lunes, 9 de julio de 2012

Testigos del horror

Si tuviésemos que elegir algunos pocos libros que habrán de informar a las futuras generaciones acerca del siglo XX y sus más graves conflictos, podríamos elegir dos de ellos: “El hombre en busca de sentido”, de Viktor E. Frankl, que relata sus experiencias en un campo de concentración nazi en épocas de la Segunda Guerra Mundial, y el otro es “Archipiélago Gulag”, de Alexandr Solyenitsin, que relata la situación de los detenidos en un campo de trabajos forzados en la ex Unión Soviética. Posiblemente haya sido el siglo XX uno de los más violentos en toda la historia de la humanidad, por lo que, seguramente, las generaciones futuras hablarán de un “pasado salvaje” de la humanidad.

Gordon W. Allport escribió respecto del primero de los libros mencionados: “En esta obra, el Dr. Frankl explica la experiencia que le llevó al descubrimiento de la logoterapia. Prisionero, durante mucho tiempo, en los bestiales campos de concentración, él mismo sintió en su propio ser lo que significaba una existencia desnuda. Sus padres, su hermano, incluso su esposa, murieron en los campos de concentración o fueron enviados a las cámaras de gas, de tal suerte que, salvo una hermana, todos perecieron. ¿Cómo pudo él –que todo lo había perdido, que había visto destruir todo lo que valía la pena, que padeció hambre, frío, brutalidades sin fin, que tantas veces estuvo a punto del exterminio-, cómo pudo aceptar que la vida fuera digna de vivirla?”. “El psiquiatra que personalmente ha tenido que enfrentarse a tales rigores merece que se le escuche, pues nadie como él para juzgar nuestra condición humana sabia y compasivamente” (Del prefacio de “El hombre en busca de sentido”).

En el relato de su vida en Auschwitz, Víktor Frankl escribió: “Un pensamiento me petrificó: por primera vez en mi vida comprendí la verdad vertida en las canciones de tantos poetas y proclamada en la sabiduría definitiva de tantos pensadores. La verdad de que el amor es la meta última y más alta a que puede aspirar un hombre”. “Comprendí cómo el hombre, desposeído de todo en este mundo, todavía puede conocer la felicidad –aunque sea sólo momentáneamente- si contempla al ser querido. Cuando el hombre se encuentra en una situación de total desolación, sin poder expresarse por medio de una acción positiva, cuando su único objetivo es limitarse a soportar los sufrimientos correctamente –con dignidad- ese hombre puede, en fin, realizarse en la amorosa contemplación de la imagen del ser querido”.

Una de las enseñanzas que pudo extraer Frankl de su experiencia extrema fue que, a través de los casos que pudo observar, cuando alguien descubre un sentido de la vida que orientará su futuro, dispone de las razones suficientes para vivir y para superar aun las condiciones más adversas. Frankl escribió: “Cada edad tiene su propia neurosis colectiva. Y cada edad precisa su propia psicoterapia para vencerla. El vacío existencial que es la neurosis masiva de nuestro tiempo puede describirse como una forma privada y personal de nihilismo, ya que el nihilismo puede definirse como la aseveración de que el ser carece de significación. Por lo que a la psicoterapia se refiere, no obstante, nunca podrá vencer este estado de cosas a escala masiva si no se mantiene libre del impacto y de la influencia de las tendencias contemporáneas de una filosofía nihilista” (De “El hombre en busca de sentido”-Editorial Herder SA-Barcelona 1986).

Entre las filosofías que ignoran el sentido de la vida que nos imponen las leyes naturales y el orden natural, están precisamente las que constituyeron el fundamento filosófico tanto del nazismo como del comunismo. Es decir, no sólo provocaron las mayores catástrofes de la humanidad sino que impusieron la creencia en la ausencia de un sentido del universo y de ahí de nuestras propias vidas. Ante esa supuesta ausencia, realizaron sus ideologías para brindarle a todo hombre un “sentido de la vida artificial”, lo que motivó los intentos de la implantación, a nivel mundial, del nuevo orden por parte de la “raza superior” aria o de la multiplicación a nivel mundial del “hombre nuevo” soviético. Joseph B Fabbry escribió:

“El racista está plenamente convencido de que estamos determinados únicamente por nuestra herencia biológica, el marxista está igualmente convencido de que la conducta del hombre está determinada por su clase y su medio sociales” (De “La búsqueda de significado”-Fondo de Cultura Económica-México 1977).

La discriminación racial promovida por los nazis, como la discriminación social impulsada por el marxismo, tanto como las discriminaciones motivadas por las creencias religiosas, son enfermedades sociales que desde hace mucho tiempo envenenan los ánimos e impiden que haya paz en nuestro mundo. El requisito que debe imponerse quien proponga una ideología desde la filosofía, la ciencia o la religión, es que tenga validez universal, y no sectorial.

En cuanto al segundo libro mencionado, Víctor Massuh escribió: “Los obreros, estudiantes y campesinos rusos ganados por la fe en la violencia como «partera» de un mundo nuevo no pudieron evitar una catástrofe. La sangría desde entonces fue tal que uno de los más grandes países del planeta quedó sumido en el caos”. “El cronista del mayor engaño del último siglo, y quien contribuyó con eficacia a enfrentarlo, fue Alexandr Solyenitsin”. “En 1941, a los 22 años de edad, Alexandr Solyenitsin era movilizado como oficial del ejército soviético y participó en la guerra contra los nazis. Su comportamiento fue ejemplar. En 1945 ya con el grado de capitán, tres meses antes de finalizar la guerra, fue arrestado y degradado. Había cometido una falta grave: en unas cartas que intercambió con un amigo se había referido a Stalin de un modo «irrespetuoso». Esa travesura le costó once años de prisión”.

“Hasta el momento de su detención Solyenitsin no era un opositor ni un derrotista: fue héroe de la guerra, creía en el socialismo y aceptaba su base marxista. Un par de bromas sobre el Infalible lo tiró al sumidero de una vida «subterránea» que le permitió percibir en plenitud la cara infernal del sistema imperante en su país. Comprendió que todo lo que se movía en la superficie política era mentira. Y que el eje en torno al cual giraba la vida soviética estaba sostenido por esos ochenta recintos pestilentes («gulags») distribuidos a lo largo y ancho del territorio como un archipiélago. Ellos eran la verdad”.

“Había que difundir estas imágenes del infierno a viva voz. En prisión, Solyenitsin ya «presentía vagamente que un día podría gritar a los doscientos millones de soviéticos». Ese grito se plasmó en una obra memorable. Su autor salió de prisión en 1956, comenzó a redactarla dos años después y la concluyó luego de nueve años de trabajo. El arresto que padeció aquel joven capitán de 22 años no sólo cambio su vida sino el destino de su país. A partir de aquel momento comenzó a tomar forma una hazaña sin parangón en la historia contemporánea: que un libro echara abajo un imperio”.

“El libro había generado fuera de su país y dentro de él un clima de generalizada autoconciencia, algo parecido a un despertar. Fue la expresión de un «hartazgo moral» ante una colosal mentira ideológica que se hizo insoportable aun para aquellos que se beneficiaban con ella. El coraje de Solyenitsin, su reclamo de un sinceramiento a toda costa y de reconocer públicamente el fracaso de una experiencia que duró cincuenta años, tuvo una respuesta oportuna: el imperio cayó sin guerra civil, sin sangre ni ajusticiados, casi por un acto de contrición colectiva”.

“El libro era una larga narración literaria, no una construcción teórica para refutar el marxismo, tampoco un alegato jurídico ni un ensayo político que ofrecía a la sociedad soviética un modelo de recambio. No abunda en ideas, no quiere persuadir a nadie: sólo quiere ser un testigo creíble que presenta sus heridas y las de otros. El método elegido no es de una demostración, sino la sencilla mostración de una miríada de hechos absurdos y aberrantes que se fueron acumulando a lo largo de once años de reclusión y que el autor relata día a día”.

“¿Pero qué nos dice, además, la voz aislada del preso, héroe de guerra, luego gran escritor, Premio Nobel, condenado sin razón y humillado mil veces? ¿Qué lo ayudó a resistir? Una constatación secreta: la presencia del prójimo, la inmediatez indestructible del prójimo en su estado de mayor caída. Esta revelación fue la misma que tuvo Fedor Dostoievsky cien años antes confinado en Siberia. Allí pasó cuatro años de extrema miseria y sin embargo escribe: «El alma es transportada. Y reconoces que el último de los hombres, el más desgraciado, es también hombre y hermano tuyo» (Humillados y ofendidos). Solyenitsin lo dice de la siguiente forma: «En la celda ves por primera vez otros hombres que no son enemigos. Coincides por primera vez con otros hombres vivos que siguen tu mismo camino y con quienes puedes fundirte en una gozosa palabra: nosotros». Quienes llegaron a los bordes últimos del sufrimiento son los que mejor perciben el milagro de la fraternidad humana” (De “Cara y contracara”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1999).

El ejemplo que dan los pueblos que prefieren mirar al futuro en vez de quedarse para siempre mirando el pasado, fue desatendido por los argentinos. Luego de la violencia desatada por el terrorismo marxista en los setenta y la posterior respuesta violenta del Estado que lo combatió, debió haberse juzgado y castigado a quienes violaron las leyes vigentes, del bando que fuese. Sin embargo, se optó erróneamente por juzgar con fines de venganza a todos los militares, tanto a quienes cumplieron con su deber de defender la patria ante el embate de fuerzas foráneas como a quienes desconocieron las más elementales normas éticas. Como consecuencia de tal error, seguimos anclados en el pasado mientras se sigue promoviendo una división en la sociedad cada vez más acentuada, incluso utilizando los medios de difusión del Estado para poner en vigencia ideologías similares a las que constituyeron el primer eslabón en la escalada de violencia de ese entonces. Víctor Massuh escribe sobre el caso soviético:

“Hubo una quiebra del sistema represivo y un cambio profundo, sin sangre en las calles ni en las prisiones, sin que la «justicia vengativa» levantara nuevos cadalsos para los viejos culpables. La sabiduría política ensayada por el poscomunismo, al igual que el posfranquismo, aconsejó no seguir rindiendo cuentas con el pasado: habría sido una manera de quedar detenido en él. Una vez desarmado el culpable, carente de vigencia histórica, convertido en residuo, es preferible el olvido porque ayuda a mirar sin resentimientos el futuro y a emprender con menos lastre en el alma las tareas nuevas que impone el paso del tiempo”.

Si aparece en nuestra sociedad algún grupo neonazi, seguramente hará surgir reacciones adversas y cierto temor en la población. Por el contrario, cuando aparecen grupos marxistas, la reacción es completamente distinta aunque, históricamente hablando, las millones de victimas producidas por los comunistas exceden ampliamente a las de los nazis. Alguna vez un autor se preguntaba por qué se le perdonaban los masivos asesinatos a los marxistas y no así a los nazis. En realidad, no se trata tanto de un perdón, sino porque el nazi proclama sus intenciones en forma directa, mientras el marxista adopta un disfraz humanista que incluso lo hace más peligroso.