martes, 7 de agosto de 2012

Leyes naturales y humanas

Los historiadores de la ciencia escriben acerca del primer científico, Tales de Mileto (siglo VI AC), en quien predominan sus ansias por conocer sobre sus ambiciones por poseer. Tales expresó: “Prefiero conocer una ley antes que poseer un reino”. Era una de las primeras referencias a las leyes naturales. En las épocas de Marco Tulio Cicerón (siglo I AC), ya se vislumbraba la identidad entre la ley de Dios y la ley natural, que se fue perdiendo con el tiempo y que es hora de volver a recuperar plenamente. Cicerón estima, además, que la ley natural debe considerarse como el fundamento de toda ley propuesta por el hombre, por lo que escribió: “El verdadero derecho es la recta razón de acuerdo con la naturaleza, y tiene alcance universal, y es inmutable y eterno. No podemos oponernos a ese derecho, ni cambiarlo; no podemos suprimirlo; ningún cuerpo legislativo puede librarnos de las legislaciones que nos impone, ni necesitamos que nadie nos lo enseñe. Ese derecho no es distinto en Roma y en Atenas, en el presente y en el futuro; es y será válido para todas las naciones y tiempos. El que lo desobedece se niega a sí mismo y a su propia naturaleza” (Del “Tratado de la República”-Editorial Porrúa SA-México 1986).

El hombre conocía, en épocas de los antiguos griegos, la forma esférica y el diámetro de la Tierra, debido a la medición realizada por Eratóstenes (siglo III AC), mientras que en la Edad Media se suponía que era plana y que estaba sostenida por elefantes. Esta especie de “ley del conocimiento decreciente” también parece haber afectado al propio concepto de ley natural, ya que su aplicación al hombre y a la sociedad, implicó una renovación conceptual por la cual se reincorporó algo ya conocido en épocas previas, de ahí la afirmación de Auguste Comte (siglo XIX): “Sólo el estudio directo del mundo exterior ha podido producir y desarrollar la gran noción de las leyes de la naturaleza que, como consecuencia de su extensión gradual y continua a fenómenos cada vez menos regulares, ha tenido que ser finalmente aplicada incluso al estudio del hombre y de la sociedad, último término de su total generalización” (Del “Curso de filosofía positiva”).

El concepto de ley natural adquiere mucha importancia por cuanto es el vínculo existente entre pasado, presente y futuro. También es el vínculo entre religión y ciencia y entre ciencias naturales y humanas. Puede decirse que la ley natural es el vínculo invariante entre causas y efectos y es el principal atributo de todo lo existente. Galileo Galilei escribió: “Si es verdad que un efecto tiene una sola causa primaria y que entre la causa y el efecto hay una conexión firme y constante, debe entonces concluirse necesariamente que allí donde se perciba una alteración firme y constante en el efecto habrá una alteración firme y constante en la causa” (Del “Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo”-Librería del Colegio SA-Buenos Aires 1945), mientras que Henri Poincaré da una definición similar: “¿Qué es una ley? Es un vínculo constante entre un antecedente y un consecuente, entre el estado actual del mundo y su estado inmediatamente posterior” (De “Últimos pensamientos”–Editorial Espasa-Calpe Argentina SA-Buenos Aires 1946).

La imagen matemática de una ley natural está asociada al concepto de función, en donde existe un vínculo definido entre las variables ligadas funcionalmente. El estudio de los fenómenos de la escala atómica, principalmente, nos lleva a una ampliación desde las leyes causales para llegar a las leyes estocásticas, o probabilistas, en donde el vínculo invariante se produce en este caso entre variables asociadas a probabilidades, pero sigue prevaleciendo el concepto previo de ley natural.

Tanto las ciencias naturales como las sociales tienen como objetivo describir las leyes naturales que tienen tal generalidad que, se supone, todo lo existente está sujeto a este tipo de ley. Mario Bunge escribió: “Lo que aquí queremos significar por ley de la realidad física o social se supone que no depende de nuestro conocimiento de ella: damos por entendido que las leyes operan objetivamente, que son inmanentes en las cosas, que son los modos de ser y de transformarse de éstas. En consecuencia, las leyes son susceptibles de ser descubiertas y no inventadas, aunque es verdad que para descubrirlas se necesita de la ayuda de muchas invenciones” (De “Causalidad”-EUDEBA-Buenos Aires 1978).

La invariabilidad y la universalidad de las leyes naturales hacen que sean el objeto principal de investigación por parte del hombre y la referencia objetiva que debemos adoptar respecto a la realización de nuestras vidas por cuanto la vida humana consiste principalmente en una tarea de adaptación a dichas leyes. Auguste Comte escribió: “El carácter fundamental de la filosofía positiva es el considerar todos los fenómenos como sujetos a leyes naturales invariables, cuyo descubrimiento preciso y cuya reducción al mínimo número posible son la finalidad de todos nuestros esfuerzos”.

Si todo lo existente está regido por tales leyes, entonces podemos hablar también de la existencia de un orden natural, ya que todo orden se caracteriza por tener reglas o leyes que lo conforman. Además, una vez confirmada la existencia de leyes naturales invariantes y de un orden social asociado, es posible hablar también de una finalidad implícita de todo lo existente, aunque sea difícil para el hombre poder describir esa finalidad. De ahí que, a partir de distintas visiones de la naturaleza, es posible hablar de un sentido aparente del universo, que podrá formar parte de una descripción establecida. Henri Bergson escribió:

“Para la mayoría de los hombres, ley física, ley social o moral, toda ley es a sus ojos un mandamiento. Existe un cierto orden en la naturaleza que se traduce en leyes: los hechos «obedecen» a esas leyes para conformarse a ese orden. Apenas si el científico mismo puede abstenerse de creer que la ley «preside» los hechos y por consiguiente los precede, semejante a la idea platónica a la cual debían conformarse las cosas” (De “Las dos fuentes de la moral y la religión”-Editorial Porrúa SA-México 1990).

Las leyes que los hombres dictan, tratando de establecer un orden social a “imagen y semejanza” del orden natural, deben contemplar la existencia de leyes naturales, de lo contrario no tendrían razón de ser. De ahí que en la Biblia se habla de “gigantes con pies de barro”, siendo éstos los grandes imperios que desconocen al orden natural y que, con el tiempo, sucumben.

Desde el punto de vista religioso se considera a las leyes naturales como las leyes de Dios. Incluso se ha identificado a tales leyes y al orden natural inmanente como a Dios mismo; es decir, un Dios impersonal respecto del cual debemos acatar sus leyes en lugar de realizar pedidos para que nos beneficie de alguna manera a través de la interrupción de esas leyes.

Es necesario distinguir entre la ley natural estricta (la que no viene escrita en ninguna parte) y la descripción que de esa ley hace el hombre, que podríamos denominar ley natural humana o ley científica. Como se dijo antes, la ley natural es invariante y universal, es decir, válida para todo tiempo y todo lugar, mientras que la descripción establecida por el hombre es variable por cuanto resulta ser una aproximación paulatina a la verdad, o a la exacta descripción de la ley natural.

Hay quienes rechazan la posibilidad de que el ser humano esté regido por leyes naturales, ya que asocian la existencia de leyes a un determinismo riguroso y, de ahí, a la idea de que seríamos como simples robots sin ninguna libertad de acción. Sin embargo, debemos tener presente que somos nosotros los que elegimos las condiciones iniciales en toda secuencia de causas y efectos. Imaginemos el caso del jugador de fútbol que tiene la libertad de elegir cuál será el destino que le ha de dar al balón en un instante posterior. Una vez que toma una decisión, el movimiento de aquél será regido por las leyes descriptas por la física. Las leyes vienen dadas por el propio orden natural, pero las decisiones (actos humanos) quedan a cargo del hombre.

Estas leyes no sólo gobiernan lo material, sino también lo viviente, ya que tanto la estructura de la materia como de la vida se establece a partir de átomos y moléculas. Incluso nuestros propios átomos, los que conforman nuestro cuerpo y nuestra mente, alguna vez fueron parte integrante de una estrella (es en el centro de las estrellas en donde se forman los átomos más complejos). De ahí que, si la materia inerte está regida por leyes naturales, podemos suponer que la propia vida también lo ha de estar.

Si no hubiese leyes naturales, no podríamos prever el futuro, ya que, a iguales causas les seguirían efectos diferentes. No podríamos prever el lugar por donde habría de pasar un vehículo cuando cruzamos la calle, por ejemplo. Tampoco podríamos prever el comportamiento de las personas ya que, si careciéramos de una actitud característica, por la cual respondemos en forma similar ante similares estímulos, no podríamos confiar en nadie.

El concepto de ley natural es, posiblemente, el único concepto objetivo sobre el cual alguna vez podremos ponernos de acuerdo. Podemos disentir acerca de si existe un Creador, si interviene en el mundo o si no interviene; si existe un sentido objetivo de la vida, o no, etc., pero la realidad concreta y objetiva está asociada a las leyes que rigen todo lo existente.

Incluso debemos generalizar al ámbito de la religión el método de validación adoptado por la ciencia experimental en cuanto a la veracidad de las hipótesis planteadas, considerando que algo es verdadero si difiere de la ley natural con un error pequeño (dentro de la convención adoptada respecto a la magnitud del error tolerable). En forma similar, la veracidad de las distintas religiones provendrá del grado de adaptación a la ley natural que poseen. Si bien algunas religiones proponen acontecimientos que nunca podrán comprobarse (al menos en esta vida), las éticas propuestas, tanto como sus resultados, son accesibles a la observación y a la verificación inmediatas.

Una vida de contemplación a las leyes naturales implica una vida bajo “una perspectiva de eternidad”, según la expresión de Baruch de Spinoza. Habrá de ser una vida en función de la obra de Dios antes que en función de la obra y de las acciones de los hombres. De ahí surge la religión objetiva, o religión natural. Tal religión ha de ser compatible con la ciencia y, como existe una sola ley natural, o un único conjunto de leyes que rigen a todas y a cada una de las partes del universo, existirá sólo una religión objetiva de la cual habrá distintas aproximaciones.

También existen las religiones subjetivas, desvinculadas de la ley natural, y hasta incompatibles con ella. Será la falsa religión porque es la que produce divisiones, que no ha de ser distinta del tradicional paganismo. Este tipo de religión surge, muchas veces, como la distorsión de la religión objetiva. La unión de las religiones será posible, como se ha dicho muchas veces, por el hecho de que existe un solo Dios, o de que existe una sola ley natural.