viernes, 24 de agosto de 2012

El mundo de las finanzas

El proceso asociado a la Bolsa de valores resulta ser un medio que permite beneficiar tanto a empresas como a inversores. En el caso de las empresas, cuando tratan de crecer, necesitan un medio alternativo al de la toma de préstamos en bancos, que les resulta costoso y arriesgado en caso de no poder cumplir con la devolución de esos préstamos. De ahí que optan por dividir el patrimonio de la empresa en acciones que serán puestas a la venta en la Bolsa de valores y así las empresas podrán crecer con menores riesgos. Los compradores de las acciones recibirán anualmente una compensación monetaria en función de las ganancias obtenidas por la empresa, proporcionalmente a la cantidad de acciones adquiridas. El ciudadano común, que por lo general no posee medios ni aptitudes empresariales, podrá de esa forma participar de la actividad productiva. Nuño Rodrigo escribe:

“La Bolsa es una lonja en la que lo que se compra y se vende son participaciones en la propiedad de una empresa, es decir, acciones. Es, en primer lugar, el punto de encuentro entre los que venden acciones –las empresas- y los que las compran, que son los inversores. Estos últimos tienen exceso de ahorro porque ganan más de lo que gastan, y están dispuestos a comprar participaciones en el capital de la empresa para que ésta invierta el dinero en actividades rentables y, después, les devuelva los beneficios”.

En las economías de mercado, todo lo que tenga un valor monetario y pueda ser intercambiado, estará sometido a las reglas del mercado. Existen, además de la Bolsa, otros lugares en donde se realizan compras y ventas. Nuño Rodrigo agrega: “Hay activos financieros como bonos, monedas o materias primas que se negocian en otros mercados, otras lonjas. Estos otros mercados funcionan de la misma manera que la Bolsa, pues centralizan las operaciones que se hacen con un determinado activo. A los mercados donde se compran y venden activos financieros se les llama mercados financieros. La Bolsa es uno de ellos, pero también hay mercados de deuda (bonos), de petróleo, de derivados, de monedas…Todos están muy relacionados entre sí, pues los elementos que influyen en ellos suelen ser los mismos y tienen la costumbre de contagiarse unos a otros”.

“Los fondos de inversión son entidades de ahorro colectivo. Varios inversores depositan su dinero en un fondo para obtener más rentabilidad o menos riesgo que en una inversión ordinaria. Los gestores del fondo mueven el capital en espera de conseguir rentabilidad para los inversores y a cambio cobran una comisión sobre el patrimonio invertido. Tienen la ventaja del tamaño, pues cuanto más dinero se mete en el mercado, más se abre el abanico de posibles inversiones y mayor es la capacidad de diversificar. Un fondo puede invertir en acciones de toda Europa porque ha agrupado el ahorro de 100.000 personas. Pero estos 100.000 inversores no podrían diversificar tanto sus ahorros porque las comisiones se comerían la rentabilidad. Además, se supone que los gestores de fondos tienen más información, más tiempo y más aptitudes para tomar decisiones de inversión que los pequeños ahorristas. La función de los fondos es positiva en la medida en que acercan al pequeño inversor posibilidades que de otro modo no tendría. Contribuyen, por decirlo de alguna manera, a democratizar los mercados” (De “La Bolsa”-Maeva Ediciones-Madrid 2004).

Si bien el proceso del mercado es el marco adecuado para promover la producción y la distribución de bienes y servicios, se lo distorsiona cuando se le da acceso a la especulación. En ese caso, no puede decirse que el sistema sea el “culpable”, ya que no se respetan sus reglas. Podemos decir que un sistema económico es mejor que otro cuando produce mejores resultados a partir de una previa adaptación del hombre común a ese proceso. Si la adaptación resulta muy dificultosa, por cuanto puede estar tal sistema bastante alejado de la naturaleza humana, entonces ese sistema es poco factible, tal el caso del socialismo.

Nótese que existe una delgada línea divisoria entre inversión y especulación, ya que ambos, inversor y especulador, compran y venden acciones, pero el primero las mantiene durante bastante tiempo mientras que el segundo compra y vende a un ritmo mucho mayor. En cuanto al inversor mencionado, Hernán Iglesias Illa escribe: “Hasta mediados de la década del 60, el inversor promedio compraba los bonos, de empresas o del Tesoro de EEUU, los ponía en una caja fuerte y se olvidaba de ellos. Sólo le interesaba el rendimiento prometido, de entre 4% y 5%, y ni se le ocurría venderlos o reemplazarlos por otros. La vida transcurría entonces apaciblemente para los banqueros estadounidenses. Los de los bancos de inversión, contratados más por sus contactos sociales que por su coeficiente intelectual, visitaban a sus clientes empresarios y se tomaban largos almuerzos. A los banqueros regionales, que tenían una importante porción del mercado, los llamaban el club del 3-6-3: tomaban depósitos al 3%, prestaban al 6% y llegaban a la cancha de golf a las 3 de la tarde” (De “Golden Boys”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 2007).

Cuando los especuladores ganan bastante más dinero que muchos empresarios productivos, se produce una desnaturalización de los fines con que se promueve la existencia de los mercados. Max Otto escribió: “Peter Drucker examinó críticamente la función del mercado financiero en auge, y sobre los agentes de bolsa de Wall Street dijo: «Son una banda totalmente improductiva que lo único que persigue es el dinero fácil». Su mismo aspecto le producía repugnancia: «Parecen cerdos apelotonados ante el comedero llenándose las tripas». Lo único que le tranquilizaba, decía, era que esto no podía continuar eternamente. Porque cuando los agentes de bolsa ganan más dinero que los inversores decentes, ello es un indicio de que existe una burbuja que no tardará en estallar. A este respecto tenía su propia teoría: «Una pompa de jabón dura en promedio 26 segundos; una burbuja especulativa 18 meses»”.

Una de las soluciones propuestas para mejorar la situación (descartando una poco probable y generalizada mejora ética de la sociedad) consiste en la regulación de los mercados por parte del Estado. Aunque en general existe bastante aceptación acerca de esta acción del Estado, deben considerarse dos posibilidades:

a) Intervención del Estado sin distorsionar el proceso del mercado
b) Intervención del Estado distorsionando el proceso del mercado

La primera alternativa, compatible con la Economía Social de Mercado, actuaría como un remedio que mejora al paciente, mientras que la alternativa restante sería como un caso en que el remedio lo empeora o lo mata. Dejar las cosas como están implica tener una enfermedad y no acudir al médico.

Mientras que el inversor mantiene por largo tiempo una acción, sintiéndose a veces el “dueño parcial” de una empresa, el especulador trata de venderla apenas encuentra la posibilidad de ganar algo de dinero, de ahí que el sistema tiende a ser inestable. Max Otte escribió: “Mientras que en la época de 1900 el comercio mundial y las finanzas globales todavía se veían estabilizadas por el patrón oro, en el periodo de entreguerras faltó una regulación y cooperación internacional efectiva, lo que convirtió el colapso de 1929 en una crisis económica mundial. Desde finales de la Segunda Guerra Mundial, los mercados financieros estuvieron estrictamente regulados, cosa que deparó al mundo un periodo de estabilidad relativa que duró hasta los años sesenta”.

“Desde finales de los años sesenta y con el descrédito sistemático del papel del Estado, estos mecanismos protectores, empezando por el régimen de los tipos de cambio fijos, fueron desmantelados uno después de otro”. “Así parece que las enseñanzas de la historia no duran más que una generación, hasta que la siguiente, en su desenfrenada búsqueda de beneficio, elimina de nuevo los dispositivos de seguridad instalados en el sistema financiero. Por lo visto, la humanidad tiene entonces que volver a aprender que los mercados financieros deben regularse” (De “La crisis rompe las reglas”-Editorial Planeta SA-Barcelona 2011).

Entre los errores que pudieron advertirse en el origen de la crisis del 2008 aparecen algunos señalados por Max Otte, quien escribió: “Los bancos hipotecarios regionales de EEUU se mostraron sumamente creativos”. “Uno iba al banco, decía que ganaba 150.000 dólares al año y que quería contratar un crédito de 500.000 dólares, pero que de momento no podía presentar documentos. Entonces un segundo empleado del banco comprobaba la plausibilidad de los datos y con esto ya bastaba para conceder millones de créditos de este tipo. Este procedimiento, contrario a las buenas prácticas, contaba asimismo con el favor de la clase política, para que también los más pobres pudieran acceder al crédito. Pero el resultado fue que se concedieron préstamos hipotecarios a personas que nunca debieron haber obtenido uno. En EEUU no se fomenta el ahorro, sino la posibilidad de endeudarse”.

Puede hacerse un resumen de los errores señalados:

1- Por parte del que recibe el crédito: al solicitar un préstamo que sabe que no podrá pagar
2- Por parte del banco: por asignar créditos a quienes no podrán pagarlos
3- Por parte de la clase política: a alentar prácticas fuera de las posibilidades reales de un sector de la población y en contra de las variables económicas surgidas del mercado
4- Por parte de todo EEUU: por alentar la posibilidad de adquirir créditos y endeudarse antes que de ahorrar, convirtiendo al sistema económico en algo potencialmente inestable

Cuando se dice que la crisis del 2008 es un síntoma del fin del sistema capitalista, debe aclararse que no existe algo como un sistema económico infalible, que funciona bien a pesar de que no se cumplen sus reglas más elementales. Los errores señalados, incurridos por los bancos, por los consumidores y por el Estado (que incluso había legislado a favor de un porcentaje mínimo, de lo disponible en los bancos, para facilitar préstamos para viviendas fuera de lo “aconsejado” por el mercado), son decisiones no permitidas por las reglas básicas de la economía de mercado. Max Otte agrega:

“Para los keynesianos, la palabra mágica es «demanda», tanto si se financia con deuda como si no. Para los monetaristas, mientras la masa monetaria se mantenga constante o crezca con la economía, todo va bien. Sin embargo, ninguna de las dos corrientes presta atención al volumen crediticio y a la calidad de los créditos; es decir, la probabilidad de que un crédito sea devuelto en el plazo previsto. Lo que no veían o no querían ver era que se estaba construyendo un edificio crediticio cada vez más grande con cada vez más plantas, para luego titulizarlo y revenderlo. Todo esto resultó ser como un castillo de naipes al que continuamente se añadían nuevos pisos. Entonces, cuando se sacó un naipe de abajo, todo se hundió en un santiamén”.

En cuanto a la posibilidad de que el sector inversor pague impuestos adicionales a los ya pagados por las empresas de las cuales ese sector es accionista, en principio es rechazado. Sin embargo, como existe también un importante sector especulador, resultaría entonces justo que se pagaran. Como en el mundo de las finanzas existen tanto “los justos como los pecadores”, cobrar impuestos adicionales perjudica tanto a justos como pecadores, mientras que no cobrarlos beneficia a ambos, de donde resulta ser un “problema digno de ser dejado para los especialistas en el tema”.

Los que pregonan la eficacia de la economía de mercado, admiten el control estatal sin distorsión del mercado. Así como el liberalismo propone, para la democracia, la división de poderes, para evitar excesos por parte de quienes dirigen al Estado, no se opone tampoco a que el Estado evite excesos por parte de los grandes grupos financieros. Sin embargo, aun se mantiene la necesidad de una mejora elemental en el accionar ético de todos los participantes en el proceso económico. Sin ese aspecto básico, resulta poco creíble que dejemos atrás las severas crisis económicas que se han presentado y se siguen presentando. Todo individuo debe ser regido por lineamientos éticos antes que por la ley de la oferta y la demanda. John Maynard Keynes escribió: “El capitalismo se basa en la extraña convicción de que personas odiosas obrarán de alguna manera por motivos odiosos en el bien de todos”.

En cuanto a las crisis sufridas por muchos países, se culpa a los bancos, con exclusividad, por esos problemas económicos, aunque debe tenerse en cuenta que son los Estados quienes acuden a los bancos para gastar más dinero del que disponen legítimamente. También en el caso de los bancos se debe aplicar la ley básica del mercado para “descubrir” que, cuando hay pocos en un país, hay poca competencia, y aparecen los abusos, como es de esperar. Max Otte escribe al respecto:

“El sistema bancario alemán es, de acuerdo con todos los coeficientes de productividad, muy eficiente. Todo cuadra, salvo la rentabilidad financiera”. “Veamos: ¿qué significa una elevada rentabilidad financiera del capital propio invertido? Significa precios altos, abuso de posición dominante en el mercado y cortapisas a la competencia. En una economía de mercado sana, la rentabilidad disminuye porque hay competencia. Nuestra baja rentabilidad del capital propio demuestra, por tanto, que en nuestro sistema bancario funciona la competencia, que los bancos compiten entre ellos y que no están en condiciones de imponer precios extremos. Miremos a los países que nos rodean, como Gran Bretaña, España o Italia, donde la rentabilidad financiera es elevada por el hecho, entre otros, de que las comisiones que han de pagar los clientes particulares por los servicios bancarios son descaradamente elevadas y porque la presencia de cajeros automáticos presenta lagunas. En estas circunstancias, es bastante impertinente por parte del lobby financiero internacional plantear una y otra vez el tema de la rentabilidad financiera y su bajo nivel en Alemania”.

Finalmente, es necesario proponer cambios en el sector financiero para tratar de impedir las severas crisis que afectan a gran parte de los países. Veamos la opinión de Max Otte, considerado como el “profeta que vislumbró la crisis del 2008”. Al respecto escribe: “Una buena regulación es sencilla. Es transparente, pero también hace daño. Si no hace daño y si no dificulta o impide determinadas operaciones, entonces tampoco es efectiva. Si para interpretar una regulación se precisan tropeles de abogados y auditores, entonces la regulación no es buena”.

“El primer punto es el de los recursos propios, recursos propios de verdad”. “Estoy a favor de una dotación fija de recursos propios del 6% como mínimo, incluso un poco más. Y esto para todos los agentes financieros, los fondos de cobertura, los fondos de capital de riesgo, los bancos, etc. Claro que el sector pondría el grito en el cielo y que estas reglas supondrían de entrada un freno para el crecimiento económico y provocarían problemas de adaptación. Soy perfectamente consciente de ello. Pero un banco con un 8% de fondos propios puede apalancarse más de doce veces. Esto es suficiente para una economía que funciona”.

“La segunda medida sería un impuesto sobre las transacciones financieras, es decir, un IVA sobre todas las transacciones financieras. Se podría incluso aplicar a los productos que un banco crea directamente y vende a sus clientes. En este caso se denomina impuesto de emisión. Pero se trata de que todo lo que se crea y se negocia se someta a este impuesto. El tipo impositivo del que se habla es del 0,05%”.

“En el caso de un fondo de cobertura informatizado, que ejecuta innumerables operaciones al mes, la recaudación no sería poca cosa. Los fondos de inversión serios rotan su capital quizás una vez al año, y en muchos casos ni siquiera eso. Esto no dañaría a nadie. Claro que el sector pone el grito en el cielo cuando se formulan planteamientos de este tipo y agita el fantasma del miedo. Sin embargo, bien mirado, un impuesto sobre las transacciones financieras frenaría las operaciones especulativas y no afectaría a la economía real. ¡Eso es justo lo que queremos!”.

“[Luego de la crisis] hemos proporcionado todavía más liquidez a los bancos y no hemos regulado suficientemente las operaciones porque había que darles la oportunidad de volver a ganar dinero muy pronto. Y eso que en el otoño de 2008 se discutió realmente sobre la posibilidad de aplicar el modelo sueco, que prevé la nacionalización inmediata, seguida de una reorganización, liquidación o fragmentación. En mi opinión, ésa habría sido la vía correcta”.

“Si el Estado da dinero a los bancos, a cambio debería poder influir más en sus decisiones. En Suecia esto también ha funcionado a la perfección. También en el caso más reciente se podría haber creado un sistema más sano liquidando algunos bancos. Ahora tenemos en principio el mismo achacoso sistema que antes; un sistema bancario hipertrofiado, con numerosísimos agentes orientados al mercado de capitales, que en realidad nadie necesita, y con trabas a los agentes financieros que realizan operaciones relacionadas con la economía productiva, como por ejemplo las cooperativas de crédito y las cajas de ahorros, que han resultado claramente desfavorecidas en la legislación frente a los bancos que no hacen más que especular”.