domingo, 12 de agosto de 2012

El presidencialismo absoluto

Mientras que aquellos países que han tenido dictaduras realizan leyes que limitan el poder de los gobiernos previniendo no repetir el pasado, en otros, que han sufrido situaciones caóticas, se opta por formular leyes que garanticen a los gobernantes un poder suficiente para evitar tales situaciones extremas. En estos casos se tiene presente aquello de que “es mejor un mal gobierno a no tener ninguno”. Esta última alternativa ha dado lugar a que aparezcan verdaderas “dictaduras constitucionales”, ya que las constituciones respectivas contemplan esa posibilidad. Mariano Grondona escribió:

“Todos los regímenes políticos discurren entre dos precipicios. Uno es el despotismo. El otro, la anarquía. En tanto en los países anglosajones el temor político principal es el despotismo, porque desde la guerra civil inglesa del siglo XVII desconocieron experiencias anárquicas, en América Latina el temor político principal es la anarquía, de la cual la región ha tenido abundantes experiencias en su historia”.

“La experiencia latinoamericana ha llevado a autores como Juan Bautista Alberdi a imaginar presidentes «fuertes» que puedan proteger a los países de la región contra el rebrote de la maleza del desorden, de la anarquía, un mal que –según también advirtió el general Julio Argentino Roca cuando hubo de justificar por qué él mismo había sido un presidente «fuerte», un presidente «elector» de sus sucesores- «no es posible erradicar ni en cincuenta ni en cien años»” (De “El desarrollo político”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2011).

En países con la tendencia a establecer “dictaduras constitucionales”, ya que no sólo lo permiten las leyes sino también la propia ciudadanía, es posible la aparición del presidencialismo absoluto, como ha ocurrido en la Argentina más de una vez. Así, el pueblo ha consensuado afirmativamente, a través de las elecciones, la continuidad de un gobierno de tipo unipersonal a cuya figura central se ha delegado la atribución de adoptar todas las decisiones de tipo económico, político, jurídico, cultural, etc., incluso avasallando los poderes Legislativo y Judicial. Se le asignan atributos personales especiales a los que se asocia cierta infalibilidad, pasando a un lugar secundario en la consideración pública aspectos tales como inseguridad, inflación, fuga de capitales, crisis energética, niveles importantes de pobreza, división creciente de la sociedad, etc.

A pesar de todos los inconvenientes citados, que mantienen una plena vigencia, y aun cuando hayan sido cuantiosos los aportes monetarios realizados al Estado por el sector productivo, a éste se lo sigue criticando severamente. Incluso, al haber una fuga de capitales y un limitado aporte de inversiones desde el exterior, el Estado encara sus propias “inversiones” con el recurso de la máquina de imprimir billetes, que es el primer eslabón de la secuencia que termina con la aplicación del “impuesto inflacionario”, que recae principalmente en los sectores de menores recursos, por lo que se trata de un “modelo” bastante injusto. Así, la mayor parte de los gastos del Estado, superfluos y legítimos, recaerá principalmente sobre los hombros de los sectores de menores recursos, algo opuesto a lo que predica la publicidad oficialista.

Cuando se dice que la persona que encarna el presidencialismo absoluto ha de poseer atributos especiales, tales atributos parecen consistir, en el caso argentino actual (2012), en una gran habilidad para convencer a la ciudadanía de que todo marcha muy bien y que, quienes dicen lo contrario, son afines a los “turbios intereses de las corporaciones”, o algo semejante. De ahí que no será posible que sean tenidos en cuenta los llamados de atención de quienes no ven las cosas tan bien, por lo que no es de esperar cambios de rumbo importantes. En nuestro país, sólo se cambia de rumbo una vez que la crisis nos ha caído encima, ya que es muy difícil que un gobernante reconozca errores, especialmente cuando son los señalados por el sector “enemigo”.

El presidencialismo absoluto, más cercano a una dictadura que a una democracia, se establece en el marco del populismo. Jorge Bosch escribió al respecto: “Deseo establecer con la mayor claridad posible las diferencias entre democracia y populismo:

1- La democracia está basada en la libertad y el populismo en la adhesión; a su vez, el fundamento de la libertad está constituido por la información diversificada y la discusión racional; en tanto que la adhesión propia del populismo se funda en el adoctrinamiento.

2- En la democracia el protagonista es el individuo diferenciado y personalizado; en el populismo el protagonista es la masa indiferenciada. El proceso de diferenciación y personalización constituye un refinamiento de los recursos intelectuales y emocionales, y pone en funciones mecanismos de comprensión y acción cada vez más sutiles. Los mecanismos de acción de la masa son la hipnosis y el automatismo.

3- Para el populismo el pueblo es el depositario de Verdad y de Excelencia; para la democracia el pueblo es solamente depositario de Soberanía, pero se admite que pueda equivocarse y que sus dictámenes puedan ser injustos. El populismo adula al pueblo, considerando que éste ya está en posesión de todas las virtudes; la democracia educa al pueblo para que pueda ir poseyendo cada vez más virtudes. En un caso la consigna es adular al soberano, y en el otro es educar al soberano.

4- Como consecuencia de lo anterior, la democracia es dinámica y perfectible, en tanto que el populismo es paralizante. Por tanto, la democracia busca el perfeccionamiento y la elevación progresiva del pueblo; el populismo lo conduce al estancamiento.

5- En el marco de las observaciones precedentes queda claro que la democracia está naturalmente interesada por la calidad de los bienes a los que tiene acceso el pueblo, en tanto que al populismo le basta con satisfacer las apetencias más gruesas e inmediatas.

6- Para el populismo la consulta masiva al pueblo y la respuesta masiva de éste constituyen el mejor método de gobierno; este método presenta la apariencia de una acción directa del pueblo pero, en las sociedades multitudinarias y complejas, se resuelve en una delegación irrestricta de poderes en manos de un líder o de un partido, que son los que concentran los medios de manipulación masiva. La democracia es realista y reconoce que en las sociedades de alta complejidad es imposible una acción directa coherente, para lo cual multiplica y diversifica la representatividad, establece controles en todos los niveles y adopta en suma la delegación controlada como medio eficaz para tomar decisiones. Este sistema de representatividad y de controles requiere de los ciudadanos una permanente atención y un continuo perfeccionamiento de sus procesos de información y de sus recursos intelectuales. A hacer más directa e inmediata esta participación inteligente puede contribuir la revolución informática en marcha.

7- Como consecuencia de su dinamismo intelectual y de su vocación por la diversidad y el perfeccionamiento constantes, la democracia es universalista. El populismo, por la estrechez y la falta de renovación de su marco conceptual, es localista y cerril”.

“Mientras tanto, la contracultura golpea y se extiende. Estamos asistiendo a un intento de descomposición de la cultura occidental, que puede llevar a los países centrales –pese a sus enormes reservas- a una regresión lindante con un nuevo tipo de barbarie” (De “Cultura y contracultura”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1992).

Las recientes medidas adoptadas por el gobierno nacional respecto de la posibilidad de adquirir moneda extranjera, ha restringido la posibilidad de realizar viajes al exterior; una libertad esencial para muchos habitantes. Sin embargo, como la mayoría pocas veces, o nunca, viaja al exterior, encontrará cierto beneplácito ante la “igualdad social” lograda en ese aspecto. Pocos son quienes dudan de que la Argentina apunta hacia una “venezuelización” del país. Recordemos, además, que Hugo Chávez tiene como objetivo lograr el poder absoluto sobre toda la geografía y toda la vida existente sobre su país, intentando una conquista similar a la lograda por Fidel Castro en Cuba. Lo importante, para estos personajes, no es el bienestar del pueblo ni el destino de sus naciones, sino el poder personal que puedan lograr. Mariano Grondona escribe sobre Hugo Chávez:

“La oposición podría vencerlo, aunque sólo en teoría, porque Chávez es, para todos los efectos prácticos, un dictador que no ha vacilado en cerrar los medios de comunicación que no le eran adictos y en encarcelar a opositores políticos y a algunos periodistas independientes que considera peligrosos, mientras que otros disidentes han debido tomar, por la misma causa, el camino del exilio”.

“Pensando en Chávez y en sus émulos, hemos definido a su régimen como una dictadura intrademocrática, como una dictadura que no proviene de un previo golpe de Estado, «por fuera» de la democracia, sino que ha nacido y progresado «dentro» de ella, cual si fuera un tumor, detrás de la expectativa oficialista de que, cuando el pueblo advirtiera lo que estaba ocurriendo, ya sería demasiado tarde. Si bien Chávez y sus émulos han expresado muchas veces su admiración por la dictadura totalitaria de los hermanos Castro en Cuba, a la inversa de ellos no llegaron al poder mediante la lucha armada sino a partir de una elección democrática, para iniciar desde ella un proceso cuya meta final es, empero, afín al castrismo; no sólo autoritaria por controlar gradualmente los resortes del poder, sino también totalitaria, por pretender, mediante la propaganda y la educación del Estado, que sus súbditos terminen por adherir en su propia conciencia al régimen imperante, detrás de un pensamiento único que no admite ni siquiera los residuos cada vez más débiles del pluralismo. Un ejemplo de ellos es que Chávez ha organizado «milicias infantiles», en cuyo seno los más jóvenes son adoctrinados y adiestrados militarmente para defender al mesías político de Venezuela, con el apoyo de asesores cubanos”.

Recordemos que en el gobierno actual argentino militan varios integrantes del grupo Montoneros, que desarrolló en los setenta una lucha armada contra la Nación con el fin de instaurar un sistema totalitario similar al existente en Cuba desde 1959. Por ello, quienes piensan que este gobierno avanza mediante un nuevo intento totalitario por lograr el poder total y absoluto, tienen una base real y concreta para temer esa posibilidad. Venezuela está cerca. Cuba algo más lejos. Sólo es cuestión de tiempo y de esperar la llegada del socialismo permaneciendo imparciales ante la realidad política e indiferentes respecto del futuro que nos espera.