domingo, 22 de julio de 2012

La prisión de Zimbardo

Uno de los experimentos relevantes en la Psicología Social se conoce como la “prisión de Zimbardo”. Esta experiencia involucra a dos grupos de voluntarios que desempeñan, respectivamente, el papel de guardias carcelarios y de reclusos. La finalidad prevista por su creador, Philip Zimbardo (1971), era la de comprobar la dinámica de una prisión. Estando proyectada una duración de dos semanas, la experiencia debió suspenderse luego de seis días cuando los que actuaban como guardias comenzaron a tratar brutalmente a los falsos prisioneros. Christian Jarret y otros escriben:

“Algunos prisioneros se encontraban terriblemente angustiados, y alrededor de una tercera parte de los guardias se comportaban de manera sádica. Los perfiles de personalidad anteriores al estudio de los participantes que acabaron actuando como guardias sádicos no habían dado pistas sobre lo que eran capaces de hacer: todos dieron el perfil de personas emocionalmente estables y respetuosas con la ley. Zimbardo afirma que el estudio demuestra que determinadas situaciones y roles sociales pueden despojar a las personas de su individualidad e impulsarlas a actuar de manera sádica o sumisa” (De “50 teorías psicológicas”-Art Blume SL-Barcelona 2011).

En una primera impresión, el hecho mencionado nos lleva a pensar que los distintos individuos llevamos en nuestro interior tanto una “fábrica” de buenos como de malos sentimientos, predominando los buenos en algunos casos y los malos en otros. Un medio social que nos impone una conducta “normal” es el que nos impide exteriorizar los malos sentimientos. Sin embargo, en condiciones favorables para ello, o en situaciones de anonimato, podrán salir al exterior los peores sentimientos y las peores acciones. S. Kassin y otros escriben: “P. Zimbardo observó que la incitación, el anonimato y la reducción de sentimientos de responsabilidad individual contribuyen conjuntamente a la desindividualización”. “Desindividualización: pérdida del sentido de individualidad de una persona y la reducción de las restricciones normales contra la conducta inadecuada” (De “Psicología Social”-S. Kassin-S. Fein-H.R. Markus-Cergage Learning Editores SA-México 2010).

El fenómeno del anonimato y la posterior liberación de malas actitudes puede comprobarse fácilmente en el caso de los foros de discusión en Internet, en donde, escudados bajo un pseudónimo, algunos individuos liberan toda la grosería, vulgaridad y demás aspectos negativos de su personalidad. También observamos cómo los seguidores incondicionales de los líderes políticos pasan del “amor al odio” destinado a terceros si previamente ha pasado por esa situación el líder respectivo.

En una entrevista al autor de la experiencia mencionada, Steve Ayan le pregunta acerca de lo que más le impresionó; a lo que Zimbardo responde: “La dinámica que tomó todo de manera repentina. Ya en la segunda noche, los vigilantes empezaron a despertar a cada instante a los internos para acosarlos; les obligaban a cantar o hacer reflexiones. Los casos de humillaciones y trato degradante empezaron a proliferar. Treinta y seis horas después del inicio del experimento se registró el primer caso de choque emocional en uno de los prisioneros. Al principio creí que estaba fingiendo; cada día teníamos que dejar marchar a individuos y sustituirlos por otros. Habríamos podido decir bastante antes que el poder de la situación había quedado demostrado, dando por finalizado el experimento en aquel momento. Sin embargo, esto fue para mí el aspecto más dramático; en ese instante yo mismo me había transformado en un jefe de vigilantes a quien le daba prácticamente igual el destino de las personas. En lugar de preocuparme por las víctimas, me dedicaba a observarlo todo de forma meticulosa. El estudio giraba en torno al modo en que unos estudiantes normales se convertían en prisioneros y vigilantes, pero yo también me transformé. Aunque personalmente no hice nada malo, sí que di el permiso para hacerlo”.

Respecto de aquellas personas en quienes predomina una actitud cooperativa (además de ser poco influenciables) Zimbardo expresó: “Hasta ahora he sido el Dr. Evil, que estudiaba aquellas condiciones en las cuales las personas buenas hacían el mal. Ello llevó a cuestionarme cómo podemos sobreponernos a esas fuerzas. De todas las personas que se sometían a mis estudios, siempre había una parte, en torno al diez por ciento, que lograba imponerse a la maldad. Lo mismo ocurrió en el experimento de Milgram. La pregunta estriba en: ¿De qué tipo de personas se trata? En mi opinión, los héroes son individuos que pueden protegerse de poderosas fuerzas sociales, aunque casi no existen estudios sobre el tema del heroísmo” (De “Mente y cerebro” (52)-Prensa Científica SA-Barcelona Feb/2012).

Una vez que disponemos de suficiente información acerca de nuestro comportamiento, surge la pregunta de cómo hacer para mejorar nuestra propia sociedad. La respuesta inmediata es la de difundir la información relevante acumulada para hacernos conscientes de cómo actúa el ser humano y de cómo deberíamos actuar. Quizás así las cosas puedan comenzar a mejorar. Philip Zimbardo dijo: “Los psicólogos no se consideran a sí mismos como transformadores de la sociedad, aunque deberían hacerlo”.

De mayor importancia aún que la experiencia mencionada ha sido la descripción realizada por Víktor E. Frankl estando prisionero en el campo de concentración nazi de Auschwitz, y en otros. Uno de los aspectos destacables y llamativos de su relato es la existencia de prisioneros judíos elegidos por los nazis para colaborar con sus captores en el mantenimiento de la disciplina de los detenidos. Al respecto escribió: “En primer lugar, había entre los guardias algunos sádicos, sádicos en el sentido clínico más estricto. En segundo lugar, se elegía especialmente a los sádicos siempre que se necesitaba un destacamento de guardias muy severos. A esa selección negativa, como la que se realizaba entre la masa de los propios prisioneros para elegir a aquellos que debían ejercer la función de «capos» y en la que es fácil comprender que, a menudo, fueran los individuos más brutales y egoístas los que tenían más probabilidades de sobrevivir, a esta selección negativa, pues, se añadía en el campo la selección positiva de los sádicos”.

“Se armaba un gran revuelo de alegría cuando, tras dos horas de duro bregar bajo la cruda helada, nos permitían calentarnos unos pocos minutos allí mismo, al pie del trabajo, frente a una pequeña estufa que se cargaba con ramitas y virutas de madera. Pero siempre había algún capataz que sentía gran placer en privarnos de esta pequeña comodidad. Su rostro expresaba bien a las claras la satisfacción que sentía no ya sólo al prohibirnos estar ahí, sino volcando la estufa y hundiendo su amoroso fuego en la nieve. Cuando a las SS les molestaba determinada persona, siempre había en sus filas alguien especialmente dotado y altamente especializado en la tortura sádica a quien se enviaba al desdichado prisionero”.

“En tercer lugar, los sentimientos de la mayoría de los guardias se hallaban embotados por todos aquellos años en que, a ritmo siempre creciente, habían sido testigos de los brutales métodos del campo. Los que estaban endurecidos moral y mentalmente rehusaban, al menos, tomar parte activa en acciones de carácter sádico, pero no impedían que otros las realizaran”.

“En cuarto lugar, es preciso afirmar que aun entre los guardias había algunos que sentían lástima por nosotros. Mencionaré únicamente al comandante del campo del que fui liberado. Después de la liberación –y sólo el médico del campo, que también era prisionero, tenía conocimiento de ello antes de esa fecha- me enteré de que dicho comandante había comprado en la localidad más próxima medicinas destinadas a los prisioneros y había pagado de su propio bolsillo cantidades nada despreciables. Por lo que se refiere a este comandante de las SS, ocurrió un incidente interesante relativo a la actitud que tomaron hacia él algunos prisioneros judíos. Al acabar la guerra y ser liberados por las tropas norteamericanas, tres jóvenes judíos húngaros escondieron al comandante en los bosques bávaros”.

“El prisionero más antiguo del campo era, sin embargo, mucho peor que todos los guardias de la SS juntos. Golpeaba a los demás prisioneros a la más mínima falta, mientras el comandante alemán, hasta donde yo sé, no levantó nunca la mano contra ninguno de nosotros”.

“Es evidente que el mero hecho de saber que un hombre fue guardia del campo o prisionero nada nos dice. La bondad humana se encuentra en todos los grupos, incluso en aquellos que, en términos generales, merecen que se les condene. Los límites entre estos grupos se superponen muchas veces y no debemos inclinarnos a simplificar las cosas asegurando que unos hombres eran unos ángeles y otros unos demonios. Lo cierto es que, tratándose de un capataz, el hecho de ser amable con los prisioneros a pesar de todas las perniciosas influencias del campo es un gran logro, mientras que la vileza del prisionero que maltrata a sus propios compañeros merece condenación y desprecio en grado sumo”.

“De todo lo expuesto debemos sacar la consecuencia de que hay dos razas de hombres en el mundo y nada más que dos: la «raza» de los hombres decentes y la raza de los indecentes. Ambas se encuentran en todas partes y en todas las capas sociales. Ningún grupo se compone de hombres decentes o de hombres indecentes, así sin más ni más. En este sentido, ningún grupo es de «pura raza» y, por ello, a veces se podía encontrar, entre los guardias, a alguna persona decente” (De “El hombre en busca de sentido”-Editorial Herder SA-Barcelona 1986).

Las grandes catástrofes sociales del siglo XX se produjeron bajo la influencia de ideologías que dividían a los hombres en razas superiores e inferiores y en clases sociales buenas y malas. Si queremos superar las peores crisis de la humanidad, debemos clasificar a los seres humanos en forma individual para alentar a los decentes y para hacer mejorar a quienes todavía no lo son. Es oportuno destacar que los primeros no podrían realizar sus vidas si no existiesen personas a quienes amar, mientras que los últimos no tendrían un sentido para sus vidas si no tuviesen a quienes odiar. De ahí que éstos, por lo general, promueven una lucha entre clases sociales que no sólo es criticable por la falsedad de su creencia, sino, sobre todo, por instigar al odio colectivo en la sociedad a través de difamaciones que abarcan no sólo el presente sino también el pasado. Víktor E. Frankl agrega: “La vida en un campo de concentración abría de par en par el alma humana y sacaba a la luz sus abismos. ¿Puede sorprender que en estas profundidades encontremos, una vez más, únicamente cualidades humanas que, en su naturaleza más íntima, eran una mezcla del bien y del mal?”.

“Nosotros hemos tenido la oportunidad de conocer al hombre quizá mejor que ninguna otra generación. ¿Qué es, en realidad, el hombre? Es el ser que siempre decide lo que es. Es el ser que ha inventado las cámaras de gas, pero asimismo es el ser que ha entrado en ellas con paso firme musitando una oración”.