miércoles, 22 de agosto de 2012

Controversias y dignidad

Es bastante común en la vida de los seres humanos que se establezcan controversias que terminan en un antagonismo que puede proyectarse en el tiempo e incluso en los demás integrantes de la sociedad. Una vez que, por distintas circunstancias, participamos de algún conflicto de origen personal, religioso, político, filosófico, etc., ya sea iniciado por uno mismo o bien iniciado por otros, tenemos dos opciones en cuanto a esa situación: una es mantener la boca cerrada para que nadie más participe en el asunto y la otra consiste en difundirlo para que otros también participen en el conflicto.

Quizás la confrontación intelectual de “más alto nivel” que recuerda la historia fue la mantenida entre Isaac Newton y Gottfried Leibniz, cuando se acusaron mutuamente de plagio respecto de la prioridad por el descubrimiento del cálculo infinitesimal. A este conflicto personal le siguió el que involucraba a científicos ingleses que apoyaban a Newton, estando enfrentados con los seguidores de Leibniz.

Otro conflicto histórico, esta vez ocurrido entre argentinos, fue el mantenido por dos figuras destacadas del siglo XIX: Juan Bautista Alberdi y Domingo Faustino Sarmiento. Ambos escritores, exiliados en países limítrofes durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, utilizan “artillería pesada” cuando en sus artículos periodísticos apuntan contra el rival.

En cuanto a las diversas posturas posibles, podemos mencionar la actitud adoptada por el docente, en la mayor parte de los casos. Ėsta sería una “actitud digna”, ya que tiende a no transferir a sus alumnos algún tipo de conflicto personal que se le puede presentar. Por otra parte existe lo que podríamos llamar una “actitud indigna” y es la de algunos políticos que tratan de colectivizar sus propios odios personales tratando de difamar públicamente al rival. Incluso muchas veces sucede que, con el tiempo, mediante alguna ventaja mutua acordada, los políticos enemistados superan el conflicto, mientras que los seguidores incondicionales mantienen vivo el antagonismo heredado.

Pero el tipo de controversia que presenta la mayor influencia negativa posible es el denominado maniqueísmo, por medio del cual se divide a la sociedad en dos grupos bien diferenciados. Todos han de participar, ya sea que uno tenga deseos, o no, de hacerlo, ya que podrá ser asignado al grupo “enemigo” si pretende mantener cierta neutralidad. En la Argentina se presentaron varios casos de este tipo; así, en el siglo XIX predominó el conflicto entre unitarios y federales, del cual se recuerda la consigna “Viva la Santa y Gloriosa Federación. Mueran los salvajes unitarios”. En la segunda mitad del siglo XX predomina el conflicto entre peronistas y antiperonistas, del cual resulta representativa la expresión de Perón: “Cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de los de ellos”. En el actual siglo XXI aparece una nueva edición del antiguo conflicto y es la que se está gestando por parte del kirchnerismo. Aunque, según expresa Pablo Mendelevich, “todo se reduce a un enfrentamiento dual entre pueblo y oligarquía, ya fuera representado en las luchas del siglo XIX entre unitarios y federales o las del siglo XX entre peronistas y antiperonistas. ¿Por qué no sincerar, entonces, en el siglo XXI, la disputa ancestral y no ponerla en clave kirchnerista-antikirchnerista?”.

El nombre de maniqueísmo proviene de Manes, o Mani, fundador de una secta, en el siglo III, que describía al mundo como una realización por parte de dos entes principales: Dios, que hizo todo lo bueno, y Satanás, que hizo todo lo malo. San Agustín fue maniqueo antes de convertirse al cristianismo. Pablo Mendelevich escribe: “Los maniqueos habían encontrado una forma más o menos sencilla de explicar el universo, a sus ojos una lucha entre el bien y el mal, la luz y las tinieblas: Dios y Satanás”. “Hoy se entiende que el maniqueísmo es un dualismo incapaz de eludir los extremos. El frasco de la antinomia”.

El maniqueísmo es una forma de hacer política siendo utilizada por quienes buscan lograr un excesivo poder, aunque a la Nación no le resulte conveniente. Pablo Mendelevich escribió: “La adaptación de las antinomias a la vida política atiende fundamentalmente a la idea de dividir en dos y confrontar, aunque por lo general una de las fracciones hace uso del control de las reglas del juego, lo que le otorga una decisiva superioridad sobre su oponente que, empujado a esa dinámica compulsiva, suele robustecerla desde el primer pataleo”.

“Las antinomias rara vez son simétricas, más bien se construyen a partir de quien planta la lógica amigo-enemigo y empuja a sus rivales a apelotonarse, entre perplejos, furiosos, impotentes y reaccionarios –reaccionarios en el más crudo sentido de la expresión- en la vereda de enfrente. Quien plantea una distribución de papeles así no pretende otra cosa que deslegitimar al contrario para adueñarse del sistema. En una democracia, metamorfosear al opositor en enemigo. La razón es simple: el opositor aspira al poder, en forma consecutiva, asistido por los mismos derechos que quien lo detenta; el enemigo, en cambio quiere asaltar el poder, es un conspirador, un desestabilizador, alguien que no merece demasiadas consideraciones, un sujeto sin derechos”.

Una de las estrategias empleada en los últimos tiempos por el Poder Ejecutivo consiste en absorber la mayor parte del dinero que recibe el Estado para, luego, distribuirlo a discreción favoreciendo a los adeptos y castigando a los opositores. En el libro mencionado se dice al respecto: “Para los votantes de Santiago del Estero o La Rioja, por ejemplo, se ha vuelto rutinario, hasta natural, identificar al candidato que goza del cariño del poder central. Es decir, el candidato que a uno le conviene votar si quiere que le siga llegando plata a la provincia, o sea, a uno. En las provincias en que buena parte de la economía depende de los sueldos que paga la casa de gobierno local con remesas que llegan de Buenos Aires y de las obras públicas que llevan la firma (ostentosa) de la Presidencia de la Nación, los tiempos de bonos, miseria y agitación, no tan lejanos, tuvieron enorme utilidad didáctica. Enseñaron que con un gobierno central que maneja muchísimo dinero y que está ansioso por alinear a las provincias resulta más rendidor tener un gobernador apreciado en Buenos Aires que un principista con ganas de discutir en el siglo XXI el federalismo que los próceres de la Organización Nacional legaron fallado”.

Por lo general, los procesos políticos basados en la confrontación entre sectores, nunca terminan bien. El autor citado escribe: “En la historia argentina las antinomias retornan como si sólo se recordara de ellas el beneficio político inmediato para quien las impuso y no el carácter corrosivo de su ingrediente principal: el odio. Odio que se multiplica y se recicla entre ambas partes una vez que la máquina arranca. Curioso rasgo de la antinomia, con mayor o menor octanaje, el combustible termina siendo el mismo para las dos partes” (De “El país de las antinomias”-Ediciones B Argentina SA-Buenos Aires 2008).

En países con tradición democrática, resultaría llamativo que un líder populista encontrara un fuerte respaldo de la población. Todo lo contrario ocurre en la Argentina, en donde la mayor parte de la población es peronista, incluso los “opositores” sienten una secreta admiración ya que, por lo general, se admira la habilidad del líder para lograr el poder que detentó. De ahí que poco efecto tiene la difusión de ideas y actitudes que no encajan en nuestra idiosincrasia nacional. El espíritu democrático de la población existe sólo en una pequeña minoría. Pablo Mendelevich escribe: “La gran antinomia del siglo XX-no la única-, fue la del peronismo-antiperonismo. Gracias a los recuerdos y lamentaciones de padres y abuelos, los argentinos que hoy tienen menos de treinta y cinco años han accedido a algunos fotogramas de aquella película, la de la antinomia explícita de mitad de la década de los cuarenta, lo que no significa que hubieran logrado imaginar, entender, cómo vivió la sociedad argentina durante tantos años partida en mitades”.

“La verdad es que Hugo Chávez, el presidente venezolano que le copió a Perón el método de practicar el arte de gobernar en los bordes de la legalidad democrática bajo una lógica «revolucionaria», viene prestando un generoso auxilio para que los argentinos de hoy puedan balconear en la etapa peronista (1946-55) de la antinomia peronismo-antiperonismo (1946-73/74). Los venezolanos se encuentran ahora –se desencuentran- divididos en dos bandos, chavistas y antichavistas, esquema que es regenteado por el populismo de un militar carismático antes golpista (Perón también había sido golpista pero de tercera fila) que, con más petróleo y menos beneficios sociales, reproduce la receta argentina”.

La táctica de promover el odio colectivo mediante la propaganda y la mentira, es algo que trasciende a la política siendo una simple cuestión de ética elemental. Incluso se ha llegado, por parte de militantes políticos adherentes al gobierno, a ingresar en escuelas primarias para difundir el “mensaje doctrinario” que, seguramente, no induce a que los niños traten de ser trabajadores y empresarios para favorecer la creación de riquezas, sino que se los orientará a que traten de “distribuir las riquezas” creadas por otros, generalmente por el sector “enemigo”.

Algunos psicólogos sociales, como Stanley Milgram y Philip Zimbardo, quienes realizaron estudios sobre el comportamiento humano en personas sometidas a circunstancias e influencias negativas, estiman en un 10% el porcentaje de gente que no es alcanzado por tal tipo de influencia. Este porcentaje es compatible con el comportamiento mostrado por individuos pertenecientes a las SS en los campos de concentración nazis durante la Segunda Guerra Mundial, según lo manifestado por Viktor Frankl.

Mientras que ese 10% de “gente decente” permanezca fuera del poder, existe siempre la posibilidad concreta de que el resto de la población sea embaucado por lideres populistas que, al darle un motivo para odiar al enemigo, real o ficticio, le ofrece una especie de “sentido de la vida” otorgándole la posibilidad de participar en una gran “empresa”, aunque fundamentada en bases poco éticas.

Sólo a ese 10% le ha de resultar atractivo el método utilizado por el Mahatma Gandhi, quien logró liberar a un país de trescientos millones de habitantes: la India de mitad del siglo XX, fundamentando su acción en la fuerza del amor y de la verdad. Tuvo que luchar en contra de fuerzas de disolución social como fue el caso de las distintas religiones que incumplían su finalidad esencial. También tenemos el gran ejemplo de Nelson Mandela quien, por métodos pacíficos, logró la integración de su pueblo previamente dividido por cuestiones raciales.

Por simples cuestiones estadísticas, es posible suponer que también existirá un 10% de personas en el otro extremo de la “curva en forma de campana”, aunque esta vez siendo orientados por la fuerza del odio y la mentira. Podemos decir que en un país las cosas andarán bien o mal dependiendo principalmente de cuáles sean las fuerzas dominantes; las que promueven la unión, o bien las que favorecen la división de la sociedad.