viernes, 17 de agosto de 2012

El poder y la política

La actividad política requiere, para su efectiva realización, de cierto poder, o de cierta capacidad para influir sobre los demás miembros de una comunidad. Pero esta capacidad de influencia debe estar acompañada de ciertos principios éticos del gobernante, para que ese poder no termine perjudicando a los sectores jerárquicamente inferiores. El poder público, asociado a la política, siempre ha constituido una atracción para individuos que responden a ciertos tipos psicológicos que, por distintas razones, lo buscan guiados por ambiciones estrictamente personales. Oriana Fallaci escribió respecto de algunos políticos entrevistados, al no poder creerles demasiado: “Quizá porque no comprendo el poder, el mecanismo por el cual un hombre o mujer se sienten investidos o se ven investidos del derecho de mandar sobre los demás o de castigarles si no obedecen. Venga de un soberano despótico o de un presidente electo, de un general asesino o de un líder venerado, veo el poder como un fenómeno inhumano y odioso”.

“De acuerdo, para vivir en grupo es necesaria una autoridad que gobierne, si no es el caos. Pero éste me parece el aspecto más trágico de la condición humana: tener necesidad de una autoridad que gobierne, de un jefe; la única cosa segura es que no se le puede controlar y que mata tu libertad. Peor; es la más amarga demostración de que la libertad no existe en absoluto, no ha existido nunca y no puede existir. Aunque hay que comportarse como si existiera y buscarla. Cueste lo que cueste” (De “Entrevista con la historia”-Editorial Noguer SA-Bogotá 1978).

La disociación de la política y la ética ya fue descrita en épocas de Nicolás Maquiavelo aunque, ni por antigua ni por cotidiana, debemos aceptar esa ruptura como algo propio de la naturaleza humana y de los gobernantes. Rubén Calderón Bouchet escribió: “A partir de Maquiavelo la ciencia política es una reflexión sobre el poder. La palabra, sin otra aclaración, no designa el poder político propiamente dicho y tiene una acepción muy vasta cuyos variados matices conviene aclarar”. “En primer lugar existe el poder de hacer algo y éste se extiende a todos los aspectos de la realidad. En segundo lugar existe un poder con derecho a hacer algo y éste está limitado por un ordenamiento jurídico de la fuerza. Al primero lo llamamos poder a secas y al segundo potestad”.

“El poder se tiene, la potestad se posee”. “Se tiene un terreno cuando se lo ocupa de facto, se lo posee cuando la ocupación es legal y supone un título legítimo”. “No basta el poder. La soberanía necesita autoridad, esto es, inteligencia y voluntad políticas. Un claro conocimiento de los medios usados para el bien común y una real capacidad para promover las actividades ordenadas a su consecución. Sin estas condiciones, la soberanía, aunque tenga fuerza, carecerá de su principal atributo y no podrá imponerse a sus súbditos como poder consciente y firme” (De “Sobre las causas del orden político”-Editorial Nuevo Orden-Buenos Aires 1976).

Tanto en el caso del ciudadano común como en el del político, se supone que su accionar ha de limitarse por medio de leyes surgidas del derecho. Pero, para que las cosas marchen bien, hace falta algo más que límites a nuestro accionar, sobre todo una actitud ética asociada a una motivación que trascienda lo estrictamente superfluo y material. No basta con no hacer el mal, sino que debe hacerse el bien. Gerhard Ritter escribió: “Maquiavelo gira continuamente en torno al problema de cómo constituir una autoridad política. ¿Cómo es posible salir en este mundo del caos de intereses partidistas e intrigas personales que continuamente se enfrentan entre sí, anulándose, para crear un orden estatal que sea a la vez duradero y potente?” (De “El problema ético del poder”-Revista de Occidente-Madrid 1976).

El gobernante que usa el poder con fines constructivos, es plenamente consciente de que su misión es la de orientar al ciudadano por una senda ética, por lo cual deberá predicar con el ejemplo indicando su propia confianza en el camino sugerido. Debe ser consciente, además, de que las leyes establecidas sólo servirán para limitar el accionar humano, a menos que caiga en el error de suponer que las leyes del Estado han de ser la guía efectiva de la sociedad, tal como ocurre en los sistemas totalitarios. Publio Cornelio Tácito escribió: “El Estado más corrompido es el que más leyes tiene”.

Finalmente, es importante conocer la psicología individual de quienes buscan un poder excesivo, al menos para encontrar una explicación racional de su conducta. Entre los estudios realizados al respecto podemos citar el de Vivian Green en su libro “La locura en el poder: de Calígula a los tiranos del siglo XX” en el que dice: “Un dictador es un político cuya mente, enferma de poder, va por un solo carril, y cuyo deseo consiste en imponer su voluntad y sus valores a todos los ciudadanos y eliminar a quienes no lo aceptan. La búsqueda y la conservación del poder se convierten en el único objetivo de su existencia”. “Para reforzar su imagen, los dictadores necesitaban hacerla aparecer más imponente de lo que era, entonces buscaban la adulación pública, organizaban ceremonias grandilocuentes y fomentaban magníficos monumentos. Además, necesitaban acabar con la oposición, fuera ésta real o imaginaria. Pero en medio de todas las cortes de sicofantes y de la adulación ilimitada, los dictadores estuvieron siempre aislados de la realidad y conservaron su personalidad trastornada, de modo que dentro del autoengaño en que vivían tomaron decisiones que quizás, en última instancia, bien pueden haber sido suicidas o autodestructivas”.

Respecto de Juan sin Tierra escribió: “Es probable que la falta de cordura del rey se revele con más nitidez en su inseguridad, que lo llevó a ser cruel y vengativo con sus rivales y a sospechar de todos, amigos y enemigos por igual”. En cuanto a Eduardo II escribe: “El rey intentó hacerse de un grupo de súbditos leales, pero, a pesar de contar con el dinero para comprar cualquier apoyo, no tuvo éxito. Entonces decidió consolidar su poder mediante la acumulación de riquezas en las arcas reales por medio de la aplicación de impuestos abusivos y la confiscación de propiedades pertenecientes a los nobles de dudosa lealtad, lo cual limitaría el control que la nobleza ejercía sobre el monarca”.

Roberto Cachanosky comenta al respecto: “Cuando se analiza la política y la economía de un país, no es un dato menor el estado mental de sus gobernantes o cómo influye en los países la locura en el poder porque muchas veces las decisiones de los tiranos no responden a una lógica determinada, sino a las arbitrariedades que sus caprichos los llevan a adoptar” (De www.economiaparatodos.com.ar).

En la Argentina, y a lo largo de su historia, tres son las etapas políticas que se destacan por la decidida búsqueda del poder total y absoluto por parte de sus gobernantes: la de Juan Manuel de Rosas, en el siglo XIX, la de Juan Domingo Perón en el siglo XX, y la de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, durante el siglo XXI. Como ese objetivo deja de lado los reales intereses de la Nación, ya que promueven profundas divisiones en la sociedad, estos casos despiertan la atención de algunos psicólogos que tratan de encontrar las causas personales de tales comportamientos. Al respecto, Ruth Schwarz escribió:

“El «mundo de la idolatría del poder» es, en mi conceptualización, el mundo de la desconfianza y del rechazo, ya que cuando predomina la desconfianza sólo valoramos la fuerza y el poder. Se caracteriza por la necesidad de dominar a toda costa a los demás y hasta la realidad misma, a través del poder propio o el de los otros con los cuales uno se identifica”. “Todos los deseos y esfuerzos convergen en la necesidad de obtener seguridad, ya sea a través de un poder propio ilimitado, ya sea a través de la protección de otros que tienen el poder”.

“Las situaciones de hambre, dolor, desamparo, impotencia y miedo al abandono que sufre hasta el infante mejor cuidado despiertan en su mente primitiva una sensación de «desconfianza básica» cuya fantasía central puede resumirse en las frases siguientes: «Me están dañando, podrían destruirme, no puedo confiar en nada ni en nadie…..»”.

“De ese modo se va formando en la mente una «zona» de vaciamiento de amor y de fe, dominada por el terror primitivo a la indefensión y al aniquilamiento. La respuesta a este cúmulo de emociones insoportables toma múltiples formas, pero tiene un solo contenido: la búsqueda frenética de recuperar la seguridad perdida a través de un poder absoluto sobre la realidad” (De “Idolatría del poder o reconocimiento”-Grupo Editor Latinoamericano-Buenos Aires 1989).

En cuanto a Néstor Kirchner, Walter Curia escribe: “Tímido entre los chicos de su grupo, inseguro y nervioso en los exámenes, Néstor seguía siendo un chico débil”. “Luis Maria Aguilar Torres, su profesor de Instrucción Cívica, con quien, a pesar de la identidad futbolera, nunca lograría tenerse respeto a lo largo de los años, dice todavía implacable: «Kirchner era el b…… de la clase»”.

“Sobre su vulnerabilidad emocional, otro ministro aventuró: «Kirchner ha sido muy poco acariciado cuando niño». El mismo funcionario agregó: «Nunca lo vi intimidado por nadie»” (De “El último peronista”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2009).

El periodista Luis Majul comentó en un programa televisivo que, en Santa Cruz, los amigos de Kirchner de su juventud fueron beneficiados cuando fue gobernador, mientras que sus enemigos tuvieron que irse de la provincia, mostrando el aspecto vengativo de su personalidad. Incluso todavía se recuerda su expresión dirigida a los productores del campo: “Quiero ver al campo arrodillado….”. De ahí que algunos atribuyen a esa actitud vengativa su decisión de prohibir las exportaciones ganaderas, ya que ello produjo una caída de unas 12 millones de cabezas en el stock ganadero destruyendo tal sector de la producción.

Lo peligroso es que la actitud de quien encarna un presidencialismo absoluto se va contagiando a los demás funcionarios y al resto de la sociedad. De ahí que no resulte extraño el cuantioso caudal de mentiras emitidas que deforman totalmente la realidad. Incluso el Secretario de Comercio afirmó que una persona puede cubrir sus necesidades alimenticias con unos $ 6 diarios, mientras que el precio actual (2012) de 1 kilogramo de pan es de unos $ 10. Detrás de ésta, y de otras erróneas afirmaciones, se pretende mostrar el éxito del gobierno en su gestión de la economía por cuanto los índices de indigencia y de pobreza se reducirían notablemente.

Son dos las condiciones necesarias para que pueda establecerse un diálogo: que las personas hablen el mismo idioma y que ambas digan la verdad. De ahí que en la Argentina no existe la posibilidad de diálogo entre gobierno y oposición, y tampoco entre los sectores que adhieren a las orientaciones políticas respectivas. La división en la sociedad se advierte claramente en el antagonismo existente entre quienes optan por la confrontación permanente y la mentira en contra de quienes confían en la posesión parcial de la verdad de todos los sectores respetando el elemental principio ético de poder expresarla y de permitirla a sus ocasionales contendientes.