblemente Darwin no habría suscitado una oposición tan clamorosa si se hubiera ocupado tan sólo de las plantas, animales e incluso de la edad de la Tierra. En otras palabras, si no hubiera sido necesario incluir al hombre en la escala y el proceso evolutivo, o concluir que los seres humanos son producto de la selección natural, es probable que los creyentes religiosos no habrían reaccionado con tanto vigor. Desde luego, existían (aún existen) ciertos fundamentalistas que creían en la letra de las Sagradas Escrituras, a tal punto que eran capaces de alzarse en armas contra la idea de que la edad de la Tierra es mayor de la que se desprende de la crónica bíblica. Recuérdese que en nuestros días, en EEUU, los fundamentalistas están librando una batalla a través de las legislaturas estaduales y los tribunales para que se dedique el «mismo tiempo» a la teoría de la «creación» que a la de la evolución en las aulas”.