lunes, 20 de agosto de 2012

Identidad cultural y globalización

Mientras que todo individuo posee atributos personales diferentes de aquellos poseídos por los demás, y que le permiten ser una persona única, los pueblos poseen atributos culturales diferentes que los distinguen de los demás. De la misma manera en que el individuo se esfuerza por no caer en el anonimato y la masificación, los distintos pueblos luchan por mantener sus atributos culturales indemnes, lo que se conoce como la lucha por mantener su identidad cultural.

Se asocia la cultura de los pueblos a sus aspectos básicos que los caracterizan, aunque tales aspectos pueden coincidir con los de otros pueblos, ya que, así como cada individuo puede aprender de otros, cada pueblo podrá también hacerlo. Margaret Mead escribió: “Por «cultura» entendemos el conjunto de las formas adquiridas de comportamiento que un grupo de individuos, unidos por una tradición común, transmiten a sus hijos. Esta palabra designa, pues, no sólo las tradiciones artísticas, científicas, religiosas y filosóficas de una sociedad, sino también sus técnicas propias, sus costumbres políticas y los mil usos que caracterizan su vida cotidiana: modos de preparación y de consumo de los alimentos, manera de dormir a los pequeños, modo de designación del presidente del Consejo, procedimiento de revisión de la Constitución, etc.” (De “Sociedades, tradiciones y técnicas”-Unesco-1953).

Cada tipo de influencia que recibe un individuo podrá hacer que mejore su condición social y humana o bien podrá hacer que empeore. De la misma forma, cada tipo de influencia cultural que recibe un pueblo, y que provenga de otras culturas, podrá hacer que ese pueblo mejore o bien que empeore. De ahí que los optimistas prefieran que su propio país tenga las puertas abiertas a la llegada de inmigrantes y de ideas de otras partes, mientras que los pesimistas prefieran mantenerlas cerradas a todo tipo de intromisión foránea. Es por ello que muchos pueblos quedaron detenidos en el tiempo debido a sus preferencias por desarrollar lo propio y lo nacional, mientras que otros optaron por progresar agregando a sus propios conocimientos los aportados por otros pueblos. Jorge Bosch escribió:

“La sola expresión «identidad cultural» delata ya los efluvios de un dogma congelador e inmovilista como el del ser nacional. Con las palabras «identidad cultural» se pretende aludir a algo que permanece idéntico a sí mismo, invariable, estático, y en consecuencia, la defensa de la identidad cultural implica oposición a todo lo que pueda cambiarla, esto es, oposición al dinamismo histórico que caracteriza al fenómeno cultural. La defensa de la identidad cultural es una típica acción de la contracultura”.

Como ejemplo histórico de apertura cultural podemos mencionar a la antigua Roma, la que recibe de los griegos su filosofía; principalmente la estoica. De los egipcios el calendario que, luego, se denominará “juliano”. Recibe al cristianismo de una de sus colonias de Asia, y así también otras influencias que contribuyeron a su grandeza. El caso de los EEUU es bastante similar, ya que es un país cuya cultura nacional es más bien una “cultura internacional”. Al igual que la Roma antigua, abre sus puertas a los inmigrantes y recibe el aporte de todos ellos.

Como contrapartida tenemos el caso de los grupos separatistas de algunos países europeos que pretenden separarse de sus respectivos países. Puede decirse que el país que busca integrarse al mundo es aquel en el que predomina, a nivel individual, la idea de ser un ciudadano del mundo, además de pertenecer a su propio pueblo, mientras que aquellos que buscan separarse de la comunidad internacional son aquellos en los que predomina una fuerte idea nacionalista.

Debido a que el proceso de la globalización abarca, en principio, a todos los países del mundo, es aceptada por quienes se sienten ciudadanos del mundo y es rechazada por quienes se sienten ciudadanos sólo de su propio país. Incluso ven en este proceso un ataque a su cultura nacional, o a su identidad cultural. Joseph E. Stiglitz escribió: “Una de las razones por la que es atacada la globalización es porque parece conspirar contra los valores tradicionales. Los conflictos son reales y en cierta medida inevitables. El crecimiento económico –incluyendo el inducido por la globalización- dará como resultado la urbanización, lo que socava las sociedades rurales tradicionales. Por desgracia, hasta el presente los responsables de gestionar la globalización, aunque han alabado esos beneficios positivos, demasiado a menudo han mostrado una insuficiente apreciación de ese lado negativo: la amenaza a la identidad y los valores culturales” (De “El malestar de la globalización”-Taurus Ediciones SA-Buenos Aires 2002).

Pero no sólo el nacionalista se opone a la globalización, ya que, como tal proceso económico y cultural se basa en el mercado y en la tecnología, quienes pretendían una globalización económica basada en una economía socialista y en la propaganda (dirigida desde la ex URSS) también se oponen tenazmente, “encontrando” aspectos negativos en tal proceso. Por ello, tanto los nacionalistas como los “ciudadanos del mundo” siempre se opusieron a la globalización de tipo soviético, porque no implicaba un intercambio cultural entre todos los países del mundo, sino la imposición de la ideología marxista-leninista que intentaba abarcar tanto los aspectos culturales y tradicionales de un pueblo para someter la elemental voluntad individual de aceptar, o no, dicha influencia.

A esta ideología se asocia actualmente la “teoría de la dependencia”. Al respecto, Jorge Bosch escribió: “A grandes rasgos, la teoría de la dependencia sostiene que existen en el mundo algunos países hegemónicos (llamados también imperiales o imperialistas o, más asépticamente, centrales), que mantienen o tratan de mantener al resto en situación de dependencia económica, política y cultural. Los países dependientes (llamados también periféricos) mantienen esta dependencia gracias fundamentalmente a la acción de las oligarquías nativas, las que se ocupan más de satisfacer los intereses del país central que los del suyo propio”. “La teoría de la dependencia firma que la penetración cultural es una parte importante de la estrategia que los países centrales despliegan para mantener su hegemonía sobre los periféricos, y que en consecuencia la política de liberación de éstos debe consistir en el rechazo de la cultura imperial y la elaboración de una cultura propia, autóctona y popular”.

“Creo que esta teoría conspira contra sus propios fines, porque el rechazo de la cultura de los países centrales y la elaboración de una cultura propia desde la A hasta la Z requiere que el pobre país periférico reconstruya por sus propios medios toda la cultura, partiendo de sus canciones, sus bailes, sus tradiciones, y también de su tecnología atrasada y de su ciencia atrasada, renunciando al aporte de los recursos culturales que se han mostrado eficaces en los países desarrollados”.

“Ėsta es la mejor manera de consolidar el atraso relativo y hacer que el país periférico caiga definitivamente en una irremediable situación de dependencia; por eso digo que esta teoría conspira contra sus propios fines. En cambio, si un país periférico adopta los recursos culturales que han impulsado el progreso de los países desarrollados, y si realiza esta adopción con inteligencia y sentido de apropiación, sin vulnerar sus auténticos valores originales, se colocará en condiciones mucho más favorables para desenvolverse con autonomía en la política mundial. En términos esquemáticos se puede decir que la teoría de la dependencia, aplicada a la cultura de los países periféricos, tiende a consolidar y reforzar la dependencia. Creo que una conclusión análoga vale para los aspectos económicos y políticos, y por motivos parecidos” (De “Cultura y contracultura”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1992).

Entre las creencias erróneas, inducidas por los opositores a la globalización vía mercado, es la que estima que los países centrales se benefician a costa del perjuicio a los dependientes. Sin embargo, muchas empresas de los países centrales, para poder mantenerse en el mercado, recurren a la mano de obra de costo reducido que encuentran en los países periféricos, limitando así la cantidad de puestos de trabajo del país de origen y creándolos en otra parte. Suzanne Berger escribió: “La producción y los servicios pueden ser encargados por los países occidentales a los trabajadores y técnicos de India, China, Rumania y otros cuyos salarios a veces no exceden la décima parte de lo que se cobra en el país más avanzado”. “Durante los últimos tres años, los estadounidenses han llegado a temer que no quedase a salvo ningún puesto de trabajo en su país. Más de dos millones de empleos se destruyeron entre 2001 y 2004” (De “Desde las trincheras”-Ediciones Urano SA-Barcelona 2006).

Debe aclararse que el pago de bajos salarios a los empleados del extranjero, teniendo presente el poder adquisitivo del dólar en esos países, implica por lo general un sueldo conveniente para quienes lo reciben. De ahí que, no siempre se perjudica el país subdesarrollado ni siempre se beneficia el país desarrollado. Además, las empresas muchas veces se ven obligadas a reducir costos, no para obtener excesivas ganancias, sino para poder subsistir en un mercado altamente competitivo.

Otro de los aspectos vinculados a la identidad cultural de los pueblos es el relativismo cultural. Ėste implica que no existiría una cultura mejor que otra sino simplemente habría culturas diferentes tan “buenas y legítimas” como las demás. El inconveniente que se produce al adoptar este criterio radica en que no existe referencia alguna para emular ni motivo alguno para superarse. Si aceptamos esta situación, al menos debe tenerse presente que queda la posibilidad de someter a prueba los resultados logrados por distintas culturas y de ahí la posibilidad de poder aceptar la que, desde algún punto de vista, es superior a otra. Jorge Bosch escribió:

“Aun en el caso de que se acuda a un sistema de valores para comparar y juzgar dos sistemas de valores, no es necesario que el sistema de valores «patrón» coincida con el que tiene vigencia en alguna de las sociedades humanas existentes o que hayan existido. En efecto, si deseo comparar y juzgar los sistemas de valores de una sociedad capitalista democrática y una sociedad comunista, necesito información y deducción racional; y a partir de las consecuencias (y de las experiencias) hago una elección según mi propio sistema personal de valores, que no tiene por qué coincidir con el que tiene vigencia mayoritaria en ningún país particular”.

El relativismo cultural también resulta ser una justificación de los regímenes totalitarios por cuanto se supone que el sistema político y económico adoptado, que ofrecería cierta identidad cultural a la sociedad, resultaría tan legítimo como cualquier otro, por lo que no habría necesidad de cambiarlo y mucho menos de reemplazarlo. Jean-François Revel escribió: “La reivindicación de la «identidad cultural» sirve, por otra parte, a las minorías dirigentes del Tercer Mundo para justificar la censura de la información y el ejercicio de la dictadura. Con el pretexto de proteger la pureza cultural de su pueblo, esos dirigentes lo mantienen tanto como les es posible en la ignorancia de lo que sucede en el mundo y de lo que éste piensa de ellos. Dejan filtrar, o inventan si es preciso, las informaciones que les permiten disimular sus fracasos y perpetuar sus imposturas” (De “El conocimiento inútil”-Editorial Planeta SA-Barcelona 1989).